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Categoría sobre Educación y reflexiones sobre el tema

Cómo convertir a un rebelde en un enfermo mental: del maltrato al consumo de cannabis

“La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia” (Poe)

El miedo a la libertad no es algo nuevo, aunque hay que reconocer que ciertas tendencias políticas actuales han impulsado esta emoción con un nuevo vigor tras entender su poder para controlar y someter a una masa cada vez más manipulable. Pero en todo caso, ni siquiera las personas (o personajes) que pretenden coartar la libertad ajena reniegan de la libertad, solamente demuestran su consideración sobre uso por parte de los demás, presuponiendo que a diferencia de ellos, son demasiado estúpidos como para saber utilizarla.

Una de las formas de cortar de raíz la libertad ajena es precisamente convenciendo a la persona afectada de que el libre uso de criterio y actuación está determinado por una enfermedad mental y que, por tanto, en realidad no está siendo libre, sino que está siendo controlado por impulsos o motivaciones patológicas.

Esto se puede observar perfectamente en los casos de maltrato, donde lo primero que hará el sujeto en cuestión es romper la red social de apoyo de su pareja, a la par que la hace creer que su capacidad de discernimiento está afectada por un deterioro cognitivo o cualquier otro tipo de patología mental, con el fin de que dude de ella misma. No obstante, también hay ejemplos en el ámbito político, donde a los discrepantes de regímenes totalitarios, de derechas o de esa izquierda genocida tan del gusto de nuestros gobernantes actuales, se les enviaba a campos de concentración o gulags para re-educarse, que es la forma de decir aplicando la neolengua, que debían someterse al pensamiento en bloque dominante.

El problema cuando hablamos técnicamente, y no solo socialmente, de salud mental, es que podemos encontrarnos con algún caso semejante. Por ejemplo, la Historia de la Psicología deberá cargar con la vergüenza de haber  validado el concepto de histeria y su supuesto tratamiento, que incluía verdaderas torturas a base de electroshocks aplicados indiscriminadamente a mujeres perfectamente sanas que osaban no aceptar el régimen de esclavitud y abuso a las que les sometían sus maridos. Todavía hoy, de vez en cuando, algún marido pregunta o plantea tal posibilidad, de la misma forma que lo hace algún padre cuando su hijo le confiesa que es homosexual, condición considerada “trastorno” durante mucho tiempo por obra y gracia de la religión imperante.

Otro ejemplo es la drapetomanía, la supuesta enfermedad que padecían los esclavos negros del siglo XIX, por la cual tenían unas ansias de libertad excesivas que les hacían manifestarse contra el sistema de esclavitud. Y llegando a tiempos más actuales, el TDAH, donde algunos profesionales con pudor y reticencia a vender su conocimiento a la lucrativa industria farmacéutica, hablan de la patologización del natural, curioso y agotador comportamiento infantil.

Pero, ¿realmente es tan fácil que cuaje la idea de que alguien tiene un trastorno mental simplemente porque no acepta someterse a ciertos cánones morales, comportamentales, políticos o ideológicos imperantes? Veámoslo.

Imaginemos a un consumidor de cannabis que producto de una enfermedad cuyos síntomas pretende tratar, o simplemente por introspección psicológica o disfrute, realiza un uso no abusivo de la sustancia. Imaginemos también que el individuo en cuestión es un poco díscolo y está hasta las narices de que personas mediocres y corruptas dirijan su vida, por lo que desobedece la normativa y se pone a fumar un porro en medio de la calle con tan mala suerte de que se cruza con un policía.

Hasta aquí no habría problema, uno desobedece y el otro cursa la correspondiente denuncia por consumo en la vía pública. El conflicto surge cuando se inmiscuye el sistema sanitario, bien por exigencias del sujeto, jurídicas o de otro tipo, porque si el psicólogo o psiquiatra de turno no es muy espabilado, y hay profesionales que es aterrador que tengan permiso para ejercer, podría perfectamente aplicar con literalidad el DSM IV-TR.

El DSM, que actualmente va por su versión V (una versión que por cierto ha levantado una auténtica polémica por los conflictos de intereses económicos de sus principales impulsores con la industria farmacéutica), es el manual donde se recogen los diferentes trastornos y las condiciones que hay que cumplir para ser diagnosticado.

Y en lo referente al abuso de cannabis, lo define como: “un patrón desadaptativo de consumo de cannabis que conlleva un deterioro o malestar clínicamente significativos, expresado por uno (o más) de los ítems siguientes durante un período de 12 meses:

1.- (…)

2.- (…)

3) problemas legales repetidos relacionados con la sustancia (p. ej., arrestos por comportamiento escandaloso debido a la sustancia).

 

Así que, eureka, en aras de la literalidad y de buenas dosis de mala baba, hemos conseguido convertir una conducta rebelde en una taradura mental, un trastorno por abuso de cannabis, que en realidad lo único que oculta es un deseo de no someterse a una normativa que uno considera injusta o que simplemente, por mil razones, pretende pasarse por el arco del triunfo.  Eso sí, tienen el detalle de darte una segunda oportunidad, a partir del segundo problema legal, premio.

Resumiendo, teniendo todo esto en cuenta, deberíamos ser más laxos a la hora de achacar problemas mentales al personal, o al menos reconocer que con estos mimbres, todos somos carne de cañón. Por supuesto, sin quejarnos en demasía, no sea que nos diagnostiquen también de trastorno negativista desafiante y llevemos la oferta del 2×1 en el Carrefour jurídico-sanitario.

Salud y libertad…

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La verdad sobre la anfetamina (lisdexanfetamina)

“La mente se estira por una nueva idea o sensación, y nunca se contrae de nuevo a sus antiguas dimensiones” (Oliver Wendell Holmes)

Después de grandes éxitos como “La verdad sobre el metilfenidato”, “La verdad sobre los ansiolíticos” o “La verdad sobre los fármacos para la erección”, entre otros, estaba prácticamente obligado a escribir otra verdad, mi verdad, sobre las anfetaminas.

Vaya por delante que no me gustan las drogas estimulantes, salvo mi siempre reparadora Coca-Cola si es que se me permite incluirla en tal categoría, pero tener un blog es como escribir una novela, a veces el contenido cobra vida y te lleva por sus propios derroteros.

Que te sirvan una Pepsi cuando has pedido Coca-Cola, debería estar penado con la más terrible de las muertes.

Como decía, los estimulantes no me gustan por tres razones. Primero, porque por constitución personal ya vivo sobre-estimulado, ansioso y  nervioso de sobra, y porque para notarme hiperactivo y sentirme Dios, yo al menos no necesito droga alguna (la llevo endógena de serie). Segundo, porque tengo mucho respeto por los fármacos liberadores de grandes cantidades de dopamina, tanto por su capacidad para generar dependencia o brotes psicóticos a medio plazo, como para facilitar Parkinson a largo. Y tercero, no lo voy a negar, porque siento bastante desprecio por la sub-cultura de la cocaína, donde se encuentra el prototipo que tanto detesto del yupi farlopero que busca el desfase por el desfase y ejercer una superioridad artificial que solo busca mitigar sus complejos ante la falta de un sobrevaloradísimo éxito social o profesional.

Ahora bien, dicho esto, respeto la libertad de cada uno para consumir aquello que desee, siempre que se haga responsable de las conductas bajo sus efectos, y no veo mal alguno en que uno busque incrementar su capacidad, rendimiento y productividad, asumiendo ciertos riesgos de los que, por supuesto, debería ser consciente. Resumiendo, allá cada cual, que los conflictos empiezan cuando uno deja de gestionar su propia vida para intentar gestionar la de los demás.

Para la realización de este pequeño experimento hemos utilizado el fármaco Elvanse, una anfetamina que en España se utiliza como sustituto del metilfenidato para los pacientes con TDAH, cuando este no genera los efectos deseados o cuando existe una respuesta adversa. Otros países como EE.UU., sin embargo, facilitan la anfetamina directamente como tratamiento de primera línea, si bien allí la moda es el Adderall, una mezcla a tres cuartos de dextroanfetamina y un cuarto de levoanfetamina, que se utiliza con gran éxito no solo  para que los niños movidos dejen de dar por saco, sino para que los universitarios y trabajadores incrementen su rendimiento aprovechando sus efectos nootrópicos o lo disfruten recreativamente aprovechando su potencial afrodisiaco y estimulante.

Siendo purista, el Elvanse es lisdexanfetamina, un profármaco de la dextroanfetamina (que sería la anfetamina clásica) que se vende en botes de 30 cápsulas que pueden contener dosis de 30 mg, 50 mg y 70 mg, siendo la primera presentación óptima para medicar a los niños (dios bendito, qué aberración) y las otras para los adultos. Su precio ronda los 115€ en farmacia si no se aplican los descuentos de la Seguridad Social, aunque exige receta obligatoria, y puede encontrarse en el mercado negro con un coste que oscila entre los 200€ y 300€. Su efecto terapéutico comienza en teoría a los 45-60 minutos desde la toma y puede durar hasta 13 horas, funcionando a través de un mecanismo dual: liberando directamente dopamina y en menor medida noradrenalina, y bloqueando de forma aguda la recaptación de ambos neurostransmisores monoaminérgicos.

Para la prueba se ha utilizado una cápsula de 50 mg por mera disponibilidad. No obstante, como la dosis parecía muy alta para el objetivo pretendido, se dividió el contenido de la misma en dos, consumiendo la mitad (unos 25 mg) por vía oral y devolviendo el resto al interior de la cápsula. Aunque la sustancia puede esnifarse, esta forma de administración está específicamente desaconsejada debido al incremento de la intensidad de sus efectos y de su capacidad adictiva. La dosis ingerida es especialmente interesante pues recordemos que la cápsula indicada como dosis para menores es de 30 mg. Es decir, se ha consumido algo menos de la dosis correspondiente a un niño.

Teniendo esto en cuenta y habiendo estado controlado en la distancia por mi ángel de la guarda por si hubieran existido complicaciones, comento los resultados, empezando, como siempre, por los registros fisiológicos. Primero, de tensión arterial…

… y después, del incremento de pulsaciones, donde se puede apreciar claramente un incremento en el momento de mayor efecto, aunque como veremos, quizás no se debiese solo al efecto directo de la sustancia…

Desde el momento del consumo y durante los primeros 15 minutos, la única sensación apreciable fue una percepción interoceptiva de aceleramiento cardiaco que no se corresponde, como podemos ver, con ningún indicador objetivo y que, como ya ocurrió en otros casos, puede ser simple consecuencia del nerviosismo. Sí se produjo a partir de la media hora una sensación en la cabeza como de presión, acompañada de un claro incremento en la nitidez de las percepciones, más ricas en matices y semejante a la sensación de “estar colocado” que ya se expuso con el metilfenidato.

En este momento cometí un gran error, dado que la idea, además de realizar la prueba, era analizar su capacidad potencial para incrementar el rendimiento cognitivo. Pero como en ese momento los efectos tampoco parecían especialmente relevantes, decidí ponerme a fregar los platos mientras esperaba a que el efecto se intensificara. El caso es que fue en ese preciso momento cuando la sustancia decidió operar toda su magia, y lo que iba a ser una limpieza básica de cacharros para volver raudo a mi pc, se convirtió, atención, en una maratón de hora y media consistente en: fregar los cacharros, limpiar los armarios, desengrasar la campana extractora, limpiar el baño al completo y la vitrocerámica (cuyo último episodio de profilaxis dista en fechas lejanas tanto que ignoraremos) y tender la ropa.

He aquí el poder de la higiene de una vitro haciéndote visualizar hipnóticamente el origen del cosmos

Juro que el sudor de mi frente, del que tengo fotos que por pudor no voy a incorporar, pero que es semejante, si no superior, al de cualquier sesión de gimnasio, da buena cuenta de los  efectos activadores y de aceleración de la sustancia. Por si fuera poco, estos se completan con una focalización atencional algo más potente que la derivada del consumo de metilfenidato, y claro, escuchar “Semos las niñas del colegio de La Salle” de los Mojinos Escozíos, en este plan, mientras se observa la más mínima brizna de grasa como un enemigo a aniquilar, genera una escena entre cómica y dantesca.

Afortunadamente, tras hora y media, sonó una nueva alarma del móvil para indicarme que debía volver a realizar la toma de datos fisiológicos, lo que me ofreció la oportunidad de cambiar el foco de actividad y empezar a realizar un trabajo más cognitivo. No obstante, en ese momento de cambio de actividad, que puede apreciarse claramente en los registros, sobrevino una sensación intensa de calor, que me llevó a tomarme la temperatura (no llegaba a 36,5º) y a hidratarme en abundancia con un extraño elemento que tiempo atrás escuché que se podía utilizar para beber: agua.

Aproximadamente una hora después de estar trabajando a buen ritmo y con una capacidad de concentración muy mejorada, apareció otro efecto de la sustancia, su efecto afrodisiaco. No obstante, como tampoco tenía ninguna intención de perder el tiempo con esas incómodas necesidades fisiológicas, apliqué la UPE (unidad de paja estándar) volviendo en diez minutos a tareas más productivas.

En las dos o tres horas siguientes, la productividad se incrementó de forma considerable, manteniendo la capacidad de atención y concentración, con una sensación de rapidez en el paso del tiempo semejante a la que puede ocurrir bajo los procesos de sugestión hipnótica y sin aparición alguna de síntomas de cansancio o fatiga. En este tiempo, solamente se produjo alguna fuga al desviar la atención de un estímulo a otro, focalizando la atención en el nuevo; un cierto malestar por sensibilidad  a la luz, que no tengo ni idea de si se debe a la sustancia o no; y eso sí, una sensación lo suficientemente energizante como para pensar que con cuatro amigos de mi elección podría conquistar la Alemania de Merkel. Claro, que en este último punto quizás influyó estar escuchando la banda sonora de Braveheart.

Finalmente, a las tres horas (cinco desde el inicio del experimento), caí en la cuenta de que se me había olvidado comer, algo bastante habitual en sujetos con trastorno obsesivo cuando se enfrascan en la realización de una tarea, así que planteé una nueva parada estratégica para cumplir con el incordio de satisfacer una nueva necesidad fisiológica prefiriendo estar en otros menesteres y volví a mis asuntos.

A partir de ahí la sensación fue más incómoda, aunque no llegó a ser especialmente desagradable, interpretando que se debía al final de su acción mucho tiempo antes de lo esperado, probablemente debido a la reducción de la dosis. En esos momentos aparecieron sensaciones como: confusión, dolor de cabeza, mareo, sensación de resaca y cierta ansiedad, que supongo desaparecerá en un par de horas (o ya me encargaré yo de que desaparezca).

Por supuesto, este experimento se limita a comentar los efectos agudos desde un prisma exclusivamente personal y puntual, pero no olvidemos que los riesgos se incrementan con un consumo frecuente, además de por el incremento de tolerancia, por unos efectos secundarios cuando el consumo es crónico, que pueden ir desde paranoia y alucinaciones, hasta bruxismo, ataques de ira,  convulsiones e impotencia.

Así, una vez expuesta la situación, dejo como siempre que cada cual saque su propia conclusión. La mía, a fuerza de ser honesto, es que aun aceptando que incrementa la capacidad de atención y la concentración junto con el rendimiento, no se justifica su uso, salvo quizás en casos muy, muy puntuales o graves, como tratamiento farmacológico. Entiendo que alguien pueda utilizar la sustancia puntualmente como droga (que no fármaco), para salir airoso de un pico de trabajo o para eliminar la fatiga con fines recreativos, pero me parece una barbaridad indecente, sugerirla como medida de tratamiento psicológico a un menor.

Salud y libertad

[AÑADIDO]: Esa noche fui incapaz de dormir más de dos horas con el consiguiente destrozo por cansancio al día siguiente, lo que puede explicar también la capacidad adictiva de la sustancia.

 

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Por qué desprecio el Día de la Paz

“No puedes separar la paz de la libertad, porque nadie puede estar en paz, a no ser que tenga su libertad”

Hoy es día 30 de enero y se conmemora el Día de la Paz en los centros escolares,  los cuales celebran con gran autocomplacencia su promoción de la cultura de la no violencia y de la paz. Este por supuesto, es distinto del Día de la Paz (a secas) que se celebra el 21 de Septiembre, que para fardar de superioridad moral simplona a base de slogan, siempre es mejor pillar la oferta del 2×1.

La idea es preciosa y enternecedora, o mejor dicho, lo sería, si uno no fuera un viejo zorro que  conoce perfectamente las interioridades que se ocultan bajo las fachadas éticas de algunos centros y de los más vociferantes místicos con complejo de John Lennon (cuya faceta real dista mucho de su imagen).

El caso es que a cuenta de la fecha, he recordado dos anécdotas curiosas de mi adolescencia.

La primera de ellas ocurrió en una celebración del día de la Paz, no recuerdo de cuál de los dos o si en aquella época había tres o seis, cuando los jerifaltes del colegio quisieron celebrar el día en cuestión haciéndonos seguir otra moda aún más absurda e insustancial que la de los Días de… la de los lacitos (ya se sabe que las modas son cíclicas). Total, que convocaron a todos los alumnos, alumnas, alumnes y almartes, a hacer una manifestación silenciosa con un lacito blanco en señal de la ansiada paz. Yo ya llevaba un par de días haciendo objeciones: que si los terroristas se cachondeaban de los lacitos (ETA estaba en pleno apogeo), que lo que hay que hacer es callar menos e incrementar las penas, etc. percibiendo un evidente malestar hacia mis comentarios. Así que el día de marras fueron directos a pasar revista encontrándose con mi despiste (se me había olvidado en casa), y con alguna alegación como que suponía que la participación en el show era voluntaria. La respuesta que recibí fue que lo fuera a buscar a casa y así me fumé un día más de expulsión a cuenta del asunto. Por cierto, cuánta beligerancia para tan pacífico día, aunque poco sorprendente si tenemos en cuenta que años después me enteré que el mismo colegio había organizado para sus alumnos mayores un periodo de voluntariado que, por supuesto, era impuesto con carácter obligatorio (paradojas).

El segundo momento, del que no cabe frivolizar, fue desgraciadamente más duro y quienes lo vivimos seguimos recordándolo con espanto, teniendo además que soportar las imbecilidades de los niñatos que van sentando cátedra desde su absoluta ignorancia. Habían secuestrado a Miguel Ángel Blanco y volvíamos de un campo de trabajo o alguna actividad por el estilo. El tema se comentaba por todos lados y recuerdo que el cura me dijo en el autobús: no lo matarán porque supondría una reacción social salvaje de rechazo que políticamente bla, bla, bla… Mi respuesta fue: yo creo que sí lo van a hacer porque son terroristas, y porque antes del rechazo, que se la sopla, no van a dar una imagen de debilidad y sometimiento a la presión social. A mitad del viaje en autobús, la radio dio la noticia del desenlace que todos conocemos. Ese día descubrí dos cosas: que hay gente que toma como patrón para analizar su realidad el criterio de sus propios deseos y que la paz por la paz, carece de valor. Alguien lo definió posteriormente como la paz del cementerio. Y es que la paz no tiene utilidad alguna si no va acompañada de libertad, aspecto que se puede aplicar al terrorismo o a la política, valga en algunos casos la redundancia, y que en ocasiones debe ser impuesta por la fuerza (si vis pacem para bellum).

En definitiva, que estas dos anécdotas me han hecho reflexionar sobre lo peligroso de inculcar en los estudiantes una cultura de la paz basada en el diálogo a toda costa, en presuponer de forma general al otro interlocutor buenas intenciones o en renunciar a los principios democráticos o de libertad más elementales en beneficio de dicha paz. En definitiva, en promover, no la paz, sino una paz, la paz del cementerio.

Salud y libertad…

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¿Cómo prevenir el abandono universitario?

La publicación de la edición actualizada del Informe U-Ranking, realizado por la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas, ha puesto de nuevo el foco sobre el sistema universitario pues, al margen del certero análisis que establece sobre la base de indicadores objetivos, ha incluido en esta ocasión datos sobre un fenómeno complejo y preocupante, como es el del abandono universitario.

Así, tomando datos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, el mencionado informe sitúa la tasa de abandono de los estudios de grado en el 33,3 %, de cuya cifra un 21,4 % se produciría por abandono definitivo del sistema universitario y un 11,9 % por el cambio del alumno respecto a la titulación en que inicialmente se había matriculado. Dicho de otro modo: tres de cada diez alumnos universitarios abandonan sus estudios sin completarlos.

La problemática que genera esta situación es amplia y no se limita a consecuencias negativas para el alumno y su familia como podrían ser la ansiedad, el menor número de oportunidades laborales o el surgimiento de conflictos intrafamiliares, sino que trasciende estos entornos para entrar de lleno en el ámbito sociopolítico, que debe tomar medidas para evitar que una inversión pública origine unas pérdidas de 1 000 millones de euros anuales que, según algunos investigadores, puede alcanzar los 1 500.

[Continúa…] Leer el artículo completo en El Plural aquí.

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Psicología del buenismo irresponsable

Orígenes psicológicos

En una de las escenas de la reveladora película sobre política vaticana “El Padrino III”, la hija de Michael Corleone, Mary, habla con su primo Vincent, del que está enamorada, interrogándole para que le cuente lo que sabe de su padre. Este le responde que es un gran hombre y un héroe que salvó a la familia, pero Mary tiene serias dudas y le pregunta más directamente si mató a su hermano o si todo lo que se dice sobre él es cierto. Vincent replica que solo son historias y Mary finalmente acepta esta versión diciendo: “Está bien, quiero creerte”.

En ese quiero creerte se encuentra la base psicológica de muchos de los comportamientos desadaptativos que podemos apreciar en el contexto socio-político actual, desde el buenismo irresponsable del que hablaremos hasta el sectarizado y fanático comportamiento inherente a las conductas propias del independentismo catalán.

[…]

Entrada completa en este enlace del blog el Asterico.

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El día que descubrí la estupidez generalizada

“Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada” (Albert Einstein)

A veces es curioso cómo un hecho de la infancia puede quedar grabado a fuego en la conciencia de una persona o cómo un suceso emocional hace que los recuerdos se fijen en la mente. Nunca le he contado esto a nadie, pero recuerdo perfectamente el día que descubrí la estupidez generalizada o, para no herir las sensibilidades de antiguos compañeros a los que recuerdo y tengo gran afecto, al menos el día que descubrí que era distinto a la hora de aceptar las verdades establecidas.

Estaba en una clase de Religión de 6º de EGB (ahora lo llamarían primaria), cuando el cura en cuestión, uno de esos cabrones que nunca debió haberse dedicado a la docencia, estaba explicando el Génesis.

Voy a hacer un pequeño inciso para explicar que, aunque ya es conocida mi falta de querencia por las instituciones católicas, nada tengo en contra de los curas por el hecho de serlo (incluso hay algunos que me parecen ejemplo de coherencia y de bondad y a los que guardo cierto cariño), como nada tengo en lo personal contra este del que hablo y de cuyo nombre no quiero acordarme (aunque recuerdo perfectamente). Cuando digo que era un cabrón y que nunca debió desempeñar labor alguna en el mundo educativo, lo digo a conciencia, pues fue la  persona a la que le vi meter dos de las hostias más escalofriantes que he “visto” en mi vida (el entrecomillado lo entenderán en la segunda).

Una de ellas se debió a que un compañero que estaba escribiendo en la pizarra no sabía la respuesta de vete tú a saber qué gilipollez de esas que el sistema educativo se empeñaba y se empeña en meternos a calzador. El cura en cuestión pasó por detrás de él y a traición le empujó la coronilla empotrándole la cara contra el encerado.

La segunda fue producto de un ejercicio de papiroflexia. Otro chaval al que habían expulsado de clase tenía un fraile hecho de papel con una pestaña en los pies de esas que se estiran y hacen que el muñequito de papel haga algo. El cura, mientras le echaba la bronca por la expulsión, vio tal ejercicio de creatividad y dijo que al menos tenía dotes artísticas… hasta que tiró de la pestaña. En ese momento al frailecillo de papel le salió de la sotana un pollazo que ríete tú del caballo de Espartero, con la consecuencia inmediata de un tortazo que hizo que la cabeza del malogrado compañero rebotara en los cristales de la ventana y, dado que todas las ventanas estaban conectadas, retumbaran al compás. Imagínense cómo sería la hostia, que mis compañeros y yo, que ni siquiera estábamos en esa clase, sino en la de al lado, escuchamos el golpe en las ventanas, enterándonos de lo ocurrido cuando salimos al recreo.

Bueno, pues volviendo al Génesis, en concreto al Génesis 2:17, el mencionado “educador” nos estaba explicando la historieta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Ya saben, que Dios que estaba aburrido ese día y no tenía otra cosa que hacer se estaba dando un garbeo por el Jardín del Edén y le dijo a Adán: “come higos o lo que te salga del ídem, menos del árbol ese que la espichas”. Después creó a los animales y a Eva, y la serpiente le dijo a Eva que eso de morir tururú, que si comían de ese árbol lo que ocurriría sería que adquirirían conocimiento y se convertirían en dioses pues sabrían distinguir el bien del mal. Y Eva, pensó: “la idea es cojonuda, pero este marrón no me lo como yo sola”. Total que comió y tentó al otro que era un poco calzonazos para que comiera también y se lio parda.

Yo, que ya conocía la historia, había reflexionado varias veces sobre algunas cuestiones que no me encajaban y tenía ideas un poco peregrinas. Primero, que Dios no era tan puro porque había mentido (no murieron). Segundo, que menuda injusticia el castigo para la serpiente que, además de dar conocimiento y libertad a los seres humanos, había dicho la verdad; y tercero, que si Dios no quería que comieran del dichoso árbol, no tenía que haberlo creado.

Plantear las dos primeras cuestiones era impensable desde todo punto de vista, pero con la tercera me animé y, bastante acojonado (por no decir del todo) y lleno de inocencia, levanté la mano en medio de clase para preguntar: “padre, una duda, si Dios no quería que comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal, ¿por qué lo creó?”.

Se pueden imaginar el descojone generalizado del resto de compañeros. Sin embargo, lo que yo recuerdo con asombrosa lucidez (y les garantizo que me carcome el no poder saber si esa imagen es certera y real o una mera distorsión por el paso del tiempo) más que el cachondeo, es la sonrisa nerviosa del cura, sus ojos mirándome con una expresión de entre desprecio y terror, y su explicación simplona diciendo que aquello era solo un cuento para explicar algo que estaba fuera de nuestro conocimiento y que no hacía falta que le buscáramos más justificación. Te lo crees o no, pero lo que implica lo aceptas.

Fue la primera vez que me planteé que, al menos para mí, no era suficiente una religión que estaba basada en cuentos que no necesitaban explicación. También fue la primera vez que maldije mi curiosidad como una condena y juro que durante un tiempo, intenté dejar de hacerme preguntas y encajar en lo que se supone, y donde se supone, que tenía que encajar.  Demasiada presión para un mocoso de apenas 12 años enfrentarse a sus compañeros, a sus profesores, a su colegio y al sistema de creencias de Occidente.

No duró mucho, quizás porque como buen Virgo según el horóscopo (otro cuento que tampoco necesita explicación), los virgos se preguntan el porqué de todo.

Desde hace mucho tiempo, agradezco en parte la condena de mi curiosidad, aunque no lo voy a negar, a veces me gustaría vivir en la felicidad del idiota que ni se hace preguntas ni necesita respuestas. Y conste que no quiero faltar al respeto a las creencias de nadie, todas me parecen respetables mientras no vayan contra los derechos civiles, muchas reconozco que ayudan a sacar lo mejor de algunas personas y a mí mismo me apasiona el estudio de los temas religiosos del que he sacado enseñanzas interesantes y válidas. Lo que critico es la aceptación ciega de dogmas y la ausencia intencionada de preguntas que se hacen algunos  en pro de una falsa seguridad que haga más fácil la vida (a este respecto recomiendo la serie de Castlevania, anime para adultos con un mensaje impecable, disponible en Netflix).

Hoy mientras tomaba una cerveza, estaba debatiendo con una buena amiga, muy religiosa cosa que como digo respeto, sobre religión; y mi hijo, que me da la impresión que es igual de bocazas que yo (que el dios que sea lo proteja), dijo que a él no le caían bien los curas y que no creía en esa religión, que él era “isotérico” y creía en los vampiros y los hombres lobo. Ella me miró con cara de: “ya te vale, que no crea en Dios y crea en esas cosas”, y aunque yo no dije nada, reconozco que pensé: “bueno a fin de cuentas ambos tienen la misma probabilidad de ser reales”: cuentos sin explicación basados en tradiciones, mitos y leyendas.

Salud y libertad…

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Reflexiones sobre educación espiritual

“Dios perdonará a los que le niegan; pero ¿qué hará con los que cometen maldad en su nombre?” (Jacinto Octavio Picón)

Determinar el tipo de educación que uno desea para su hijo es probablemente una de las decisiones más difíciles a las que un padre tiene que enfrentarse, al menos si uno no ignora o delega esta obligación, o si no desea ser responsable de que en el futuro su hijo se convierta en un auténtico gilipollas, de lo que ya existe bastante riesgo en una sociedad como esta que padecemos sin necesidad de que los padres aporten su particular contribución para tal fin. Realmente pocas cosas se me ocurren más tristes que imaginar a un sujeto en su lecho de muerte pensando que su hijo se convirtió en un cretino integral por culpa suya.

Teniendo esto en cuenta, conviene recordar una taxonomía existente en el ámbito psicopedagógico que señala cuatro grandes estilos educativos en función de la demostración de afectividad y receptividad comunicativa de los padres, por un lado, y de la exigencia de autoridad y respeto a las normas que se demanda, por otro. Tendríamos así la educación autoritaria, caracterizada por un alto nivel de disciplina, control y exigencia a la par que por una baja demostración de afecto y escasa comunicación; la educación democrática, con un alto afecto, apoyo e interés por el desarrollo del niño como individuo, sin que ello impida mantener una cierta exigencia y disciplina; la educación permisiva (también denominada laissez-faire), donde se da una demostración sincera de afecto y apoyo al menor, pero sin ningún tipo de exigencia y control de sus acciones; y la educación negligente, donde se aprecia una ausencia total de control y disciplina que se acompaña de distanciamiento afectivo cuando no directamente rechazo u hostilidad (lo que nos puede llevar a pensar por qué este tipo de padres decide tener un hijo en lugar de comprarse un cactus).

La adopción de un tipo u otro de estilo es importante pues hay estudios que indican que la educación autoritaria tiende a generar personas con baja autoestima, escasas habilidades sociales y con tendencia a la depresión; la educación permisiva, menores inmaduros e inseguros con baja tolerancia a la frustración y dificultades para la gestión emocional; la educación negligente, personas sin límites y sin empatía con baja valoración de sí mismas; y la educación democrática (que sería la ideal), personas empáticas y con alta autoestima, independientes y competentes tanto laboral como socialmente.

No obstante, esta es solo una de las categorizaciones educativas, pues existen varias, además de condiciones educativas sin tanto sustento académico detrás, pero que todos podemos comprobar en nuestro entorno. A mí, por ejemplo, me llama mucho la atención la concepción educativa (que me he encontrado alguna vez en consulta) de los psicópatas que consideran a los hijos propiedad suya y que, por tanto, pretenden convertirlos en mini-yoes a través de los cuales desarrollar su delirante idea de trascendencia.

O la de ciertos fanáticos que confunden educación con adoctrinamiento, tan actual en ciertas regiones españolas, y que se basa en ir inculcando emociones de odio al niño desde bien pequeño para que los papis puedan superar sus complejos y estar orgullosos de las ansias de heroísmo de la figura de su vástago, aunque ello implique convertirlo en un monstruo y crearle una situación de infelicidad perpetua.

Pero más allá de generalidades sobre las apreciaciones educativas hay diferentes contextos en los que los padres tendrán que mojarse buscando la adecuada educación de sus hijos para su desarrollo personal. Los padres tendrán que concretar una educación moral para sus hijos (¿es lícito utilizar la violencia con otro. En qué circunstancias?), una educación social (¿cómo se concibe al otro?), una educación sexual (¿cuál es la finalidad del sexo: reproducirse o disfrutar?), una educación académica (¿qué exigencia de formación considero básica?) y, desde luego una educación espiritual (¿existe un dios? ¿Hay algo más allá de la muerte?), incluso aunque esta consista en negar tal realidad.

A este respecto, siempre es bueno recordar el puritanismo de ciertos colegios religiosos estadounidenses donde “se prohibía la educación sexual”. Y es que negar tal educación, posicionándose en contra del acceso a la información sexual o incluso de la mera mención del tema delante de los niños, también es un tipo de educación, ya que transmite la idea de que el sexo es algo oscuro y pecaminoso que no debe ser tratado. Como se pueden imaginar, una postura ideal para el sano equilibrio mental de los futuros adultos, amén de un impulso motivador difícilmente igualable para la búsqueda de tan hermético secreto.

Algo parecido ocurre con la educación espiritual. Porque guste más o menos a los padres, creyentes o no, es una cuestión de tiempo que el niño sea consciente de la universalidad de la muerte y quiera conocer su misterio. Incluso es posible que tenga ciertos deseos de trascendencia, lo que puede llevarlo a desarrollar un gran potencial artístico o filosófico (por aquello de dejar un recuerdo en este mundo), o a la más firme autodestrucción si no sabe cómo enfrentarse a la pérdida de los que le van rodeando mientras espera su turno (duelos no resueltos que se denominan en el argot psicológico).

El problema de educar en este área está, como suele ser habitual, en la delegación de funciones. Y no porque compartir la labor educativa con ciertas instituciones sea algo criticable, que no solo no lo es sino que parece algo deseable, sino por el peligro de delegar esta función de forma completa a “especialistas“ que se sitúan en otro plano de conocimiento, lo que puede tener consecuencias nefastas.

Para muestra, el titular con el que despertábamos esta misma semana: “Un informe desvela 300 casos de sacerdotes depredadores sexuales y 1000 niños víctimas”. Una noticia que daba a conocer un nuevo escándalo de pederastia en la Iglesia Católica, hecho institucionalmente conocido y que trató de ocultarse como tantos otros.

Como tantos otros casos y como tantas otras instituciones, religiosas o no, que también tratan de guardar el polvo debajo de la alfombra (nunca mejor dicho). Basten como muestra los casos equivalentes en la religión musulmana, o los casos que el periodista Eric Frattini expone en su imprescindible libro: “ONU. Historia de la Corrupción”, donde muestra cuál es la moneda de cambio en los campos de refugiados de ACNUR o donde detalla el porqué de la expresión asumida por la población en zonas de conflicto bélico: “si ves a un casco azul, corre”. Si les aburre mucho el inigualable placer de la lectura pueden escucharlo aquí a partir del minuto 46 y del minuto 68.

Pero incluso prescindiendo del encubrimiento directo por parte de la religión católica a través, por ejemplo, de su vergonzante Instrucción: “Crimen Sollicitationis” o de sus equivalentes en otras confesiones, es por situaciones como estas por las que los padres deberían estar alerta y concienciarse de la necesidad, casi por supervivencia, de educar críticamente a sus hijos para hacerles conocedores de tres realidades:

La primera, que más allá de las creencias (o increencias) que tenga cada uno, nadie tiene contacto directo ni status privilegiado para contactar con el más allá ni con supuestos dioses y, por tanto, no existe un conocimiento arcano que exija someterse a las garras de supuestas autoridades religiosas y morales superiores que probablemente tengan el mismo conocimiento que cualquier otro mortal sobre la muerte y lo que existe o no más allá de ella. Bastantes problemas tiene aún la ciencia actual para determinar y definir el proceso de muerte, como para fiarnos de meros argumentos irracionales por muy respetables (no todos) que sean.

La segunda, que es muy lícito buscar el conocimiento metafísica o religiosamente pero siendo consciente de que tal proceso debe ser, en este caso, una búsqueda conjunta de saber y no un sometimiento a directrices o normas férreas y externas, ya sean aleatorias o interesadas.

Y la tercera, que bajo bellos discursos y bonitas palabras existen malnacidos que aprovecharán su posición como autoridad para explotar las emociones y empequeñecer a otros con el fin de conseguir sus propios fines, que en muchas ocasiones estarán repletos de todo lo contrario a aquello que dicen defender y donde seguramente no faltará un buen aliño de degeneración y perversión (muy lícita siempre que respete dos límites claros: ser entre adultos y entre dos personas que consienten libremente).

Salud y libertad

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