Archivo mensual: junio 2015

La gran farsa del amor romántico (1ª parte)

“- ¿No crees en el amor?
– Sí, creo en el amor. Y en el cáncer.
– ¿Porque las dos son enfermedades?
– Más o menos” (El Último Boy Scout)

llamalaOcurrió hace unos días. Estaba haciendo la revisión matinal de mensajes de whatsapp cuando entre toda la morralla de informaciones y valoraciones políticas, muestras de cinismo vario y habituales desvaríos con el fin de vomitar emocionalmente la frustración patria, me encontré con la siguiente cuestión planteada por @RickyTaun78: “¿De cada 10 parejas, cuantas crees que están juntas por interés/necesidad y cuántas por amor?” La cagamos Carlos, cuando la cosa empieza así ya no nos evita ni dios media hora de whatsapp en directo. Así fue, el whatschat empezó a las 11:31 y acabó a las 12:14.

En todo caso, si queremos reflexionar sobre este supuesto tenemos que analizar obligatoriamente dos aspectos. Primero deberemos conocer los índices de parejas que siguen juntas, lo que nos lleva también a considerar los de parejas que se separan. Y segundo, debemos saber a qué nos referimos cuando hablamos de interés/necesidad o simplemente de amor. En definitiva, definir de qué estamos hablando.

Como tampoco es cuestión de trabajarse aquí una tesis doctoral, respecto a la primera cuestión daremos solamente algunos datos significativos. Según varios estudios americanos el 50% de las familias americanas corresponde hoy a segundas uniones, siendo el porcentaje de personas divorciadas que se vuelven a casar (y por tanto de seres humanos que tropiezan dos veces con la misma piedra) del 75%.

Por otro lado, en España, siempre autocríticos desplegando el victimismo de que nunca somos primeros en nada, podemos sacar pecho. Estamos en el quinto puesto en tasa de divorcios con un 61%. O lo que es lo mismo, 6 de cada 10 parejas se van al carajo, la mayor parte de ellas en el intervalo de edad entre 40 y 49 años (ay, esa crisis de los 40).

Esto no deja de resultar paradójico, más si consideramos esa idea ficticia y hollywoodiense del amor eterno porque, ¿no es curioso que siendo mayor el porcentaje de parejas que se separan que el de aquellas que permanecen unidas, la imagen que se venda socialmente sea la del amor eterno? Veremos posteriormente por qué.

Más enjundia tiene el segundo punto. Respecto a esta cuestión, y lamento quitar romanticismo al asunto, parece evidente que tenemos que dirigirnos a la Teoría Triangular del Amor propuesta por Sternberg.

Según esta teoría existen tres dimensiones que en combinación dan lugar a diferentes tipos de amor*:

  • Intimidad: Constituida por los componentes de la relación humana que fomentan la proximidad y el vínculo, como desear el bienestar de la otra persona, sentirse feliz por ella, contar con su apoyo y comprensión, compartir cosas con ella o dar y recibir apoyo emocional.
  • Pasión: Caracterizada por un intenso deseo de unión con la otra persona, donde la atracción y el deseo sexual adquieren un importante valor.
  • Compromiso: Determinada por la decisión de estar juntos, a corto plazo formando una pareja y a largo plazo con el acuerdo de continuar la relación.

Y bajo esta consideración ya tenemos el lío montado porque, como podemos comprobar, no existe un solo tipo de amor sino al menos siete y con toda seguridad alguno más**

triangulo

Así, tenemos entre otros el amor romántico o enamoramiento, ese sentimiento que nos vuelve a todos transitoriamente gilipollas y que se caracteriza por la idealización y el intenso deseo de estar a todas horas con esa otra persona, la mayor parte del tiempo, desde luego, no precisamente para mantener una conversación sobre filosofía kantiana.

El amor conyugal o de compañero, ese amor mucho menos intenso pero más prolongado y estable que se produce cuando uno ya prefiere mantener la conversación filosófica previamente mencionada.

El encaprichamiento, más conocido socialmente como encoñamiento/empichamiento que se traduce en el deseo irrefrenable de querer echar un polvo a toda costa con el objeto de deseo.

O el amor fatuo, la versión académicamente respetable y socialmente aceptada del follamigo de toda la vida.

Hasta siete tipos de amor que podemos ver en el triángulo por la combinación de variables y a los que algunos autores añaden alguno más como:

  • Amor práctico: El clásico braguetazo, basado en el análisis racional de los costes y beneficios de la relación, lo que entronca directamente con el planteamiento del amigo Ricky cuando comentó aquello de: “cuántas están juntas por necesidad/interés”. Como cierta mujer que me confesó que se había casado con un mindundi que la mantuviera mientras ella se dedicaba cada vez que tenía oportunidad a satisfacer todas las perversiones sexuales que se le venían a la cabeza (ni que decir tiene que con otros y tras las narices de su marido que seguramente la vería como un ser angelical).
  • Amor maniático: Deseo de amar unido a una sensación dolorosa que se considera esencial en el amor. Es decir, un amor entendido con cierto regusto masoquista que se corresponde con el típico “ni contigo ni sin ti”. Todos conocemos a la típica pareja cuyos integrantes son incapaces de vivir el uno sin el otro, pero que cada vez que están juntos nos llevan a preguntarnos cuánto tardarán en matarse entre sí.

Casi nada, tres variables siete tipos de amor más alguno adicional… y algo más. Porque por si fuera poco este desmadre emocional, tenemos que considerar que estas tres variables no evolucionan en el tiempo de la misma forma entre sí ni, obviamente, de forma idéntica en los dos miembros de la pareja.

Así, la intimidad evoluciona gradualmente de forma rápida en las etapas primarias de la constitución de la pareja y de forma más gradual posteriormente; la pasión, muy intensa inicialmente, crece rápidamente en los comienzos, decayendo igual de rápido posteriormente hasta niveles intermedios; y el compromiso crece de forma lenta al principio, estabilizándose posteriormente, punto importante, cuando está ya establecido el patrón de costes-recompensas de la relación.

Resumiendo, que mientras uno puede enamorarse, el otro puede sentir amor conyugal; mientras uno busca cariño, el otro quiere mambo; y mientras uno busca algo parecido a un compañero de piso, el otro aspira al amor completo (tan difícil de conseguir o mantener como tantos que dicen ilusoriamente que lo han conseguido). Con este cristo, no es de extrañar que lo que se convierta en realmente complicado es que una pareja permanezca unida en el tiempo y, más aún, por vínculos estrictamente emocionales.

¿Por qué entonces ese empeño en inculcarnos hasta la saciedad ese concepto de amor hollywoodiense (término más preciso que el de amor romántico, que como hemos visto tiene técnicamente otras connotaciones)? Lo veremos en la segunda parte.

Salud y libertad…

*Gaviria Stewart, E., Cuadrado Guirado, I. y López Sáez, M. (2009). Introducción a la Psicología Social. Madrid: Sanz y Torres.

**Morales, J.F., Gaviria, E., Moya, M. y Cuadrado, I. (coords.) (2007). Psicología Social. Madrid: McGraw Hill.

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Usted puede ser un asesino (2ª parte y final)

“En tiempos tan oscuros nacen falsos profetas
y muchas golondrinas huyen de la ciudad,
el asesino sabe más de amor que el poeta
y el cielo cada vez está más lejos del mar” (Joaquín Sabina)

Aunque ya había tenido experiencias anteriores suficientes como para saber que la idea de que vivimos en un mundo fino y seguro como las compresas es una soberana memez, cuando no un holograma ficticio para manipular y mantener dóciles a las masas, recuerdo bien el momento en que descubrí que la propia estructura del sistema formaba parte del teatrillo.

Por razones que no vienen al caso había ido a la Comisaría de Policía a denunciar que alguien se había llenado la boca más de la cuenta diciendo que me iba a pegar tres tiros, cuando un policía al más puro estilo de las series americanas, es decir gordo y relleno de donut glaseados, me recibió con una desgana absoluta.

Sin la más mínima empatía y con menos ganas aún de escribir ni una sola línea en una posible denuncia, su respuesta fue que lo pensara bien porque hasta ese momento realmente el sujeto en cuestión no había hecho nada demostrable, por lo que no iba a haber pena ni sanción alguna, y, sin embargo, si proseguía con el trámite a lo mejor sí se le hinchaban los cojones lo suficiente como para llevar a cabo la amenaza.

Sorprendido ante la declaración y sinceridad de la gacela, al que me imaginaba corriendo detrás de un delincuente divertido lanzándole los billetes solo para ver si era capaz de hacer una flexión, le contesté bastante alucinado… “¿Me está usted diciendo que la policía no puede o no hace nada hasta que tiene que recoger un cadáver?”. Y su respuesta fue un muy clarificador: “Si lo quieres ver así…”

En resumen, las opciones que me daba llegados a una situación sin marcha atrás eran claras: convertirme en asesino o convertirme en pasto de gusanos.

Entonces me di cuenta de que, realmente, de los múltiples actos que había conocido anteriormente donde había un quebrantamiento de la ley (injurias, deudas, amenazas con armas de fuego, agresiones…), ni uno solo había acabado en juicio y, por tanto, menos aún en condena. Y de que ninguna de las situaciones había finalizado satisfactoriamente con una defensa efectiva de la víctima por parte del sistema social.

Si a eso sumamos todo lo que luego conocí respecto a la realidad práctica de mujeres víctimas de violencia de género, asimilé que la protección del sistema no es más que una ficción para tranquilizar las conciencias de quienes probablemente nunca la necesitarán o de quienes, por acción del principio de control y confianza y la falacia de justicia, quieren ejercer el autoengaño sintiéndose seguros pensando que hay una organización social perfectamente definida que vela por su seguridad.

En definitiva, un artificio para cegar dos tristes realidades: que la mayor parte de los conflictos se arreglan al margen del sistema y por la ley del más fuerte (o del más socialmente enajenado) y que no existe defensa social alguna ante la intención real de otro de practicar con uno el tiro al pichón. Lo más parecido, una seguramente leve condena posterior que, en caso de ser descubierto, difícilmente disuadirá a quien tiene un único objetivo y meta en mente.

Todo esto nos lleva pues a una situación con dos consecuencias elementales: la primera, que Rousseau era un cretino (además de un hipócrita) como ya se analizó, y la segunda, que la única ley existente por encima de artificios tranquilizadores es la guerra del todos contra todos o la ley de la selva, bien es cierto que con muchos matices cuando pasamos de los casos meramente personales a los conflictos entre grupos. O lo que es lo mismo, cuando analizamos la diferencia entre la psicología individual y la psicología social y grupal, que en todos los casos dedican un importante volumen de su corpus a la existencia y resolución de conflictos.

Y es en este contexto grupal de mi experiencia en el mundo de la religión (por educación) y de la política (por devoción) donde he vivido un aprendizaje ciertamente necesario aunque no grato, en el que si algo he comprobado es que la única realidad existente es la misma que la anteriormente expuesta a nivel individual: una guerra de grupos luchando por intereses propios.

Una guerra intergrupal e intragrupal donde las ideologías, las creencias o los principios que subyacen a la propia constitución del grupo no son más que un pretexto para atraer lerdos y mano de obra barata a través de las muy estudiadas y eficaces estrategias de manipulación que ya hemos visto.

No tengo problema en reconocer que yo he estado en este último sector hasta hace relativamente poco, entendiendo mi experiencia política como un último intento personal para saber si existía un masa crítica suficiente de buena voluntad para un cambio social justo, y si era factible ejecutar dicho cambio desde una evolución progresiva del sistema.

Ni que decir tiene que las conclusiones son negativas en ambos casos por lo que no me queda más remedio que darle la razón a Panchito Franco cuando comentó aquello de:

“Haga como yo, no se meta en política”

Ahora bien, no meterse en política no implica quedarse de brazos cruzados viendo cómo los más miserables de la especie van escalando peldaños y tomando las decisiones que afectan a vidas ajenas, significa simplemente dejar los mecanismos del sistema para los que viven en el matrix del sistema.

golpes

El resto tendrá, o tendremos, que decidir entre acatar sus reglas o manejarse al margen de las mismas, diferenciar entre someterse a reglas o regirse por ellas, lo que conlleva por un lado enormes beneficios y por otro terribles inconvenientes, pero desde luego aporta un grado de libertad elevadísimo, ya que es uno mismo quien recupera su capacidad de decisión por encima de falsos dogmas impuestos.

Un convertirse en dios, por encima del bien y del mal social, en que se elimina el superyó y se toman las riendas del propio camino.

Con una ventaja añadida, que cuando los fines o resultados no están constituidos por aspectos tan absurdos y socialmente aceptables como el dinero, el poder o la imagen social, o cuando ni tan siquiera hay fines, metas o planes, tan solo un camino que puede variar al hilo de nuevos acontecimientos, se gana una enorme flexibilidad para adaptarse a las situaciones más duras.

Y entonces es cuando uno puede convertirse en Jeckyll o Mr Hyde, sacando su lado más humano y altruista en beneficio de otro si cree que lo merece:

“El mundo es más bonito con usted dentro Clarice” (Hannibal Lecter)

O sacando el lado más psicopático si uno se enfrenta a un completo miserable, teniendo en cuenta que existe cierta superioridad si uno no se somete a normas ajenas sino que crea las suyas:

“Cuando conoces el verdadero dolor es cuando puedes empezar a usarlo” (Freddy Kruger)

Y todo porque convertirse en un apoyo o en un obstáculo, en un santo o en un demonio, en VÍCTIMA o ASESINO, quizás no dependa de uno mismo sino de aquel que se tiene enfrente. Como decía Camilo José Cela:

“Al amigo el culo, al enemigo por el culo y al indiferente la legislación vigente”

Salud y libertad…

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Usted puede ser un asesino (1ª parte)

“El amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro” (Friedrich Nietzsche)

Una de las últimas cuestiones que me han planteado recurrenentemente tras el caso del avión de Germanwings estrellado en Los Alpes es qué le pasa por la cabeza a un tío así para inmolarse llevándose por delante a un buen puñado de gente. Si sumamos que esta semana un sujeto decidió entrar en una Iglesia para liarse a balazos contra todos los fieles y algún caso reciente semejante, podemos comprobar que los “crímenes de odio” son una realidad creciente, y que no están limitados al odio religioso, ideológico, racista, sexual…

Así que, aunque el caso concreto del avión ya lo detallé en la entrada “Reflexiones psicológicas sobre el caso Lubitz” voy a intentar en este caso comentar algunos aspectos a nivel general, o lo que es lo mismo, intentar explicar por qué cualquier tipo normal puede llegar a cometer la mayor barbaridad.

En realidad, entender por qué a una persona se le pueden hinchar las narices hasta un punto de no retorno es bastante fácil si consideramos la perspectiva psicosocial de la psicología en el ámbito laboral. Simplemente, se quemó: burnout que lo llaman los prevencionistas pedantes.

En la escena final de Kill Bill, cuando Beatrix Kiddo le pregunta a Bill por qué perpetró la matanza de la capilla le da una explicación de lo más sencilla: cuando se enteró de que ella estaba embarazada y se había marchado, se cabreó. Así, sin más, tan fácil y tan difícil de entender. Igual que Beatrix se cabreó por lo que había hecho Bill y su ira la pagaron otros tantos hasta el fabuloso desenlace final.

Sin embargo, para entender la sencillez de esta forma de actuar hemos de luchar contra uno de los mayores cánceres que los seres humanos llevamos grabados a fuego en nuestro software de fábrica y que ya hemos comentado ampliamente en este blog, el principio de confianza.

El principio de confianza es uno de los cinco motivos universales señalados por Susan Fiske, un motivo producto de la evolución de la especie y que impulsa a las personas a vivir con otros y relacionarse adecuadamente.

Un principio que implica sentirse a gusto con el mundo y tener predisposición a esperar cosas buenas de la mayoría de la gente. Dicho de otra manera, un principio en el código humano que nos vuelve imbéciles, pues puede hacer que para evitar disonancia cognitiva sesguemos nuestra información y percepción de la realidad acomodándola a él, viviendo en una realidad paralela.

Y es por eso que cada vez que hay una desgracia lo primero que se intenta es demostrar que la persona que desencadenó una tragedia, un asesinato múltiple o cualquier otro suceso, es una persona que no estaba en sus cabales. Precisamente para no socavar el principio autoidiotizante que nos permite creer que vivimos en un mundo seguro y feliz donde los osos amorosos corretean en pelota picada jugueteando con el pompón de su culo, mientras los pitufos juegan al parchís y los pequeños ponys atusan sus melenas lavando sus pezuñas en riachuelos cristalinos.

Desgraciadamente estos datos chocan con la realidad, ya que esta se empeña en demostrar con sus cifras que menos del 10% de los actos violentos son cometidos por personas con trastornos mentales.

Y a pesar de ello, cuando un sujeto entra en un colegio con una ballesta fabricada por él mismo y un machete, cargándose a su profesor e hiriendo a cuatro personas, a los medios les falta tiempo para justificar que la actuación se debe a un “brote psicótico”, hecho que, siendo generoso, chirría por todos lados a los profesionales de la salud mental incluso con la escasa información difundida posteriormente.

Porque claro, la alternativa es mantener que lo hizo un sujeto en plenas facultades y que al ser menor de edad no va a pisar la cárcel ni para saludar. Y obviamente para el orden establecido es mucho mejor colgar el sanbenito de peligrosos a los enfermos mentales potenciando la negatividad de su etiqueta, que asumir que la legislación patria es tan lamentable que permite asesinar gratis a los menores de 14 años porque no son imputables.

Pero volvamos al síndrome del quemado, que la Nota Técnica de Prevención 704, define como:

una respuesta al estrés laboral crónico integrada por actitudes y sentimientos negativos hacia las personas con las que se trabaja y hacia el propio rol profesional, así como por la vivencia de encontrarse emocionalmente agotado. Esta respuesta ocurre con frecuencia en los profesionales de la salud y, en general, en profesionales de organizaciones de servicios que trabajan en contacto directo con los usuarios de la organización

Así, el síndrome del quemado en el ámbito laboral se caracteriza por generar en quien lo padece cansancio emocional, despersonalización y dificultad para la realización personal.

Tomando este contexto, y lo manifestado de aquí en adelante es solo una reflexión personal sin fundamento probado, me parece bastante razonable establecer un símil cambiando la perspectiva laboral por una perspectiva social o existencial. Una situación donde el estrés crónico no ya laboral, sino vital, genera emociones negativas, como la irritabilidad y el odio, que toman las riendas del sujeto; donde el desprecio a los demás y la deshumanización toman la pauta de las relaciones y donde la perspectiva de realización en una sociedad deplorable se ve imposible porque, como es fácilmente apreciable, siempre triunfa el más cabrón. ¿A alguien le sorprende que con estos tintes el resultado sea una bomba de relojería a punto de estallar a la mínima ocasión?

De hecho, simplemente observando el perfil personal de las personas que podríamos etiquetar como quemadas socialmente, podemos ver un patrón fijo y progresivo de evolución que pasaría por tres fases:

1.- Cinismo.

cinismo

La primera fase es el cinismo, donde bajo una emocionalidad de intensidad y dirección negativa, asoman la ironía o el sarcasmo respecto a las normas sociales como forma de expresión de un profundo desprecio hacia las mismas.

El caso más extremo sería el de aquel que se convierte en misántropo, término que muchos identifican como referido a quien odia al ser humano, pero que la definición de la RAE aclara en nuestro contexto:

 

misantropo

El problema de esta situación prolongada en el tiempo es que puede, y suele, llevar irremediablemente a una confrontación interpersonal con una mayoría que sí está correctamente socializada, por lo que se hace bastante probable el progreso hacia el punto 2.

2.- Hostilidad.

Tras un mayor o menor periodo de tiempo, el paso del cinismo a la hostilidad es inevitable. La hostilidad es el componente cognitivo del patrón Ira-Hostilidad-Agresión, donde la ira se correspondería con la emoción, la hostilidad con la cognición y la agresión con la conducta.

De esta forma, el mantenimiento de una emocionalidad negativa llevaría al replanteamiento consciente de todos los principios morales y sociales desde una predisposición emocional a su valoración negativa con el consiguiente cambio en los principios y creencias del sujeto.

Hace tiempo, no recuerdo dónde, leí una cita que me pareció una genialidad (lamento no recordar la fuente original, que desde luego no soy yo):

“Mira debajo de la piel de un insensible y verás los nervios destrozados de un sentimental”

Así que ante una perspectiva como la anterior caben dos posibles salidas: la retirada, con un progresivo retraimiento y aislamiento social, o la menos habitual, el enfrentamiento abierto. Esto es la guerra contra los principios del propio orden establecido y contra todo aquel que lo represente que, para desgracia de afectados, suele ser quien esté adecuadamente socializado o simplemente quien se cruce por medio.

3.- Violencia.

Finalmente, una vez que los patrones emocional y cognitivo son de tipo negativo parece fácil asumir que por consonancia con ellos, y según demuestra la teoría de la disonancia cognitiva, el patrón conductual tenderá a alinearse con ellos para completar la coherencia personal. Por ello, será en este punto donde se dará un cambio crucial. Lo que hasta ese momento era una conducta típicamente negativa pero de carácter pasivo, como estar a la defensiva o manifestar hostilidad, mutará a una conducta de tipo activo: violenta.

Cabe no obstante señalar que esta conducta antisocial o violenta no tiene por qué ser masiva, de hecho en la mayoría de las ocasiones solo se manifestará en pequeños círculos o contextos cercanos, pero en ocasiones, cuando la emoción de ira generada sea muy intensa (odio) y los patrones cognitivos profundamente antisociales, podrá desembocar en un acto socialmente relevante.

El resultado final cuando todas las variables confluyen, lo que afortunadamente no sucede con demasiada frecuencia, es un acto violento masivo. Y como muestra tenemos el (triste) ejemplo de la matanza de Columbine, donde el odio generado tiene su origen en la situación de acoso escolar que sufrieron quienes posteriormente decidieron tomar cumplida venganza contra quien se les puso por delante.

De esta forma, es de señalar que quizás por esta sola razón, algunos de los sujetos que alimentan su ego y autoestima a costa del desprecio a los demás, cuando no de joderles la vida, deberían replantearse su estrategia, sino por humanidad por mero egoísmo. Al menos si no quieren encontrarse un día con el resultado de su propia creación: un sujeto que después de perder empleo, casa, coche, hijos y dignidad, decide cargarse al cajero del banco o a toda la familia del primer político que pilla, porque como Bill, se cabreó.

amigo

Salud y libertad…

[Continuación]

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