Archivo mensual: octubre 2015

Cannabis e imbecilidad suprema

“Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis” (Paracelso)

Ya comentamos varias veces en este blog que la palabra imbécil viene de una antigua clasificación psicológica según la cual se diferenciaba entre idiota, morón o imbécil en función del grado de desconocimiento que tenía el sujeto sobre el mundo circundante. Con el tiempo, como todo término que se utiliza en este formato, pasó a tener el significado insultante actual generándose nuevas etiquetas para referirse al trastorno en sí (y repitiéndose este bucle de forma cíclica).

Es quizás por eso por lo que tras analizar la última sentencia del Tribunal Supremo que se carga los clubes de cannabis, la etiqueta que me viene a la cabeza sea una y otra vez la de imbécil. No obstante, yo no voy a entrar en valorar la sentencia, que eso ya lo ha hecho @drogoteca en la revista Vice con maestría y mayor conocimiento, sino en comentar dos aspectos especialmente urticantes para mí respecto al libre criterio de la persona para consumir lo que le venga en gana.

Porque desde luego, hay que ser muy pero que muy desconocedor del mundo circundante para pensar que tanto fumetas en general como enfermos en particular vamos (por partida doble) a dejar de consumir una sustancia en virtud de una sentencia, en lugar de aplicar la lógica consecuente de ir a pillarle el material al camello de la esquina.

Sí, ya sé que tampoco debe sorprendernos, pues el poder judicial no es más que el mamporrero del poder político cuando alguien intenta plantarle cara con ciertas dosis de eficacia, como elocuentemente nos narra Mario Conde en esta excelente entrevista (ver a partir del minuto 3:05), y que su motivación poco tiene que ver con el bien común y la salud pública, pero no por sabido vamos a dejar de rebatirla también en el cinismo de sus propios e impostados argumentos y en el de sus verdaderos intereses.

Unos intereses que como todos imaginamos tienen que ver con la cercanía de las elecciones y la satisfacción al lobbie de la falsa moral. Ese lobbie de aquellos que de cara se indignan ante el consumo particular de cannabis mientras de cruz se ponen ciegos a farlopa, vendida por nicolasetes varios; o de quienes se persignan si ven un pezón en la televisión pero circulan en fila india a la casa de putas más cercana nada más salir de misa. La ventaja que tiene haber vivido un tiempo en un edificio frente a un lupanar es esa, que mientras, pérfido de mí, bajaba a echar el malsano canuto al portal (porque uno será fumeta pero su mujer le obliga a bajar a fumar a la calle como a los demás), podía verlos entrar con sus sonrisas y sus anillos de casados al olor del pecaminoso fornicio (Ave María, Ave María, Ave María).

Un lobbie, dicho sea de paso, como cualquier otro, pues en realidad no deja de ser más que un grupo de interés y presión cuya defensa de unas ideas es el pretexto para establecer relaciones con la que sacar partido y beneficio del reparto de una tarta concreta. En estos ambientes las ideas poco importan a sus miembros si no es para diferenciarse de otros lobbies y para identificarse, aunque en su conducta diaria las ignoren de forma notoria y farisea. El problema es que en este caso, al margen del interés, los argumentos moralmente pretendidos suponen un insulto evidente a los damnificados y a la sociedad en general por razones de puro sentido común.

Como psicólogo, y como ser humano sin más, es verdaderamente descorazonador ver los estragos que algunas enfermedades causan en los pacientes. Si bien la medicina “legal” en la mayoría de los casos funciona, también es cierto que en otros casos no lo hace con la misma eficacia y efectividad, y es propio de personajes inhumanos, cuando no de hijos de puta sin más, quitar o reducir la accesibilidad de la sustancia a un enfermo crónico o terminal sabiendo que es lo único que le hace sobrellevar la enfermedad un poco mejor, física y psicológicamente.

Ello, para más inri, bajo el sesudo argumento de que un tipejo ha decidido en su despacho que por cojones se tiene que sentir mejor con la medicina que él le ha recetado, prescindiendo de la propia percepción y el propio criterio del paciente. Y esto sin entrar ya siquiera en los condicionantes económicos por los cuales una sustancia es legal y otra no, aspecto que nos devuelve al mundo de los lobbies.

Parece ser que aquí los moralistas encuentran mucho más saludable para todos que una persona en ese estado tenga que patearse las esquinas recurriendo al mercado negro para paliar su sufrimiento.

No obstante, aunque el caso más sangrante es el de los enfermos, tampoco voy yo a apelar a tal condición para exigir lo que como adulto responsable de mis actos considero que me corresponde por derecho, la libertad de consumir aquello que me salga de los huevos siempre que asuma las consecuencias de mis propios actos, evitando el insultante paternalismo estatal de dictarme lo que es mejor para mí.

Porque es paradójico que quienes luchan por prohibir determinadas sustancias por los efectos que supuestamente producen en la conducta, minimicen el grado de responsabilidad personal cuando estas se dan, achacándolas a sustancias mágicas y artificiales con capacidad de intención. Algo equivalente a proponer paralizar la venta de destornilladores porque un perturbado asesinó con él al exnovio de su pareja.

En definitiva, tal vez deberíamos dejar de achacar intención y pedir responsabilidades a las sustancias o a los destornilladores y empezar a pedírselas a las personas, como podemos pedírselas a los políticos y jueces del Supremo por tan suprema estupidez.

Salud y libertad…

Deja un comentario

Archivado bajo General, Política