Archivo mensual: agosto 2016

Sobre la “coach” que “cura” la homosexualidad

“No se puede razonar con los fanáticos. Hay que ser más fuerte que ellos” (Alain)

tinky Winwy tras pasar por la terapia de la web

Tinky Winky tras pasar por la terapia de la web

A pesar de que llevo ya mucho tiempo rajando de los coach, hoy una noticia me ha dado la excusa perfecta para explicar el porqué. El diario “El Mundo” sacaba en su edición web la noticia “Denuncian una página web que pretende “curar” la homosexualidad” y aunque la noticia es bastante clarificadora, volví a cometer el error de dejarme llevar por mi curiosidad patológica y acceder a la mencionada web (persígnense ustedes antes de acceder).

La clave del asunto para resumir y abreviar es cómo en ocasiones algunas personas sin formación ni competencias para ello utilizan el coach como un pretexto para ejercer un alarmante intrusismo profesional en el ámbito psicológico (dónde están los Colegios Profesionales es una buena pregunta).

En el mejor de los casos, estos coach son personas con buena intención que se leyeron algún libro de autoayuda o tuvieron una experiencia mística y en su osadía se creyeron capacitados para ayudar a otros. En el peor de los casos, son fanáticos o descerebrados como la protagonista que nos ocupa que se creen elegidos por el dedo divino para imponer sus delirios al resto. Desgraciadamente, en ambos casos, el daño y las consecuencias de caer en uno de estos sujetos puede ser muy grave (casos conozco, alguno en consulta tras pasar por las manos de estos “profesionales”).

Lo gracioso de la colgada que nos ocupa es que ha creado su propia pseudoterapia para “curar” o revertir la homosexualidad que se llama “Coaching de Identidad”, ideal según su propia web para “quienes experimentan en sí mismos atracción hacia personas de su mismo sexo y no lo desean” y opuesta a la “terapia de afirmación gay” que según esta pedazo de cretina practicamos la mayoría de psicólogos y psiquiatras. Es curioso porque yo no conozco a ningún profesional que practique la “terapia de afirmación gay”, lo que practicamos es diferentes terapias (en mi caso de orientación cognitivo-conductual) en la que lo fundamental es garantizar que la persona se acepte tal y como es y pueda desarrollarse en plenitud alcanzando todo su potencial a todos los niveles, también en el de las relaciones íntimas.

Y por no aburrir con una argumentación sesuda ni con los exabruptos por los que me dejo llevar a veces, me limitaré a comentar dos aspectos que parece que nuestra coach de cabecera desconoce.

Primero, que es imposible “curar” algo que, al menos científicamente no es una enfermedad. La homosexualidad fue sacada del DSM en 1973 (ya llovió) en un ejercicio de resarcimiento de lo que nunca debió ser considerado como tal y recordando otros vergonzantes casos de patologización de minorías en la Historia de la Psicología y la Psiquiatría como el de la drapetomanía.  Desconozco si existen otros manuales de enfermedades del alma en los planos metafísicos en que se mueve esta gente, pero aunque así fuera nada tienen que ver con la psicología, con la salud y con las leyes civiles.

Segundo, que ya tiene delito llamar coaching de identidad a la terapia, porque como sabe cualquier alumno de 1º de Psicología, la homosexualidad en todo caso tiene que ver con la orientación sexual (perteneceniente a la erótica, que es la forma en que cada uno ejerce la expresión de su sexualidad con otros a través de las relaciones íntimas) y nunca con la identidad sexual (que tiene que ver con la sexualidad, es decir, con la forma de percibirse como ser sexuado) por lo que confundir una cosa con otra ya supone un nivel de desconocimiento básico.

Eso sí, me quedé mucho más tranquilo al leer su apartado “Pornografía, una droga al alcance de todos“, donde señala que “este arma silenciosa y venenosa avanza a pasos agigantados y va engullendo a muchas víctimas, entre ellas nuestros adolescentes y jóvenes”. Ha sido un alivio saber que los adultos no vemos pornografía y por tanto no tengo que ir a ningún coaching de reorientación genital.

Salud y libertad…

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¿Derechos Humanos? El don de la fe

“Nos batimos más por nuestros intereses que por nuestros derechos” (Napoleón)

Hace poco el genial filósofo francés Luc Ferry se preguntó en una entrevista inmejorable para el diario El Mundo: ¿Qué son los derechos humanos sino la religión de los laicos? No pudo estar más acertado. El problema es que como toda religión, tiene un ligero problema de consistencia. Una cosa es predicar y otra dar trigo, o como decían hace tiempo los jesuitas, cuando uno profesa una religión por cumplimiento hace dos cosas: cumple y miente.

Lo mismo pasa con esta religión laica que difunde con gran impostura los Derechos Humanos y la libertad, amén de otras muchas zarandajas, pero que tiene un serio problema a la hora de hacer cumplir tales dogmas. Tampoco importa mucho, mientras cumpla (y mienta en) su labor de tranquilizar conciencias y dar esa sensación de seguridad ficticia a los niños del iphone con ansias de heroísmo solidario, estará llevando a efecto con eficacia las intenciones con las cuales se constituyó, porque aunque por todos es sabido que para garantizar un derecho tiene que haber una fuerza que garantice su ejercicio, usar la violencia queda tan autoritario y fascista en estos tiempos de zumo de gumibayas…

Para los que frente a deseos buscan realidades, aquí tienen la dosis de hoy: “Un informe oficial de EEUU denuncia que las tres cuartas partes del mundo viven en países que castigan la blasfemia, la apostasía y la fe no oficial

Salud y libertad…

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Trastornos mentales y terrorismo islámico

“Tengo una pregunta que a veces me tortura: estoy loco yo o los locos son los demás” (Albert Einstein)

Empiezo esta nueva entrada con una especie de deja vu, pidiendo perdón por no haber podido actualizar el blog desde hace tiempo, otro pico de trabajo o más bien de ocupaciones me han restado tiempo para hacerlo. Y como suele ser habitual, lo que me saca de la hibernación veraniega (paradojas) es la indignación con las cada vez más simplonas estrategias de entontecimiento social. Esta, lo reconozco, me genera un plus de beligerancia por ir milimétricamente dirigida a atacar a uno de los colectivos sociales más débiles y por contener un cierto aire de ofensa personal, ya que de las pocas cosas que respeto en este mundo quizás una de las más importantes sea a mis pacientes (la mayoría, dicho sea de paso, bastante más cuerdos que su entorno y en mucho casos que yo mismo).

Me refiero a la tendencia actual de los medios de comunicación de, siguiendo las directrices de sus amos, criminalizar al colectivo de personas con trastorno mental en beneficio de intereses políticos secundarios. Algo que empieza a ser tan evidente que personas con criterio propio ya denuncian públicamente.

noofenderCierto es que culpabilizar a las personas de este colectivo no es algo nuevo. Cada vez que hay un accidente importante o una situación de impacto (como el caso Lubitz), responsabilizar a un enfermo mental facilita las cosas: reduce el tiempo de investigación, reduce los costes en indemnizaciones y afianza la sensación de seguridad de la amplia mayoría que prefiere vivir en un mundo ficticio.  Ello a pesar de que está científicamente aceptado que el colectivo de personas con trastorno mental no solo no es más violento que la media, sino que muy probablemente se sitúe por debajo de esta.

Pero lo novedoso es utilizar a este colectivo para tapar hechos que ponen en jaque la estupidez y el buenrollismo europeo, hecho que pocos se atreven a mencionar y que cuando lo hacen, como le ocurrió a Iker Jiménez, tienen que someterse a la censura inquisitorial, cuando no a la violencia, de los optimistas ilusorios, que al más puro estilo fanático y sectario jamás permitirán que nadie les arrebate su fantasiosa felicidad y sensación de confort (al menos, no hasta que la madre a la que revienten la cabeza sea la suya y no la de otro, que siempre es más fácil dar lecciones de moral a costa del dolor ajeno).

La vil estrategia la podemos comprobar en noticias como la del asesino de Londres, cuya información en apenas minutos ya se apresuró a indicar que tenía un trastorno mental (sin especificar cuál) ignorando su origen somalí y su férrea educación religiosa conocidas posteriormente, o incluso en la del asesino del centro comercial alemán, que desde un principio se trató de desvincular del integrismo religioso y del colectivo de refugiados, llegando a extenderse la hipótesis de que era un atentado de la extrema derecha, lo que dio lugar a muestras de brillante cinismo reflexivo como la siguiente:

islamHace un par de días falleció Gustavo Bueno, en uno de esos casos curiosos en los que una persona apenas sobrevive dos días a la muerte de su pareja. Él fue quien dijo aquello de: “Si alguien me dijera que es feliz le escupiría a la cara”, denotando que solo una persona muy imbécil o un completo hijo de puta (con tintes psicopáticos) podría llegar al estado de dicha plena que supone la felicidad, pues tendría que ser insensible al dolor y al sufrimiento de su entorno. Prescindiendo de los segundos, entre los primeros hay un subgrupo especialmente miserable, el de los que inducen su propia estupidez por egoísmo, a veces incluso culpabilizando a las víctimas para no perturbar su estado de bienestar (el capitalismo, Occidente o la muy puta que llevaba minifalda, ya saben).

Sería prácticamente imposible para estos entender que en muchos casos los trastornos mentales no son sinónimo de estupidez y que la lucidez que muestran estas personas es en ocasiones muy cercana a la genialidad,  eso cuando no es precisamente el mayor conocimiento de la realidad circundante y la falta de autoengaño lo que ha precipitado su trastorno. Supongo que al menos tendrán la decencia de guardar las lecciones de ética cuando se ataque el próximo centro de personas con enfermedad mental como ocurrió en Japón.

Y cuidado con las interpretaciones, que como ya lo veo venir (otra vez), entre la culpabilización de todo un colectivo y la dureza y la intransigencia con quien viene simplemente a destruir media un abismo, casi el mismo que existe entre quien quiere enfrentarse al mundo analizando los hechos y los que prefieren hacerlo fabulando en función de sus deseos.

Salud y libertad…

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