Técnicas de manipulación en la propaganda de los partidos políticos

Ingeniería social.

¿Recuerdan a la famosa niña de Rajoy? Sí, la de las chuchesshh. Pues, aunque no lo parezca, esta irrisoria situación se produjo por el intento de aplicar una técnica de manipulación denominada identificación catártica, que forma parte de un grupo más amplio de estrategias basadas en la apelación emocional. La técnica consiste en utilizar una historia con la cual las personas se sienten identificadas para despertar una respuesta emocional positiva, lo que facilita a su vez, por la humanización e identificación con el protagonista, aceptar las ideas o los argumentos que se esconden detrás de la misma. Cierto es que, aunque la técnica es buena, la ejecución fue absolutamente horrible pues faltó la credibilidad de alguien que narra una situación que desconoce y de la que nunca será partícipe debido a su superior status socioeconómico.

Ocurrió lo mismo, igual técnica y parecido resultado, con la famosa carta de las hijas de Pedro Sánchez y su “te quiero mucho, papi”, que rápidamente se difundió como un burdo montaje mal ejecutado. Y es que una cosa es conocer la receta de la tarta y otra saber hacerla. […]

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Manipulación a través de la educación sexual

(…)

El sexo también es una necesidad básica y primaria, aunque en este caso hay diferentes vertientes del concepto que cabría comentar antes de entrar a analizar cómo se puede utilizar para manipular a los ciudadanos. Porque cuando hablamos de lo sexual, no nos referimos solamente a las relaciones sexuales, sino que hay tres grandes ámbitos a considerar: el primero, el sexo propiamente dicho, que no es más que la constitución genética y genital del individuo; el segundo, la sexualidad, que es la forma de sentirse y expresarse como individuo sexuado y que, por tanto, está muy relacionado con la identidad sexual; y el tercero, la erótica, que es la forma de comunicarse y relacionarse sexualmente, lo que incluye desde la orientación sexual hasta esas pequeñas perversiones que todos llevamos dentro (y muy pocos fuera).

Así, el tipo de educación sexual que recibimos, o que se pretende difundir sobre cada uno de estos aspectos, puede ayudarnos a evolucionar como seres individuales o, en el peor de los casos, someternos a un férreo control conductual. Veamos cómo.

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Psicología del buenismo irresponsable

Orígenes psicológicos

En una de las escenas de la reveladora película sobre política vaticana “El Padrino III”, la hija de Michael Corleone, Mary, habla con su primo Vincent, del que está enamorada, interrogándole para que le cuente lo que sabe de su padre. Este le responde que es un gran hombre y un héroe que salvó a la familia, pero Mary tiene serias dudas y le pregunta más directamente si mató a su hermano o si todo lo que se dice sobre él es cierto. Vincent replica que solo son historias y Mary finalmente acepta esta versión diciendo: “Está bien, quiero creerte”.

En ese quiero creerte se encuentra la base psicológica de muchos de los comportamientos desadaptativos que podemos apreciar en el contexto socio-político actual, desde el buenismo irresponsable del que hablaremos hasta el sectarizado y fanático comportamiento inherente a las conductas propias del independentismo catalán.

[…]

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Políticos y psicopatía

1.- Qué es la psicopatía.

Si en una conversación cualquiera saliera a relucir el término psicópata, es probable que lo primero que nos viniera a la mente fuera la figura de algún asesino en serie como Hannibal Lecter o el desgraciadamente célebre, Charles Manson. Y en ambos casos, esta imagen visual respondería con toda seguridad a alguna fotografía o al fotograma de algún video publicado en los medios de comunicación, que no lo olvidemos, configuran el denominado cuarto poder debido precisamente a su capacidad de influencia.

El problema de los medios de comunicación es que al igual que pueden aprovechar su capacidad de difusión para informar a la ciudadanía con cierto rigor (siendo idealistas), también pueden optar por la desinformación y el sensacionalismo, creando en ocasiones prototipos de corte cinematográfico que se alejan de su referente real. Esto es precisamente lo que ha pasado con la figura del psicópata, con el consiguiente y peligroso descenso en el umbral de activación de defensas psicológicas de los ciudadanos.

(…)

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El día que descubrí la estupidez generalizada

“Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada” (Albert Einstein)

A veces es curioso cómo un hecho de la infancia puede quedar grabado a fuego en la conciencia de una persona o cómo un suceso emocional hace que los recuerdos se fijen en la mente. Nunca le he contado esto a nadie, pero recuerdo perfectamente el día que descubrí la estupidez generalizada o, para no herir las sensibilidades de antiguos compañeros a los que recuerdo y tengo gran afecto, al menos el día que descubrí que era distinto a la hora de aceptar las verdades establecidas.

Estaba en una clase de Religión de 6º de EGB (ahora lo llamarían primaria), cuando el cura en cuestión, uno de esos cabrones que nunca debió haberse dedicado a la docencia, estaba explicando el Génesis.

Voy a hacer un pequeño inciso para explicar que, aunque ya es conocida mi falta de querencia por las instituciones católicas, nada tengo en contra de los curas por el hecho de serlo (incluso hay algunos que me parecen ejemplo de coherencia y de bondad y a los que guardo cierto cariño), como nada tengo en lo personal contra este del que hablo y de cuyo nombre no quiero acordarme (aunque recuerdo perfectamente). Cuando digo que era un cabrón y que nunca debió desempeñar labor alguna en el mundo educativo, lo digo a conciencia, pues fue la  persona a la que le vi meter dos de las hostias más escalofriantes que he “visto” en mi vida (el entrecomillado lo entenderán en la segunda).

Una de ellas se debió a que un compañero que estaba escribiendo en la pizarra no sabía la respuesta de vete tú a saber qué gilipollez de esas que el sistema educativo se empeñaba y se empeña en meternos a calzador. El cura en cuestión pasó por detrás de él y a traición le empujó la coronilla empotrándole la cara contra el encerado.

La segunda fue producto de un ejercicio de papiroflexia. Otro chaval al que habían expulsado de clase tenía un fraile hecho de papel con una pestaña en los pies de esas que se estiran y hacen que el muñequito de papel haga algo. El cura, mientras le echaba la bronca por la expulsión, vio tal ejercicio de creatividad y dijo que al menos tenía dotes artísticas… hasta que tiró de la pestaña. En ese momento al frailecillo de papel le salió de la sotana un pollazo que ríete tú del caballo de Espartero, con la consecuencia inmediata de un tortazo que hizo que la cabeza del malogrado compañero rebotara en los cristales de la ventana y, dado que todas las ventanas estaban conectadas, retumbaran al compás. Imagínense cómo sería la hostia, que mis compañeros y yo, que ni siquiera estábamos en esa clase, sino en la de al lado, escuchamos el golpe en las ventanas, enterándonos de lo ocurrido cuando salimos al recreo.

Bueno, pues volviendo al Génesis, en concreto al Génesis 2:17, el mencionado “educador” nos estaba explicando la historieta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Ya saben, que Dios que estaba aburrido ese día y no tenía otra cosa que hacer se estaba dando un garbeo por el Jardín del Edén y le dijo a Adán: “come higos o lo que te salga del ídem, menos del árbol ese que la espichas”. Después creó a los animales y a Eva, y la serpiente le dijo a Eva que eso de morir tururú, que si comían de ese árbol lo que ocurriría sería que adquirirían conocimiento y se convertirían en dioses pues sabrían distinguir el bien del mal. Y Eva, pensó: “la idea es cojonuda, pero este marrón no me lo como yo sola”. Total que comió y tentó al otro que era un poco calzonazos para que comiera también y se lio parda.

Yo, que ya conocía la historia, había reflexionado varias veces sobre algunas cuestiones que no me encajaban y tenía ideas un poco peregrinas. Primero, que Dios no era tan puro porque había mentido (no murieron). Segundo, que menuda injusticia el castigo para la serpiente que, además de dar conocimiento y libertad a los seres humanos, había dicho la verdad; y tercero, que si Dios no quería que comieran del dichoso árbol, no tenía que haberlo creado.

Plantear las dos primeras cuestiones era impensable desde todo punto de vista, pero con la tercera me animé y, bastante acojonado (por no decir del todo) y lleno de inocencia, levanté la mano en medio de clase para preguntar: “padre, una duda, si Dios no quería que comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal, ¿por qué lo creó?”.

Se pueden imaginar el descojone generalizado del resto de compañeros. Sin embargo, lo que yo recuerdo con asombrosa lucidez (y les garantizo que me carcome el no poder saber si esa imagen es certera y real o una mera distorsión por el paso del tiempo) más que el cachondeo, es la sonrisa nerviosa del cura, sus ojos mirándome con una expresión de entre desprecio y terror, y su explicación simplona diciendo que aquello era solo un cuento para explicar algo que estaba fuera de nuestro conocimiento y que no hacía falta que le buscáramos más justificación. Te lo crees o no, pero lo que implica lo aceptas.

Fue la primera vez que me planteé que, al menos para mí, no era suficiente una religión que estaba basada en cuentos que no necesitaban explicación. También fue la primera vez que maldije mi curiosidad como una condena y juro que durante un tiempo, intenté dejar de hacerme preguntas y encajar en lo que se supone, y donde se supone, que tenía que encajar.  Demasiada presión para un mocoso de apenas 12 años enfrentarse a sus compañeros, a sus profesores, a su colegio y al sistema de creencias de Occidente.

No duró mucho, quizás porque como buen Virgo según el horóscopo (otro cuento que tampoco necesita explicación), los virgos se preguntan el porqué de todo.

Desde hace mucho tiempo, agradezco en parte la condena de mi curiosidad, aunque no lo voy a negar, a veces me gustaría vivir en la felicidad del idiota que ni se hace preguntas ni necesita respuestas. Y conste que no quiero faltar al respeto a las creencias de nadie, todas me parecen respetables mientras no vayan contra los derechos civiles, muchas reconozco que ayudan a sacar lo mejor de algunas personas y a mí mismo me apasiona el estudio de los temas religiosos del que he sacado enseñanzas interesantes y válidas. Lo que critico es la aceptación ciega de dogmas y la ausencia intencionada de preguntas que se hacen algunos  en pro de una falsa seguridad que haga más fácil la vida (a este respecto recomiendo la serie de Castlevania, anime para adultos con un mensaje impecable, disponible en Netflix).

Hoy mientras tomaba una cerveza, estaba debatiendo con una buena amiga, muy religiosa cosa que como digo respeto, sobre religión; y mi hijo, que me da la impresión que es igual de bocazas que yo (que el dios que sea lo proteja), dijo que a él no le caían bien los curas y que no creía en esa religión, que él era “isotérico” y creía en los vampiros y los hombres lobo. Ella me miró con cara de: “ya te vale, que no crea en Dios y crea en esas cosas”, y aunque yo no dije nada, reconozco que pensé: “bueno a fin de cuentas ambos tienen la misma probabilidad de ser reales”: cuentos sin explicación basados en tradiciones, mitos y leyendas.

Salud y libertad…

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La verdad sobre los principales ansiolíticos: alprazolam (trankimazin), bromazepam (lexatin) y lorazepam (orfidal) (2ª parte)

“En los sesenta la gente tomaba ácido para hacer el mundo raro. Ahora que el mundo es raro, la gente toma Prozac para hacerlo normal.” (Damon Albarn)

En la primera parte hemos visto cuatro apuntes teóricos básicos, pero como sé que son ustedes unos morbosos irremediables, pasemos al meollo de la cuestión, no sin antes aprovechar la presentación que cierto conde nos expone para presentar la película Creepshow 2 y que bien podemos aprovechar para el caso que nos ocupa, (basta ver este video entre el minuto 4:20 y 4:55, no es necesario que se traguen toda la película).

Y como siempre, recordando que una cosa es el uso de estos fármacos de forma ocasional para reducir la ansiedad puntual de un episodio concreto y otra muy diferente el tratamiento terapéutico para patologías específicas de corte ansioso (ansiedad generalizada, fobias, TOC, etc.) comenzamos con el gráfico de evolución relativa a presión arterial y frecuencia cardiaca, que son las respuestas fisiológicas que podemos medir con equipos de andar por casa, sin recurrir a grandes tecnologías que cuestan un dineral, del que de momento, carezco.

Como pueden ver, la cosa es más o menos estable en la presión diastólica y en el caso del alprazolam también en la sistólica, cosa que no ocurre con el lexatin, que genera una bajada desde el momento de la toma y hasta dos horas después. El orfidal, por el contrario, favorece una subida desde el momento de la toma y también hasta unas dos horas después de la misma, cuando los valores se estabilizan. En este último caso, quizás debería realizar otro experimento evaluando el efecto que leer las habituales chorradas e indecencias de twitter puede llegar a producir en el sistema nervioso. Desde luego en el circulatorio parece que se nota, por lo que tampoco debemos descartar el efecto de la tercera variable.

En todo caso, y fuera de bromas, sí parece haber un efecto paradójico y curioso en el caso de la frecuencia cardiaca con el uso del orfidal, que una hora después de la toma lleva a las 100 pulsaciones y que cuatro horas después del inicio, aún se mantiene en unos niveles altos (103 pulsaciones), sin que ello impida percibir un estado de mayor relajación y reducción de la ansiedad.

Al margen de los datos generales, el primer ansiolítico probado es el trankimazin, cuyo principio activo es el alprazolam, que se vende (con receta, como todas las benzodiacepinas) en dosis de 0,25 mg; 0,5 mg; 1mg y 2 mg (también en gotas orales en solución de 0,75 mg /ml), a un precio que oscila aproximadamente entre 1,5€ (la caja de 30 comprimidos de 0,25 mg) y 8 € (la caja de 50 comprimidos de 2 mg). Realmente, este fármaco ya lo había probado en su dosis de 0,25 mg pues es particularmente efectivo para rebajar la ansiedad las primeras veces que uno tiene que hablar en público (aunque otros prefieren el betabloqueante sumial –propranolol-, que además elimina los temblores) y para dejar de fumar, de lo que no me resisto a comentar algunos aspectos.

Me gustaría comentar que el tabaco es la única droga que no he podido controlar en cuanto a su consumo. Siempre que he iniciado los periodos de fumeteo se ha producido un incremento paulatino de este, de forma que en pocas semanas hago un uso compulsivo del mismo que puede no bajar de cajetilla o cajetilla y media diaria. Ante este hecho, la respuesta lógica es dejarlo, tanto por razones de salud como de coste económico. Y en mi caso, además de la hipnosis, con la que he tenido algunos rápidos y sorprendentes éxitos como terapeuta, más limitados en mí mismo como paciente, un buen mecanismo de eliminación lo ha facilitado el alprazolam. Una dosis de 0,25 mg de alprazolam por la mañana los tres o cuatro días posteriores a la decisión de dejar de fumar, reduce de forma considerable los síntomas más graves del síndrome de abstinencia de la nicotina (que suele durar en su forma más intensa alrededor de una semana), haciéndolo más llevadero y garantizando notables tasas de éxito. Lo de la adicción psicológica, ya es otra historia, pero les invito a probar para ese supuesto otro remedio tan útil como barato: las piruletas, mucho mejor que los vapeadores, que además de ser más caros y tener efectos para la salud aún desconocidos, a mí personalmente me generan importantes dolores de cabeza.

El alprazolam a tal dosis parece por tanto un fármaco bastante útil contra la ansiedad, dado que en mi experiencia rebaja los síntomas físicos y fisiológicos de la ansiedad, sin reducir en absoluto las capacidades cognitivas, lo que permite realizar las actividades que uno tenga que realizar sin ver disminuido su potencial o capacidad de acción.

En este caso los comprimidos no se corresponden con la caja, ya que los comprimidos son de alprazolam genérico, pero no trankimazin

No obstante, dado que ya conocía estos efectos, de cara al experimento utilicé la dosis de 0,5 mg retard (abstengámonos de chistes fáciles sobre si el término se debe a una característica de la sustancia o del sujeto experimental), que es un mecanismo de acción prolongada por el cual una parte de la sustancia se libera inmediatamente tras el consumo, mientras otra parte se va liberando de forma gradual, lo que permite extender los efectos del fármaco y por tanto ampliar el tiempo entre dosis. Este incremento de la dosis he de reconocer que no fue muy acertado por cuanto potenció los efectos considerablemente. Si a los quince minutos se produce cierta relajación con disminución de la tensión muscular, a partir de la media hora, se comienzan a sentir los efectos secundarios y no deseados, como una ligera somnolencia y enlentecimiento en el procesamiento cognitivo especialmente llamativo por las dificultades de concentración que genera y cierto embotamiento perceptivo acompañado de cansancio. A las dos horas, la ligera somnolencia pasa a convertirse en una sensación de letargo y adormecimiento importante (di literalmente cabezadas para no dormirme, aunque esto podría estar influenciado por el cansancio del día en cuestión), con debilidad en las extremidades y una incapacidad para realizar tareas que requieran de un mínimo procesamiento cognitivo. Finalmente, a las cuatro horas, comienza la recuperación de facultades, quedando una leve sensación de enlentecimiento y dificultad de concentración, manteniéndose no obstante la sensación de relajación tanto física como mental, que dura varias horas más.

El segundo fármaco es el lexatín, cuyo principio activo es el bromazepam, que podríamos definir como el gran amante de las mujeres mayores de 40 años a bastante distancia de Harrison Ford. Este se vende en presentaciones de 1,5 mg, 3 mg y 6 mg a un precio precio que puede oscilar entre 1 € (caja de 30 cápsulas de 1,5 mg) y 1,5 € (caja de 20 cápsulas de 6 mg).

Sus efectos comienzan a experimentarse a partir de los 15 minutos o media hora desde la toma, produciendo una leve sudoración así como una sensación de amodorramiento (similar a la de la ingesta de alcohol en una comida copiosa), que evoluciona un tiempo después con la percepción de los efectos indeseados, como pérdida de concentración y de agilidad en el procesamiento cognitivo (distracciones, errores en la escritura, pérdida del hilo en la lectura, etc.). A partir de la primera hora, se da un deterioro en la memoria a corto plazo y un enlentecimiento que dificulta la realización de varias tareas simultáneas y a partir de la segunda, los efectos nocivos van desapareciendo progresivamente, manteniéndose ya solo la sensación de relajación, tanto física como psíquica, que dura unas horas más.

Al igual que el alprazolam (al menos en su dosis de 0,25 mg) y siempre que no existan circunstancias que incrementen la potencia del fármaco, estas sustancias podrían permitir la realización de tareas siempre que estas no requieran un alto nivel de concentración y no conlleven cierto nivel de riesgo. No serían desde luego muy recomendables para conducir o manejar maquinaria, como nos indican hasta la saciedad los prospectos de cientos de medicamentos.

Finalmente, el Orfidal, cuyo principio activo es el lorazepam, se oferta en cajas de 25  y 50 comprimidos de 1 mg, oscilando su precio entre 1,30 € (caja de 25 comprimidos) y 1,80 € (caja de 50 comprimidos).

Sus efectos comienzan entre los quince minutos y la media hora después de su toma, con una ligera sudoración, que se entremezcla con una sensación de confusión y embotamiento perceptivo progresivo. Posteriormente la percepción visual se altera y se da una sensación de desrealización y despersonalización (sensación como de estar en un sueño y de ver el mundo o a uno mismo como extraños a la propia realidad), aspecto curioso dado que ambos estados suelen estar relacionados o ser consecuencia de altos niveles de ansiedad. La relajación muscular es apreciable produciendo cierta torpeza motora y dándose una sedación y analgesia placentera que enlentece las funciones cognitivas e impide la realización de cualquier tarea que requiera un mínimo de procesamiento. A las dos horas, la sensación de “estar colocado” o “grogui” es evidente y puede apreciarse cierta sequedad en la boca; y a las tres horas, simplemente quedan los efectos propios de una relajación profunda que torna en somnolencia, razón por la cual este fármaco es ampliamente utilizado como hipnótico.

Sin embargo, el uso de esta sustancia como hipnótico conlleva un efecto secundario que siempre ha generado cierta polémica. Tradicionalmente, la efectividad de los hipnóticos se medía por su capacidad para inducir el sueño. Sin embargo, muchos de ellos tenían ciertos efectos secundarios, de forma que uno efectivamente se dormía, pero se despertaba a la mañana siguiente con una “resaca” importante después de haber tenido un sueño poco reparador (efecto que puedo corroborar).

Esta situación se ha solventado con los denominados hipnóticos de nueva generación que son mucho más eficaces tanto para inducir el sueño como para que este cumpla su finalidad de descansar cuerpo y mente, permitiendo al sujeto iniciar el día con alegría (como decía cierto anuncio de cuyo nombre no quiero acordarme). Uno de los más comunes sedantes hipnóticos recetados actualmente es el zolpidem, cuyo relato de la experiencia cedo a mi amigo Drogoteca, en esta entrada de su blog.

Teniendo en cuenta lo anterior, no parece que el orfidal tenga mucha utilidad como ansiolítico debido a los efectos secundarios y no deseados que generan ciertas dificultades para realizar tareas complejas durante el día, ni como hipnótico, dado que parecen existir alternativas más adecuadas.

Salud y libertad

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La verdad sobre los principales ansiolíticos: alprazolam (trankimazin), bromazepam (lexatin) y lorazepam (orfidal) (1ª parte)

“Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis” (Paracelso)

Con esta entrada me van a permitir que retome el ciclo de entradas “La verdad sobre…”, del cual, como diría Troy McClure, tal vez recuerden otros episodios como “La verdad sobre el tampodka”, “la verdad sobre el metilfenidato” (la famosa pastillita para el TDAH), “la verdad sobre los fármacos para la erección (viagra, levitra y cialis)” o “la verdad sobre el cibersexo”, cuya serie algún día juro terminar. En todo caso, vuelvo a repetir que a pesar de lo categórico del título, ni pretendo sentar cátedra, ni presentar estos datos como dogmas irrefutables sobre los asuntos que tratan, sino simplemente acercar en la medida de lo posible el conocimiento sobre estas temáticas con fines divulgativos, y por qué no decirlo, profundizar desde la experiencia personal en el mismo, lo que creo que me ayuda a mejorar como profesional. Vamos, que ya que uno se molesta en escribir un blog, ¿me permitirán que tire un poco de marketing en los títulos, no?

En esta ocasión, analizaremos tres de los principales ansiolíticos de uso común en España, si bien una primera aclaración que tenemos que realizar es de tipo conceptual. Así, con el término genérico “ansiolíticos” (etimológicamente, destructores de la ansiedad, y también conocidos como tranquilizantes menores) nos referimos al conjunto de fármacos que tienen por efecto disminuir los niveles de activación del organismo, que es la principal característica de la ansiedad.

A este respecto, conviene diferenciar previamente los términos “estrés” y “ansiedad”. La ONU define el estrés como el conjunto de reaccionas fisiológicas que preparan al organismo para la acción, aunque por extensión, los psicólogos se refieran a este como “el mecanismo psicológico que se origina ante una experiencia del organismo frente a la cual éste no tiene una respuesta adecuada, movilizando un mecanismo de emergencia consistente en una activación psicofisiológica que permite recoger más y mejor información, y procesarla e interpretarla más rápida y eficientemente para permitir al organismo dar una respuesta adecuada a la demanda” (Fernández-Abascal, Jiménez y Martín, 2007). Como se ve, esto no es negativo en sí mismo ya que si nos acecha un peligro, parece adecuado que el organismo haga uso de recursos extra que nos permitan enfrentarnos a él. Por eso se habla de un tipo de estrés positivo (eustrés), que es el que nos hace enfrentarnos a un peligro de forma rápida y eficaz, y de un estrés negativo (distrés), que ocurre cuando este mecanismo se activa de forma demasiado intensa o durante más tiempo del necesario frente a una amenaza que no lo requiere.

La ansiedad, por su parte, es el mecanismo de anticipación del estrés. Nuestro cuerpo y nuestra mente, que no siempre son tan estúpidos como parecería a la vista de los comportamientos de algunos, saben que en ocasiones nos vamos a enfrentar a un suceso estresante, y por tanto anticipa esa respuesta para estar preparados y alerta antes de que el hecho suceda.

Dicho de otro modo, si vemos un león enorme y furioso delante de nosotros o a Pilar Rahola vociferando que Cataluña ha sufrido un ataque nuclear por parte de España, nuestro organismo activará recursos extraordinarios para que podamos salir pitando de forma inmediata (estrés), pero si estamos paseando por la sabana donde se pasean este tipo de animales o en un plató de TV3, nuestro organismo también los activará, aunque no los hayamos visto aún, en previsión de que tal suceso pueda ocurrir (ansiedad) y podamos escapar igualmente.

¿Dónde está pues el problema? En que esos mecanismos ansiosos en ocasiones se activan ante hechos que no lo justifican, y se da una respuesta exagerada ante un peligro mínimo o, peor aún, ante un peligro irreal, que solo está en nuestra cabeza. Probablemente sí esté justificado escapar de Rahola, pero no tanto del pobre león si acaba de comer y está “fartuco”.

Las sociedades modernas, especialmente las occidentales, son proclives a la inmediatez y al alarmismo y, por ello, favorecen especialmente que los ciudadanos disparemos nuestros mecanismos de ansiedad, convirtiendo esta patología en un mal endémico del mundo actual. A veces, por el sentido de autoimportancia que nos damos, es difícil asumir que si no hacemos un trabajo en tiempo y forma, el mundo va a seguir a su ritmo y no se va a desatar el apocalipsis, pero les garantizo que así es. Así pues, los denominados ansiolíticos lo que pretenden es reducir este tipo de sobre-excitación injustificada.

Sin embargo, si hablamos más técnicamente de los ansiolíticos, estos suelen pertenecer a un grupo de fármacos denominado benzodiacepinas, un grupo de sustancias que actúan como agonistas (es decir, activadores) de los receptores GABA (en concreto de los receptores GABA-A del ácido gamma-aminobutírico) y que actúan, no solo pero sí especialmente, deprimiendo el sistema límbico (fundamental en la regulación de las emociones y de ciertos instintos primarios). El GABA es un neurotransmisor que tiene un acción inhibitoria, y dependiendo de la subunidad por la cual la bezodiacepina concreta tenga mayor afinidad, generará unos u otros efectos. Así, si tiene mayor afinidad por la subunidad alfa-1, generará sedación, si tiene más afinidad por la subunidad alfa-2 tendrá efectos ansiolíticos, etc (Stahl, S., 2010).

A continuación podemos observar una tabla de diferentes tipos de benzodiacepinas con sus principales usos y dosis que, aunque está un poco desfasada, es bastante intuitiva para hacernos una idea de la multitud de benzodiacepinas existentes y sus usos (Ashton, H., 2002).

La principal ventaja de las benzodiacepinas, además de sus efectos buscados como droga de paz, es que tienen un alto margen de seguridad (recordemos que, aunque hay diferentes formas de cálculo, suele establecerse como el cociente entre la dosis activa media y la dosis letal media), que puede oscilar entre 1/60 y 1/100. Por el contrario, tienen como inconveniente su alto factor de tolerancia y su rapidez para generar dependencia física, que pueden llevar a un peligroso síndrome de abstinencia caracterizado, entre otros, por síntomas como: dolores y calambres abdominales, náuseas y vómitos, sudoración, taquicardia, diarrea e incluso temblor y convulsiones. Además, su uso prolongado puede provocar episodios depresivos, efectos paradójicos de corte ansiógeno y problemas de concentración o en la percepción del tiempo (Escohotado, 2001).

Salud y libertad…

Continua en la 2ª parte.

 

Referencias bibliográficas:

* Escohotado, A. (2001). Historia General de las Drogas. Madrid: Espasa.

*Fernández-Abascal, E., Jiménez Sánchez, M.P. y Martín Díaz, M.D. (2007). Emoción y motivación: la adaptación humana (vol. 2). Madrid: CERASA.

* Stahl, S. (2010). Psicofarmacología Esencial. Barcelona: Planeta.

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