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Categoría sobre Educación y reflexiones sobre el tema

Psicología del buenismo irresponsable

Orígenes psicológicos

En una de las escenas de la reveladora película sobre política vaticana “El Padrino III”, la hija de Michael Corleone, Mary, habla con su primo Vincent, del que está enamorada, interrogándole para que le cuente lo que sabe de su padre. Este le responde que es un gran hombre y un héroe que salvó a la familia, pero Mary tiene serias dudas y le pregunta más directamente si mató a su hermano o si todo lo que se dice sobre él es cierto. Vincent replica que solo son historias y Mary finalmente acepta esta versión diciendo: “Está bien, quiero creerte”.

En ese quiero creerte se encuentra la base psicológica de muchos de los comportamientos desadaptativos que podemos apreciar en el contexto socio-político actual, desde el buenismo irresponsable del que hablaremos hasta el sectarizado y fanático comportamiento inherente a las conductas propias del independentismo catalán.

[…]

Entrada completa en este enlace del blog el Asterico.

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El día que descubrí la estupidez generalizada

“Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada” (Albert Einstein)

A veces es curioso cómo un hecho de la infancia puede quedar grabado a fuego en la conciencia de una persona o cómo un suceso emocional hace que los recuerdos se fijen en la mente. Nunca le he contado esto a nadie, pero recuerdo perfectamente el día que descubrí la estupidez generalizada o, para no herir las sensibilidades de antiguos compañeros a los que recuerdo y tengo gran afecto, al menos el día que descubrí que era distinto a la hora de aceptar las verdades establecidas.

Estaba en una clase de Religión de 6º de EGB (ahora lo llamarían primaria), cuando el cura en cuestión, uno de esos cabrones que nunca debió haberse dedicado a la docencia, estaba explicando el Génesis.

Voy a hacer un pequeño inciso para explicar que, aunque ya es conocida mi falta de querencia por las instituciones católicas, nada tengo en contra de los curas por el hecho de serlo (incluso hay algunos que me parecen ejemplo de coherencia y de bondad y a los que guardo cierto cariño), como nada tengo en lo personal contra este del que hablo y de cuyo nombre no quiero acordarme (aunque recuerdo perfectamente). Cuando digo que era un cabrón y que nunca debió desempeñar labor alguna en el mundo educativo, lo digo a conciencia, pues fue la  persona a la que le vi meter dos de las hostias más escalofriantes que he “visto” en mi vida (el entrecomillado lo entenderán en la segunda).

Una de ellas se debió a que un compañero que estaba escribiendo en la pizarra no sabía la respuesta de vete tú a saber qué gilipollez de esas que el sistema educativo se empeñaba y se empeña en meternos a calzador. El cura en cuestión pasó por detrás de él y a traición le empujó la coronilla empotrándole la cara contra el encerado.

La segunda fue producto de un ejercicio de papiroflexia. Otro chaval al que habían expulsado de clase tenía un fraile hecho de papel con una pestaña en los pies de esas que se estiran y hacen que el muñequito de papel haga algo. El cura, mientras le echaba la bronca por la expulsión, vio tal ejercicio de creatividad y dijo que al menos tenía dotes artísticas… hasta que tiró de la pestaña. En ese momento al frailecillo de papel le salió de la sotana un pollazo que ríete tú del caballo de Espartero, con la consecuencia inmediata de un tortazo que hizo que la cabeza del malogrado compañero rebotara en los cristales de la ventana y, dado que todas las ventanas estaban conectadas, retumbaran al compás. Imagínense cómo sería la hostia, que mis compañeros y yo, que ni siquiera estábamos en esa clase, sino en la de al lado, escuchamos el golpe en las ventanas, enterándonos de lo ocurrido cuando salimos al recreo.

Bueno, pues volviendo al Génesis, en concreto al Génesis 2:17, el mencionado “educador” nos estaba explicando la historieta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Ya saben, que Dios que estaba aburrido ese día y no tenía otra cosa que hacer se estaba dando un garbeo por el Jardín del Edén y le dijo a Adán: “come higos o lo que te salga del ídem, menos del árbol ese que la espichas”. Después creó a los animales y a Eva, y la serpiente le dijo a Eva que eso de morir tururú, que si comían de ese árbol lo que ocurriría sería que adquirirían conocimiento y se convertirían en dioses pues sabrían distinguir el bien del mal. Y Eva, pensó: “la idea es cojonuda, pero este marrón no me lo como yo sola”. Total que comió y tentó al otro que era un poco calzonazos para que comiera también y se lio parda.

Yo, que ya conocía la historia, había reflexionado varias veces sobre algunas cuestiones que no me encajaban y tenía ideas un poco peregrinas. Primero, que Dios no era tan puro porque había mentido (no murieron). Segundo, que menuda injusticia el castigo para la serpiente que, además de dar conocimiento y libertad a los seres humanos, había dicho la verdad; y tercero, que si Dios no quería que comieran del dichoso árbol, no tenía que haberlo creado.

Plantear las dos primeras cuestiones era impensable desde todo punto de vista, pero con la tercera me animé y, bastante acojonado (por no decir del todo) y lleno de inocencia, levanté la mano en medio de clase para preguntar: “padre, una duda, si Dios no quería que comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal, ¿por qué lo creó?”.

Se pueden imaginar el descojone generalizado del resto de compañeros. Sin embargo, lo que yo recuerdo con asombrosa lucidez (y les garantizo que me carcome el no poder saber si esa imagen es certera y real o una mera distorsión por el paso del tiempo) más que el cachondeo, es la sonrisa nerviosa del cura, sus ojos mirándome con una expresión de entre desprecio y terror, y su explicación simplona diciendo que aquello era solo un cuento para explicar algo que estaba fuera de nuestro conocimiento y que no hacía falta que le buscáramos más justificación. Te lo crees o no, pero lo que implica lo aceptas.

Fue la primera vez que me planteé que, al menos para mí, no era suficiente una religión que estaba basada en cuentos que no necesitaban explicación. También fue la primera vez que maldije mi curiosidad como una condena y juro que durante un tiempo, intenté dejar de hacerme preguntas y encajar en lo que se supone, y donde se supone, que tenía que encajar.  Demasiada presión para un mocoso de apenas 12 años enfrentarse a sus compañeros, a sus profesores, a su colegio y al sistema de creencias de Occidente.

No duró mucho, quizás porque como buen Virgo según el horóscopo (otro cuento que tampoco necesita explicación), los virgos se preguntan el porqué de todo.

Desde hace mucho tiempo, agradezco en parte la condena de mi curiosidad, aunque no lo voy a negar, a veces me gustaría vivir en la felicidad del idiota que ni se hace preguntas ni necesita respuestas. Y conste que no quiero faltar al respeto a las creencias de nadie, todas me parecen respetables mientras no vayan contra los derechos civiles, muchas reconozco que ayudan a sacar lo mejor de algunas personas y a mí mismo me apasiona el estudio de los temas religiosos del que he sacado enseñanzas interesantes y válidas. Lo que critico es la aceptación ciega de dogmas y la ausencia intencionada de preguntas que se hacen algunos  en pro de una falsa seguridad que haga más fácil la vida (a este respecto recomiendo la serie de Castlevania, anime para adultos con un mensaje impecable, disponible en Netflix).

Hoy mientras tomaba una cerveza, estaba debatiendo con una buena amiga, muy religiosa cosa que como digo respeto, sobre religión; y mi hijo, que me da la impresión que es igual de bocazas que yo (que el dios que sea lo proteja), dijo que a él no le caían bien los curas y que no creía en esa religión, que él era “isotérico” y creía en los vampiros y los hombres lobo. Ella me miró con cara de: “ya te vale, que no crea en Dios y crea en esas cosas”, y aunque yo no dije nada, reconozco que pensé: “bueno a fin de cuentas ambos tienen la misma probabilidad de ser reales”: cuentos sin explicación basados en tradiciones, mitos y leyendas.

Salud y libertad…

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Reflexiones sobre educación espiritual

“Dios perdonará a los que le niegan; pero ¿qué hará con los que cometen maldad en su nombre?” (Jacinto Octavio Picón)

Determinar el tipo de educación que uno desea para su hijo es probablemente una de las decisiones más difíciles a las que un padre tiene que enfrentarse, al menos si uno no ignora o delega esta obligación, o si no desea ser responsable de que en el futuro su hijo se convierta en un auténtico gilipollas, de lo que ya existe bastante riesgo en una sociedad como esta que padecemos sin necesidad de que los padres aporten su particular contribución para tal fin. Realmente pocas cosas se me ocurren más tristes que imaginar a un sujeto en su lecho de muerte pensando que su hijo se convirtió en un cretino integral por culpa suya.

Teniendo esto en cuenta, conviene recordar una taxonomía existente en el ámbito psicopedagógico que señala cuatro grandes estilos educativos en función de la demostración de afectividad y receptividad comunicativa de los padres, por un lado, y de la exigencia de autoridad y respeto a las normas que se demanda, por otro. Tendríamos así la educación autoritaria, caracterizada por un alto nivel de disciplina, control y exigencia a la par que por una baja demostración de afecto y escasa comunicación; la educación democrática, con un alto afecto, apoyo e interés por el desarrollo del niño como individuo, sin que ello impida mantener una cierta exigencia y disciplina; la educación permisiva (también denominada laissez-faire), donde se da una demostración sincera de afecto y apoyo al menor, pero sin ningún tipo de exigencia y control de sus acciones; y la educación negligente, donde se aprecia una ausencia total de control y disciplina que se acompaña de distanciamiento afectivo cuando no directamente rechazo u hostilidad (lo que nos puede llevar a pensar por qué este tipo de padres decide tener un hijo en lugar de comprarse un cactus).

La adopción de un tipo u otro de estilo es importante pues hay estudios que indican que la educación autoritaria tiende a generar personas con baja autoestima, escasas habilidades sociales y con tendencia a la depresión; la educación permisiva, menores inmaduros e inseguros con baja tolerancia a la frustración y dificultades para la gestión emocional; la educación negligente, personas sin límites y sin empatía con baja valoración de sí mismas; y la educación democrática (que sería la ideal), personas empáticas y con alta autoestima, independientes y competentes tanto laboral como socialmente.

No obstante, esta es solo una de las categorizaciones educativas, pues existen varias, además de condiciones educativas sin tanto sustento académico detrás, pero que todos podemos comprobar en nuestro entorno. A mí, por ejemplo, me llama mucho la atención la concepción educativa (que me he encontrado alguna vez en consulta) de los psicópatas que consideran a los hijos propiedad suya y que, por tanto, pretenden convertirlos en mini-yoes a través de los cuales desarrollar su delirante idea de trascendencia.

O la de ciertos fanáticos que confunden educación con adoctrinamiento, tan actual en ciertas regiones españolas, y que se basa en ir inculcando emociones de odio al niño desde bien pequeño para que los papis puedan superar sus complejos y estar orgullosos de las ansias de heroísmo de la figura de su vástago, aunque ello implique convertirlo en un monstruo y crearle una situación de infelicidad perpetua.

Pero más allá de generalidades sobre las apreciaciones educativas hay diferentes contextos en los que los padres tendrán que mojarse buscando la adecuada educación de sus hijos para su desarrollo personal. Los padres tendrán que concretar una educación moral para sus hijos (¿es lícito utilizar la violencia con otro. En qué circunstancias?), una educación social (¿cómo se concibe al otro?), una educación sexual (¿cuál es la finalidad del sexo: reproducirse o disfrutar?), una educación académica (¿qué exigencia de formación considero básica?) y, desde luego una educación espiritual (¿existe un dios? ¿Hay algo más allá de la muerte?), incluso aunque esta consista en negar tal realidad.

A este respecto, siempre es bueno recordar el puritanismo de ciertos colegios religiosos estadounidenses donde “se prohibía la educación sexual”. Y es que negar tal educación, posicionándose en contra del acceso a la información sexual o incluso de la mera mención del tema delante de los niños, también es un tipo de educación, ya que transmite la idea de que el sexo es algo oscuro y pecaminoso que no debe ser tratado. Como se pueden imaginar, una postura ideal para el sano equilibrio mental de los futuros adultos, amén de un impulso motivador difícilmente igualable para la búsqueda de tan hermético secreto.

Algo parecido ocurre con la educación espiritual. Porque guste más o menos a los padres, creyentes o no, es una cuestión de tiempo que el niño sea consciente de la universalidad de la muerte y quiera conocer su misterio. Incluso es posible que tenga ciertos deseos de trascendencia, lo que puede llevarlo a desarrollar un gran potencial artístico o filosófico (por aquello de dejar un recuerdo en este mundo), o a la más firme autodestrucción si no sabe cómo enfrentarse a la pérdida de los que le van rodeando mientras espera su turno (duelos no resueltos que se denominan en el argot psicológico).

El problema de educar en este área está, como suele ser habitual, en la delegación de funciones. Y no porque compartir la labor educativa con ciertas instituciones sea algo criticable, que no solo no lo es sino que parece algo deseable, sino por el peligro de delegar esta función de forma completa a “especialistas“ que se sitúan en otro plano de conocimiento, lo que puede tener consecuencias nefastas.

Para muestra, el titular con el que despertábamos esta misma semana: “Un informe desvela 300 casos de sacerdotes depredadores sexuales y 1000 niños víctimas”. Una noticia que daba a conocer un nuevo escándalo de pederastia en la Iglesia Católica, hecho institucionalmente conocido y que trató de ocultarse como tantos otros.

Como tantos otros casos y como tantas otras instituciones, religiosas o no, que también tratan de guardar el polvo debajo de la alfombra (nunca mejor dicho). Basten como muestra los casos equivalentes en la religión musulmana, o los casos que el periodista Eric Frattini expone en su imprescindible libro: “ONU. Historia de la Corrupción”, donde muestra cuál es la moneda de cambio en los campos de refugiados de ACNUR o donde detalla el porqué de la expresión asumida por la población en zonas de conflicto bélico: “si ves a un casco azul, corre”. Si les aburre mucho el inigualable placer de la lectura pueden escucharlo aquí a partir del minuto 46 y del minuto 68.

Pero incluso prescindiendo del encubrimiento directo por parte de la religión católica a través, por ejemplo, de su vergonzante Instrucción: “Crimen Sollicitationis” o de sus equivalentes en otras confesiones, es por situaciones como estas por las que los padres deberían estar alerta y concienciarse de la necesidad, casi por supervivencia, de educar críticamente a sus hijos para hacerles conocedores de tres realidades:

La primera, que más allá de las creencias (o increencias) que tenga cada uno, nadie tiene contacto directo ni status privilegiado para contactar con el más allá ni con supuestos dioses y, por tanto, no existe un conocimiento arcano que exija someterse a las garras de supuestas autoridades religiosas y morales superiores que probablemente tengan el mismo conocimiento que cualquier otro mortal sobre la muerte y lo que existe o no más allá de ella. Bastantes problemas tiene aún la ciencia actual para determinar y definir el proceso de muerte, como para fiarnos de meros argumentos irracionales por muy respetables (no todos) que sean.

La segunda, que es muy lícito buscar el conocimiento metafísica o religiosamente pero siendo consciente de que tal proceso debe ser, en este caso, una búsqueda conjunta de saber y no un sometimiento a directrices o normas férreas y externas, ya sean aleatorias o interesadas.

Y la tercera, que bajo bellos discursos y bonitas palabras existen malnacidos que aprovecharán su posición como autoridad para explotar las emociones y empequeñecer a otros con el fin de conseguir sus propios fines, que en muchas ocasiones estarán repletos de todo lo contrario a aquello que dicen defender y donde seguramente no faltará un buen aliño de degeneración y perversión (muy lícita siempre que respete dos límites claros: ser entre adultos y entre dos personas que consienten libremente).

Salud y libertad

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El PSOE y sus ocurrencias educativas

“La mayor parte de la gente confunde la educación con instrucción” (Severo Catalina)

Como reza el dicho: “ya llegó el verano, ya llegó la fruta y el que no descanse…” puede pasar a leer la nueva entrada del blog, en esta ocasión a cuenta de las recientes ocurrencias de la ministra de educación, que parecen tener un nivel de peligrosidad semejante a esas concepciones demagógicas y dogmáticas que pergeñaron la LOGSE con erótico resultado (que diría Homer Simpson).

Y es que si por algo destaca la izquierda, en esto igual que la derecha, es por tener unas creencias totalmente infundadas y apriorísticas sin ningún sustento sobre lo que hay que hacer para arreglar el panorama educativo. A algún alma pensante quizás le parecería una alternativa razonable lo de hacer un estudio previo que permitiera establecer un diagnóstico desinteresado sobre las variables que hay que tocar para arreglar el sistema, pero eso queda muy lejos de la sapiencia y omnisciencia de nuestros, por otra parte, cultivadísimos políticos. Que se lo pregunten si no, a Adriana Lastra.

En todo caso, por una cuestión de brevedad les remitiré directamente a la entrevista del diario El Mundo en la que Isabel Celaá amenazaba con la siguiente decisión: “Voy a dar más peso a la comunidad educativa en la elección de directores” y en el cual hay tres aspectos que me gustaría comentar.

El primero de ellos es el relativo al que facilita el titular de la noticia. Dar más peso a la comunidad educativa para elegir director es un error por la simple razón de que es convertir la elección de este órgano en un casting de Operación Truño, con el agravante de que al menos a los miembros del casting de OT se les “presupone” cierto conocimiento musical, aspecto que en el caso de los padres es discutible. Es cierto que el PSOE siempre se las ha ingeniado para nombrar directores serviles en los centros escolares, incluso con concursos (¿amañados?) donde se daba una puntuación de cero al programa educativo del aspirante alternativo al deseado, pero lo que faltaba es someter la dirección del centro no ya solo a las habituales peleas entre docentes sino, especialmente, a las AMPAS (nunca mayor acierto homófono tuvo esta denominación). Estas, compuestas en el mejor de los casos por mediocres que quieren utilizar esta vía para ascender en sus respectivos partidos políticos y, en el peor, por padres aburridos que no teniendo conocimientos ni sentido común para educar a sus propios hijos, pretenden imponer sus peregrinas estupideces a los hijos de los demás. Ya saben a lo que me refiero: eliminar los donuts y sustituirlos por alfalfa (supongo que en una enfermiza proyección lúbrica por la que visualizan a sus hijos ganando el Derby de Kentucky), prohibir cantar villancicos en Navidad por resultar ofensivos para las minorías pero aprovechar el ramadán din don para explicar la religión musulmana, que queda supermulticultural, etcétera.

El segundo aspecto es el de los itinerarios educativos, si bien en este caso la mala leche de la entrevistadora ya permite anticipar la incoherencia de la respuesta en la propia estructura de la cuestión: ¿Por qué los itinerarios son «segregadores» cuando los pone el PP pero no cuando los incorporó Ángel Gabilondo? le pregunta a la ministra. El ZAS! es antológico, pero más allá de ello, lo que alguien le debería de explicar a la ministra es que los itinerarios no segregan, sino que diferencian. Hay un matiz importante en ello, por cuanto generar diferentes caminos que lleven a un alumno a desarrollarse, integrarse en la sociedad y en el mercado laboral solo es ampliar sus oportunidades, frente a una uniformidad mal entendida que pretende que todos hagan lo mismo adaptándose, por supuesto, al nivel del más bajo (o del más vago). Y es que en el PSOE siempre ha habido una acomplejada e interesada confusión de términos, aspecto que podemos comprobar no solo en la dicotomía: segregación vs diferencia, sino muy especialmente, en la dicotomía: igualdad vs equidad, cuya explicación por su simplicidad deberían interiorizar al observar la siguiente viñeta:

Resultado de imagen de igualdad equidad

Por último, nos señala la señora ministra que la asignatura de religión no será extraescolar y que los que no la elijan recibirán atención educativa, a lo que con buen criterio la periodista responde que si consistirá por tanto en hacer dibujitos como hasta el momento. Y replica la buena ministra que eso no es así, lo que da pie a pensar una de dos cosas: o bien que la señora ministra no tiene NI PUTA IDEA de la realidad que se vive en los centros escolares de los que es responsable, o bien que es plenamente consciente de ello pero que no se puede permitir afirmarlo. Lo cierto es que, efectivamente, la alternativa de religión consiste en hacer dibujitos y cosas peores, porque en esa alternativa no se permite avanzar curricularmente y les voy a ahorrar el hilarante debate de un colegio cercano, donde los padres religiosos se quejaron porque la alternativa a dicha asignatura consistía en un programa de desarrollo de la inteligencia (finalmente eliminado). Una elección es una elección y lícito es que si unos han conseguido que sus hijos estudien religión, los padres no creyentes planteen una alternativa que suponga que sus hijos no tengan que estar perdiendo el tiempo. Dicho de otro modo, elija usted si prefiere que su hijo incremente su fe o que desarrolle su inteligencia.

Pero peor aún es que, en este planteamiento, la ministra utilice el argumento de que la religión no debe tener una asignatura espejo porque el derecho de unos a hacer Religión no puede conllevar la obligación de otros a hacer otra cosa semejante. Y digo peor no porque esté en contra de tal plantemiento, sino por la incoherencia y desfachatez farisea que se da cuando la misma persona que argumenta esto impone ciertas lenguas minoritarias como la Lengua Asturiana creando asignaturas espejo como (¿la utilísima?) “Cultura Asturiana” en un evidente intento de que los hijos ajenos cursen algo sí o sí, y porque lo dicta su excelencia. ¿Por qué en este caso no puede elegir el niño entre estudiar asturiano o francés, inglés, alemán… chino mandarín? Por varias razones probablemente:

1.- Porque entonces el porcentaje de estudiantes que cursarían tal materia sería tan irrirosorio que se caería el chiringuito nazionalista por su propio peso.

2.- Porque las quejas de los padres de los niños que cursan asturiano alegando que cursar otro idioma ÚTIL va en demérito de sus hijos se escucharían hasta en la China Popular (que decía el otro sinvergüenza).

3.- Y, especialmente, porque la imposición lingüística, a diferencia de la espiritual, sí es dogma de la nueva, aunque laica, religión socialista. Y ello con el objetivo de conseguir el beneficio instrumental, que tan buenos resultados dio a los nazionalistas, de favorecer aprendizajes útiles a sus vástagos mientras hacían decrecer el nivel de la futura competencia con el propio aplauso de los damnificados. No vaya a ser que la ciudadanía se forme de una vez, descubra su simpleza manipuladora y los saque a patadas de la élite política del país.

Salud y libertad…

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Entrevista sobre acoso escolar

Entrevista sobre acoso escolar publicada en el diario La Nueva España el 9/01/2018:

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La otra realidad del acoso escolar

Artículo sobre acoso escolar publicado en el diario La Nueva España el 7/01/2018

Entre sorprendido e indignado acabo de leer su artículo de 20 de diciembre, en que una supuesta generalidad de maestros alertaba sobre la falsedad de la mayoría de las denuncias por casos de acoso escolar en el Principado de Asturias, dato convenientemente refrendado por el señor consejero de Educación. Se da la circunstancia de que los datos señalados tan categóricamente hacían referencia al curso 2016/2017, año en el que ejerciendo como psicólogo sanitario, y sólo en Oviedo, yo mismo he tratado más casos de acoso escolar de los que el señor consejero, arropado por sus acólitos, reconoce para toda Asturias. Esto me lleva pues a pensar que, impregnado de espíritu navideño, o bien está ornamentando los datos para endulzar los informes políticos de fin de año, o bien está confundiendo sus buenos deseos con la realidad de los centros a su cargo, donde muchos alumnos sufren un auténtico infierno día tras día.

Sin embargo, y al margen de la vertiente política, más hiriente es el pomposo despliegue de cinismo manifestado por alguno de los directores de los colegios e institutos que acudieron al evento, indignándose y denunciando públicamente el teórico grado de histeria de ciertos padres que, a fin de cuentas, sólo buscan que sus hijos vayan al centro escolar en condiciones de seguridad, garantía que, por cierto, la ley exige a los centros.

Así que, sin divagar más y yendo a lo concreto, me pregunto si entre esos encolerizados y pomposos maestros estaría la directora de un centro de primaria que cuando recibió la exigencia de una madre para que pusiera fin al ciclo de acoso de su hijo, respondió diciéndole que lo mejor era “que lo cambiara de colegio”. Me pregunto si entre ellos estaría la orientadora que tuvo la desfachatez de decirle a una alumna que sufría acoso, que no tenía por qué contar a su madre todo lo que ocurría en el centro ya que “la preocupaba”; o aquella otra que ante la petición de una psicóloga a su paciente de que escribiera un diario con todo lo que ocurría en el centro, respondió acentuando lo inapropiado del ejercicio porque “a ver qué era lo que iba a decir la alumna y qué imagen se podía dar de su colegio”. Me pregunto si entre ellos estaría el profesor que recomendó a su alumna acosada que se llevara “un libro a la biblioteca en el recreo o un cuadernillo de sudokus porque hay que aprender a estar sola”, etc…

Todo ello por no mencionar las exigencias de algunos padres de niños acosadores, que antes de reconocer la miseria de sus propios hijos y repudiar la pésima actuación de los centros donde los han escolarizado, prefieren agravar el ciclo de acoso participando en el mismo. Un ejemplo lo hemos visto esta mañana en el bochornoso y repugnante abucheo de un centro de Avilés por parte de unos padres, que seguro que son los primeros en rasgarse las vestiduras con gran impostura cuando ven a una madre como la del presunto asesino Rodrigo Lanza justificando las atrocidades de su hijo vendiéndolo como víctima.

Así, ante todos estos hechos vivenciados en primera persona por sus protagonistas y alguno por mí mismo, me gustaría apuntar lo desacertado del titular utilizado. En primer lugar, porque no todos los maestros participan de tal visión y, en segundo lugar, porque se echa de menos, y mucho, la visión de psicólogos que han tratado casos de acoso, la perspectiva de familias de niños acosados e, incluso, el relato de los propios niños que sufren a diario conductas absolutamente mezquinas. ¿Han pensado ustedes cuál puede ser la reacción de una víctima ante su lectura? Probablemente la misma que la que tenían hasta hace no mucho tiempo las mujeres víctimas de violencia de género, que se veían doblemente juzgadas por la sociedad, primero por el hecho y después por las dudas sobre su denuncia, hecho que en muchas ocasiones frenaba su acusación.

El intento de vender una realidad inexistente y artificial para fingir seguridad y tranquilizar conciencias es entendible desde el punto de vista psicológico. El llamado motivo social de confianza es aquel que facilita al ser humano pensar que vive en un lugar relativamente seguro donde su integridad física y psicológica no se ven alteradas. Este principio tiene su sentido, ya que en caso contrario la activación que generaría saberse permanentemente en peligro conllevaría un estado de ansiedad y miedo que dificultarían mucho afrontar el día a día. Pero cuando esto nos lleva a culpabilizar a la víctima y denegarle la ayuda que precisa, se convierte en un mecanismo absolutamente detestable, lo defiendan individuos aislados o el propio sistema.

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Reconfigurando la figura del pedagogo

“Antes de casarme tenía seis teorías sobre el modo de educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ningún teoría” (John Wilmot)

Corría el año 2013 cuando publiqué en el blog la entrada “Reivindicando la pedagogía”, un alegato en favor de la figura de este profesional tan denostado y en el que comentaba ya algunos problemas en la formación de esta figura.

Desgraciadamente (o no), como decía el profesor Antonio Escohotado solo algunos cretinos llevan a gala eso de no cambiar su criterio a lo largo del tiempo fingiendo coherencia, lo que denota o bien su escasa ampliación de conocimientos en base a la lectura o bien su incapacidad de aprendizaje en base a la experiencia.

Cuatro años después, mi percepción, ahora como docente a tiempo más que parcial del Grado en Pedagogía, no puede ser más descorazonadora. Primero porque creo que se está literalmente engañando a los alumnos que con buena intención se acercan al mundo de la educación y segundo porque la rigidez de esquemas de algunos junto con los intereses económicos de otros, los están abocando a un futuro sin salida.

Es por esta razón, y porque desde mi perspectiva la figura del pedagogo sí tiene sentido (si las cosas se hacen bien), por la que creo que es absolutamente imprescindible redefinir la figura y formación del pedagogo. En caso contrario, quizás sea más honesto plantearse su desaparición, más que nada para no jugar con el futuro de terceros.

En primer lugar, hay que redefinir cuál es el papel del pedagogo. En la entrada mencionada hablábamos de los campos profesionales a los que estaba destinada esta figura. Sin embargo, tras conocer un poco más el mundo laboral (no solo desde la perspectiva del palacete de mármol universitario y de los libros blancos que todo lo soportan, sino desde el mundo real de la búsqueda de empleo), lo cierto es que la figura del pedagogo tiene un margen de actuación muy limitado. Y este margen se reduce (salvo algunas excepciones, que las hay), al campo de la orientación escolar o educativa en los centros escolares, al de la intervención educativa (en el sector público o privado) o al de la formación en empresas (lo que incluye la gestión de la formación).

El Libro Blanco o el perfil competencial podrá decir que tiene un amplio porvenir en el campo de los museos, de la intervención social o bla, bla, bla, pero lo cierto es que eso es falso y que el papel que tiene en otros campos al margen de los señalados es residual o totalmente secundario. En la práctica diaria, dentro del ámbito de la intervención social siempre se contratará antes que a un pedagogo, a un educador social o a un psicólogo si se trata de intervenir, con el añadido de que el segundo puede hacer todo el trabajo del pedagogo y además diagnosticar; en el ámbito de las TIC, a un informático o a un experto en el contenido al que ya se le darán las oportunas directrices didácticas suponiendo que se consideren necesarias; en el ámbito de los museos, al cuñado tonto del político de turno que no vale para otra cosa, que para eso suelen estar subvencionados…

Museo de cera de Madrid. El que hace las figuras tiene que estar muy orgulloso de su trabajo

Museo de cera de Madrid (izquierda). El que hace las figuras también debía ser cuñado de alguno…

Parte de la culpa de este reduccionismo en las funciones profesionales la tiene sin duda alguna la propia formación universitaria y su plan de estudios, donde ya desde su configuración hay un problema estructural que afecta a otro tipo de ramas de conocimiento: que casi todos los profesionales que imparten la docencia pertenecen en exclusiva y desde siempre al sector universitario, y no han ejercido como pedagogos fuera de este jamás. Ello, con el agravante de que lo fundamental y lo que se valora en la institución universitaria no es la docencia sino la investigación, lo que deriva en la paradoja de que en una institución destianda a la formación de profesionales, enseña a los alumnos a investigar (una cosa que solo harán los que tomen el relevo en la institución académica) y no a ejercer la profesión (con la consiguiente merma de competencia profesional en los futuros graduados).

La desastrosa consecuencia de esto es una carencia de conocimientos elementales básicos en el mundo laboral, como por ejemplo, que un pedagogo obtenga el título de graduado sin tener ni idea de lo que es el subsistema de formación profesional para el empleo (con la formación de oferta y de demanda), y que debido a ello el que se dedique a la gestión de la formación en una empresa sea un titulado en otra carrera (en la empresa donde yo trabajé seis años, de hecho, la llevaba un biólogo con gran eficacia). Pero claro, ¿cómo va a enseñar a utilizar la aplicación de gestión de formación un docente que no sabe ni que existe? Es complicado.

Otro ejemplo lo constituye el hecho de que, debido a que los docentes son celosos de su parcelita, se empeñen en fortalecer el reduccionismo de aquellos temas sobre los que investigan, negándose a ampliar campos de actuación que son necesarios a nivel social. Por ejemplo, hay una tendencia a centrar la figura del pedagogo en la atención a problemas de lectura, escritura, matemáticas… obviando temas más psicológicos como el TOC, ansiedad… porque son campo de los psicólogos.  El problema es que yo personalmente no he encontrado un sujeto con discalculia en mi vida profesional (suponiendo que tal cosa exista, cosa sobre la que tengo ciertas dudas), pero sí me encuentro a niños y adolescentes con ansiedad, problemas de desestructuración familiar, TOC… día sí y día también. Y no es cierto que sea un problema exclusivamente psicológico por dos razones.

Primero, porque la orientación en los colegios e institutos la pueden desempeñar tanto psicólogos como pedagogos, por lo que el hecho de no formar a un pedagogo en estas historias supone una pérdida de oportunidades clamorosa para identificar problemáticas tempranas en los alumnos. Un orientador tiene que ser capaz de identificar cuándo hay un problema y si no puede evaluarlo o tratarlo, ha de derivarlo al menos para su diagnóstico e intervención. A los padres les importa un comino que el orientador del colegio o instituto de su hijo sea pedagogo, psicólogo o legionario. Lo que quieren es que si su hijo tiene un problema, se lo digan y les ayuden a identificarlo y ponerle remedio.

Y segundo, porque la labor del orientador es tratar los aspectos puramente educativos, por lo que si un niño tiene TOC, lógicamente ha de ir a un psicólogo a que le ayude a gestionar el tema desde el punto de vista psicológico y personal, pero también ello tiene unas implicaciones en el ámbito educativo, y es el orientador el que tiene que estar preparado para dar pautas o intervenir a este nivel mejorando la adaptación del sujeto a su vida académica.

Como estos podrían ponerse muchos más ejemplos, pero no nos vamos a extender más. Lo que sí parece obvio es que la formación del pedagogo debe reconfigurarse ajustándola más al ejercicio profesional de lo que uno se puede encontrar en la sociedad en la que vivimos y alejarla un poquito más de los intereses económicos, políticos y científicos de las instituciones. Está bien que un pedagogo estudie Historia de la Educación, Antropología, Sociología y demás teoricismos, pero es insultante que no esté capacitado para identificar los problemas de sus alumnos o gestionar la formación de una empresa.

Para despedirme, os dejo con una historia muy pedagógica…

Salud y libertad

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