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Categoría sobre Educación y reflexiones sobre el tema

Reconfigurando la figura del pedagogo

“Antes de casarme tenía seis teorías sobre el modo de educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ningún teoría” (John Wilmot)

Corría el año 2013 cuando publiqué en el blog la entrada “Reivindicando la pedagogía”, un alegato en favor de la figura de este profesional tan denostado y en el que comentaba ya algunos problemas en la formación de esta figura.

Desgraciadamente (o no), como decía el profesor Antonio Escohotado solo algunos cretinos llevan a gala eso de no cambiar su criterio a lo largo del tiempo fingiendo coherencia, lo que denota o bien su escasa ampliación de conocimientos en base a la lectura o bien su incapacidad de aprendizaje en base a la experiencia.

Cuatro años después, mi percepción, ahora como docente a tiempo más que parcial del Grado en Pedagogía, no puede ser más descorazonadora. Primero porque creo que se está literalmente engañando a los alumnos que con buena intención se acercan al mundo de la educación y segundo porque la rigidez de esquemas de algunos junto con los intereses económicos de otros, los están abocando a un futuro sin salida.

Es por esta razón, y porque desde mi perspectiva la figura del pedagogo sí tiene sentido (si las cosas se hacen bien), por la que creo que es absolutamente imprescindible redefinir la figura y formación del pedagogo. En caso contrario, quizás sea más honesto plantearse su desaparición, más que nada para no jugar con el futuro de terceros.

En primer lugar, hay que redefinir cuál es el papel del pedagogo. En la entrada mencionada hablábamos de los campos profesionales a los que estaba destinada esta figura. Sin embargo, tras conocer un poco más el mundo laboral (no solo desde la perspectiva del palacete de mármol universitario y de los libros blancos que todo lo soportan, sino desde el mundo real de la búsqueda de empleo), lo cierto es que la figura del pedagogo tiene un margen de actuación muy limitado. Y este margen se reduce (salvo algunas excepciones, que las hay), al campo de la orientación escolar o educativa en los centros escolares, al de la intervención educativa (en el sector público o privado) o al de la formación en empresas (lo que incluye la gestión de la formación).

El Libro Blanco o el perfil competencial podrá decir que tiene un amplio porvenir en el campo de los museos, de la intervención social o bla, bla, bla, pero lo cierto es que eso es falso y que el papel que tiene en otros campos al margen de los señalados es residual o totalmente secundario. En la práctica diaria, dentro del ámbito de la intervención social siempre se contratará antes que a un pedagogo, a un educador social o a un psicólogo si se trata de intervenir, con el añadido de que el segundo puede hacer todo el trabajo del pedagogo y además diagnosticar; en el ámbito de las TIC, a un informático o a un experto en el contenido al que ya se le darán las oportunas directrices didácticas suponiendo que se consideren necesarias; en el ámbito de los museos, al cuñado tonto del político de turno que no vale para otra cosa, que para eso suelen estar subvencionados…

Museo de cera de Madrid. El que hace las figuras tiene que estar muy orgulloso de su trabajo

Museo de cera de Madrid (izquierda). El que hace las figuras también debía ser cuñado de alguno…

Parte de la culpa de este reduccionismo en las funciones profesionales la tiene sin duda alguna la propia formación universitaria y su plan de estudios, donde ya desde su configuración hay un problema estructural que afecta a otro tipo de ramas de conocimiento: que casi todos los profesionales que imparten la docencia pertenecen en exclusiva y desde siempre al sector universitario, y no han ejercido como pedagogos fuera de este jamás. Ello, con el agravante de que lo fundamental y lo que se valora en la institución universitaria no es la docencia sino la investigación, lo que deriva en la paradoja de que en una institución destianda a la formación de profesionales, enseña a los alumnos a investigar (una cosa que solo harán los que tomen el relevo en la institución académica) y no a ejercer la profesión (con la consiguiente merma de competencia profesional en los futuros graduados).

La desastrosa consecuencia de esto es una carencia de conocimientos elementales básicos en el mundo laboral, como por ejemplo, que un pedagogo obtenga el título de graduado sin tener ni idea de lo que es el subsistema de formación profesional para el empleo (con la formación de oferta y de demanda), y que debido a ello el que se dedique a la gestión de la formación en una empresa sea un titulado en otra carrera (en la empresa donde yo trabajé seis años, de hecho, la llevaba un biólogo con gran eficacia). Pero claro, ¿cómo va a enseñar a utilizar la aplicación de gestión de formación un docente que no sabe ni que existe? Es complicado.

Otro ejemplo lo constituye el hecho de que, debido a que los docentes son celosos de su parcelita, se empeñen en fortalecer el reduccionismo de aquellos temas sobre los que investigan, negándose a ampliar campos de actuación que son necesarios a nivel social. Por ejemplo, hay una tendencia a centrar la figura del pedagogo en la atención a problemas de lectura, escritura, matemáticas… obviando temas más psicológicos como el TOC, ansiedad… porque son campo de los psicólogos.  El problema es que yo personalmente no he encontrado un sujeto con discalculia en mi vida profesional (suponiendo que tal cosa exista, cosa sobre la que tengo ciertas dudas), pero sí me encuentro a niños y adolescentes con ansiedad, problemas de desestructuración familiar, TOC… día sí y día también. Y no es cierto que sea un problema exclusivamente psicológico por dos razones.

Primero, porque la orientación en los colegios e institutos la pueden desempeñar tanto psicólogos como pedagogos, por lo que el hecho de no formar a un pedagogo en estas historias supone una pérdida de oportunidades clamorosa para identificar problemáticas tempranas en los alumnos. Un orientador tiene que ser capaz de identificar cuándo hay un problema y si no puede evaluarlo o tratarlo, ha de derivarlo al menos para su diagnóstico e intervención. A los padres les importa un comino que el orientador del colegio o instituto de su hijo sea pedagogo, psicólogo o legionario. Lo que quieren es que si su hijo tiene un problema, se lo digan y les ayuden a identificarlo y ponerle remedio.

Y segundo, porque la labor del orientador es tratar los aspectos puramente educativos, por lo que si un niño tiene TOC, lógicamente ha de ir a un psicólogo a que le ayude a gestionar el tema desde el punto de vista psicológico y personal, pero también ello tiene unas implicaciones en el ámbito educativo, y es el orientador el que tiene que estar preparado para dar pautas o intervenir a este nivel mejorando la adaptación del sujeto a su vida académica.

Como estos podrían ponerse muchos más ejemplos, pero no nos vamos a extender más. Lo que sí parece obvio es que la formación del pedagogo debe reconfigurarse ajustándola más al ejercicio profesional de lo que uno se puede encontrar en la sociedad en la que vivimos y alejarla un poquito más de los intereses económicos, políticos y científicos de las instituciones. Está bien que un pedagogo estudie Historia de la Educación, Antropología, Sociología y demás teoricismos, pero es insultante que no esté capacitado para identificar los problemas de sus alumnos o gestionar la formación de una empresa.

Para despedirme, os dejo con una historia muy pedagógica…

Salud y libertad

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Breve debate sobre el bilingüismo

“La lengua no es la envoltura del pensamiento sino el pensamiento mismo” (Miguel de Unamuno)

Hace unos días el mundo twittero, que guste más o menos marca la agenda informativa debido en gran medida a la torpeza de los medios informativos, despertó con un trino alarmante del grupo de educación de lo que antes era Izquierda Unida, en aquellos lejanos tiempos previos a  que Alberto “dipucuqui” Garzón lo utilizara como moneda de cambio para ganarse el puesto de mayordomo de Pablo Iglesias.

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La estupidez, efectivamente, es de tal calibre que rápidamente recibió la respuesta de los participantes en la red social, alguno incluso solicitando que borraran el famoso tweet para  no tener que soportar la vergüenza de que se le señalase como votante del partido que publicaba tamaña barbaridad.

Si peregrina era la afirmación, más peregrina era la justificación ideológica de por qué no había que aprender inglés. Básicamente porque esto se justificaba en la necesidad de generar camareros propios y ajenos para los países anglosajones.

Ante la respuesta burlona generada por la red, el área de educación de IU eliminó el tweet que vemos y lo sustituyó por este otro, que pasó a constituir la base de su argumentario.

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Este tweet es un ejemplo interesante, porque evidencia como pocos una de las estrategias de manipulación  y persuasión que suele utilizar la izquierda radical y que maneja a la perfección, consistente en entremezclar afirmaciones con cierto nivel de veracidad con la barrabasada que se persigue inculcar socialmente. El principio que subyace, bastante eficaz, es que los favorables a esa corriente focalizarán su atención en el argumento veraz y minimizarán el otro, que no obstante aceptarán por asociación con el primero.

Por tanto, con el fin de desestructurar esta burda técnica de manipulación para mentes frágiles, analizaremos por separado y sin unir las dos partes de la historia.

La primera es sobre el bilingüismo en sí. Y es cierto, hay un serio  problema con su implementación. Más cercano a una moda que a una estrategia educativa estudiada y contrastada, el bilingüismo se ha impuesto como casi una obligación en los centros educativos bajo el supuesto de que es efectivo para el aprendizaje del inglés. El problema es que no ha habido muchos estudios que garanticen su eficacia, y mucho menos que garanticen el conocimiento de las otras materias.

Así que a falta de estudios rigurosos lo que a uno le queda es la experiencia. Y la experiencia que personalmente veo en hijos propios y ajenos es que los chavales acaban sabiendo mucho vocabulario de inglés, más o menos la misma gramática inglesa o dominio de la lengua inglesa que sin él y menos conocimiento de la materia bilingüe, por ejemplo Science (lo que viene siendo Ciencias Sociales de toda la vida si eliminamos el nuevo lenguaje barroco y pedante para fingir que las cosas han avanzado una barbaridad).

Porque aquí es donde se cuelan dos trampas del bilingüismo tal y como está concebido. La primera, la que nos hace pensar que los docentes quizás no están preparados para impartir una educación bilingüe. Y la segunda, la que para solventar la falta de conocimiento de expresión y comprensión en inglés de los alumnos, propicia que los exámenes sean meros ejercicios de traducción de vocabulario, lo que nos lleva a  que efectivamente el rendimiento del alumno parezca adecuado con la satisfacción de los padres que ven que su hijo obtiene buen rendimiento en una asignatura en lengua inglesa, aunque no se esté midiendo con fiabilidad ni su conocimiento de la asignatura ni su dominio de la lengua inglesa.

Por tanto, les concedo a los sujetos de IU cierto punto razonable en esa parte de la premisa. Es cierto que el bilingüismo tal y como está desarrollándose tiene problemas y es mejorable.

Ahora bien, sugerir que el aprendizaje de la lengua inglesa es producto de una conspiración para fabricar camareros para la city es además de un delirio paranoide una chorrada de campeonato. El inglés mejorará, ¿qué?, preguntan las gacelas de IU. Pues mejorará la capacidad de comunicación con medio mundo, mejorará el conocimiento de otras culturas y dará accesibilidad a la lengua más utilizada en el campo científico, por poner algunos ejemplos facilones que son los que me vienen a la mente en los primeros 3 segundos.

Porque, francamente, cuando uno dice que para qué sirve la lengua inglesa, lo primero que se le viene a la cabeza es la escena de los Monty Python cuando el escuadrón suicida del Frente Judaico Popular se preguntaba que habían hecho los romanos por ellos. Si este es el grupo de educación de IU, no quiero imaginar los demás, aunque claro, quizás esto explique muchas cosas.

 

Salud y libertad

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Cataluña: el síndrome del niño emperador

“Podrían engendrarse hijos educados si lo estuvieran los padres” (Goethe)

Niño emperadorEn el ámbito educativo se conoce como síndrome del niño emperador a la condición del menor caracterizada por un comportamiento disruptivo cuyos síntomas son la agresión física y psicológica hacia los progenitores o las figuras de autoridad, una conducta desafiante con dificultades para canalizar la expresión de la ira y una persistencia en la violación de las normas y límites familiares que se acompañan de un alto nivel de egocentrismo, baja tolerancia a la frustración, escasa empatía y falta de autoestima.

Este fenómeno, también conocido en el ámbito clínico como trastorno negativista-desafiante u oposicionista (aunque habría ciertos matices diferenciales), comenzó a estudiarse en profundidad dada la alarmante proliferación de casos que se produjo en China como consecuencia de la política del hijo único, momento en que  comenzó a sospecharse que los patrones educativos familiares influían de manera notable en el aumento de casos, más teniendo en cuenta que afectaba especialmente a chavales de cierto nivel socioeconómico.

Dos de las variables que parecían tener especial relevancia en la aparición del trastorno eran la total ausencia de autoridad y exceso de permisividad de los padres, unidos a una sobreprotección importante, lo que generaba en el niño un egocentrismo y egoísmo ilimitado: el niño se sentía dios y se consideraba el centro del mundo, de forma que entendía que todo y todos estaban ahí para él, para satisfacer sus demandas y caprichos porque era especial. En definitiva, un niño mimado que se consideraba mejor que cualquier otro y digno de alabanza, exigiendo en todo momento atención y la satisfacción de sus deseos porque siempre se le había tratado como si fuera único y así lo mereciera.

A veces la extrapolación que puede hacerse entre las características individuales y los procesos sociales es ciertamente certera, como ocurrió con el documental “La Corporación”, que describía cómo si se aplicaban características humanas a las multinacionales, un amplio porcentaje de estas acabarían teniendo el diagnóstico de psicopatía.

Lo descrito con el caso del síndrome del niño emperador es perfectamente aplicable al caso de Cataluña, dejando al margen los procesos de ingeniería social que ya hemos analizado. Cataluña no deja de ser hoy un niño malcriado y consentido al que durante mucho tiempo se le ha hecho creer que es especial y al que no se le han dado los dos azotes necesarios cuando la situación lo requería. De hecho, cuando se ha planteado la necesidad de encauzar a ese pequeño déspota que siempre ha recibido todos los caprichos (el emperador) han aparecido las habituales voces acusadoras de algunos vecinos que al grito de “fascistas” exigían que no se regañara al niño y que se le diera un pedazo más de tarta. Y es que siempre hay quien busca el aplauso social desde su impostada superioridad moral cuando no tiene que sufrir en su vida diaria las consecuencias de lo sermoneado.

En realidad, hasta aquí, nada hay nuevo bajo el sol, ni siquiera el hecho de que, como en tantas ocasiones, haya tenido que ser otro padre el que venga a darnos una lección de educación y coherencia con su ejemplo, para ponernos en el espejo de nuestras malas prácticas. El Tribunal Constitucional alemán prohíbe a Baviera realizar un referendum de independencia por ir contra la Constitución, ya que la soberanía recae en el pueblo alemán.

Salud y libertad…

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A vueltas con el acoso escolar

Año y medio después de publicar en su diario la carta al director titulada “Otro caso de acoso escolar” (09/03/2015) a cuenta de un caso en un centro educativo de la ciudad, y tras atender en consulta a otro buen número de chavales víctimas de acoso escolar, presente o pasado (las consecuencias psicológicas del ciclo de acoso pueden prolongarse mucho tiempo después de que éste haya desaparecido), la situación no puede ser más desesperanzadora.

El caso de la niña de Baleares y del alumno de Olula del Río han vuelto a traer a la actualidad el problema, añadiendo al tema una cierta carga de indignación social más que justificada, que, no obstante, volverá a olvidarse dentro de unos días. A pesar de todo, estos casos son interesantes por ser verdaderamente prototípicos de lo que supone un caso de “bullying”.

En primer lugar, muestran la culpabilización de la víctima y la falta de consecuencias negativas que estos hechos tienen para los acosadores. Sobre esto poco se puede decir, salvo que una sociedad que sitúa por encima del bienestar de las personas las excusas jurídicas y las argumentaciones sobre los procesos normativos es una sociedad enferma. Tampoco hace falta ser psicólogo para comprender que si uno ejecuta una conducta negativa sin consecuencia alguna, o incluso con cierto refuerzo positivo (como lo es la sensación de poder), la conducta tenderá a repetirse. No olvidemos que en un grave caso como el de Baleares la irrisoria expulsión de 3 a 5 días sólo se produjo días después del hecho y muy probablemente debido al eco mediático del acontecimiento. Eso por no mencionar la forma de acoso secundario más adulto que suele darse entre las familias de acosadores y acosados cuando los primeros se ven expuestos y que también puede comprobarse en el caso de las islas.

En segundo lugar, exponen la falta de respuesta del centro. Este contexto resulta de especial relevancia, pues es el que determina que la situación de acoso pueda cesar de forma inmediata o se perpetúe y agrave en el tiempo. Así, puedo describir cómo un centro de nuestra ciudad detuvo un caso de acoso en menos de tres días por la valiente y contundente intervención de una docente, y cómo otros dos (cuyo nombre obvio por confidencialidad y no, desde luego, por no tener ganas de gritarlo públicamente) lo empeoraron al intentar priorizar y proteger la imagen de la institución frente a su responsabilidad en proteger a los alumnos acosados, problema que se suele dar en aquellos centros que se ven a sí mismos como empresas en búsqueda de clientes y no como lo que son, o deberían ser, instituciones educativas. No es, por tanto, una cuestión de recursos y formación, sino de voluntad, que, eso sí, suele llevar aparejada como daño colateral para el docente que actúa una cierta complicación de su vida. En el caso de Baleares, según la información publicada, se dio una absoluta pasividad docente, donde no había vigilancia alguna en el lugar de la agresión (ignorando su obligación de velar por la seguridad de los alumnos) y donde los profesionales del centro no tuvieron ni siquiera la decencia de trasladar a la menor al recinto hospitalario, siendo la propia madre de la agredida quien hubo de hacerlo.

Y, finalmente, evidencian la actuación siempre autoexculpatoria de las administraciones públicas, que, independientemente de su ámbito competencial, rápidamente minimizan los hechos y se apresuran a señalar la inexistencia del caso de acoso calificándolo como conflicto o agresión puntual (el equivalente a echar la culpa al muerto en los casos de accidente, no sea que la Administración tenga que asumir gastos). Seguramente, si en el caso mallorquín el agredido hubiera sido el hijo del inefable fiscal, no hubiera tenido la frívola osadía de calificar como leve la agresión o las lesiones. También hay que reconocer, no obstante, que la Administración ha tomado rápidamente medidas contundentes, como revisar el plan de convivencia, los reglamentos de régimen interno y, seguramente, todos los manuales de convivencia cívica publicados en nuestro país, con la enorme eficacia que, como todos imaginamos, estos cambios tendrán en la lucha contra el acoso. Al menos esta vez, y aunque sea por la alarma social generada, el Ministerio ha implantado un número de teléfono contra el “bullying”, el 900018018, que comenzará a operar a partir del 1 de noviembre y que esperemos tenga una eficacia real, no siendo un mero movimiento efectista para cubrir el expediente mientras dure la tormenta.

En resumen, que todo apunta a que seguiremos viviendo casos de acoso a diario, también en Asturias, que solamente pasarán a los medios de comunicación cuando las consecuencias de los mismos sean difíciles de ocultar por su gravedad extrema. Mi experiencia me dice que los afectados tendrán que seguir guerreando contra el acoso y contra el sistema, y por eso ante cualquier situación de este tipo mi consejo siempre es el mismo: denuncia inmediata ante los organismos pertinentes y ante los medios de comunicación. Desgraciadamente, sólo cuando los daños los sufre uno mismo (aunque sea por cuestión de imagen), es cuando algunos se deciden a actuar.

Salud y libertad…

Carta al director publicada en el diario “La Nueva España” el día 24/10/2016

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Sobre la “coach” que “cura” la homosexualidad

“No se puede razonar con los fanáticos. Hay que ser más fuerte que ellos” (Alain)

tinky Winwy tras pasar por la terapia de la web

Tinky Winky tras pasar por la terapia de la web

A pesar de que llevo ya mucho tiempo rajando de los coach, hoy una noticia me ha dado la excusa perfecta para explicar el porqué. El diario “El Mundo” sacaba en su edición web la noticia “Denuncian una página web que pretende “curar” la homosexualidad” y aunque la noticia es bastante clarificadora, volví a cometer el error de dejarme llevar por mi curiosidad patológica y acceder a la mencionada web (persígnense ustedes antes de acceder).

La clave del asunto para resumir y abreviar es cómo en ocasiones algunas personas sin formación ni competencias para ello utilizan el coach como un pretexto para ejercer un alarmante intrusismo profesional en el ámbito psicológico (dónde están los Colegios Profesionales es una buena pregunta).

En el mejor de los casos, estos coach son personas con buena intención que se leyeron algún libro de autoayuda o tuvieron una experiencia mística y en su osadía se creyeron capacitados para ayudar a otros. En el peor de los casos, son fanáticos o descerebrados como la protagonista que nos ocupa que se creen elegidos por el dedo divino para imponer sus delirios al resto. Desgraciadamente, en ambos casos, el daño y las consecuencias de caer en uno de estos sujetos puede ser muy grave (casos conozco, alguno en consulta tras pasar por las manos de estos “profesionales”).

Lo gracioso de la colgada que nos ocupa es que ha creado su propia pseudoterapia para “curar” o revertir la homosexualidad que se llama “Coaching de Identidad”, ideal según su propia web para “quienes experimentan en sí mismos atracción hacia personas de su mismo sexo y no lo desean” y opuesta a la “terapia de afirmación gay” que según esta pedazo de cretina practicamos la mayoría de psicólogos y psiquiatras. Es curioso porque yo no conozco a ningún profesional que practique la “terapia de afirmación gay”, lo que practicamos es diferentes terapias (en mi caso de orientación cognitivo-conductual) en la que lo fundamental es garantizar que la persona se acepte tal y como es y pueda desarrollarse en plenitud alcanzando todo su potencial a todos los niveles, también en el de las relaciones íntimas.

Y por no aburrir con una argumentación sesuda ni con los exabruptos por los que me dejo llevar a veces, me limitaré a comentar dos aspectos que parece que nuestra coach de cabecera desconoce.

Primero, que es imposible “curar” algo que, al menos científicamente no es una enfermedad. La homosexualidad fue sacada del DSM en 1973 (ya llovió) en un ejercicio de resarcimiento de lo que nunca debió ser considerado como tal y recordando otros vergonzantes casos de patologización de minorías en la Historia de la Psicología y la Psiquiatría como el de la drapetomanía.  Desconozco si existen otros manuales de enfermedades del alma en los planos metafísicos en que se mueve esta gente, pero aunque así fuera nada tienen que ver con la psicología, con la salud y con las leyes civiles.

Segundo, que ya tiene delito llamar coaching de identidad a la terapia, porque como sabe cualquier alumno de 1º de Psicología, la homosexualidad en todo caso tiene que ver con la orientación sexual (perteneceniente a la erótica, que es la forma en que cada uno ejerce la expresión de su sexualidad con otros a través de las relaciones íntimas) y nunca con la identidad sexual (que tiene que ver con la sexualidad, es decir, con la forma de percibirse como ser sexuado) por lo que confundir una cosa con otra ya supone un nivel de desconocimiento básico.

Eso sí, me quedé mucho más tranquilo al leer su apartado “Pornografía, una droga al alcance de todos“, donde señala que “este arma silenciosa y venenosa avanza a pasos agigantados y va engullendo a muchas víctimas, entre ellas nuestros adolescentes y jóvenes”. Ha sido un alivio saber que los adultos no vemos pornografía y por tanto no tengo que ir a ningún coaching de reorientación genital.

Salud y libertad…

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Cuando te saluda un mierda

“Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía” (John Ruskin)

cerdiNo sé si alguna vez os ha ocurrido este caso, pero me jugaría los dos brazos a que sí. Un sujeto conocido, incluso cercano en alguno de los ambientes por los cuales os movéis, os hace a vosotros, a vuestra familia o a un amigo la cerdada del siglo y al encontrarlo un par de meses después se acerca con una sonrisa a saludaros, a preguntaros cómo os va la vida o si estáis bien y a deciros que se alegra de veros, esperando por supuesto una respuesta “educada” y cortés, como se supone que dictan las buenas maneras.

Sin embargo, hay que reconocer que a veces las buenas maneras no esconden nada más que inercias poco reflexivas basadas en la práctica habitual, y cuando uno las piensa se da cuenta de que carecen de sentido o utilidad alguna. Es lo que me ha pasado a mí con los saludos recíprocos, decidiendo hace ya tiempo dejar de utilizar este tipo de dogmas sociales pro-concordia en beneficio de conductas mucho más saludables psicológicamente que se basan en escupirle en la cara al sujeto en cuestión lo que se piensa de él.

Así que hoy, cuando me encontré con un mierdecilla al estilo Fonseca (ver video), procedí por consejo de mi psicólogo (es decir, yo) a practicar el noble ejercicio de la terapia que podríamos denominar “de liberación emocional” (os la recomiendo). [modo irónico on, no sea que se empiecen a poner nerviosillos los ilustrérrimos miembros del Colegio de Psicólogos]

En todo caso, como este blog no es lugar para el morbo y sí para reflexiones educativas, no os contaré el resto de la historia. Lo que sí os quería dejar aquí, además de mi discutible consejo sobre cómo actuar con esta gentuza, es este pensamiento que me vino al hilo de toda la historia.

El mundo sería un lugar mejor si cuando viene un miserable a saludarte después de haberse comportado de forma repugnante, no fuera de nuevo saludado como si nada hubiera pasado. Es esa mal entendida concepción de la educación la que lleva a que la gente crea que puede ser vil sin que pase nada, sin que se den resultados negativos por su mala conducta. La respuesta adecuada podría ser: a mí no me saludes porque eres un mierda. Quizás cuando muchas personas respondan de esta manera, este sujeto se dará cuenta de que tiene que cambiar porque ser un personaje basuriento tiene consecuencias. No será cívico ni responderá a las normas de urbanidad y cortesía, pero desde luego se estará realizando una tarea infinitamente más educativa.

Salud y libertad…

 

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Lazos de colores

“Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas, porque ninguna simulación puede durar largo tiempo” (Cicerón)

Hoy en twitter, iniciada ya la campaña electoral, he visto que se ha recuperado un trino emitido en Octubre de 2013 que conjuga perfectamente la política y la denuncia de la fachada moralista buscadora de aplauso fácil imperante estos días.

lazo

Y al hilo de la denuncia no he podido dejar de acordarme de un suceso que me ocurrió allá por 2ºBUP, es decir hace más de 20 añazos (cómo pasa el tiempo), cuando estudiaba en el colegio de los jesuitas, al que Dios mediante, como dicen ellos, algún día dedicaré amplias entradas y quién sabe si algo más.

ETA había cometido por entonces su enésimo atentado asesinando salvajemente a alguna víctima inocente y en el clima de mortificación reinante tocaba hacer de mimo acudiendo al habitual, y obligatorio, acto institucional del día siguiente. Sin embargo, a alguien se le ocurrió que en esa ocasión el minuto de silencio no era suficiente y que habría que acompañar el acto solemne de una eficaz y contundente actuación adicional: colgarse un lacito blanco en la solapa para mostrar el compromiso con la paz (entendida de aquella manera, ya me entienden).

Yo ya había expresado en varias ocasiones que a mí lo de los actos simbólicos sin ir más allá me parecía una soberana gilipollez. Es decir, entendía que como muestra de apoyo a las víctimas estaba bien para que socialmente se entendiera que tenían un respaldo mayoritario, pero que lo que había que hacer era dejarse de historias e implantar la cadena perpetua para que los terroristas entendieran que una sociedad (democrática o no) no permite que cuatro tontos, marionetas de cuatro bastantes más listos, se dediquen a matar a la gente para hacer el trabajo sucio que estos últimos no se atreven a realizar para no asumir consecuencias en forma de barrote.

Obviamente, decir esto en un ambiente de ñoña espiritualidad redentora a base de perdones no tenía mucho predicamento y como el mencionado perdón tampoco se estilaba mucho cuando se aplicaba a los alumnos, que recibían un capón o algo peor cuando daban por saco llevando la contraria más de la cuenta, la conversación se zanjó rápidamente: “llevas el lazo porque lo llevan todos, porque lo digo yo y punto”.

Así que hice lo único que cabía hacer. Asentí y al día siguiente acudí a clase (y al minuto de silencio) sin el lacito blanco, diciendo que se me había olvidado en casa, que era el equivalente menos sofisticado de “los deberes se los ha comido mi perro”.

La respuesta fue enviarme de vuelta a casa (jamás he entendido que tal acción pudieran entenderla como un castigo) a buscar el lacito de los cojones, con lo que dicho día me fumé la jornada escolar, apareciendo al día siguiente para seguir con las clases dejando ya de lados circos sociales para demostrar lo buenos y éticamente intachables que son los alumnos de los colegios de la Orden. No deja de ser gracioso que hace un tiempo dicho colegio de jesuitas haya implantado en su centro el Voluntariado Obligatorio para los alumnos de Bachiller. ¿Puede haber cosa más estúpida, antieducativa y falta de sentido y coherencia que un voluntariado obligatorio?

El caso es que leyendo el tweet y recordando esta anécdota he reflexionado sobre mi evolución, comprobando que me he vuelto menos beligerante con los lacitos. Supongo que con los años uno se vuelve menos intransigente y más blandito con las formas, aunque mucho más corrosivo con los fondos.

Así que aunque ya no miro con desdén al prójimo por poner el adorno, entendiendo que puede ser un simbolismo adecuado para mostrar el apoyo o la solidaridad de uno con la causa (la que sea), sigo sintiendo una gran repugnancia por buena parte de quienes lo hacen para ganar el aplauso social a costa del dolor ajeno sin tener la más mínima preocupación por el asunto ni mucho menos la más elemental intención de enfrentarse a una dificultad existente.

Las elecciones son un momento apropiado para retratarse, para comprobar quién se pone los lazos disfrazándose de dulce caja de bombones para que se le mire con gusto y quién piensa que por encima de adornos, lo importante es solucionar los problemas. Lo bueno del asunto es que solo al mirarse uno al espejo sabrá cual es su verdadera imagen.

Debido el indiscutible afán didáctico de este blog, y junto a mi desprecio, aquí dejo un vídeo imprescindible para los amantes de la impostura.

Salud y libertad…

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