Archivo mensual: septiembre 2013

Empieza el curso

Finales de Septiembre y como todos los años empieza oficialmente el curso después de las vacaciones y superado ya el periodo de adaptación. En realidad empiezan tres cursos, cada uno en su respectivo ámbito pero fuertemente relacionados: el curso político, el curso escolar y el curso laboral.

El curso político en el Principado empieza marcado por la reforma electoral, una reforma pendiente y necesaria para garantizar la igualdad del valor del voto de los asturianos y a la que el gobierno socialista de Javier Fernández se comprometió públicamente cuando firmó con UPyD el Acuerdo de Legislatura para garantizar un gobierno estable y eficaz para Asturias. Una reforma ampliamente justificada y argumentada por los expertos del tema y sobre todo por la justicia que supone que la capacidad de decisión de los ciudadanos a través de sus representantes tenga el mismo peso.

Este tema parece que también tendrá una influencia decisiva en el contexto presupuestario. Unos presupuestos que si bien no van a sacar a Asturias de una situación de crisis que la trasciende ampliamente, al menos deberían estar centrados por un lado en no empeorar la situación, y por otro en paliar la gravedad de una realidad a la que miles de ciudadanos tienen que enfrentarse a diario, en un escenario donde el concepto “apretarse el cinturón” ya solo es un eufemismo de mal gusto.

Y planeando sobre todo ello, el reparto del objetivo de déficit hasta 2016, que solo es un síntoma del desaguisado territorial del país, donde ya poco importa la solidaridad interterritorial, la igualdad o el bien común, y donde la búsqueda de privilegios cainitas parecen haber llegado para quedarse a no ser que alguien le ponga remedio.

El problema del curso político, de los pasados y de los venideros, es la importancia que tienen las decisiones que en él se toman para determinar el devenir de los restantes.

El curso escolar que vivirán los alumnos, pero que pagarán sus progenitores como una inversión de futuro, está marcado por decisiones de carácter político que repercutirán en todos los ámbitos: contenidos, organización, coste…

Hace unos días otra de esas leyendas urbanas astures en el exilio nos comunicaba a un grupo de padres desde Francia a través de whatsapp que iniciando su hija el curso el colegio se hacía cargo de los libros de texto, pues lo habitual allí es que todos los años se recojan al finalizar el mismo para entregárselos a los alumnos del año siguiente, de forma que los padres se hacen cargo del coste únicamente si sus hijos los deterioran. Por si esto fuera poco, además le daban 300 euros para los gastos de material escolar. Casi igual que aquí, donde los padres le respondían indignados informando sobre la factura de libros de sus hijos: 170 euros en libros para un niño de 1º de primaria, 423 para dos niños de la ESO, 250 para dos de infantil… gastos de material aparte.

Lo mismo ocurre con el curso laboral. Las condiciones laborales de los trabajadores están fuertemente mediatizadas por las políticas establecidas al efecto y la situación económica no ha hecho sino empeorar unas condiciones ya de por sí precarias: reducción de sueldos, empeoramiento de la calidad de vida laboral, reducción de las prestaciones sociales asociadas… Eso por no mencionar el grave problema de un escenario social donde millones de ciudadanos no han tenido la fortuna de conservar su puesto de trabajo y tendrán que dedicar el curso a buscar uno nuevo.

Y en el centro de todo el curso político, porque nos guste más o menos, de eso trata la política: de gestionar, de priorizar y de decidir líneas de actuación que posteriormente repercutirán en los ciudadanos y en su vida diaria. Por eso, solo por eso, quizás deberíamos plantearnos regenerar el pacto de confianza entre los ciudadanos y sus representantes, porque lo de unos repercutirá en los otros y que un curso sea positivo facilitará el de los demás. Buen curso a todos.

Salud y libertad…

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Lamentable incidente nocturno

“La violencia es el último recurso del incompetente” (Isaac Asimov)

Volvía ayer a casa a las 3:30 de la mañana escuchando la radio después de tomar una cervecita en plan tranquilo con una pareja de buenos amigos, cuando bajando por la calle Martínez Vigil adelanté a un par de sujetos que iban un poco bebidos.

Una par de chicos de unos veintipocos años que iban con un puntín más de alegría de lo necesario hablando a voces en lo que parecía italiano y riéndose a grandes carcajadas, pero que tampoco hacían nada particularmente malo. Ellos también se cruzaron con un muchacho latino bastante curtido de gimnasio que estaba meando contra una valla mientras otra chica, menuda y delgada, le esperaba.

Hasta ahí todo normal, pero cuando ya casi llegaba al final de la calle empecé a escuchar gritos a un volumen que se superponía al de mi mp4, primero reprochando a los chicos porque “aquí se habla español”, palabras que provenían de la fémina, y después “exigiendo respeto” por parte de él.

Me quité los cascos para observar si iba a haber problemas y lo siguiente que vi fue un a uno de los jóvenes recibir no sé muy bien si un puñetazo o un empujón que lo hizo caer directamente contra la carretera y el bordillo de la acera. Aunque no lo vi exactamente ya que me lo tapaba su espalda por la forma de caer pareció más bien un puñetazo.

Rompiendo todas mis normas que básicamente consisten en cuando hay un caso así, quedarme lejos y llamar a la policía para que se haga cargo cometí el error de subir a ver qué tal se encontraba el muchacho que había recibido el golpe. Se dolía bastante del brazo que tenía mala pinta y subí un poco más a pedir a los otros que por favor dejaran la discusión.

El muchacho latino me dijo de forma educada que él exigía respeto, a lo que le respondí amablemente que lo entendía perfectamente, pero que tuviera en cuenta que iban un poco bebidos y que en todo caso no podía tomarse así la justicia por su mano. El otro italiano continuaba pidiéndole explicaciones por el guantazo que le había dado a su compañero, que seguía doliéndose del brazo.

La cosa parecía que no iba a ir a mayores así que les dije a ambos que lo mejor era dar por zanjado el tema y que cada uno nos fuéramos por nuestro lado. Cuando ya todo parecía acabado, la chica, ignoro si pasada de sustancias estimulantes o porque realmente tenía un serio problema de control de los impulsos, se apartó de su compañero, se acercó y escupió directamente al italiano cayendo en mi brazo la mitad del escupitajo, mientras le decía al otro chico que era “un hijo de puta” y otras cuantas lindezas.

Cuando le dije: “oye, que me has dado a mí” su respuesta fue todo un compendio de educación, urbanidad y saber estar: “Y a mí qué cojones me importa haberte dado, a mí que cojones me importa tu puta vida”.

Como vi la cosa ya ciertamente tensa, mis palabras fueron: “mira de verdad, o lo dejamos o llamo a la policía y que sean ellos los que se hagan cargo”. Error. El muchacho latino pareció asustarse y me dijo bastante amablemente: “Oye, policía no ¿eh? De policía nada”. Y en ese mismo momento, la histérica de su amiga se soltó de su brazo y vino directamente a mí con intención de agredirme, gritando: “A mí no me insultas tú hijo de puta, racista de mierda…”. Todavía estoy dándole vueltas a si consideró un insulto sugerir que llamaría a la policía, lo inventó porque le pareció una buena excusa para iniciar pelea que era lo que de verdad le apatecía o sencillamente escuchaba voces en su interior.

Por tres veces tuvo que cogerla su compañero casi al vuelo mientras yo me quedaba absolutamente flipado con la reacción de la chavala.

Justo en ese momento por la calle perpendicular inferior pasaba un coche de policía así que bajé corriendo llamándoles pero no llegaron a escucharme por lo que no pararon, y como ya estaba casi al final de la calle a una distancia prudencial, decidí no empeorar las cosas y marcharme, mientras la enajenada seguía exhibiendo su amplio vocabulario dedicando bellas palabras a todo el que se movía mientras su compañero la sujetaba casi en brazos para que no se fuera a atizar al primero que pillara.

Después del lamentable espectáculo me surgen varias reflexiones.

La primera, como aprendizaje personal, es que nunca debería volver a romper mis normas. Si considero que la situación es suficientemente grave como para que ocurra una desgracia, debo limitarme a llamar a la policía desde la distancia y no meterme en un asunto que no me compete, porque puedo ser yo el que salga escaldado. De todo se aprende en esta vida.

La segunda es lo patética que resulta esa nueva tendencia existente entre algunas mujeres de tratar de ganarse el respeto adquiriendo los clásicos comportamientos de machito descerebrado, conducta que he despreciado toda mi vida en los hombres, y que vista en una mujer como medio de buscar una igualdad con el mismo es realmente bochornosa. Si la igualdad va a consistir en coger los peores vicios de los hombres con mayor radicalidad para demostrar que se es tanto o más que el otro, vamos apañados.

La tercera es la constatación de la triste sociedad en que vivimos, donde se sigue valorando la violencia como medio de resolución de conflictos. Pero además, cómo gracias a lo políticamente correcto, el agresor se puede autodesignar como víctima justificando su propia violencia apelando a palabras marcadas socialmente, como racista. Que uno lo sea o no es lo de menos, es como si hubiera un principio de: “mi condición me permite hacer lo que me de la gana y el que me lo impida es una racista”. Cómo me recuerda a su versión intelectual de: “Yo tengo mi verdad y el que no piense como yo es un fascista”

Y la cuarta, que este tipo de situaciones solo se arreglan con educación. Independientemente de que la chica fuera puestísima de estimulantes o su grado de activación y violencia fueran cosa innata, es evidente que es un peligro para sí y para los demás. Pero tampoco creo que con medidas represivas se solucione nada, más bien al contrario. Educación y aprender a convivir de forma civilizada. [on] Así que viendo el valor que se da hoy a la educación, nos espera un futuro brillante y prometedor [modo irónico off].

En un instante llamaré a un amigo policía para saber si los italianos cursaron denuncia o si dio parte algún centro de salud de haber tratado alguna lesión producto de una agresión. Ya os contaré…

Mientras tanto, os dejo un tema. Ojalá el mundo real se pareciera ligeramente al mundo que algunos nos quieren vender para hacernos vivir en la ilusión de una seguridad y verdades que no existen…

Salud y libertad.

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