Archivo de la categoría: Filosofía

Categoría que aborda no solo Filosofía sino temas en general sobre los cuales planteo el desarrollo de mis reflexiones

Reflexiones sobre educación espiritual

“Dios perdonará a los que le niegan; pero ¿qué hará con los que cometen maldad en su nombre?” (Jacinto Octavio Picón)

Determinar el tipo de educación que uno desea para su hijo es probablemente una de las decisiones más difíciles a las que un padre tiene que enfrentarse, al menos si uno no ignora o delega esta obligación, o si no desea ser responsable de que en el futuro su hijo se convierta en un auténtico gilipollas, de lo que ya existe bastante riesgo en una sociedad como esta que padecemos sin necesidad de que los padres aporten su particular contribución para tal fin. Realmente pocas cosas se me ocurren más tristes que imaginar a un sujeto en su lecho de muerte pensando que su hijo se convirtió en un cretino integral por culpa suya.

Teniendo esto en cuenta, conviene recordar una taxonomía existente en el ámbito psicopedagógico que señala cuatro grandes estilos educativos en función de la demostración de afectividad y receptividad comunicativa de los padres, por un lado, y de la exigencia de autoridad y respeto a las normas que se demanda, por otro. Tendríamos así la educación autoritaria, caracterizada por un alto nivel de disciplina, control y exigencia a la par que por una baja demostración de afecto y escasa comunicación; la educación democrática, con un alto afecto, apoyo e interés por el desarrollo del niño como individuo, sin que ello impida mantener una cierta exigencia y disciplina; la educación permisiva (también denominada laissez-faire), donde se da una demostración sincera de afecto y apoyo al menor, pero sin ningún tipo de exigencia y control de sus acciones; y la educación negligente, donde se aprecia una ausencia total de control y disciplina que se acompaña de distanciamiento afectivo cuando no directamente rechazo u hostilidad (lo que nos puede llevar a pensar por qué este tipo de padres decide tener un hijo en lugar de comprarse un cactus).

La adopción de un tipo u otro de estilo es importante pues hay estudios que indican que la educación autoritaria tiende a generar personas con baja autoestima, escasas habilidades sociales y con tendencia a la depresión; la educación permisiva, menores inmaduros e inseguros con baja tolerancia a la frustración y dificultades para la gestión emocional; la educación negligente, personas sin límites y sin empatía con baja valoración de sí mismas; y la educación democrática (que sería la ideal), personas empáticas y con alta autoestima, independientes y competentes tanto laboral como socialmente.

No obstante, esta es solo una de las categorizaciones educativas, pues existen varias, además de condiciones educativas sin tanto sustento académico detrás, pero que todos podemos comprobar en nuestro entorno. A mí, por ejemplo, me llama mucho la atención la concepción educativa (que me he encontrado alguna vez en consulta) de los psicópatas que consideran a los hijos propiedad suya y que, por tanto, pretenden convertirlos en mini-yoes a través de los cuales desarrollar su delirante idea de trascendencia.

O la de ciertos fanáticos que confunden educación con adoctrinamiento, tan actual en ciertas regiones españolas, y que se basa en ir inculcando emociones de odio al niño desde bien pequeño para que los papis puedan superar sus complejos y estar orgullosos de las ansias de heroísmo de la figura de su vástago, aunque ello implique convertirlo en un monstruo y crearle una situación de infelicidad perpetua.

Pero más allá de generalidades sobre las apreciaciones educativas hay diferentes contextos en los que los padres tendrán que mojarse buscando la adecuada educación de sus hijos para su desarrollo personal. Los padres tendrán que concretar una educación moral para sus hijos (¿es lícito utilizar la violencia con otro. En qué circunstancias?), una educación social (¿cómo se concibe al otro?), una educación sexual (¿cuál es la finalidad del sexo: reproducirse o disfrutar?), una educación académica (¿qué exigencia de formación considero básica?) y, desde luego una educación espiritual (¿existe un dios? ¿Hay algo más allá de la muerte?), incluso aunque esta consista en negar tal realidad.

A este respecto, siempre es bueno recordar el puritanismo de ciertos colegios religiosos estadounidenses donde “se prohibía la educación sexual”. Y es que negar tal educación, posicionándose en contra del acceso a la información sexual o incluso de la mera mención del tema delante de los niños, también es un tipo de educación, ya que transmite la idea de que el sexo es algo oscuro y pecaminoso que no debe ser tratado. Como se pueden imaginar, una postura ideal para el sano equilibrio mental de los futuros adultos, amén de un impulso motivador difícilmente igualable para la búsqueda de tan hermético secreto.

Algo parecido ocurre con la educación espiritual. Porque guste más o menos a los padres, creyentes o no, es una cuestión de tiempo que el niño sea consciente de la universalidad de la muerte y quiera conocer su misterio. Incluso es posible que tenga ciertos deseos de trascendencia, lo que puede llevarlo a desarrollar un gran potencial artístico o filosófico (por aquello de dejar un recuerdo en este mundo), o a la más firme autodestrucción si no sabe cómo enfrentarse a la pérdida de los que le van rodeando mientras espera su turno (duelos no resueltos que se denominan en el argot psicológico).

El problema de educar en este área está, como suele ser habitual, en la delegación de funciones. Y no porque compartir la labor educativa con ciertas instituciones sea algo criticable, que no solo no lo es sino que parece algo deseable, sino por el peligro de delegar esta función de forma completa a “especialistas“ que se sitúan en otro plano de conocimiento, lo que puede tener consecuencias nefastas.

Para muestra, el titular con el que despertábamos esta misma semana: “Un informe desvela 300 casos de sacerdotes depredadores sexuales y 1000 niños víctimas”. Una noticia que daba a conocer un nuevo escándalo de pederastia en la Iglesia Católica, hecho institucionalmente conocido y que trató de ocultarse como tantos otros.

Como tantos otros casos y como tantas otras instituciones, religiosas o no, que también tratan de guardar el polvo debajo de la alfombra (nunca mejor dicho). Basten como muestra los casos equivalentes en la religión musulmana, o los casos que el periodista Eric Frattini expone en su imprescindible libro: “ONU. Historia de la Corrupción”, donde muestra cuál es la moneda de cambio en los campos de refugiados de ACNUR o donde detalla el porqué de la expresión asumida por la población en zonas de conflicto bélico: “si ves a un casco azul, corre”. Si les aburre mucho el inigualable placer de la lectura pueden escucharlo aquí a partir del minuto 46 y del minuto 68.

Pero incluso prescindiendo del encubrimiento directo por parte de la religión católica a través, por ejemplo, de su vergonzante Instrucción: “Crimen Sollicitationis” o de sus equivalentes en otras confesiones, es por situaciones como estas por las que los padres deberían estar alerta y concienciarse de la necesidad, casi por supervivencia, de educar críticamente a sus hijos para hacerles conocedores de tres realidades:

La primera, que más allá de las creencias (o increencias) que tenga cada uno, nadie tiene contacto directo ni status privilegiado para contactar con el más allá ni con supuestos dioses y, por tanto, no existe un conocimiento arcano que exija someterse a las garras de supuestas autoridades religiosas y morales superiores que probablemente tengan el mismo conocimiento que cualquier otro mortal sobre la muerte y lo que existe o no más allá de ella. Bastantes problemas tiene aún la ciencia actual para determinar y definir el proceso de muerte, como para fiarnos de meros argumentos irracionales por muy respetables (no todos) que sean.

La segunda, que es muy lícito buscar el conocimiento metafísica o religiosamente pero siendo consciente de que tal proceso debe ser, en este caso, una búsqueda conjunta de saber y no un sometimiento a directrices o normas férreas y externas, ya sean aleatorias o interesadas.

Y la tercera, que bajo bellos discursos y bonitas palabras existen malnacidos que aprovecharán su posición como autoridad para explotar las emociones y empequeñecer a otros con el fin de conseguir sus propios fines, que en muchas ocasiones estarán repletos de todo lo contrario a aquello que dicen defender y donde seguramente no faltará un buen aliño de degeneración y perversión (muy lícita siempre que respete dos límites claros: ser entre adultos y entre dos personas que consienten libremente).

Salud y libertad

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Carta de Ancerverus a Lucifer

“Nacer es solamente comenzar a morir”

Saludos Luci:

Perdona la cercanía pero ya eres como de la familia, así que no me tomes a mal el exceso de confianza, que además te acerca homónimamente a mi mujer, cuyo parecido en sus momentos de indignación seguro que va más allá del simple nombre.

Llevaba tiempo pensando en escribirte como buen compañero de celda, pero con toda la morfina que nos inyectan para embotar los sentidos he querido esperar a tener el pulso firme y la cabeza despejada. Qué menos se merece un rey, o un dios, aunque para algunos hayas caído en desgracia.

Reconozco que durante un tiempo yo tampoco te tuve en alta estima. Conmigo también coló desde el principio la estrategia de convertirte en cabeza de turco de todos los males del mundo, dicho sea de paso con principios bastante ilógicos. Es decir, perdiste la guerra angelical, te confinaron en una celda en el Infierno, pero eso sí, los males del mundo creado por el tío que venció son responsabilidad tuya. Hombre, es extraño: si caíste derrotado en la batalla, buen intento y si triunfaste te podremos achacar culpas, pero las dos cosas… complicado.

Así que hay que reconocer que te endosaron con maestría el papel de chivo expiatorio que utilizan todos los grupos cuando quieren generar cohesión en los suyos y desviar la atención de su propia basura. No te culpes, miles o millones de años después la estrategia de crear un enemigo al que echar toda la mierda sigue siendo igual de eficaz, está en plena forma y funciona con la precisión de un reloj suizo.

Pero superado al menos mi propio proceso de adoctrinamiento y esculpido cerebral, ahora quiero darte las gracias por haberte enfrentado al sistema esclavista tal como hiciste. Siento empatía y mucha simpatía por los incomprendidos de noble intención, por los valientes desterrados y derrotados, aunque otros sibilinamente definan su enfrentamiento a los dogmas ajenos como el mal supremo.

Como Prometeo, que robó el fuego para ayudar a sus creaciones, tú mismo, que cometiste el terrible delito de querer dotar de conocimiento y libertad a los seres humanos, lo único que obtuviste como premio fue un profundo desprecio y severos castigos.

Ambos sabíais a lo que os enfrentabais y erais conscientes de la escasa probabilidad de éxito pero aun así lo hicisteis porque era lo que creíais que había que hacer y porque seguramente os queríais dar el gustazo de patear el pomposo culo de quien dirigía el cotarro con la prepotencia, arrogancia y soberbia de un dios temporal que subyuga con mano de hierro a sus súbditos esclavizados. Ese que además pretende que le alaben y adoren por su benevolencia y misericordia mientras te aprieta los huevos.

Es una bella alegoría del mismo destino que espera a quien tiene una intención real de cambiar este mundo nauseabundo de hoy que tu adversario creó y pretenden achacarte. Al estilo del mejor político, qué mejor que tener un esbirro para endosarle sus errores.

Porque tu problema en gran medida es de mala prensa. Y es complicado darle la vuelta a una información sostenida y difundida durante tanto tiempo y de forma tan machaconamente repetida por los medios oficiales. Ya lo decía Göbbels: “repite una mentira mil veces y se convertirá en una verdad” y si además tienes todos los medios de difusión bajo control, darle la vuelta es poco menos que misión imposible por muchos community manager que se pongan a tu vicio o a tu servicio en twitter.

Ya ves que bajando a los infiernos, cruzando el paraíso o en este insignificante teatro social poco cambian las cosas. El mundo de imágenes creado para cegar la realidad en que viven los habitantes de cada mundo puede variar, pero la única Verdad es su sometimiento a las normas de otro, al menos hasta que uno descubre de qué va el tinglado y decide inmolarse jodiendo su pequeña zona de confort para luchar, sin futuro ni perspectiva de éxito, solo porque como dice Loquillo: “la vida le quema”.

Así que te voy a contar cómo van las cosas por aquí. Las élites de este circo han creado un concepto bastante estúpido para envolver con oscuras ensoñaciones la lúcida mente de las gentes. Felicidad lo llaman. Sí, rómpete la caja, en este mundo de dios, o de dioses, han conseguido vender que uno puede ser feliz teniendo una casa más grande, un coche más grande, una tele más grande, una cuenta más grande y, joder, hasta una polla más grande. No, no es metafórico, hay hasta aparatos que se supone te estiran el cimbel unos centímetros. Los faltos de originalidad amantes del mete-saca creo que están encantados. Parece que la ponzoña, el hambre, las traiciones, el matarse por 5 céntimos, toda la escoria que nos rodea simplemente desaparece de la vista ante una polla enorme y un poco de telebasura si es en 50 pulgadas.

Recuerdo con frecuencia aquella frase de Gustavo Bueno cuando decía que no se detendría delante de alguien que dijera que es feliz ni para escupirle. Porque sinceramente para definirse como tal en este mundo nuestro hay que ser o profundamente imbécil (además de desinformado) o un grandísimo hijo de puta.

Se vive en una película. Ha calado hondo la intención de hacer vivir a los demás en el pasado y en el futuro, donde sea y cuando sea, menos aquí y ahora. Por eso la ansiedad, que no deja de ser anticipar el futuro, y la depresión, revivir constantemente el pasado, son las enfermedades de moda. Así pasa la vida sin camino, centrada en metas irreales o en caminos que no se han encontrado. Todo para que nadie pueda abrir su propio sendero. Es demasiado peligroso para el sistema.

Y como estrategia adicional para esta ficción, tabúes por todos lados: el dolor, el sufrimiento, la muerte… no existen. De forma permanente se trata de ocultar estas emociones a los ojos de ovejillas a las que se presupone demasiado estúpidas como para entenderlas y demasiado frágiles como para afrontarlas, al menos hasta que es demasiado tarde y se dan con ellas de bruces. Tan tarde que ya nada pueden hacer salvo darles la bienvenida y partir al otro mundo. Un adiós sin dar por culo. Estrategia perfecta.

Porque incluso si la simple visión de la realidad mostrara el sufrimiento como parte inherente de la vida o la muerte como proceso natural, caería la careta del espectáculo. En eso llevan mucho adelanto los góticos, esos de la tribu urbana que llevan camisetas con tu cara y que viven teniendo presente la muerte como medio para sacar el máximo potencial a su vida. Quienes entienden que incluso en las sensaciones dolorosas uno puede disfrutar el hecho de sentirse vivo. Huyendo de la mortificación y el martirio victimista al estilo cristiano, pero disfrutando de las emociones humanas, también las negativas, donde está la esencia plena de la vitalidad: una canción nostálgica tras una ruptura, un aprendizaje tras un proceso traumático o un brindis en la muerte de un amigo para celebrar el haberle conocido.

Vivir las emociones aceptándolas intensamente pero sin entrar en el terreno de la autodestrucción. Camino peligroso que te puede llevar desde un inicio prometedor…

antoniovega

hasta un triste final donde vence el sufrimiento

Pero es interesante hablar de destrucción, porque a pesar de que mi anterior reflexión pueda parecer vulgarmente sentimental, nada hay más lejos de mi intención. De nuevo no se trata de aceptar las emociones negativas con sufrida resignación cristiana, sino de no temerlas por miedo a ese futuro cinematográfico que pretenden que construyamos.

Hace poco hablaba con un amigo sobre los principios que guían al ser humano y llegamos a la conclusión de que al final todo se reduce a dos tipos de personas, las que pasan por este mundo intentando facilitar o hacer más llevadera la vida al resto, o los miserables narcisistas que quieren sentirse más y mejores jodiendo al prójimo, pisando la cabeza de otros para compensar sus sentimientos de inferioridad y sus complejos.

Es en este punto donde ya no vale la impostada seguridad de normas sociales absurdas para mantener el status quo. Siguiendo tu ejemplo quizás ha llegado el momento de decir basta a una moralidad formal extravagante para que los déspotas mantengan sus privilegios y su derecho de pernada.

Si hay que jugar a este juego, deberíamos plantearnos jugar con todas las consecuencias, con las mismas trampas de quien crea las normas, las rompe o las cambia a conveniencia. Ir al fondo, acompañar a quien llora y matar a quien mata (incluyendo sus cercanos) ignorando las reglas de quien las ha creado para que nada cambie. Miedo por miedo.

Si Satanás significaba adversario en arameo, podríamos adoptar ese rol para luchar contra quien pretende someter a otros imponiéndoles alabanzas en oscuridad y obediencia, no siguiendo un tramposo modelo generado para su perpetuación, sino creando el propio.

O recordando el Superhombre de Nietzsche, tan intencionadamente tergiversado para evitar su entendimiento, en la búsqueda de ser más, de alcanzar todo el potencial y pasar de potencia a acto como sugería Aristóteles. Asumir la imperfección para ir perfeccionándose.

En definitiva, evolucionar de hombre a dios, por encima del bien y del mal y con la búsqueda de una libertad real, asumiendo que se puede ser más libre en la cárcel que en la cúspide de una pirámide empresarial.

Salud y libertad…

P.D: No me digas que no tienes curiosidad por saber cuántos juzgan y valoran sin haber entendido ni una sola palabra. Ya lo comentaremos. Un abrazo.

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Prohibicionismo, Universidad y la sincronicidad de Jung

“Cuando el alumno está preparado el maestro aparece” (Proverbio oriental)

Siempre me ha obsesionado el concepto de sincronicidad de Jung, esa concurrencia de sucesos coincidentes en su sentido o significado que se originan por causas totalmente independientes, tan poco probables en su ocurrencia conjunta que durante siglos y en multitud de religiones han dado paso a diferentes creencias espirituales o metafísicas.

Más descriptivo, y aunque hay variaciones según la versión, es el momento en que Jung tuvo el insight que le permitió acuñar el concepto. Tratando a una paciente y en un momento decisivo de la terapia, la buena mujer soñó que le regalaban un escarabajo de oro. Jung estaba sentado en su mesa reflexionando sobre el suceso  tratando de desentrañar el significado de la experiencia onírica con poca fortuna y cuando estaba a punto de darse por vencido escuchó unos pequeños golpeteos en la ventana. Al darse la vuelta y mirar por la ventana, observó un insecto que definió como “la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la «cetonia común», que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento”.

Tras ello, Jung comprendió cuál era el problema de su paciente y pudo redirigir la terapia hasta su completa solución, estudiando a la par y desde entonces el concepto de sincronicidad. Si a eso añadimos que el escarabajo es el animal que representa simbólicamente el sol naciente, la resurrección y el renacimiento, la mínima exclamación que podemos soltar ante lo sucedido es: “redios”. ¿Casualidad, azar, una señal de Dios, conciencia cósmica conspirando en post del avance humano, un ente espiritual cachondón riéndose de la candidez humana, un delirio de referencia como rezan los psiquiatras? Poco importa.No obstante, como seres pensantes de mente abierta y agnósticos militantes que no necesitan dogmas artificiales con los que afianzar sus esquemas de seguridad, nos mantendremos con la duda de su causa, que, como hemos dicho, poco importa.

El caso es que estos días estaba yo absorto en dos temas que ocupaban mi tiempo. Por un lado analizando el (impresentable) Proyecto de Ley del Principado de Asturias de atención integral en materia de drogas y tratando de defender la Proposición no de Ley sobre la adopción de medidas necesarias para despenalizar los derivados del cannabis que ha presentado UPyD. Y por otro, en mi ya larga disputa con la UNED, para ver si en una excepción a su pigricia habitual consiguen enviarme el título de Graduado en Psicología antes de mi funeral, cuando desde la red social twitter el usuario @ me ha enviado la genialidad que voy a incluir.

Es cierto que discutiendo sobre la legalización de las drogas hay un principio de causalidad sobre el hecho de que me envíen esta entrevista, pero no deja de ser curioso y acausal, que en el propio debate, se dedique una parte importante a hablar sobre el prostíbulo intelectual y político que constituye la Universidad como institución. Mis dos temas candentes en un solo video, una sincronicidad que me permite difundir los argumentos desde la manifestación de la genialidad de quien además de exponerlos, tiene el don de la retórica del que yo carezco.

Aquí dejo pues el programa: ¿Por qué todas las cruzadas fallan? (la prohibición como ejemplo). Debate con Antonio Escohotado. Invitando eso sí, a quien quiera escuchar directamente lo relacionado con el tema universitario a ir directamente al minuto 35 de programa.

Cuando una conversación, un debate, una entrevista, un aprendizaje o un razonamiento es tan elegante, solo queda disfrutarlo.

Salud y libertad…

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Libertad y muerte

“Si no recibes a la muerte como tu novia, habrás de recibirla como tu verdugo” (Gustavo Timón)

Hoy me he propuesto hacer un ejercicio de videncia con una probabilidad de acierto del 100%. Sé que pensarán que es imposible pero les aseguro que antes de acabar el post les habré adivinado el futuro con una profecía sin margen de error.

Entre que me llega la inspiración ultraterrena y mientras tanto, me gustaría compartir algunas reflexiones que me vienen desvelando desde el pasado jueves día 11, cuando fui de nuevo a ver al genial Leo Bassi al teatro Filarmónica de Oviedo.

Con Leo Bassi pasa un poco como con Toni Cantó, que a algunos les basta con leer los titulares y tener una vaga idea de su figura precedente para ponerlo a parir sin más. ¿Para qué molestarse en ir a una de sus actuaciones o ver sus videos completos hasta el final? [Por cierto, que en estos momentos Cantó vuelve a ser TT en un nuevo ejercicio de tergiversación y manipulación de un titular que miles de personas se animan a repetir como loros sin contrastar y sin haber leído la entrevista. Demasiado esfuerzo]

Si estos mismos se molestaran en acudir al menos a uno de los espectáculos de Bassi tal vez descubrirían con sorpresa una obra que mezcla a partes iguales espectáculo al estilo del circo tradicional, provocación (desde luego) y reflexión. Una reflexión que desde luego impele a hacer lo propio en base a la potencia de sus argumentos.

Así que mientras algunos siguen pensando que no tienen nada que aprender del tipo que martilleaba sandías en Crónicas Marcianas (en eso se quedan) y otros escriben artículos comentando un espectáculo que probablemente no han visto a la luz de lo dicho, yo aquí sigo comiéndome la cabeza con sus palabras.

Hablaba en un momento del espectáculo desde la perspectiva de un hombre que, ya al final de su vida, sólo espera el momento en el que le confirmen que se va a morir porque considera que es el momento en que adquirirá un nuevo nivel de experimentación en cuanto a libertad se refiere.

Considera que es en ese momento, cuando le confirmen que la muerte es inevitable y cercana, cuando realmente podrá alcanzar un nuevo clímax de libertad. Porque en ese instante ya no le importarán las imposturas sociales, las morales artificiales, las críticas superficiales… ni siquiera las pocas que ha aceptado, ya nada le importará excepto lo que realmente él mismo quiera asumir, su verdadero yo. Es en ese breve periodo que llega salvo en los casos de muerte automática (infarto fulminante, accidente de coche…), cuando uno sube un nivel respecto al conocimiento de sí mismo y a la forma de vivir en libertad, aunque sea ya durante poco tiempo.

Buscar la libertad como él puede ser una opción personal, pero nadie ha dicho que sea fácil ni sencilla. Con la libertad pasa como con el conocimiento, muchos hablan de ello pero pocos se atreven a buscarlo de forma real, y cuando uno lo hace, sabe que va a ser costa de varios inconvenientes: incomprensión, ostracismo, amenazas… Por ejemplo, el conocimiento real, el de saber cuál es la verdadera esencia del mundo en que uno vive o la propia esencia humana, conlleva dolor o infelicidad, porque solo cuando uno es consciente de la crudeza de un hecho sin adornos es cuando puede valorarlo como tal.

Cuando a uno le preguntan si es completamente feliz, caben dos explicaciones a una respuesta afirmativa. La del necio que desconoce el mundo en el que vive, con lo cual puede permitirse ser feliz gracias a la burbuja cultural que lo protege de la naturaleza de la propia realidad; o la del completo miserable psicopático, la de quien conociendo el sufrimiento y la realidad, carece de la más mínima empatía y se preocupa exclusivamente de sí mismo y de lo suyo.

La libertad es algo semejante, muchos hablan de libertad pero sus conductas están mediatizadas por lo que tienen que hacer o decir para no molestar a unos y a otros, para que su comportamiento no pueda influir negativamente en un presente o futuro trabajo, para guardar las formas de determinada posición social, para agradar o molestar… pero siempre actuando, como Leo Bassi. Y el que quiera realmente ser libre tendrá que lidiar con la incomprensión, y a veces la ira, de sus semejantes, como Zaratustra.

La búsqueda de la libertad desde un punto de vista psicoanalítico consiste desde mi perspectiva en la función de maximizar el yo, minimizar el superyó y controlar el ello [ampliar], pero cuidado, no es la fórmula de la felicidad, solo la de la libertad.

Y la libertad, mayor o menor, existente o inexistente, también tiene su juicio final, un juicio que se basa en la máxima justiciera de Platón: “a cada cual según su merecimiento”. Porque no hay juicio más aterrador y más devastador que el propio juicio personal. Ese momento justo antes de la muerte, ese instante, en que uno hace la valoración de su vida. Esos segundos en que uno nota que se le apaga el corazón o la décima de segundo en que uno ve venir el coche de frente y tiene que hacer balance.

Habrá quien considere que por esas décimas de segundo no merece la pena condicionar una vida, pero los griegos que para esto eran unos fenómenos, conocían bien la diferencia entre el Kronos y el Xeiros, el tiempo objetivo y el tiempo subjetivo. Cómo en un tiempo objetivo de tres segundos, uno puede vivir emocionalmente toda una vida en un beso, o maldecirse a sí mismo al ser consciente de que ha desperdiciado el regalo de una vida preocupándose de cosas insulsas y sin valor… y ya nada puede cambiarlo.

Los egipcios tras morir tenían que sufrir la prueba del peso del alma. Osiris presidía una ceremonia en que se ponía en uno de los platos de una balanza el corazón del muerto y en otro la pluma de Maat, que representaba la Verdad y la Justicia. Si los platos se equilibraban el muerto podía pasar al Más Allá, si no quedaba condenado.

Pero el juicio de Osiris es un juego de niños comparado con la sentencia que uno mismo puede aplicarse en el último instante. Ese juicio que convierte el último pensamiento de la vida de uno en un momento de satisfacción por haber vivido conforme a las propias convicciones y los propios principios, o de amargura por haber malgastado la vida conforme a postulados ajenos e intrascendentes. Porque, ¿cuánto durará esa décima de segundo objetivo en la subjetividad de la mente? Siendo el último pensamiento y la última emoción, podría ser eterna…

Y como empezando el post me comprometí a hacer una profecía sin margen de error, aquí se la incluyo en forma de imagen. Vea bien su futuro, sin artificialidad, sin adornos, sin disfraces. La pregunta es, ¿hacia que lado dejará usted caer la balanza, cuál será SU juicio?

Salud y (hoy más que nunca) libertad.

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Levántate y anda

“¿Por qué buscais la felicidad, oh, mortales, fuera de vosotros mismos?” (Boecio)

Gustavo Bueno padre comentaba hace cierto tiempo que si se encontrara con una persona que le decía que era feliz, le escupiría a la cara. Por supuesto, antes de cualquier explicación y cualquier análisis, las hordas de primera línea de combate de lo políticamente correcto y del buenismo infantiloide, lo tildaron de viejo demente, de estar gagá y de cosas mucho peores.

Y es  que es difícil hacer entender a alguien aquello que no quiere entender, más aún si va contra las verdades pre-establecidas que conforman sus esquemas cognitivos y que no quiere alterar, por preferir la seguridad de una falacia a la incertidumbre de las inseguridades que le rodean.

Obviamente no voy a analizar aquí lo que Gustavo Bueno quiso decir o entiende por felicidad, concepto al que ha dedicado múltiples estudios, pero sí a analizar el por qué se puede defender esa afirmación, para lo que habría que partir de la definición del propio concepto de felicidad, ya que dependiendo del contexto y del discurso puede significar cosas muy distintas.

Si partimos por ejemplo del concepto de felicidad desde la psicología como: “el estado emocional que se acompaña de sentimientos de plenitud, bienestar y satisfacción  que aparece como reacción a la consecución de metas vitales y personales (…) de gran relevancia en la vida de una persona”, es obvio que la afirmación de Bueno sobra, buscar la felicidad sería una meta obligada y encontrarla un destino afortunado.

Pero si partimos de la definición de felicidad como el completo estado de alegría y satisfacción permanente en la vida, de dicha plena, podría parecer que al menos en nuestro contexto solo dos tipos de personas podrían definirse como felices: los idiotas o los miserables. Los idiotas, técnicamente hablando, por no ser conscientes de la más elemental realidad circundante y los miserables, porque solo alguien muy egoísta e incapaz de tener el más mínimo principio empático, podría definirse así en un mundo como en el que nos ha tocado vivir. En este caso, la postura de Bueno, aunque radical, no andaría muy desencaminada.

En esta entrevista, el periodista y antiguo corresponsal de guerra, Juan José Revenga, da buena cuenta de cuál es esa realidad del mundo en que vivimos con lo que ello implica sobre la esencia del ser humano de la que tanto hemos hablado. Lo recomiendo a todo aquel que quiera reflexionar sin apriorismos sobre la naturaleza humana porque como ya he comentado varias veces, del conocimiento de la experiencia se puede aprender más a veces que del conocimiento académico, al menos para la práctica de la vida diaria.

(pulsar play para escuchar o descargar, la entrevista empieza en el minuto 4:00)

http://www.ivoox.com/espacio-blanco-i-14-01-12-mundo_md_990430_1.mp3″ Ir a descargar

Sin embargo, también en esa concepción de felicidad como plenitud, hay una tercera posibilidad, aunque eso sí, tendremos que trascender el asqueroso resultadismo tan propio de la cultura occidental, que busca siempre la meta sin querer recorrer el camino y que, en lugar de valorar los procesos, basa todo en fines: si vas a emprender, olvídalo, es muy complicado; si vas a buscar trabajo, no vayas, no hay nada hoy por hoy; si vas a ayudar a alguien, cuidado, a lo mejor te engaña; si vas a cambiar el mundo, déjalo, no conseguirás nada… Una lógica planificada y artificialmente diseñada para que los individuos se rindan antes de empezar y para que asuman su sometimiento a través de interiorizar el estigma de su falta de voluntad.

Esa tercera vía parte de la perspectiva eudaimónica frente a la hedónica, de la autorrealización frente al disfrute inmediato, de saber, en definitiva, que se hace lo correcto independientemente del resultado. O lo que es lo mismo, que andar el propio camino se convierta en la meta.

No es fácil en ese mundo del que nos habla Revenga, pero como dice el maestro Rocky (esa no os la esperábais, ¿eh?) es el único camino para, solo quizás, ganar…

Salud y libertad

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Esencia Humana (6ª parte y fin)

“Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas” (Bertrand Russell)

Lo bueno de los memes es que siempre pueden atribuir a Einstein cualquier chorrada, la haya dicho o no.

No muchos saben que el término imbécil proviene de una antigua clasificación psicológica que catalogaba a un individuo en función del cociente intelectual en: idiota, morón o imbécil, siendo de esta clasificación de donde derivó el insulto actual, que se refiere a alguien corto de entendederas (RAE) o que desconoce la realidad del mundo que lo rodea.

Sin embargo, es curioso que este desconocimiento de la realidad circundante, incluido el propio yo con sus conductas, sus emociones, incluso sus cogniciones, sea una constante en la naturaleza del ser humano. Y es que, milagros de la mente, no conocemos el mundo como es, sino como somos.

Si en todas las entradas referentes a este tema hemos constatado algo es la capacidad de las personas para negarse a sí mismas la propia realidad que están viendo y viviendo día tras día, por lo que parecería bastante sensato afirmar que tiene que haber algunos mecanismos comunes que propicien este hecho.

Por eso, vamos a ver algunos ejemplos de estrategias que, aunque no podemos obviar que tienen una función claramente adaptativa y son esenciales para la vida humana, dan lugar a ciertos errores de procesamiento y nos permiten darnos cuenta de que el ser humano como tal es bastante indeseable, ello aunque no lo sea de forma intencionada sino simplemente porque está “programado” para serlo. Eso sí, adelanto que las primeras estrategias son más técnicas y académicas que otra cosa, pero el nivel de aplicación va “in crescendo”, así que no se me desanimen ni aburran, o si lo prefieren, sáltense los tres próximos párrafos.

Las primeras que utilizamos son estrategias para reducir la información procesada*. Es obvio que la mente tiene que limitar la capacidad de información que procesa pues de lo contrario no tendría recursos suficientes para hacerlo y además no podría actuar con rapidez, ya que tendría que realizar complicados cálculos para saber cuál sería la decisión a tomar. De hecho, esta es la razón por la que es muy difícil que una máquina llegue a realizar un procesamiento humano. Sin embargo, esta información no es seleccionada al azar, sino que se rige por patrones como seleccionar los estímulos más llamativos y dos que son especialmente relevantes para nuestro caso: seleccionar estímulos adecuados al conocimiento previo de la persona y sus expectativas, y seleccionar estímulos relevantes para sus metas. Es decir, y esto es genial, seleccionamos la información que sea congruente con la que ya tenemos (descartando la otra) y que sea útil para aquello que deseamos.

La segunda estrategia es el empleo de heurísticos, o lo que es lo mismo, un conjunto de reglas que simplifican la información a procesar, lo que se conoce también como la utilización de “atajos mentales”. Hay varios tipos de heurísticos como el de disponibilidad (realizar juicios generales en función del último caso particular recordado o la información más reciente), el de anclaje y ajuste (basado en tomar como referente una información conocida y hacer un ajuste respecto a las circunstancias que pueden ser cambiantes), el de simulación (estimar la probabilidad de un suceso basándose en la facilidad con que se puede imaginar)…

El problema es que estos heurísticos pueden hacer incurrir al sujeto en errores o en manipulaciones bastante elementales. Por ejemplo, el error de muestreo puede hacernos inferir condiciones generales de muestras muy reducidas, la correlación ilusoria puede hacernos sobre-estimar el grado de relación de dos sucesos sacando conclusiones erróneas, el heurístico de simpatía puede llevarnos a aceptar los juicios e ideas de otro porque se muestre como una persona agradable o parecida a nosotros en algún aspecto…

Es decir, por mucho que nos hayan cincelado el cerebro para aceptar que el ser humano es una animal racional, lo cierto es que la razón, o mejor el análisis racional,  solo se utiliza en determinados momentos y circunstancias y no en el continuo de su vida diaria. Y eso que todavía no hemos empezado con el tema de la influencia emocional.

Después de ver que el ser humano utiliza estrategias de pensamiento fundamentadas en lo que ya sabe, en lo que le interesa conseguir y, simplemente, en reglas que reduzcan su procesamiento porque somos un poco vagos, ya podemos hacernos una idea de que su capacidad de análisis de la realidad puede no ser muy fiable, al menos en cuanto al comportamiento y pensamiento diario se refiere. Pero aún hay más.

Teniendo en cuenta que el ser humano es un animal social, no podemos obviar la importancia de las relaciones en su comportamiento, emociones y pensamiento, lo que unido a las diferentes formas de organización social, nos lleva a las teorías de Susan Fiske**. Esta psicóloga social fue quien estableció los cinco motivos sociales universales, entre los cuales uno destaca especialmente para nuestro análisis, el motivo de confianza. Según este motivo, el ser humano, para poder adaptarse a la vida en grupo, necesita “sentirse a gusto con el mundo y tener predisposición a esperar cosas buenas de la mayoría de la gente” (Gaviria et al., 2009). Dicho de otro modo, necesitamos pensar que la mayoría de las personas son merecedoras de confianza porque ello es adaptativo para nuestra realidad como seres sociales. Claro que el problema está en que estar programado para creer una realidad no quiere decir que esta sea tal.

Así que si ya vemos que por sí misma la tan cacareada racionalidad humana pincha en muchas ocasiones (y solo hemos puesto tres ejemplos de las varias decenas de sesgos existentes), no podemos ni imaginarnos lo que puede llegar a ocurrir cuando se integra el tema emocional.

El tema de las emociones es fundamental pues es la parte por donde comienzan casi todas las técnicas de manipulación de masas y, desde luego, las técnicas de reforma del pensamiento, que utilizan por ejemplo los grupos de dinámica sectaria, pero también otros sectores de ética “intachable”, como los expertos en marketing.

Esta influencia puede darse por fenómenos simples*** o más complejos e integrados. Entre los primeros están el recuerdo dependiente del estado de ánimo o el recuerdo congruente con el estado de ánimo. Según el recuerdo dependiente, recordaríamos mejor una información determinada cuando estamos con el mismo estado emocional que en el momento en que la adquirimos. Según el congruente, aprenderíamos mejor aquella información que es concordante con el estado emocional que tenemos en ese momento (no hay nada como estar cabreado para recordar hasta la última coma de la nueva propuesta política que estamos leyendo con el fin de salir de la crisis).

No obstante, los verdaderos procesos de manipulación y autoengaño pueden verse en toda su extensión cuando analizamos fenómenos más complejos. En este campo destaca la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger, que es una auténtica maravilla. Según esta teoría, probada hasta la saciedad, el ser humano tiene que tener una cierta coherencia entre sus emociones, cogniciones y conducta, pues de lo contrario surge un estado desagradable (la disonancia) que el propio sujeto se ve obligado a reducir. Para ello, el ser humano utiliza estrategias de lo más fiable como: recabar más información congruente a lo que le conviene para eliminar la disonancia, despreciar información incongruente, alterar la importancia de la diferente información en función de lo que le conviene para eliminar esa disonancia… todo ello con el fin de que emociones, cogniciones y conducta sean consonantes o congruentes entre sí.

Parece complejo pero quizás se vea mejor con un ejemplo. Si alguien consigue aterrorizarnos en unas elecciones con un argumento tan “razonable” como que viene la derecha, los españoles que pretenden eliminarnos del mapa o el mismísimo Pancho disfrazado de coplista, y ese miedo cala, las cogniciones se irán desplazando acorde a ese miedo. De esta forma buscaremos cada vez más información favorable a ese partido, argumentaremos que sus propuestas son más razonables y utilizaremos estrategias para racionalizar el votarle. Asimismo, el día de las elecciones, acorde a esos “razonamientos” le votaremos sin dudarlo, pensando que es una clara decisión ideológica, cuando en realidad es fruto de una manipulación a través del miedo. De esta forma hemos conseguido que las cogniciones (los razonamientos y justificaciones para votarle) y la conducta (el voto) sean consonantes con nuestra emoción de miedo, evitando disonancia entre los tres elementos y por tanto evitando ese estado desagradable que surge cuando los tres elementos no son congruentes entre sí.

De hecho, en este fenómeno, se encuentra la explicación a la mayoría de los procesos de manipulación de individuos y masas existentes, esos mismos que calan especialmente bien en quienes no “creen” en la psicología y desdeñan todo lo relacionado con la mente. Porque lo cierto es que la única manera de hacer frente y poner remedio a estos fenómenos es conociéndolos… así que teniendo en cuenta el interés del personal en estos asuntos, las empresas de marketing, las sectas, religiones, partidos políticos, publicitarios… pueden estar tranquilos. Tienen un prometedor futuro por delante.

Una vez vistos algunos pequeños ejemplos que demuestran nuestra infalibilidad racional y lo fuertes que somos (y nos creemos) psicológicamente para enfrentarnos al engaño y la manipulación externa, solo nos queda para finalizar demostrar la rectitud moral y categoría humana que nos mueve, esa que ya sí que de forma inequívoca demuestra que el ser humano es “bueno” en esencia, como hemos visto en los post anteriores. Y lo veremos a través de tres fenómenos curiosos, dos de carácter individual y uno de carácter social.

El primer fenómeno individual es el fenómeno del mundo justo. Esta es la tendencia de algunas personas a asumir que el mundo donde vivimos es un lugar fabuloso que se rige por criterios de bondad y justicia. Algo así como un mundo de piruleta donde llueven ositos de gominola y las casitas están fabricadas con regaliz. La verdad es que este fenómeno no dejaría de ser otro proceso más de autoidiotización si no fuera por las consecuencias que de él se derivan para terceros, ya que cuando sucede un hecho que pone en jaque esa justicia, la persona trata de justificarlo o “racionalizarlo” achacando responsabilidad a quien lo sufre o minimizando la acción del atacante. Ya se imaginarán a lo que me refiero, Breivik tenía que estar loco porque en un mundo tan bonito no se puede ser tan cabrón, los terroristas están deseosos de reinsertarse porque han visto el rayo de luz de la paz y ahora les gusta más fabricar mazapán que bombas, si violan a una mujer seguro que fue un malentendido ocurrido porque iba provocando… Es decir, la persona en este caso, con tal de no enfrentarse a la incertidumbre de un mundo injusto, crea una realidad ficticia paralela en la cual lo más duro son las atribuciones que hace a casos de terceros que sí sufren esas injusticias.

El segundo fenómeno es especialmente repugnante. Se trata del fenómeno de atribución de responsabilidad a la víctima. Ya viendo el nombre podemos hacernos una idea… Se trata de un fenómeno en el que la parte despreciable viene de inicio, ya que se fundamenta en el propio egoísmo del ser humano, que con tal de no alterar su tranquilidad asumiendo que le puede pasar lo mismo que a una víctima de un hecho, pone distancia de por medio, culpabilizándola de lo ocurrido. Para que se dé este fenómeno la persona tiene que asumir que puede estar en la misma situación que la víctima de un hecho y además tiene que ser semejante a la víctima. Si no pudiera estar en la misma situación no habría problema porque la persona no se sentiría “intranquila” y si la víctima fuera muy diferente tampoco, ya que podría decir que le ocurre producto de esa diferencia, lo que le evitaría sentirse “en peligro”. Pero cuando cree que puede estar en esa situación y además ve que es semejante a la víctima, la sensación de desasosiego le hace buscar causas en la víctima, diferenciándola de sí mismo, y por tanto culpabilizándola.

Creo que no hace falta ir muy lejos para ejemplificar el caso, ¿no? En cierto territorio español se lleva mucho tiempo culpabilizando a las víctimas de la situación de violencia y de su propia suerte. Es más, a día de hoy la situación se ha vuelto más dura pues se culpabiliza a las víctimas no solo de su propia suerte sino de que esa suerte pueda ocurrir a los demás si no se cede a un vil chantaje. Eso genera un malestar que en lugar de ser revertido a los asesinos, lo es a las víctimas. Y es que con tal de lograr la tranquilidad de uno, a muchos “seres humanos” les importa un bledo lo que ocurra a los de al lado.

Y ya para terminar, veremos el proceso social que ocurre cuando una mayoría entre los osos amorosos que componen el colectivo humano, no desea que se perturbe la paz de su criterio. Se trata de la espiral del silencio de Noelle-Neumann**, fenómeno que ocurre cuando existe dificultad para expresar opiniones contrarias a las de una mayoría. En este contexto, no solo surge la postura de aquellos que agreden, ridiculizan y tratan de silenciar las posturas minoritarias, sino que el resto de personas, los denominados observadores, no intervienen, convirtiendo su silencio en un apoyo implícito a la postura de los agresores. Esto hace que las víctimas cada vez tengan más problemas para expresarse y encontrar apoyo, que los agresores potencien su conducta y que los “observadores” sigan evitando verse comprometidos, lo que hace que en muchas ocasiones den señales activas de simpatía hacia los agresores o pasivas (justificando sus acciones, minimizando la gravedad de lo ocurrido, participando en actividades con ellos…). En mi querida ciudad de Oviedo se dio hace unos años este fenómeno que yo tuve la “suerte” de vivir en primera persona, pero no entraré más en detalles que quizás le dedique más tiempo y rigor científico a este fenómeno en el futuro.

En resumen, que viendo todos estos datos y los aportados en post anteriores, podemos entender ya cómo el ser humano, contra toda evidencia, sigue considerándose el colmo de la virtud, la ética, la bondad y la moral. La pena es que sea por los procesos de autoengaño y no por un ajuste a criterios objetivos. Al menos Sócrates, del que hablamos, tenía razón en una cosa: mucha de la parte despreciable del ser humano, no es por convicción, sino por estupidez y desconocimiento de su propio funcionamiento. Pero, ¿acaso importa la causa cuando tenemos que sufrir el efecto?

* Morales Domínguez, J.F.; Moya Morales, M.C.; Gaviria Stewart, E. y Cuadrado Guirado, I. (2007). Psicología Social (3ª ed.). Madrid: McGraw Hill.

** Gaviria Stewart, E.; Cuadrado Guirado, I. y López Sáez, M. (2009). Introducción a la Psicología Social. Madrid: Sanz y Torres.

*** Bermúdez Moreno, J. et al. (2011). Psicología de la Personalidad. Madrid: UNED.

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Esencia Humana (5ª parte)

“Lejos de mí esos que no saben su camino y pretenden enseñarlo a los demás. Esos que prometiendo tesoros te piden unas monedas” (Q. Ennio, s. III a.C.)

Tras comprobar algunos aspectos incoherentes o llamativos de dos de los principales filósofos que defienden la teoría de la virtud del ser humano, entiendo que hay dos motivos para creer en la inherente bondad humana: la inseguridad que supondría para el ser humano asumir que este tiene al menos una parte de perversión intrínseca, lo que haría más adaptativo formarse una ilusión; o bien, ser consciente de ella pero adoptar el discurso virtuoso por deseabilidad social o intereses particulares.

Sí quiero comentar en este punto que el no aceptar la natural bondad humana y el hecho de interesarme por su parte negativa, no implica que defienda la intrínseca perversión de este. A título personal simplemente creo en la dualidad y que el hecho de desplegar una u otra parte dependerá de las circunstancias y de las condiciones contextuales, pese a que ambos polos estén presentes (y latentes) en todos los seres humanos.

El caso de las religiones es particular, pues desde mi punto de vista se mueven en una permanente contradicción, al menos la mayoría de las que yo conozco. Así que veremos ahora algunas de estas contradicciones en el caso concreto de la Iglesia católica.

Pretender hablar de la Iglesia desde un punto de vista más o menos neutro o independiente de intereses es jugarse el tipo. Ocurre como en política, si se toma una perspectiva crítica, pronto tendrá un ejército que vendrá a atacarlo y denostarlo, pero contará también con férreos defensores. Si se toma una postura favorable, ocurrirá lo mismo pero cambiando el bando del equipo defensor y el atacante. Eso sí, si a uno se le ocurre tomar una postura intermedia, analítica y no partidista, tiene garantizado recibir bofetadas de todos sin distinción.

Por eso lo primero que quiero aclarar es mi postura personal sobre las religiones y sobre esta institución en particular, de la cual soy apóstata, apostasía que solicité ya hace algún tiempo y me fue concedida con anécdota incluida.

El día que fui a la oficina de Correos a enviar por correo certificado la declaración de apostasía, estaba delante de mí una anciana mujer hablando con la encargada, que muy resignada le trataba de explicar cómo enviar un paquete por correo. Como la buena mujer vio que la anciana no lo entendía muy bien y podría echar allí el resto del día, le pidió los datos y se dedicó a cubrir ellas los papeles y envolver el envío. La anciana, muy agradecida, le vino a decir algo como lo siguiente: “Ay, hija, que Dios te lo pague, que siempre tiene en cuenta a la gente buena y para eso envió a nuestro señor Jesucristo que murió por todos nosotros y nuestros pecados para salvarnos y hacernos mejores”. Yo me quedé alucinado, pensando que o aquello era una llamada del cielo para que no apostatara (hasta ahí pueden llegar años de adoctrinamiento religioso en la infancia) o que tanta casualidad tenía que ser producto de una coña del Universo. Pero como uno ya está curtido en sincronicidades y es acólito de Jung, seguí con el procedimiento, y la buena señora de Correos, al ver en el anverso del sobre “Declaración de Apostasía”, Arzobispado de Oviedo… después de haber recibido la clase de catequesis, me respondió después de echarse una sonora carcajada: “Te juro que algún día pienso escribir un libro con todo lo que me pasa en esta oficina”. Le animo a que lo publique porque aquí tiene un seguro lector.

No obstante, tengo que decir que mi condición de apóstata nada tiene que ver con ser antirreligioso como algunos piensan. De hecho, me defino como agnóstico, nunca como ateo, y como buen agnóstico de manual, me encanta el estudio de las religiones, la antropología y las creencias del ser humano, de las que uno puede sacar interesantes aprendizajes. Además, me encanta pasear por las Iglesias y especialmente por la catedral, donde se pueden encontrar unos minutos de paz y ambiente adecuado para relajarse y realizar ejercicios introspectivos. [Actualización 2019: se acabaron los paseos por la Catedral, que los cabrones, no contentos con pillar el dinero de los impuestos, han establecido una entrada a 7 euros].

Otro tema es el de las diferentes iglesias constituidas. No me gustan particularmente las jerarquías e instituciones religiosas (menos las dogmáticas) porque considero que no hay nada más alejado de la espiritualidad que la política y el materialismo, que desde mi punto de vista es a lo que se dedican en buena medida. Y particularmente en lo que respecta a la jerarquía católica, creo que ha tenido posturas absolutamente repugnantes en temas como la pederastia, el terrorismo de ETA y la discriminación, así que no la tengo en muy buena estima; lo que no quita para que también reconozca sin problemas su gran labor social.

Dicho esto, también creo que la Religión puede sacar lo mejor y lo peor de uno mismo. Así que bienvenida sea cuando ayude a un individuo a desarrollar su potencial como ser humano y extraer su lado más positivo, y maldita quede cuando se utilice para manipular, fanatizar y promover la ignorancia. De hecho, quizás esto lo único que nos muestra es que el problema no está en las religiones, sino en los individuos, por lo que quizás va siendo el momento de que dejemos de echar la culpa de las conductas propias y ajenas a las religiones, a la política, a la sociedad, a las drogas, a Internet… y empecemos a exigir responsabilidades a las personas.

Manifestada pues mi postura personal sobre la Iglesia y la religión, explicaré por qué me parece algo incoherente y contradictorio que la Iglesia católica (por ser la que más conozco, pero aplicable a muchas otras) defienda la natural bondad humana.

Para la Iglesia católica el ser humano es bueno por naturaleza en primera instancia porque está hecho a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-1:27), que además y por si fuera poco es bondad y amor infinito. Mi primera objeción viene precisamente sobre esta descripción de un dios que  según cuentas de Luis Andrés Jaspersen (citado por el ex-jesuita Salvador Freixedo*) se ha cargado nada menos que a 2.169.350 personas en el Antiguo Testamento. Incluso a pesar de que la irónica cuenta fuera inexacta (cosa muy probable), es obvio para cualquiera que lo haya leído, que su protagonista no rezuma precisamente bondad y misericordia. Así que o bien discrepamos en el concepto de bondad infinita, o desde luego hay una incoherencia manifiesta en pretender considerar al ser humano bueno, si es imagen de este dios en particular.

También me cuesta entender que esta institución defienda la bondad innata cuando a la par muestra un cierto afán rencorosillo bastante belicoso y salvaje, como puede desprenderse de leer el salmo 137:

Acuérdate, oh Jehová, de los hijos de Edom. En el día de Jerusalén. Quienes decían: Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos. Hija de Babilonia destruida, bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Bienaventurado el que tomará y estrellará tus niños contra las piedras” (Salmo 137:7-9)

Y ya puestos, tampoco entiendo muy bien esa contradicción constante entre la consideración del hombre bueno a imagen y semejanza de Dios, y la permanente obsesión del cristianismo en general con la condición del ser humano como pecador, cómo no, con especial mención al pecado original (el menos original de los pecados). De hecho, yendo más allá, no podemos olvidar que cuando según la Biblia Dios creó al hombre y la mujer a su imagen (Génesis 1:27) no nos está hablando de Eva (cuya creación se describe en Génesis 2:18-23), sino de Lilith (según interpretaciones de carácter rabínico que exceden ya el cristianismo y se adentran en el judaísmo), de la que según la tradición parte un buen linaje de demonios entre los que se encuentra el diablo Asmodeo. Por tanto, estoy dispuesto a premiar a quien consiga explicarme cómo es posible que un linaje de demonios parta de una mujer que es creada a imagen y semejanza de Dios, a no ser claro, que en el propio Dios esté la esencia del bien y del mal, lo que nos lleva al dualismo más humano que ya defendían los gnósticos y que me parece más acertado.

Pero en los diferentes post sobre este tema, ya se habrá visto que por encima de lógicas y razonamientos, lo que a mí me gusta es la casuística, la experiencia y los hechos concretos que en muchas ocasiones tienen más valor y son más descriptivos que las palabras. Por eso, vamos a ver ciertos aspectos biográficos de algunos de los máximos responsables de la Iglesia católica, esa que defiende la bondad del ser humano, para ver que en su propia conducta esta la propia negación de su argumento, porque hay casos en que ciertamente dejan por novatos a algunos de los asesinos más gore de las películas americanas de serie B.

Empezamos con el papa Esteban VI y el denominado Concilio cadavérico. Este papa, nueve meses después de la muerte del Papa Formoso, ordenó exhumar el cadáver de este, vestirlo con los ropajes papales y sentarlo en el trono para juzgarlo y poder declarar nula su anterior elección como Papa. Declarado culpable se le cortaron los tres dedos de la mano con los que daba las bendiciones y se declararon nulos todos sus actos como Papa. Sus restos fueron luego ocultados, pasando por varias estancias (incluido el ser nuevamente desenterrado y lanzado su cuerpo al Tíber por orden de Sergio III) hasta que finalmente se supone que fueron depositados en el Vaticano.

Otra figura ejemplo de bondad infinita es Arnaldo Amalric, arzobispo francés que tuvo gran importancia en la cruzada contra los cátaros. Cuando Simon de Monfort, el jefe de los cruzados le hizo notar que dentro de la ciudad también había “buenos” cristianos que nada tenían que ver con el objeto de la cruzada (cepillarse a los herejes cátaros), mujeres y niños incluidos, se dice que este respondió: “Matadlos a todos. Dios ya reconocerá a los suyos”. Aunque la frase y atribución probablemente no sean ciertas ya que la cita aparece en otros acontecimientos históricos, lo que sí es cierto es el asesinato de 17.000 hombres en el asalto a la ciudad de Beziers.

Continuamos con Pío XII, a quien el escritor John Cornwell, católico, pretendía defender de ciertas acusaciones que lo vinculaban con el Holocausto. Gracias a ello recibió un permiso especial de la Iglesia Católica para acceder a los Archivos Secretos Vaticanos, tras lo cual parece que su fe no puedo con su rigor histórico, escribiendo un libro titulado El Papa de Hitler, en el que narra el antisemitismo del personaje en cuestión. Ni que decir tiene que acabó también con la posibilidad de que cualquier otro historiador accediese al mencionado Archivo.

También tenemos a Juan XXIII, el Papa Bueno (manda narices), que parece que es quien aprobó la Instrucción “Crimen Sollicitationis”, que dirigida a los arzobispos, obispos y demás, establecía el procedimiento de actuación en caso de “pecados secretos” de miembros del clero, entre los que estaban por supuesto los casos de pederastia. El procedimiento exigía el absoluto secreto de los hechos, siendo su divulgación razón suficiente para ser objeto de la pena de excomunión, de ahí que algunos lo denominen “La Conspiración del Silencio”.

Y podríamos seguir mencionando cientos de casos concretos, pero para no alargar más el post, lo finalizaré citando a Eric Frattini*, que habiendo realizado un exhaustivo análisis de la Historia de los Papas nos habla de: 17 pederastas, 9 violadores y 10 proxenetas, amén de otros tantos cuyas conductas, aunque pueden entenderse como asunto única y exclusivamente de la incumbencia de sus practicantes, llaman la atención por la incoherencia que suponen con la doctrina católica.

Por tanto, una vez que hemos visto múltiples ejemplos de la vida diaria y ciertas críticas a filósofos e instituciones que nos muestran de forma bastante contundente que la bondad no es ni de lejos la esencia (o al menos la única esencia) de la naturaleza del ser humano, veremos en el siguiente post por qué el empeño de este en engañarse sobre su propia condición, lo que nos lleva a algunos principios elementales de la psicología.

[Continuación]

Salud y libertad.

* Freixedo, S. (1983). ¿Por qué agoniza el cristianismo? Madrid: Algar.

* Frattini, E. (2010). Los Papas y el Sexo. Madrid: Espasa.

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