Políticos y psicopatía

Entrada en el blog el Asterisco

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El día que descubrí la estupidez generalizada

“Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada” (Albert Einstein)

A veces es curioso cómo un hecho de la infancia puede quedar grabado a fuego en la conciencia de una persona o cómo un suceso emocional hace que los recuerdos se fijen en la mente. Nunca le he contado esto a nadie, pero recuerdo perfectamente el día que descubrí la estupidez generalizada o, para no herir las sensibilidades de antiguos compañeros a los que recuerdo y tengo gran afecto, al menos el día que descubrí que era distinto a la hora de aceptar las verdades establecidas.

Estaba en una clase de Religión de 6º de EGB (ahora lo llamarían primaria), cuando el cura en cuestión, uno de esos cabrones que nunca debió haberse dedicado a la docencia, estaba explicando el Génesis.

Voy a hacer un pequeño inciso para explicar que, aunque ya es conocida mi falta de querencia por las instituciones católicas, nada tengo en contra de los curas por el hecho de serlo (incluso hay algunos que me parecen ejemplo de coherencia y de bondad y a los que guardo cierto cariño), como nada tengo en lo personal contra este del que hablo y de cuyo nombre no quiero acordarme (aunque recuerdo perfectamente). Cuando digo que era un cabrón y que nunca debió desempeñar labor alguna en el mundo educativo, lo digo a conciencia, pues fue la  persona a la que le vi meter dos de las hostias más escalofriantes que he “visto” en mi vida (el entrecomillado lo entenderán en la segunda).

Una de ellas se debió a que un compañero que estaba escribiendo en la pizarra no sabía la respuesta de vete tú a saber qué gilipollez de esas que el sistema educativo se empeñaba y se empeña en meternos a calzador. El cura en cuestión pasó por detrás de él y a traición le empujó la coronilla empotrándole la cara contra el encerado.

La segunda fue producto de un ejercicio de papiroflexia. Otro chaval al que habían expulsado de clase tenía un fraile hecho de papel con una pestaña en los pies de esas que se estiran y hacen que el muñequito de papel haga algo. El cura, mientras le echaba la bronca por la expulsión, vio tal ejercicio de creatividad y dijo que al menos tenía dotes artísticas… hasta que tiró de la pestaña. En ese momento al frailecillo de papel le salió de la sotana un pollazo que ríete tú del caballo de Espartero, con la consecuencia inmediata de un tortazo que hizo que la cabeza del malogrado compañero rebotara en los cristales de la ventana y, dado que todas las ventanas estaban conectadas, retumbaran al compás. Imagínense cómo sería la hostia, que mis compañeros y yo, que ni siquiera estábamos en esa clase, sino en la de al lado, escuchamos el golpe en las ventanas, enterándonos de lo ocurrido cuando salimos al recreo.

Bueno, pues volviendo al Génesis, en concreto al Génesis 2:17, el mencionado “educador” nos estaba explicando la historieta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Ya saben, que Dios que estaba aburrido ese día y no tenía otra cosa que hacer se estaba dando un garbeo por el Jardín del Edén y le dijo a Adán: “come higos o lo que te salga del ídem, menos del árbol ese que la espichas”. Después creó a los animales y a Eva, y la serpiente le dijo a Eva que eso de morir tururú, que si comían de ese árbol lo que ocurriría sería que adquirirían conocimiento y se convertirían en dioses pues sabrían distinguir el bien del mal. Y Eva, pensó: “la idea es cojonuda, pero este marrón no me lo como yo sola”. Total que comió y tentó al otro que era un poco calzonazos para que comiera también y se lio parda.

Yo, que ya conocía la historia, había reflexionado varias veces sobre algunas cuestiones que no me encajaban y tenía ideas un poco peregrinas. Primero, que Dios no era tan puro porque había mentido (no murieron). Segundo, que menuda injusticia el castigo para la serpiente que, además de dar conocimiento y libertad a los seres humanos, había dicho la verdad; y tercero, que si Dios no quería que comieran del dichoso árbol, no tenía que haberlo creado.

Plantear las dos primeras cuestiones era impensable desde todo punto de vista, pero con la tercera me animé y, bastante acojonado (por no decir del todo) y lleno de inocencia, levanté la mano en medio de clase para preguntar: “padre, una duda, si Dios no quería que comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal, ¿por qué lo creó?”.

Se pueden imaginar el descojone generalizado del resto de compañeros. Sin embargo, lo que yo recuerdo con asombrosa lucidez (y les garantizo que me carcome el no poder saber si esa imagen es certera y real o una mera distorsión por el paso del tiempo) más que el cachondeo, es la sonrisa nerviosa del cura, sus ojos mirándome con una expresión de entre desprecio y terror, y su explicación simplona diciendo que aquello era solo un cuento para explicar algo que estaba fuera de nuestro conocimiento y que no hacía falta que le buscáramos más justificación. Te lo crees o no, pero lo que implica lo aceptas.

Fue la primera vez que me planteé que, al menos para mí, no era suficiente una religión que estaba basada en cuentos que no necesitaban explicación. También fue la primera vez que maldije mi curiosidad como una condena y juro que durante un tiempo, intenté dejar de hacerme preguntas y encajar en lo que se supone, y donde se supone, que tenía que encajar.  Demasiada presión para un mocoso de apenas 12 años enfrentarse a sus compañeros, a sus profesores, a su colegio y al sistema de creencias de Occidente.

No duró mucho, quizás porque como buen Virgo según el horóscopo (otro cuento que tampoco necesita explicación), los virgos se preguntan el porqué de todo.

Desde hace mucho tiempo, agradezco en parte la condena de mi curiosidad, aunque no lo voy a negar, a veces me gustaría vivir en la felicidad del idiota que ni se hace preguntas ni necesita respuestas. Y conste que no quiero faltar al respeto a las creencias de nadie, todas me parecen respetables mientras no vayan contra los derechos civiles, muchas reconozco que ayudan a sacar lo mejor de algunas personas y a mí mismo me apasiona el estudio de los temas religiosos del que he sacado enseñanzas interesantes y válidas. Lo que critico es la aceptación ciega de dogmas y la ausencia intencionada de preguntas que se hacen algunos  en pro de una falsa seguridad que haga más fácil la vida (a este respecto recomiendo la serie de Castlevania, anime para adultos con un mensaje impecable, disponible en Netflix).

Hoy mientras tomaba una cerveza, estaba debatiendo con una buena amiga, muy religiosa cosa que como digo respeto, sobre religión; y mi hijo, que me da la impresión que es igual de bocazas que yo (que el dios que sea lo proteja), dijo que a él no le caían bien los curas y que no creía en esa religión, que él era “isotérico” y creía en los vampiros y los hombres lobo. Ella me miró con cara de: “ya te vale, que no crea en Dios y crea en esas cosas”, y aunque yo no dije nada, reconozco que pensé: “bueno a fin de cuentas ambos tienen la misma probabilidad de ser reales”: cuentos sin explicación basados en tradiciones, mitos y leyendas.

Salud y libertad…

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La verdad sobre los principales ansiolíticos: alprazolam (trankimazin), bromazepam (lexatin) y lorazepam (orfidal) (2ª parte)

“En los sesenta la gente tomaba ácido para hacer el mundo raro. Ahora que el mundo es raro, la gente toma Prozac para hacerlo normal.” (Damon Albarn)

En la primera parte hemos visto cuatro apuntes teóricos básicos, pero como sé que son ustedes unos morbosos irremediables, pasemos al meollo de la cuestión, no sin antes aprovechar la presentación que cierto conde nos expone para presentar la película Creepshow 2 y que bien podemos aprovechar para el caso que nos ocupa, (basta ver este video entre el minuto 4:20 y 4:55, no es necesario que se traguen toda la película).

Y como siempre, recordando que una cosa es el uso de estos fármacos de forma ocasional para reducir la ansiedad puntual de un episodio concreto y otra muy diferente el tratamiento terapéutico para patologías específicas de corte ansioso (ansiedad generalizada, fobias, TOC, etc.) comenzamos con el gráfico de evolución relativa a presión arterial y frecuencia cardiaca, que son las respuestas fisiológicas que podemos medir con equipos de andar por casa, sin recurrir a grandes tecnologías que cuestan un dineral, del que de momento, carezco.

Como pueden ver, la cosa es más o menos estable en la presión diastólica y en el caso del alprazolam también en la sistólica, cosa que no ocurre con el lexatin, que genera una bajada desde el momento de la toma y hasta dos horas después. El orfidal, por el contrario, favorece una subida desde el momento de la toma y también hasta unas dos horas después de la misma, cuando los valores se estabilizan. En este último caso, quizás debería realizar otro experimento evaluando el efecto que leer las habituales chorradas e indecencias de twitter puede llegar a producir en el sistema nervioso. Desde luego en el circulatorio parece que se nota, por lo que tampoco debemos descartar el efecto de la tercera variable.

En todo caso, y fuera de bromas, sí parece haber un efecto paradójico y curioso en el caso de la frecuencia cardiaca con el uso del orfidal, que una hora después de la toma lleva a las 100 pulsaciones y que cuatro horas después del inicio, aún se mantiene en unos niveles altos (103 pulsaciones), sin que ello impida percibir un estado de mayor relajación y reducción de la ansiedad.

Al margen de los datos generales, el primer ansiolítico probado es el trankimazin, cuyo principio activo es el alprazolam, que se vende (con receta, como todas las benzodiacepinas) en dosis de 0,25 mg; 0,5 mg; 1mg y 2 mg (también en gotas orales en solución de 0,75 mg /ml), a un precio que oscila aproximadamente entre 1,5€ (la caja de 30 comprimidos de 0,25 mg) y 8 € (la caja de 50 comprimidos de 2 mg). Realmente, este fármaco ya lo había probado en su dosis de 0,25 mg pues es particularmente efectivo para rebajar la ansiedad las primeras veces que uno tiene que hablar en público (aunque otros prefieren el betabloqueante sumial –propranolol-, que además elimina los temblores) y para dejar de fumar, de lo que no me resisto a comentar algunos aspectos.

Me gustaría comentar que el tabaco es la única droga que no he podido controlar en cuanto a su consumo. Siempre que he iniciado los periodos de fumeteo se ha producido un incremento paulatino de este, de forma que en pocas semanas hago un uso compulsivo del mismo que puede no bajar de cajetilla o cajetilla y media diaria. Ante este hecho, la respuesta lógica es dejarlo, tanto por razones de salud como de coste económico. Y en mi caso, además de la hipnosis, con la que he tenido algunos rápidos y sorprendentes éxitos como terapeuta, más limitados en mí mismo como paciente, un buen mecanismo de eliminación lo ha facilitado el alprazolam. Una dosis de 0,25 mg de alprazolam por la mañana los tres o cuatro días posteriores a la decisión de dejar de fumar, reduce de forma considerable los síntomas más graves del síndrome de abstinencia de la nicotina (que suele durar en su forma más intensa alrededor de una semana), haciéndolo más llevadero y garantizando notables tasas de éxito. Lo de la adicción psicológica, ya es otra historia, pero les invito a probar para ese supuesto otro remedio tan útil como barato: las piruletas, mucho mejor que los vapeadores, que además de ser más caros y tener efectos para la salud aún desconocidos, a mí personalmente me generan importantes dolores de cabeza.

El alprazolam a tal dosis parece por tanto un fármaco bastante útil contra la ansiedad, dado que en mi experiencia rebaja los síntomas físicos y fisiológicos de la ansiedad, sin reducir en absoluto las capacidades cognitivas, lo que permite realizar las actividades que uno tenga que realizar sin ver disminuido su potencial o capacidad de acción.

En este caso los comprimidos no se corresponden con la caja, ya que los comprimidos son de alprazolam genérico, pero no trankimazin

No obstante, dado que ya conocía estos efectos, de cara al experimento utilicé la dosis de 0,5 mg retard (abstengámonos de chistes fáciles sobre si el término se debe a una característica de la sustancia o del sujeto experimental), que es un mecanismo de acción prolongada por el cual una parte de la sustancia se libera inmediatamente tras el consumo, mientras otra parte se va liberando de forma gradual, lo que permite extender los efectos del fármaco y por tanto ampliar el tiempo entre dosis. Este incremento de la dosis he de reconocer que no fue muy acertado por cuanto potenció los efectos considerablemente. Si a los quince minutos se produce cierta relajación con disminución de la tensión muscular, a partir de la media hora, se comienzan a sentir los efectos secundarios y no deseados, como una ligera somnolencia y enlentecimiento en el procesamiento cognitivo especialmente llamativo por las dificultades de concentración que genera y cierto embotamiento perceptivo acompañado de cansancio. A las dos horas, la ligera somnolencia pasa a convertirse en una sensación de letargo y adormecimiento importante (di literalmente cabezadas para no dormirme, aunque esto podría estar influenciado por el cansancio del día en cuestión), con debilidad en las extremidades y una incapacidad para realizar tareas que requieran de un mínimo procesamiento cognitivo. Finalmente, a las cuatro horas, comienza la recuperación de facultades, quedando una leve sensación de enlentecimiento y dificultad de concentración, manteniéndose no obstante la sensación de relajación tanto física como mental, que dura varias horas más.

El segundo fármaco es el lexatín, cuyo principio activo es el bromazepam, que podríamos definir como el gran amante de las mujeres mayores de 40 años a bastante distancia de Harrison Ford. Este se vende en presentaciones de 1,5 mg, 3 mg y 6 mg a un precio precio que puede oscilar entre 1 € (caja de 30 cápsulas de 1,5 mg) y 1,5 € (caja de 20 cápsulas de 6 mg).

Sus efectos comienzan a experimentarse a partir de los 15 minutos o media hora desde la toma, produciendo una leve sudoración así como una sensación de amodorramiento (similar a la de la ingesta de alcohol en una comida copiosa), que evoluciona un tiempo después con la percepción de los efectos indeseados, como pérdida de concentración y de agilidad en el procesamiento cognitivo (distracciones, errores en la escritura, pérdida del hilo en la lectura, etc.). A partir de la primera hora, se da un deterioro en la memoria a corto plazo y un enlentecimiento que dificulta la realización de varias tareas simultáneas y a partir de la segunda, los efectos nocivos van desapareciendo progresivamente, manteniéndose ya solo la sensación de relajación, tanto física como psíquica, que dura unas horas más.

Al igual que el alprazolam (al menos en su dosis de 0,25 mg) y siempre que no existan circunstancias que incrementen la potencia del fármaco, estas sustancias podrían permitir la realización de tareas siempre que estas no requieran un alto nivel de concentración y no conlleven cierto nivel de riesgo. No serían desde luego muy recomendables para conducir o manejar maquinaria, como nos indican hasta la saciedad los prospectos de cientos de medicamentos.

Finalmente, el Orfidal, cuyo principio activo es el lorazepam, se oferta en cajas de 25  y 50 comprimidos de 1 mg, oscilando su precio entre 1,30 € (caja de 25 comprimidos) y 1,80 € (caja de 50 comprimidos).

Sus efectos comienzan entre los quince minutos y la media hora después de su toma, con una ligera sudoración, que se entremezcla con una sensación de confusión y embotamiento perceptivo progresivo. Posteriormente la percepción visual se altera y se da una sensación de desrealización y despersonalización (sensación como de estar en un sueño y de ver el mundo o a uno mismo como extraños a la propia realidad), aspecto curioso dado que ambos estados suelen estar relacionados o ser consecuencia de altos niveles de ansiedad. La relajación muscular es apreciable produciendo cierta torpeza motora y dándose una sedación y analgesia placentera que enlentece las funciones cognitivas e impide la realización de cualquier tarea que requiera un mínimo de procesamiento. A las dos horas, la sensación de “estar colocado” o “grogui” es evidente y puede apreciarse cierta sequedad en la boca; y a las tres horas, simplemente quedan los efectos propios de una relajación profunda que torna en somnolencia, razón por la cual este fármaco es ampliamente utilizado como hipnótico.

Sin embargo, el uso de esta sustancia como hipnótico conlleva un efecto secundario que siempre ha generado cierta polémica. Tradicionalmente, la efectividad de los hipnóticos se medía por su capacidad para inducir el sueño. Sin embargo, muchos de ellos tenían ciertos efectos secundarios, de forma que uno efectivamente se dormía, pero se despertaba a la mañana siguiente con una “resaca” importante después de haber tenido un sueño poco reparador (efecto que puedo corroborar).

Esta situación se ha solventado con los denominados hipnóticos de nueva generación que son mucho más eficaces tanto para inducir el sueño como para que este cumpla su finalidad de descansar cuerpo y mente, permitiendo al sujeto iniciar el día con alegría (como decía cierto anuncio de cuyo nombre no quiero acordarme). Uno de los más comunes sedantes hipnóticos recetados actualmente es el zolpidem, cuyo relato de la experiencia cedo a mi amigo Drogoteca, en esta entrada de su blog.

Teniendo en cuenta lo anterior, no parece que el orfidal tenga mucha utilidad como ansiolítico debido a los efectos secundarios y no deseados que generan ciertas dificultades para realizar tareas complejas durante el día, ni como hipnótico, dado que parecen existir alternativas más adecuadas.

Salud y libertad

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La verdad sobre los principales ansiolíticos: alprazolam (trankimazin), bromazepam (lexatin) y lorazepam (orfidal) (1ª parte)

“Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis” (Paracelso)

Con esta entrada me van a permitir que retome el ciclo de entradas “La verdad sobre…”, del cual, como diría Troy McClure, tal vez recuerden otros episodios como “La verdad sobre el tampodka”, “la verdad sobre el metilfenidato” (la famosa pastillita para el TDAH), “la verdad sobre los fármacos para la erección (viagra, levitra y cialis)” o “la verdad sobre el cibersexo”, cuya serie algún día juro terminar. En todo caso, vuelvo a repetir que a pesar de lo categórico del título, ni pretendo sentar cátedra, ni presentar estos datos como dogmas irrefutables sobre los asuntos que tratan, sino simplemente acercar en la medida de lo posible el conocimiento sobre estas temáticas con fines divulgativos, y por qué no decirlo, profundizar desde la experiencia personal en el mismo, lo que creo que me ayuda a mejorar como profesional. Vamos, que ya que uno se molesta en escribir un blog, ¿me permitirán que tire un poco de marketing en los títulos, no?

En esta ocasión, analizaremos tres de los principales ansiolíticos de uso común en España, si bien una primera aclaración que tenemos que realizar es de tipo conceptual. Así, con el término genérico “ansiolíticos” (etimológicamente, destructores de la ansiedad, y también conocidos como tranquilizantes menores) nos referimos al conjunto de fármacos que tienen por efecto disminuir los niveles de activación del organismo, que es la principal característica de la ansiedad.

A este respecto, conviene diferenciar previamente los términos “estrés” y “ansiedad”. La ONU define el estrés como el conjunto de reaccionas fisiológicas que preparan al organismo para la acción, aunque por extensión, los psicólogos se refieran a este como “el mecanismo psicológico que se origina ante una experiencia del organismo frente a la cual éste no tiene una respuesta adecuada, movilizando un mecanismo de emergencia consistente en una activación psicofisiológica que permite recoger más y mejor información, y procesarla e interpretarla más rápida y eficientemente para permitir al organismo dar una respuesta adecuada a la demanda” (Fernández-Abascal, Jiménez y Martín, 2007). Como se ve, esto no es negativo en sí mismo ya que si nos acecha un peligro, parece adecuado que el organismo haga uso de recursos extra que nos permitan enfrentarnos a él. Por eso se habla de un tipo de estrés positivo (eustrés), que es el que nos hace enfrentarnos a un peligro de forma rápida y eficaz, y de un estrés negativo (distrés), que ocurre cuando este mecanismo se activa de forma demasiado intensa o durante más tiempo del necesario frente a una amenaza que no lo requiere.

La ansiedad, por su parte, es el mecanismo de anticipación del estrés. Nuestro cuerpo y nuestra mente, que no siempre son tan estúpidos como parecería a la vista de los comportamientos de algunos, saben que en ocasiones nos vamos a enfrentar a un suceso estresante, y por tanto anticipa esa respuesta para estar preparados y alerta antes de que el hecho suceda.

Dicho de otro modo, si vemos un león enorme y furioso delante de nosotros o a Pilar Rahola vociferando que Cataluña ha sufrido un ataque nuclear por parte de España, nuestro organismo activará recursos extraordinarios para que podamos salir pitando de forma inmediata (estrés), pero si estamos paseando por la sabana donde se pasean este tipo de animales o en un plató de TV3, nuestro organismo también los activará, aunque no los hayamos visto aún, en previsión de que tal suceso pueda ocurrir (ansiedad) y podamos escapar igualmente.

¿Dónde está pues el problema? En que esos mecanismos ansiosos en ocasiones se activan ante hechos que no lo justifican, y se da una respuesta exagerada ante un peligro mínimo o, peor aún, ante un peligro irreal, que solo está en nuestra cabeza. Probablemente sí esté justificado escapar de Rahola, pero no tanto del pobre león si acaba de comer y está “fartuco”.

Las sociedades modernas, especialmente las occidentales, son proclives a la inmediatez y al alarmismo y, por ello, favorecen especialmente que los ciudadanos disparemos nuestros mecanismos de ansiedad, convirtiendo esta patología en un mal endémico del mundo actual. A veces, por el sentido de autoimportancia que nos damos, es difícil asumir que si no hacemos un trabajo en tiempo y forma, el mundo va a seguir a su ritmo y no se va a desatar el apocalipsis, pero les garantizo que así es. Así pues, los denominados ansiolíticos lo que pretenden es reducir este tipo de sobre-excitación injustificada.

Sin embargo, si hablamos más técnicamente de los ansiolíticos, estos suelen pertenecer a un grupo de fármacos denominado benzodiacepinas, un grupo de sustancias que actúan como agonistas (es decir, activadores) de los receptores GABA (en concreto de los receptores GABA-A del ácido gamma-aminobutírico) y que actúan, no solo pero sí especialmente, deprimiendo el sistema límbico (fundamental en la regulación de las emociones y de ciertos instintos primarios). El GABA es un neurotransmisor que tiene un acción inhibitoria, y dependiendo de la subunidad por la cual la bezodiacepina concreta tenga mayor afinidad, generará unos u otros efectos. Así, si tiene mayor afinidad por la subunidad alfa-1, generará sedación, si tiene más afinidad por la subunidad alfa-2 tendrá efectos ansiolíticos, etc (Stahl, S., 2010).

A continuación podemos observar una tabla de diferentes tipos de benzodiacepinas con sus principales usos y dosis que, aunque está un poco desfasada, es bastante intuitiva para hacernos una idea de la multitud de benzodiacepinas existentes y sus usos (Ashton, H., 2002).

La principal ventaja de las benzodiacepinas, además de sus efectos buscados como droga de paz, es que tienen un alto margen de seguridad (recordemos que, aunque hay diferentes formas de cálculo, suele establecerse como el cociente entre la dosis activa media y la dosis letal media), que puede oscilar entre 1/60 y 1/100. Por el contrario, tienen como inconveniente su alto factor de tolerancia y su rapidez para generar dependencia física, que pueden llevar a un peligroso síndrome de abstinencia caracterizado, entre otros, por síntomas como: dolores y calambres abdominales, náuseas y vómitos, sudoración, taquicardia, diarrea e incluso temblor y convulsiones. Además, su uso prolongado puede provocar episodios depresivos, efectos paradójicos de corte ansiógeno y problemas de concentración o en la percepción del tiempo (Escohotado, 2001).

Salud y libertad…

Continua en la 2ª parte.

 

Referencias bibliográficas:

* Escohotado, A. (2001). Historia General de las Drogas. Madrid: Espasa.

*Fernández-Abascal, E., Jiménez Sánchez, M.P. y Martín Díaz, M.D. (2007). Emoción y motivación: la adaptación humana (vol. 2). Madrid: CERASA.

* Stahl, S. (2010). Psicofarmacología Esencial. Barcelona: Planeta.

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Reflexiones sobre educación espiritual

“Dios perdonará a los que le niegan; pero ¿qué hará con los que cometen maldad en su nombre?” (Jacinto Octavio Picón)

Determinar el tipo de educación que uno desea para su hijo es probablemente una de las decisiones más difíciles a las que un padre tiene que enfrentarse, al menos si uno no ignora o delega esta obligación, o si no desea ser responsable de que en el futuro su hijo se convierta en un auténtico gilipollas, de lo que ya existe bastante riesgo en una sociedad como esta que padecemos sin necesidad de que los padres aporten su particular contribución para tal fin. Realmente pocas cosas se me ocurren más tristes que imaginar a un sujeto en su lecho de muerte pensando que su hijo se convirtió en un cretino integral por culpa suya.

Teniendo esto en cuenta, conviene recordar una taxonomía existente en el ámbito psicopedagógico que señala cuatro grandes estilos educativos en función de la demostración de afectividad y receptividad comunicativa de los padres, por un lado, y de la exigencia de autoridad y respeto a las normas que se demanda, por otro. Tendríamos así la educación autoritaria, caracterizada por un alto nivel de disciplina, control y exigencia a la par que por una baja demostración de afecto y escasa comunicación; la educación democrática, con un alto afecto, apoyo e interés por el desarrollo del niño como individuo, sin que ello impida mantener una cierta exigencia y disciplina; la educación permisiva (también denominada laissez-faire), donde se da una demostración sincera de afecto y apoyo al menor, pero sin ningún tipo de exigencia y control de sus acciones; y la educación negligente, donde se aprecia una ausencia total de control y disciplina que se acompaña de distanciamiento afectivo cuando no directamente rechazo u hostilidad (lo que nos puede llevar a pensar por qué este tipo de padres decide tener un hijo en lugar de comprarse un cactus).

La adopción de un tipo u otro de estilo es importante pues hay estudios que indican que la educación autoritaria tiende a generar personas con baja autoestima, escasas habilidades sociales y con tendencia a la depresión; la educación permisiva, menores inmaduros e inseguros con baja tolerancia a la frustración y dificultades para la gestión emocional; la educación negligente, personas sin límites y sin empatía con baja valoración de sí mismas; y la educación democrática (que sería la ideal), personas empáticas y con alta autoestima, independientes y competentes tanto laboral como socialmente.

No obstante, esta es solo una de las categorizaciones educativas, pues existen varias, además de condiciones educativas sin tanto sustento académico detrás, pero que todos podemos comprobar en nuestro entorno. A mí, por ejemplo, me llama mucho la atención la concepción educativa (que me he encontrado alguna vez en consulta) de los psicópatas que consideran a los hijos propiedad suya y que, por tanto, pretenden convertirlos en mini-yoes a través de los cuales desarrollar su delirante idea de trascendencia.

O la de ciertos fanáticos que confunden educación con adoctrinamiento, tan actual en ciertas regiones españolas, y que se basa en ir inculcando emociones de odio al niño desde bien pequeño para que los papis puedan superar sus complejos y estar orgullosos de las ansias de heroísmo de la figura de su vástago, aunque ello implique convertirlo en un monstruo y crearle una situación de infelicidad perpetua.

Pero más allá de generalidades sobre las apreciaciones educativas hay diferentes contextos en los que los padres tendrán que mojarse buscando la adecuada educación de sus hijos para su desarrollo personal. Los padres tendrán que concretar una educación moral para sus hijos (¿es lícito utilizar la violencia con otro. En qué circunstancias?), una educación social (¿cómo se concibe al otro?), una educación sexual (¿cuál es la finalidad del sexo: reproducirse o disfrutar?), una educación académica (¿qué exigencia de formación considero básica?) y, desde luego una educación espiritual (¿existe un dios? ¿Hay algo más allá de la muerte?), incluso aunque esta consista en negar tal realidad.

A este respecto, siempre es bueno recordar el puritanismo de ciertos colegios religiosos estadounidenses donde “se prohibía la educación sexual”. Y es que negar tal educación, posicionándose en contra del acceso a la información sexual o incluso de la mera mención del tema delante de los niños, también es un tipo de educación, ya que transmite la idea de que el sexo es algo oscuro y pecaminoso que no debe ser tratado. Como se pueden imaginar, una postura ideal para el sano equilibrio mental de los futuros adultos, amén de un impulso motivador difícilmente igualable para la búsqueda de tan hermético secreto.

Algo parecido ocurre con la educación espiritual. Porque guste más o menos a los padres, creyentes o no, es una cuestión de tiempo que el niño sea consciente de la universalidad de la muerte y quiera conocer su misterio. Incluso es posible que tenga ciertos deseos de trascendencia, lo que puede llevarlo a desarrollar un gran potencial artístico o filosófico (por aquello de dejar un recuerdo en este mundo), o a la más firme autodestrucción si no sabe cómo enfrentarse a la pérdida de los que le van rodeando mientras espera su turno (duelos no resueltos que se denominan en el argot psicológico).

El problema de educar en este área está, como suele ser habitual, en la delegación de funciones. Y no porque compartir la labor educativa con ciertas instituciones sea algo criticable, que no solo no lo es sino que parece algo deseable, sino por el peligro de delegar esta función de forma completa a “especialistas“ que se sitúan en otro plano de conocimiento, lo que puede tener consecuencias nefastas.

Para muestra, el titular con el que despertábamos esta misma semana: “Un informe desvela 300 casos de sacerdotes depredadores sexuales y 1000 niños víctimas”. Una noticia que daba a conocer un nuevo escándalo de pederastia en la Iglesia Católica, hecho institucionalmente conocido y que trató de ocultarse como tantos otros.

Como tantos otros casos y como tantas otras instituciones, religiosas o no, que también tratan de guardar el polvo debajo de la alfombra (nunca mejor dicho). Basten como muestra los casos equivalentes en la religión musulmana, o los casos que el periodista Eric Frattini expone en su imprescindible libro: “ONU. Historia de la Corrupción”, donde muestra cuál es la moneda de cambio en los campos de refugiados de ACNUR o donde detalla el porqué de la expresión asumida por la población en zonas de conflicto bélico: “si ves a un casco azul, corre”. Si les aburre mucho el inigualable placer de la lectura pueden escucharlo aquí a partir del minuto 46 y del minuto 68.

Pero incluso prescindiendo del encubrimiento directo por parte de la religión católica a través, por ejemplo, de su vergonzante Instrucción: “Crimen Sollicitationis” o de sus equivalentes en otras confesiones, es por situaciones como estas por las que los padres deberían estar alerta y concienciarse de la necesidad, casi por supervivencia, de educar críticamente a sus hijos para hacerles conocedores de tres realidades:

La primera, que más allá de las creencias (o increencias) que tenga cada uno, nadie tiene contacto directo ni status privilegiado para contactar con el más allá ni con supuestos dioses y, por tanto, no existe un conocimiento arcano que exija someterse a las garras de supuestas autoridades religiosas y morales superiores que probablemente tengan el mismo conocimiento que cualquier otro mortal sobre la muerte y lo que existe o no más allá de ella. Bastantes problemas tiene aún la ciencia actual para determinar y definir el proceso de muerte, como para fiarnos de meros argumentos irracionales por muy respetables (no todos) que sean.

La segunda, que es muy lícito buscar el conocimiento metafísica o religiosamente pero siendo consciente de que tal proceso debe ser, en este caso, una búsqueda conjunta de saber y no un sometimiento a directrices o normas férreas y externas, ya sean aleatorias o interesadas.

Y la tercera, que bajo bellos discursos y bonitas palabras existen malnacidos que aprovecharán su posición como autoridad para explotar las emociones y empequeñecer a otros con el fin de conseguir sus propios fines, que en muchas ocasiones estarán repletos de todo lo contrario a aquello que dicen defender y donde seguramente no faltará un buen aliño de degeneración y perversión (muy lícita siempre que respete dos límites claros: ser entre adultos y entre dos personas que consienten libremente).

Salud y libertad

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El PSOE y sus ocurrencias educativas

“La mayor parte de la gente confunde la educación con instrucción” (Severo Catalina)

Como reza el dicho: “ya llegó el verano, ya llegó la fruta y el que no descanse…” puede pasar a leer la nueva entrada del blog, en esta ocasión a cuenta de las recientes ocurrencias de la ministra de educación, que parecen tener un nivel de peligrosidad semejante a esas concepciones demagógicas y dogmáticas que pergeñaron la LOGSE con erótico resultado (que diría Homer Simpson).

Y es que si por algo destaca la izquierda, en esto igual que la derecha, es por tener unas creencias totalmente infundadas y apriorísticas sin ningún sustento sobre lo que hay que hacer para arreglar el panorama educativo. A algún alma pensante quizás le parecería una alternativa razonable lo de hacer un estudio previo que permitiera establecer un diagnóstico desinteresado sobre las variables que hay que tocar para arreglar el sistema, pero eso queda muy lejos de la sapiencia y omnisciencia de nuestros, por otra parte, cultivadísimos políticos. Que se lo pregunten si no, a Adriana Lastra.

En todo caso, por una cuestión de brevedad les remitiré directamente a la entrevista del diario El Mundo en la que Isabel Celaá amenazaba con la siguiente decisión: “Voy a dar más peso a la comunidad educativa en la elección de directores” y en el cual hay tres aspectos que me gustaría comentar.

El primero de ellos es el relativo al que facilita el titular de la noticia. Dar más peso a la comunidad educativa para elegir director es un error por la simple razón de que es convertir la elección de este órgano en un casting de Operación Truño, con el agravante de que al menos a los miembros del casting de OT se les “presupone” cierto conocimiento musical, aspecto que en el caso de los padres es discutible. Es cierto que el PSOE siempre se las ha ingeniado para nombrar directores serviles en los centros escolares, incluso con concursos (¿amañados?) donde se daba una puntuación de cero al programa educativo del aspirante alternativo al deseado, pero lo que faltaba es someter la dirección del centro no ya solo a las habituales peleas entre docentes sino, especialmente, a las AMPAS (nunca mayor acierto homófono tuvo esta denominación). Estas, compuestas en el mejor de los casos por mediocres que quieren utilizar esta vía para ascender en sus respectivos partidos políticos y, en el peor, por padres aburridos que no teniendo conocimientos ni sentido común para educar a sus propios hijos, pretenden imponer sus peregrinas estupideces a los hijos de los demás. Ya saben a lo que me refiero: eliminar los donuts y sustituirlos por alfalfa (supongo que en una enfermiza proyección lúbrica por la que visualizan a sus hijos ganando el Derby de Kentucky), prohibir cantar villancicos en Navidad por resultar ofensivos para las minorías pero aprovechar el ramadán din don para explicar la religión musulmana, que queda supermulticultural, etcétera.

El segundo aspecto es el de los itinerarios educativos, si bien en este caso la mala leche de la entrevistadora ya permite anticipar la incoherencia de la respuesta en la propia estructura de la cuestión: ¿Por qué los itinerarios son «segregadores» cuando los pone el PP pero no cuando los incorporó Ángel Gabilondo? le pregunta a la ministra. El ZAS! es antológico, pero más allá de ello, lo que alguien le debería de explicar a la ministra es que los itinerarios no segregan, sino que diferencian. Hay un matiz importante en ello, por cuanto generar diferentes caminos que lleven a un alumno a desarrollarse, integrarse en la sociedad y en el mercado laboral solo es ampliar sus oportunidades, frente a una uniformidad mal entendida que pretende que todos hagan lo mismo adaptándose, por supuesto, al nivel del más bajo (o del más vago). Y es que en el PSOE siempre ha habido una acomplejada e interesada confusión de términos, aspecto que podemos comprobar no solo en la dicotomía: segregación vs diferencia, sino muy especialmente, en la dicotomía: igualdad vs equidad, cuya explicación por su simplicidad deberían interiorizar al observar la siguiente viñeta:

Resultado de imagen de igualdad equidad

Por último, nos señala la señora ministra que la asignatura de religión no será extraescolar y que los que no la elijan recibirán atención educativa, a lo que con buen criterio la periodista responde que si consistirá por tanto en hacer dibujitos como hasta el momento. Y replica la buena ministra que eso no es así, lo que da pie a pensar una de dos cosas: o bien que la señora ministra no tiene NI PUTA IDEA de la realidad que se vive en los centros escolares de los que es responsable, o bien que es plenamente consciente de ello pero que no se puede permitir afirmarlo. Lo cierto es que, efectivamente, la alternativa de religión consiste en hacer dibujitos y cosas peores, porque en esa alternativa no se permite avanzar curricularmente y les voy a ahorrar el hilarante debate de un colegio cercano, donde los padres religiosos se quejaron porque la alternativa a dicha asignatura consistía en un programa de desarrollo de la inteligencia (finalmente eliminado). Una elección es una elección y lícito es que si unos han conseguido que sus hijos estudien religión, los padres no creyentes planteen una alternativa que suponga que sus hijos no tengan que estar perdiendo el tiempo. Dicho de otro modo, elija usted si prefiere que su hijo incremente su fe o que desarrolle su inteligencia.

Pero peor aún es que, en este planteamiento, la ministra utilice el argumento de que la religión no debe tener una asignatura espejo porque el derecho de unos a hacer Religión no puede conllevar la obligación de otros a hacer otra cosa semejante. Y digo peor no porque esté en contra de tal plantemiento, sino por la incoherencia y desfachatez farisea que se da cuando la misma persona que argumenta esto impone ciertas lenguas minoritarias como la Lengua Asturiana creando asignaturas espejo como (¿la utilísima?) “Cultura Asturiana” en un evidente intento de que los hijos ajenos cursen algo sí o sí, y porque lo dicta su excelencia. ¿Por qué en este caso no puede elegir el niño entre estudiar asturiano o francés, inglés, alemán… chino mandarín? Por varias razones probablemente:

1.- Porque entonces el porcentaje de estudiantes que cursarían tal materia sería tan irrirosorio que se caería el chiringuito nazionalista por su propio peso.

2.- Porque las quejas de los padres de los niños que cursan asturiano alegando que cursar otro idioma ÚTIL va en demérito de sus hijos se escucharían hasta en la China Popular (que decía el otro sinvergüenza).

3.- Y, especialmente, porque la imposición lingüística, a diferencia de la espiritual, sí es dogma de la nueva, aunque laica, religión socialista. Y ello con el objetivo de conseguir el beneficio instrumental, que tan buenos resultados dio a los nazionalistas, de favorecer aprendizajes útiles a sus vástagos mientras hacían decrecer el nivel de la futura competencia con el propio aplauso de los damnificados. No vaya a ser que la ciudadanía se forme de una vez, descubra su simpleza manipuladora y los saque a patadas de la élite política del país.

Salud y libertad…

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Infanticidio desde la perspectiva ecologica

“Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos” (Jacinto Benavente)

Vaya por delante que ojalá nunca hubiera tenido que escribir esta entrada o, al menos, que nunca la hubiera tenido que escribir a costa de un suceso concreto de final tan trágico como el del pequeño Gabriel, que en paz descanse. Sin embargo, más allá de los necios que prefieren vivir en un mundo fantasioso por miedo a aceptar la crudeza del mundo en el que viven, algunos sí quieren encontrar explicaciones. Así que lo siento por aquellos que prefieren vivir en lo que podemos llamar “el mundo compresa”, un mundo fino, limpio y seguro como los anuncios nos cuentan que son estas, pero deben saber que desgraciadamente esta visión no es real.

Y aunque explicar lo ocurrido desde la vertiente psicológica es altamente complicado por el nivel de inhumanidad de los hechos, voy a detenerme en unas pocas líneas para intentar exponer uno de los aspectos qué puede mover a cometer un infanticidio como el ocurrido.

El infanticidio humano es generalmente cometido por los propios padres biológicos, especialmente por la madre*, y desde una perspectiva de la ecología del comportamiento o incluso considerando las teorías evolutivas que conceden una importancia fundamental a la propagación de los genes, se basan en el principio de selección sexual y éxito reproductivo, o lo que es lo mismo, a la competencia por parejas con el fin de procrear y poder transmitir el legado genético, como si este garantizara la permanencia en el futuro de una pequeña parte de uno mismo.

Muchas son las especies, como los leones por ejemplo, en que la aparición de una nueva pareja de uno de los progenitores conlleva el asesinato de las crías de esta con su pareja anterior, con el fin de que los recursos, limitados, puedan ser invertidos en la crianza de los hijos propios y no de los ajenos, para que la hembra entre nuevamente en celo o simplemente para evitar competidores futuros.

Si esto ya es poco cruel de por sí, puede volverse incluso peor con el concepto de valor reproductivo, o lo que es lo mismo, la capacidad de un hijo para dar nietos a sus padres, propagando nuevamente el legado genético. Imaginemos una madre cuyo macho ha sido abatido y que ve que su única cría es débil o no va a salir adelante fácilmente. En este caso puede decidir matarla para buscar un nuevo macho con el que procrear, de forma que con la protección de este, nuevos hijos (y más) puedan adaptarse mejor al ambiente, dándole una descendencia futura mayor. Este fenómeno se ha estudiado ampliamente, siendo dos de las variables principales la edad de la madre y del hijo. Cuanto menor es el hijo y cuanto menor la edad de la madre en términos de fertilidad, mayor es la probabilidad de cometer infanticidio.

Esto como vemos puede operar de forma más o menos simple en distintas especies animales y justificar en ellas este tipo de conductas. De hecho, esto podría explicar mejor que el caso de Gabriel, el ahora posible asesinato de su hija, aspecto aún desconocido y que está por determinar con la reapertura de la investigación, aunque podría encajar en su perfil psicológico.

No obstante, afortunadamente, en los seres humanos la complejidad de las conductas es infinitamente mayor que en los animales, fruto de la cultura, la moral y otros muchos aspectos psicológicos. Así que, la presunta avería de esta elementa, de haberla y de confirmarse el hecho, tendría que estar muy por encima de tal posibilidad, incluyendo características de tinte psicopático, indubitables al conocer el tipo de asesinato cometido y su posterior comportamiento en el entorno familiar, con el fingido dolor de la desaparición y sus conductas teatrales de ayuda. Y es que, desgraciadamente, a veces el mal en sí mismo tiene poca explicación.

Aunque desgraciadamente este caso ya no tiene solución, quizás sí deberíamos tomar nota de los perfiles de personalidad de ciertos individuos para aprender y anticiparnos a casos futuros semejantes. Y por qué no decirlo, también a casos presentes en los cuales sujetos aparentemente bien integrados y de sonrisa fingida, ejecutan sus impulsos más bajos en contextos cercanos pero ocultos a la mirada social. Ya saben, aquel a quien se descubre con sorpresa tras varios años de perversiones, porque siempre saludaba a sus vecinos.

 

Salud y libertad…

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