Archivo mensual: junio 2013

De becas, seis con cincos y wertgüenzas

“La educación es el desarrollo en el hombre de toda la perfección de que su naturaleza es capaz” (Kant)

Parece que el ministro Wert lleva unos días revuelto por el tema de las becas y la famosa nota del 6,5 para su concesión. Desde mi punto de vista este genio del consenso (aunque sea en oposición) es uno de los peores ministros de la actualidad, tanto por su labor al frente de la política educativa como cultural. Y eso que al menos en la vertiente educativa tenía el listón muy alto a tenor de lo realizado por el Gobierno que aprobó la LOGSE, cuyo desarrollo tiene mucha responsabilidad en el paupérrimo nivel educativo de nuestro país (afortunadamente no todos los pedagogos somos de la misma escuela)

Pero más allá de la crítica personal, lo que quería plantear en esta entrada es una reflexión sobre el tema de las becas universitarias, aprovechando la polémica sobre la nota de corte para su concesión.

Es obvio que el principal condicionante para la concesión de una beca debe ser el nivel económico del receptor de la misma, pues en la propia esencia de la beca está el facilitar el acceso a la educación a alguien que no puede costeársela, garantizando al menos la igualdad de entrada para un derecho como es la educación. Pero además, parece razonable que la misma deba estar condicionada a un buen rendimiento del alumno pues en caso contrario entraríamos en la barbarie de estar sufragando la educación durante 10 años a un alumno que hace poco por aprobar cuando no absolutamente nada. Esto de hecho ya se produce actualmente si consideramos que el coste de una plaza universitaria está subvencionado en gran medida por las Administraciones Públicas, pues el pago de cualquier alumno apenas equivale a un 20% del coste real de su estancia.

Parecería pues razonable que además del análisis económico de la situación del alumno (o su familia) se tuviera en cuenta un indicador de su rendimiento.

El problema llega cuando tomamos la nota como indicador objetivo del rendimiento educativo o como fiable indicador inferencial del potencial educativo de un alumno. Porque francamente, un análisis que he echado de menos durante los últimos días en los medios de comunicación es el referente a la fiabilidad o rigor de las notas universitarias, otro de esos temas tan políticamente incorrectos de los que nadie habla pero que todos conocemos.

No obstante, como hoy no estoy para sesudos, teóricos y rigurosos análisis políticos, me voy a limitar a comentarles un par de casos vividos personalmente.

El primero, hace algunos años, ocurrió en la asignatura del Practicum de la carrera que estaba realizando por aquel entonces. A pesar de que la estancia en el centro de prácticas era de aproximadamente un mes y había un tutor que acompañaba permanentemente al alumno en dicho centro, la calificación final dependía del criterio de un tutor de la Facultad cuyo cometido pasaba por acudir ¡UN DÍA! al mencionado centro, valorar una memoria de lo realizado y tomar en consideración (o no) el informe del tutor del centro laboral. A pesar de que, no nos vamos a engañar, la mayoría de los tutores de los centros de prácticas calificaba con sobresaliente a sus discípulos, lo verdaderamente paradójico llegó cuando salieron las calificaciones finales de todos los alumnos dependientes del profesor de la Facultad. Los tres alumnos que compartían partido político con el mencionado docente universitario obtuvieron la calificación de sobresaliente. Todo el resto, unos diez, obtuvieron aprobados y notables. Como decía Marx, el bueno, es decir Groucho… (ver 02´:51´´)

El segundo caso, parte del indescriptible dominio pedagógico y docente de los profesores universitarios a la hora de elaborar y evaluar pruebas de evaluación. Imaginemos hipotéticamente la aberración psicométrica de un examen tipo test de 20 preguntas para evaluar los conocimientos de una asignatura cuyo manual consta de 405 páginas (también hipotéticamente, desde luego). Un alumno contesta correctamente 13 ítem (calificación decimal 6.5, luego beca); otro alumno contesta bien 14 pero mal 4 (luego puntuación de 12, calificación decimal 6, adiós beca). Si consideramos que un amplio porcentaje de docentes desconoce los más elementales criterios para plantear una cuestión de estas características dejándose llevar por la ambigüedad, o peor aún, la originalidad, ¿no es apelar un poco al azar cuando no jugar directamente con el futuro de los alumnos tomar estos indicadores como un todo inapelable para la concesión de becas? Ya sé que estamos ante un caso hipotético, pero dense un paseo por los foros de las asignaturas de la UNED. Tendrán buenas dosis de cómo la realidad supera la ficción.

Porque lo cierto es, y esto sigue siendo una visión personal, que la calificación de una asignatura dice más de la capacidad del alumno para someterse a las directrices de un tercero, por muy ilógicas y faltas de fundamento que sean, que del propio rendimiento o conocimiento del campo evaluado en cuestión. Es la eterna dinámica española, país muy de envidiar al vecino, entre primar la capacidad y excelencia por un lado o la docilidad y sumisión por el otro. De momento, gana lo segundo por goleada como podemos ver en el terreno político, pero también en el laboral, estudiantil…

Esto nos lleva a otra serie de consideraciones, como si es equivalente estudiar en una Universidad u otra. ¿Es lo mismo estudiar en una Universidad donde de media se estudia cuantitativamente un 500% más contenido que en otra para la misma carrera (sí, las hay, vaya si las hay), es semejante estudiar en una Universidad donde el porcentaje de suspensos de una carrera multiplica por 3 al de cualquier otra, debería ser igual de cara a la concesión de una beca el baremo cuando se estudia una Ingeniería en Telecomunicaciones que una carrera de Derecho, cuando la media de la primera bajará en varias décimas o algún punto respecto a la otra?

Y todo esto por no hablar del referente de porcentaje de aprobados, porque ¿acaso es más justo conceder una beca a un alumno que se matricula de 60 créditos y aprueba el 100% con un 6.5, que a otro que se matricula de 90 créditos y los supera con una media de 6?

Por tanto, todo esto suena a mucho de ocurrencia, poco de análisis y nada de conocimiento de la dinámica universitaria. Aunque este particular es muy típico de quien se dedica a implantar políticas sin hacer diagnósticos y a leer informes ajenos sin mamar la propia realidad de lo que tiene que gestionar.

Finalmente y ya puestos, no sería mala idea complementar el sistema de becas con otra figura utilizada en varios países como la de los préstamos-renta. Eso sí, sin la trampa utilizada en España de ponerse a cobrar el préstamo desde el mismo momento en que se concede (aunque sea al 0% de interés) y tomando como ejemplo otros lugares, cuyo pago se empieza a realizar desde el momento en que el alumno encuentra un trabajo con un nivel de cualificación equivalente a aquel a cuya formación se ha destinado el crédito y siempre pagando en función del nivel de ingresos.

Aunque claro, eso por estos lares nos llevaría a tener que pedir muchas explicaciones sobre las categorías profesionales en el ámbito laboral y preguntarnos por qué un licenciado está desarrollando labores de licenciado pero cotizando por una categoría 8 como mozo de almacén… hipotéticamente, desde luego.

Salud y libertad…

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Reivindicando la pedagogía

“El porvenir está en manos del maestro de escuela” (Víctor Hugo)

Tras haber finalizado los exámenes de la UNED al fin he podido recuperar algunas de las lecturas que tenía pendientes y en este caso un artículo del diario El País me ha llamado la atención especialmente. El artículo se titula: “Primero aprende y solo después enseña” y está escrito por el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura, Enrique Moradiellos.

En él, aunque con muchos matices, se puede observar el planteamiento de una dicotomía tan absurda como cierta, que lleva consiguiendo que el nivel de mediocridad docente no pare de crecer desde hace años en casi todos los niveles educativos: la ficticia dialéctica irreconciliable entre dos extremos igualmente perniciosos, saber el contenido o saber enseñarlo, como si ambos aspectos fueran extremos incompatibles por los que hay que tomar partido.

Lo cierto es que en España hay una tendencia asombrosa a polarizar las opiniones entre dos extremos igual de radicales que deben tener a Aristóteles revolviéndose en su tumba mientras grita aquello del mesotes como punto medio virtuoso entre dos opuestos igual de corruptos. Hay que ver cómo recuerda esto al falso etiquetado de la derecha y la izquierda como heurísticos emocionales y manipuladores que impiden el análisis racional y sosegado de propuestas al margen de la fuente.

Pues también en el ámbito educativo parece haber calado esa tendencia. Porque si bien es cierto desde todo punto de vista que es una aberración no tener un conocimiento que transmitir por mucho que se conozcan todos los procedimientos y teorías pedagógicos sobre cómo enseñar, también es un absurdo pretender ser un buen enseñante solo porque se presuponen los conocimientos del campo profesional.

A un docente, sea del nivel educativo que sea, se le debe exigir conocer su campo y también saber enseñarlo en grado de excelencia. Y es este otro aspecto que nos diferencia del resto de países europeos, especialmente los tomados como referentes, donde no se andan con estas chorradas entre el qué y el cómo y exigen el conjunto, pateando el trasero a quien no esté dispuesto a asumir ambos puntos con igual esmero, y sugiriéndole que se dedique a otra cosa antes de amargar a jóvenes o futuros profesionales de determinado sector.

No obstante, el texto, aunque hace referencia a la necesidad de conciliar ambos aspectos, desprende un regusto excesivo por el polo del dominio del conocimiento, lo cual no es extraño viniendo de un docente universitario y teniendo en cuenta que es en este nivel donde las metodologías didácticas se consideran de forma más despectiva, aunque paradójicamente sean más necesarias visto el paupérrimo nivel docente de la Universidad española. Quizás esto tampoco sería así si de una vez por todas se superara la concepción de la docencia como ese mal necesario para desarrollar la carrera profesional investigadora en las Universidades y se crearan dos itinerarios (uno docente y otro investigador), pero parece que la cosa no tiene visos de solución o va para largo…

En lo que sí acierta el autor, y es aquí donde quería centrarme, es en que existe un tipo de pedagogía que paradójicamente ha hecho mucho daño al mundo de la educación y al propio concepto de pedagogía. Son estas escuelas o teorías pedagógicas, por cierto, generalmente de carácter más político que científico, las responsables del absoluto desprestigio que tiene hoy en día la figura del pedagogo (también llamados despectivamente en algunos centros pedabobos o pakistaníes, pues nadie sabe “pakistán” aquí).

Pero que estas escuelas o tendencias existan, incluso que en determinados núcleos sean mayoritarias, no quiere decir que no haya otro tipo de pedagogía científica y rigurosa que busque lo que en definitiva es uno de sus fines en el campo educativo (obviando el social), y que no es sino la búsqueda de los procedimientos más adecuados y eficaces para favorecer los procesos educativos.

Quizás se observe mejor con un ejemplo básico. Si la forma más eficaz y eficiente para que un alumno que escribe con faltas de ortografía supere sus dificultades es escribir diez veces la palabra errada correctamente (y de hecho así es pues la ortografía tiene un importante componente visual), la pedagogía científica dirá que el método más oportuno para evitar cometer faltas ortográficas es ese mismo.

Si otros docentes y pedagogos aplican o sugieren otros métodos tales como respirar haciendo el pino o meditar sobre el significado de la palabra en cuestión con el resultado final que podemos ver hoy en las aulas, lo que no podemos hacer es culpabilizar a la pedagogía en sí, sino a la falta de sentido común de quien aplica esos métodos, o a los profesionales que aplican sus creencias o ideas peregrinas a la educación sin la más mínima base epistemológica.

Es decir, lo mismo que llevan haciendo los políticos con las leyes de educación desde el inicio de la democracia, cuando en lugar de hacer un diagnóstico del sistema educativo para ver qué es lo que falla adoptando las soluciones más eficaces, se dedican a plantear propuestas en función de sus creencias, ideologías o intereses, buscando posteriormente “teorías” que justifiquen lo que ya han decidido a priori. Por supuesto nunca faltarán amigos, escuelas o profesionales dispuestos a plantear hipótesis que justifiquen lo que haya que justificar, sobre todo si reciben por ello una jugosa contraprestación en forma monetaria o de reconocimiento social.

En este contexto es donde ha surgido la imagen actual del pedagogo, profesional educativo escasamente conocido pero ampliamente criticado, tras convertirse en referencia para ejercer esa tendencia tan española de criticar aquello de lo que no se tiene ni idea, aspecto que con la educación pasa en gran medida (como con el fútbol).

Por ejemplo, no es extraño que algún sujeto con la osadía que da la ignorancia manifieste su estupefacción con la profesión de pedagogo, al que considera un supuesto ente que se dedica a los procesos de aprendizaje o formación sin contenido, o un iluminado sin la más mínima formación educativa y científica.

Recuerdo cierta conversación en la que alguien me dijo que no entendía cómo se puede ser especialista en los procesos de enseñanza, pues habría que enseñar algo. Así es. ¿O acaso debemos suponer siguiendo esa lógica que un Graduado en Derecho es ya un abogado especializado en cualquier ámbito jurídico? Obviamente no, es la especialización y la práctica la que determinará que un Graduado en Derecho se especialice en derecho civil, derecho penal, derecho canónico, derecho sucesorio… exactamente igual que un pedagogo se especializará en orientación escolar, orientación laboral, gestión de formación laboral, educación a través de las TIC…

De hecho, basta recurrir al Libro Blanco de la titulación para ver el perfil profesional de esta figura, que establece los siguientes campos:

  • Necesidades educativas especiales (psíquicas, físicas, sensoriales, motrices, etc.), pedagogía terapéutica, las dificultades del lenguaje…
  • Orientación escolar, tutoría…
  • Pedagogía infantil (cuestiones relativas a la infancia y su bienestar, pero no en lo concerniente a las escuelas infantiles)
  • Temáticas de dirección, organización y gestión de instituciones educativas.
  • Especialización didáctica tanto escolar como no escolar. Aquí consideramos cuestiones como el diseño y evaluación de recursos y medios, las tareas de innovación, el trabajo en ámbitos como el mundo editorial…
  • Tecnologías y medios de comunicación
  • Desarrollo comunitario (tareas de dinamización y animación sociocultural. El trabajo en el área de la cultura y de la educación no formal (tiempo libre, actividades extraescolares, ludotecas, museos, educación ambiental…)
  • Educación permanente y de adultos.
  • Educación especializada. Atención a las discapacidades sociales (tareas de prevención, orientación y atención social). Incluye igualmente la Pedagogía institucional (actuación en hospitales, centros de menores, prisiones).
  • Educación para la salud (incluye salud mental)
  • Formación en las organizaciones. Orientación e inserción profesional y laboral.

Por tanto, antes de criticar a los pedagogos como los culpables de todos los males del sistema educativo, tal vez habría que ser más riguroso conociendo cuál es su perfil y especialmente cómo lo ejerce, y no hacer un ejercicio de sinécdoque en el cuál precisamente la parte más politizada y pseudocientífica en pro del interés de algún partido es tomada como el referente de la profesión.

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