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Todo el mundo es nazi

“La violencia es el último recurso del incompetente” (Isaac Asimov)

Allá por el año 1982 nuestro excelentísimo cine patrio, el de las subvenciones, que ya por aquel entonces se dedicaba a hacer grandes obras de arte como las actuales, sacaba a la palestra la película: To er mundo e güeno, dirigida por Manuel Summers, más conocido hoy por ser el padre de David Summers, el de Hombres G.

La película era un invento que mostraba un cúmulo de situaciones absurdas grabadas con cámara oculta ante las cuales los sufridos e involuntarios actores generalmente respondían con una paciencia infinita. Esto debe hacernos pensar en dos cosas: la primera, que los memos y descerebrados de los youtubers de hoy en día no han inventado nada nuevo y la segunda, que por entonces se tenía bastante más educación que ahora, porque incluso aunque te vacilase un faltoso por la calle, el hecho de calzarle una hostia no era algo que se tomase a la ligera y tenía que estar bien justificado.

En otro orden de cosas, el miércoles 1 de febrero nos levantábamos con la noticia de que un jugador del Betis que había fichado por el Rayo Vallecano, un tal Zozulya, estaba teniendo serios problemas porque lo habían catalogado como nazi, lo que había derivado en que, gracias a la presión de un grupo de fútbol ultra, lo devolvieran certificado y con acuse de recibo a su antiguo domicilio.

Por si esto fuera poco, ese mismo día la también defensora de los trabajadores y prolífica escritora Ana Rosa Quintana, currante e izquierdista de pro como es fácilmente apreciable, se destapaba a micro abierto (por error) justificando que 15 tíos lincharan y apalizaran públicamente a una chavala de 19 años porque, oh casualidad, también era nazi.

El problema con este tipo de manifestaciones y justificaciones es de una enorme gravedad y nos debe llevar a reflexionar sobre dos aspectos. Por un lado, sobre si la violencia, la censura o el acoso están justificados en base a una supuesta adscripción ideológica, por muy reprochable que sea. Por otro, si no estaremos utilizando paradójicamente un pretexto ideológico totalitario para imponer nuestro criterio totalitariamente.

Respecto al primer problema es ciertamente peligroso justificar la actuación de pelotones de jueces, jurados y ejecutores adolescentes que se toman la justicia por su mano, especialmente si tales pelotones están conformados por niñatos activistas de sofá sin cultura, formación ni cerebro, que actúan al dictado de personas bastante más maquiavélicas y con bastantes más intereses que ellos. En el caso de Zozulya su supuesta adscripción nazi viene de la acusación de un periodista que no llevaba muy bien la vena promilitarista y nacionalista del ucraniano.

Ahora bien, de la denuncia de un periodista a la existencia de pruebas que demuestren que este personaje es realmente nazi media un mundo, más si tenemos en cuenta que el mismo jugador lo negó y explicó, siendo difícil de creer que el conocimiento de la realidad ucraniana de unos tarambainas que conforman un grupo ultra o de los memos de twitter que repiten eslóganes como cacatúas sin ser capaces de leer dos artículos seguidos, sea razón suficiente para ejercer acusación y sentencia conjuntas.

En cuanto a la inefable Ana Rosa Quintana, poco cabe decir, salvo que esperemos sea igual de empática  y de coherente si, debido a los amores que genera, recibe parte de la medicina que prescribe a los demás. Porque no debería de tener que explicarse que si uno realmente es nazi y se salta la ley, quien debe de juzgarle es el sistema judicial, que aunque deje mucho que desear, es la herramienta que tenemos para determinar con pruebas, y salvaguardando ciertas garantías, si se ha cometido un delito y la pena correspondiente.

Veamos de forma cruda lo que defiende Ana Rosa, ossssea, Quintana

Pero infinitamente más preocupante es el segundo punto, por cuanto parece haberse instalado una cierta tendencia consistente en redefinir el término de fascista (hoy ya nazi) considerando como tal a todo aquel que no piense como uno mismo.

Aquí puede ser interesante mencionar la hipótesis de Sapir-Whorf, que básicamente señala en su versión fuerte que el lenguaje condiciona el pensamiento. Pongamos un ejemplo de cómo aplican este principio a la manipulación los grupos de dinámica sectaria, sean religiosos, comerciales o nazionalistas. Asumamos que una persona busca ser feliz, objetivo muy lícito y ampliamente generalizado. Lógicamente la definición de felicidad condicionará en gran medida el camino de conductas que emprenda el sujeto. Si un grupo sectario convence al adepto de la que felicidad está en sufrir porque de esa manera se acerca al dolor de nuestro señor lo cual lo aproxima más a él que es el objetivo de la felicidad (estar cerca de Dios), la persona  buscará sufrimiento. Y lo hará paradójicamente para encontrar la felicidad. Hasta no hace mucho, esta búsqueda de la felicidad basada en el valle de lágrimas era muy habitual.

Este tipo de tergiversaciones del lenguaje están ampliamente extendidas hoy día: redefinimos lo que es democracia para hacer que la gente defienda a quien no dejan de ser meros tiranos convertidos en figuras democráticas por arte de magia, redefinimos lo que es igualdad para justificar por qué un sexo tiene que tener más derechos que otro, redefinimos lo que es una España Federal, para justificar lo que en realidad es un régimen confederal… y cuando cambiamos el significado y el nuevo cala entre las masas, ya podemos controlar sus conductas.

Si llevamos esta manipulación  a la hipótesis nazi, nos encontramos con algo muy semejante a lo que ocurre hoy en twitter y que se está extendiendo peligrosamente al ámbito social, que podemos redefinir al nazi como todo aquel que no siga los preceptos que yo (o mi grupo social) marco para no ser nazi. Y claro, una vez catalogado, si sigo la primera regla, ya puedo empezar a atizar al personal porque lo merece.

Podrá pensarse que exagero, pero cuando las hordas progresistas de Berkeley, una Universidad corroída por el cáncer de lo políticamente correcto, acosan y censuran la conferencia de Yiannopoulos, a uno empiezan a saltarle las alarmas. ¿Por qué? Pues sencillamente porque el tal Yiannopoulos es un judío homosexual con un novio negro, que eso sí, defiende a Donald Trump, lo que parece ser para algunos una prueba irrefutable de su nazismo.

Recristo, cómo ha cambiado la estética nazi.

Recristo, cómo ha cambiado la estética nazi.

Lamentablemente esta realidad, como la de los youtubers, tampoco es nueva. En este excelente artículo se nos habla del camino que hemos emprendido hacia una sociedad adolescente. Una sociedad inculta e infantilizada donde los mantras del fascismo de lo políticamente correcto imperan sobre toda las cosas y en todos los ámbitos. También, trsitemente, en el mundo universitario donde estas estupideces tendrían que ser contrarrestadas.

Desgraciadamente no es así y hasta los universitarios, que deberían velar por el libre planteamiento de perspectivas encontradas como base de su aprendizaje desde la confrontación de argumentos contrarios, responden de forma beligerante e impostadamente ofendida exigiendo la censura de cualquier consideración opuesta a sus endebles principios. Recuerdo en este punto una cita del genial Leo Bassi, cuando decía: “si un bufón como yo es capaz de ofenderte y poner a prueba tus principios y tu fe, vaya mierda de principios y vaya mierda de fe”.

Como señala el artículo, si uno no está preparado para que otro le lleve la contraria debería volver a casa a abrazarse a su osito de peluche hasta que sea capaz de aceptar que puede estar equivocado o tenga criterio para defender su postura.  La alternativa es que vivamos en una sociedad donde to er mundo e güeno, to er mundo e nazi y, desgraciadamente, también cada día, un poquito más imbécil.

Salud y libertad…

P.D: Muy recomendable la entrada sobre este mismo supuesto en el blog de josejazz

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Usted puede ser un asesino (1ª parte)

“El amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro” (Friedrich Nietzsche)

Una de las últimas cuestiones que me han planteado recurrenentemente tras el caso del avión de Germanwings estrellado en Los Alpes es qué le pasa por la cabeza a un tío así para inmolarse llevándose por delante a un buen puñado de gente. Si sumamos que esta semana un sujeto decidió entrar en una Iglesia para liarse a balazos contra todos los fieles y algún caso reciente semejante, podemos comprobar que los “crímenes de odio” son una realidad creciente, y que no están limitados al odio religioso, ideológico, racista, sexual…

Así que, aunque el caso concreto del avión ya lo detallé en la entrada “Reflexiones psicológicas sobre el caso Lubitz” voy a intentar en este caso comentar algunos aspectos a nivel general, o lo que es lo mismo, intentar explicar por qué cualquier tipo normal puede llegar a cometer la mayor barbaridad.

En realidad, entender por qué a una persona se le pueden hinchar las narices hasta un punto de no retorno es bastante fácil si consideramos la perspectiva psicosocial de la psicología en el ámbito laboral. Simplemente, se quemó: burnout que lo llaman los prevencionistas pedantes.

En la escena final de Kill Bill, cuando Beatrix Kiddo le pregunta a Bill por qué perpetró la matanza de la capilla le da una explicación de lo más sencilla: cuando se enteró de que ella estaba embarazada y se había marchado, se cabreó. Así, sin más, tan fácil y tan difícil de entender. Igual que Beatrix se cabreó por lo que había hecho Bill y su ira la pagaron otros tantos hasta el fabuloso desenlace final.

Sin embargo, para entender la sencillez de esta forma de actuar hemos de luchar contra uno de los mayores cánceres que los seres humanos llevamos grabados a fuego en nuestro software de fábrica y que ya hemos comentado ampliamente en este blog, el principio de confianza.

El principio de confianza es uno de los cinco motivos universales señalados por Susan Fiske, un motivo producto de la evolución de la especie y que impulsa a las personas a vivir con otros y relacionarse adecuadamente.

Un principio que implica sentirse a gusto con el mundo y tener predisposición a esperar cosas buenas de la mayoría de la gente. Dicho de otra manera, un principio en el código humano que nos vuelve imbéciles, pues puede hacer que para evitar disonancia cognitiva sesguemos nuestra información y percepción de la realidad acomodándola a él, viviendo en una realidad paralela.

Y es por eso que cada vez que hay una desgracia lo primero que se intenta es demostrar que la persona que desencadenó una tragedia, un asesinato múltiple o cualquier otro suceso, es una persona que no estaba en sus cabales. Precisamente para no socavar el principio autoidiotizante que nos permite creer que vivimos en un mundo seguro y feliz donde los osos amorosos corretean en pelota picada jugueteando con el pompón de su culo, mientras los pitufos juegan al parchís y los pequeños ponys atusan sus melenas lavando sus pezuñas en riachuelos cristalinos.

Desgraciadamente estos datos chocan con la realidad, ya que esta se empeña en demostrar con sus cifras que menos del 10% de los actos violentos son cometidos por personas con trastornos mentales.

Y a pesar de ello, cuando un sujeto entra en un colegio con una ballesta fabricada por él mismo y un machete, cargándose a su profesor e hiriendo a cuatro personas, a los medios les falta tiempo para justificar que la actuación se debe a un “brote psicótico”, hecho que, siendo generoso, chirría por todos lados a los profesionales de la salud mental incluso con la escasa información difundida posteriormente.

Porque claro, la alternativa es mantener que lo hizo un sujeto en plenas facultades y que al ser menor de edad no va a pisar la cárcel ni para saludar. Y obviamente para el orden establecido es mucho mejor colgar el sanbenito de peligrosos a los enfermos mentales potenciando la negatividad de su etiqueta, que asumir que la legislación patria es tan lamentable que permite asesinar gratis a los menores de 14 años porque no son imputables.

Pero volvamos al síndrome del quemado, que la Nota Técnica de Prevención 704, define como:

una respuesta al estrés laboral crónico integrada por actitudes y sentimientos negativos hacia las personas con las que se trabaja y hacia el propio rol profesional, así como por la vivencia de encontrarse emocionalmente agotado. Esta respuesta ocurre con frecuencia en los profesionales de la salud y, en general, en profesionales de organizaciones de servicios que trabajan en contacto directo con los usuarios de la organización

Así, el síndrome del quemado en el ámbito laboral se caracteriza por generar en quien lo padece cansancio emocional, despersonalización y dificultad para la realización personal.

Tomando este contexto, y lo manifestado de aquí en adelante es solo una reflexión personal sin fundamento probado, me parece bastante razonable establecer un símil cambiando la perspectiva laboral por una perspectiva social o existencial. Una situación donde el estrés crónico no ya laboral, sino vital, genera emociones negativas, como la irritabilidad y el odio, que toman las riendas del sujeto; donde el desprecio a los demás y la deshumanización toman la pauta de las relaciones y donde la perspectiva de realización en una sociedad deplorable se ve imposible porque, como es fácilmente apreciable, siempre triunfa el más cabrón. ¿A alguien le sorprende que con estos tintes el resultado sea una bomba de relojería a punto de estallar a la mínima ocasión?

De hecho, simplemente observando el perfil personal de las personas que podríamos etiquetar como quemadas socialmente, podemos ver un patrón fijo y progresivo de evolución que pasaría por tres fases:

1.- Cinismo.

cinismo

La primera fase es el cinismo, donde bajo una emocionalidad de intensidad y dirección negativa, asoman la ironía o el sarcasmo respecto a las normas sociales como forma de expresión de un profundo desprecio hacia las mismas.

El caso más extremo sería el de aquel que se convierte en misántropo, término que muchos identifican como referido a quien odia al ser humano, pero que la definición de la RAE aclara en nuestro contexto:

 

misantropo

El problema de esta situación prolongada en el tiempo es que puede, y suele, llevar irremediablemente a una confrontación interpersonal con una mayoría que sí está correctamente socializada, por lo que se hace bastante probable el progreso hacia el punto 2.

2.- Hostilidad.

Tras un mayor o menor periodo de tiempo, el paso del cinismo a la hostilidad es inevitable. La hostilidad es el componente cognitivo del patrón Ira-Hostilidad-Agresión, donde la ira se correspondería con la emoción, la hostilidad con la cognición y la agresión con la conducta.

De esta forma, el mantenimiento de una emocionalidad negativa llevaría al replanteamiento consciente de todos los principios morales y sociales desde una predisposición emocional a su valoración negativa con el consiguiente cambio en los principios y creencias del sujeto.

Hace tiempo, no recuerdo dónde, leí una cita que me pareció una genialidad (lamento no recordar la fuente original, que desde luego no soy yo):

“Mira debajo de la piel de un insensible y verás los nervios destrozados de un sentimental”

Así que ante una perspectiva como la anterior caben dos posibles salidas: la retirada, con un progresivo retraimiento y aislamiento social, o la menos habitual, el enfrentamiento abierto. Esto es la guerra contra los principios del propio orden establecido y contra todo aquel que lo represente que, para desgracia de afectados, suele ser quien esté adecuadamente socializado o simplemente quien se cruce por medio.

3.- Violencia.

Finalmente, una vez que los patrones emocional y cognitivo son de tipo negativo parece fácil asumir que por consonancia con ellos, y según demuestra la teoría de la disonancia cognitiva, el patrón conductual tenderá a alinearse con ellos para completar la coherencia personal. Por ello, será en este punto donde se dará un cambio crucial. Lo que hasta ese momento era una conducta típicamente negativa pero de carácter pasivo, como estar a la defensiva o manifestar hostilidad, mutará a una conducta de tipo activo: violenta.

Cabe no obstante señalar que esta conducta antisocial o violenta no tiene por qué ser masiva, de hecho en la mayoría de las ocasiones solo se manifestará en pequeños círculos o contextos cercanos, pero en ocasiones, cuando la emoción de ira generada sea muy intensa (odio) y los patrones cognitivos profundamente antisociales, podrá desembocar en un acto socialmente relevante.

El resultado final cuando todas las variables confluyen, lo que afortunadamente no sucede con demasiada frecuencia, es un acto violento masivo. Y como muestra tenemos el (triste) ejemplo de la matanza de Columbine, donde el odio generado tiene su origen en la situación de acoso escolar que sufrieron quienes posteriormente decidieron tomar cumplida venganza contra quien se les puso por delante.

De esta forma, es de señalar que quizás por esta sola razón, algunos de los sujetos que alimentan su ego y autoestima a costa del desprecio a los demás, cuando no de joderles la vida, deberían replantearse su estrategia, sino por humanidad por mero egoísmo. Al menos si no quieren encontrarse un día con el resultado de su propia creación: un sujeto que después de perder empleo, casa, coche, hijos y dignidad, decide cargarse al cajero del banco o a toda la familia del primer político que pilla, porque como Bill, se cabreó.

amigo

Salud y libertad…

[Continuación]

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Lamentable incidente nocturno

“La violencia es el último recurso del incompetente” (Isaac Asimov)

Volvía ayer a casa a las 3:30 de la mañana escuchando la radio después de tomar una cervecita en plan tranquilo con una pareja de buenos amigos, cuando bajando por la calle Martínez Vigil adelanté a un par de sujetos que iban un poco bebidos.

Una par de chicos de unos veintipocos años que iban con un puntín más de alegría de lo necesario hablando a voces en lo que parecía italiano y riéndose a grandes carcajadas, pero que tampoco hacían nada particularmente malo. Ellos también se cruzaron con un muchacho latino bastante curtido de gimnasio que estaba meando contra una valla mientras otra chica, menuda y delgada, le esperaba.

Hasta ahí todo normal, pero cuando ya casi llegaba al final de la calle empecé a escuchar gritos a un volumen que se superponía al de mi mp4, primero reprochando a los chicos porque “aquí se habla español”, palabras que provenían de la fémina, y después “exigiendo respeto” por parte de él.

Me quité los cascos para observar si iba a haber problemas y lo siguiente que vi fue un a uno de los jóvenes recibir no sé muy bien si un puñetazo o un empujón que lo hizo caer directamente contra la carretera y el bordillo de la acera. Aunque no lo vi exactamente ya que me lo tapaba su espalda por la forma de caer pareció más bien un puñetazo.

Rompiendo todas mis normas que básicamente consisten en cuando hay un caso así, quedarme lejos y llamar a la policía para que se haga cargo cometí el error de subir a ver qué tal se encontraba el muchacho que había recibido el golpe. Se dolía bastante del brazo que tenía mala pinta y subí un poco más a pedir a los otros que por favor dejaran la discusión.

El muchacho latino me dijo de forma educada que él exigía respeto, a lo que le respondí amablemente que lo entendía perfectamente, pero que tuviera en cuenta que iban un poco bebidos y que en todo caso no podía tomarse así la justicia por su mano. El otro italiano continuaba pidiéndole explicaciones por el guantazo que le había dado a su compañero, que seguía doliéndose del brazo.

La cosa parecía que no iba a ir a mayores así que les dije a ambos que lo mejor era dar por zanjado el tema y que cada uno nos fuéramos por nuestro lado. Cuando ya todo parecía acabado, la chica, ignoro si pasada de sustancias estimulantes o porque realmente tenía un serio problema de control de los impulsos, se apartó de su compañero, se acercó y escupió directamente al italiano cayendo en mi brazo la mitad del escupitajo, mientras le decía al otro chico que era “un hijo de puta” y otras cuantas lindezas.

Cuando le dije: “oye, que me has dado a mí” su respuesta fue todo un compendio de educación, urbanidad y saber estar: “Y a mí qué cojones me importa haberte dado, a mí que cojones me importa tu puta vida”.

Como vi la cosa ya ciertamente tensa, mis palabras fueron: “mira de verdad, o lo dejamos o llamo a la policía y que sean ellos los que se hagan cargo”. Error. El muchacho latino pareció asustarse y me dijo bastante amablemente: “Oye, policía no ¿eh? De policía nada”. Y en ese mismo momento, la histérica de su amiga se soltó de su brazo y vino directamente a mí con intención de agredirme, gritando: “A mí no me insultas tú hijo de puta, racista de mierda…”. Todavía estoy dándole vueltas a si consideró un insulto sugerir que llamaría a la policía, lo inventó porque le pareció una buena excusa para iniciar pelea que era lo que de verdad le apatecía o sencillamente escuchaba voces en su interior.

Por tres veces tuvo que cogerla su compañero casi al vuelo mientras yo me quedaba absolutamente flipado con la reacción de la chavala.

Justo en ese momento por la calle perpendicular inferior pasaba un coche de policía así que bajé corriendo llamándoles pero no llegaron a escucharme por lo que no pararon, y como ya estaba casi al final de la calle a una distancia prudencial, decidí no empeorar las cosas y marcharme, mientras la enajenada seguía exhibiendo su amplio vocabulario dedicando bellas palabras a todo el que se movía mientras su compañero la sujetaba casi en brazos para que no se fuera a atizar al primero que pillara.

Después del lamentable espectáculo me surgen varias reflexiones.

La primera, como aprendizaje personal, es que nunca debería volver a romper mis normas. Si considero que la situación es suficientemente grave como para que ocurra una desgracia, debo limitarme a llamar a la policía desde la distancia y no meterme en un asunto que no me compete, porque puedo ser yo el que salga escaldado. De todo se aprende en esta vida.

La segunda es lo patética que resulta esa nueva tendencia existente entre algunas mujeres de tratar de ganarse el respeto adquiriendo los clásicos comportamientos de machito descerebrado, conducta que he despreciado toda mi vida en los hombres, y que vista en una mujer como medio de buscar una igualdad con el mismo es realmente bochornosa. Si la igualdad va a consistir en coger los peores vicios de los hombres con mayor radicalidad para demostrar que se es tanto o más que el otro, vamos apañados.

La tercera es la constatación de la triste sociedad en que vivimos, donde se sigue valorando la violencia como medio de resolución de conflictos. Pero además, cómo gracias a lo políticamente correcto, el agresor se puede autodesignar como víctima justificando su propia violencia apelando a palabras marcadas socialmente, como racista. Que uno lo sea o no es lo de menos, es como si hubiera un principio de: “mi condición me permite hacer lo que me de la gana y el que me lo impida es una racista”. Cómo me recuerda a su versión intelectual de: “Yo tengo mi verdad y el que no piense como yo es un fascista”

Y la cuarta, que este tipo de situaciones solo se arreglan con educación. Independientemente de que la chica fuera puestísima de estimulantes o su grado de activación y violencia fueran cosa innata, es evidente que es un peligro para sí y para los demás. Pero tampoco creo que con medidas represivas se solucione nada, más bien al contrario. Educación y aprender a convivir de forma civilizada. [on] Así que viendo el valor que se da hoy a la educación, nos espera un futuro brillante y prometedor [modo irónico off].

En un instante llamaré a un amigo policía para saber si los italianos cursaron denuncia o si dio parte algún centro de salud de haber tratado alguna lesión producto de una agresión. Ya os contaré…

Mientras tanto, os dejo un tema. Ojalá el mundo real se pareciera ligeramente al mundo que algunos nos quieren vender para hacernos vivir en la ilusión de una seguridad y verdades que no existen…

Salud y libertad.

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Esencia humana (3ª parte)

“El mal conoce el bien, pero el bien no conoce el mal” (Kafka)

La verdad es que para analizar esa esencia humana de la que hablamos y saber si es virtuosa o fruto de las pasiones más aterradoras, no hace falta mucho. Basta con leer un periódico o informarse de las noticias de los últimos días, para que los defensores del buenismo tengan que dar muchas explicaciones. Quizás la principal y más utilizada es que esa “esencia” no es producto de la propia “naturaleza” del hombre sino de sus “influencias sociales”.

Hay que decir a este respecto, aunque vaya contra mi propia argumentación, que a estas alturas poco importa si el origen es “natural” o “social” porque la distinción natura vs nurtura (naturaleza vs ambiente) hace ya algún tiempo que ha sido superada. Desde la genética conductual se asume que la configuración del individuo está determinada por la interacción constitucional en un ambiente concreto. De hecho, los genetistas asumen que la expresión del genotipo está influida por la interacción con el ambiente (y en el caso de los psicólogos de la personalidad asumiendo el modelo diátesis-estrés). Por tanto, realmente se podría mejor hablar del concepto de “esencia humana” prescindiendo de ese dualismo que busca su origen, aunque yo soy reticente a asumir esa minusvaloración del cerebro límbico en la conducta.

Así que volviendo al tema que nos ocupa, plantearemos a continuación algunos ejemplos, comentaremos algunos aspectos de una institución y de dos de los personajes más famosos que en el plano filosófico han defendido la innata bondad humana, y quizás la parte más interesante, analizaremos por qué el ser humano se empeña en defender contra toda lógica lo que los hechos niegan de forma bastante contundente (algunos principios psicológicos son por definición también muy descriptivos de la propia esencia de la que hablamos).

El primer ejemplo lo tenemos en el caso del asesino de Denver. El caso lo conocemos: un  individuo se disfraza de Joker y asesina a un montón de personas en la presentación de la nueva película de Batman. Lo que me gustaría comentar, más allá del hecho, está en la noticia que el diario El Mundo, publicó el día 21/07/2012 al respecto y donde figura la visión del presidente de la sociedad española de criminología:

El sociópata, tal y como explica este experto, se trata de una persona antisocial que odia a la sociedad, la rechaza y transgrede sus normas, a sabiendas de que lo que está haciendo está mal. Disfruta con el daño que hace, insiste y disfruta porque sí tiene empatía. Margaz hace una diferencia clara con otro tipo de perfiles. El psicópata no tiene ningún tipo de empatía, no puede ponerse en la piel del otro ni reconocer sentimientos. No sabe lo que es. El sociópata, por su parte, sí tiene empatía, la conoce y la siente. Si hace algo mal, lo hace sabiendo lo que hace, disfrutando con ello. El sociópata tiene lo que los criminólogos llaman un resentimiento social contra el resto de la población

Es decir, tenemos ya de primera mano a un tipo de individuos que “disfrutan causando dolor”, los sociópatas, y aunque el origen de su conducta sea de carácter social, ese “disfrute del sufrimiento” no está tan claro que sea producto de un aprendizaje social. Uno podría llevar a efecto conductas bárbaras por puro resentimiento, pero ello no implica que tuviera que disfrutar con ellas.

Más claro es el caso de los psicópatas, individuos que por definición “no tienen empatía, no pueden ponerse en la piel del otro ni reconocer sentimientos”. Sin embargo, muchos profesionales se niegan a aplicar a los psicópatas el apelativo de enfermos (por las connotaciones atenuantes que ello supondría desde el punto de vista jurídico), definiéndolos sencillamente como personas “distintas”, algunos de ellos con una inteligencia superior a la media. De hecho, habría mucho que diferenciar entre la concepción americana del psicópata, definida en base a su análisis conductual, y la concepción europea, más centrada en los factores cognitivos. Pero aquí ya tenemos una prueba de que por definición, esa esencia humana no tiene por qué ser virtuosa.

Otro problema que tendríamos al analizar esa esencia humana como virtuosa o perversa, es la definición de qué entendemos por bueno y malo. Como ya señalé en otra entrada del tema, desde mi postura relativista este tema no tiene mucha solución en los típicos dilemas morales, porque muchas variables varían en función del contexto espacio-temporal, pero sí es verdad que si analizamos conductas extremas podríamos llegar a algún tipo de consenso. Así, matar a alguien en defensa propia no parece que sea propio de una maldad innata. Matar a alguien por el simple disfrute personal, la mayoría entenderíamos que sí.

Y es aquí donde podemos ver gran cantidad de conductas que van desde lo más repugnante por su intrínseca perversión a conductas que demuestran una absoluta falta de empatía ante el sufrimiento ajeno, lo que deja un poco “tocada” la teoría de la virtud humana.

Entre las primeras podemos citar, y nada más que citar por su repugnante crudeza, ejemplos como los casos de canibalismo pactados por internet cuyo único fin suele ser el disfrute del agresor, los nauseabundos casos de pederastas como el de Nanisex o Del Valle, los asesinatos rituales…

Entre las segundas, son bastante conocidos los casos de justificación o minimización del dolor ajeno que muchas personas han realizado en caso de asesinatos terroristas, cuyas argumentaciones y excusas no tendríamos que ir muy lejos para escuchar. De hecho, en algunas zonas cercanas era habitual ver a parte del pueblo concentrarse en la plaza realizando un minuto de silencio tras el asesinato de un vecino, mientras la otra parte tomaba desenfadadamente una tapa y una cañita en la terraza del bar de la misma plaza.

También puede ser interesante si alguno tiene especial curiosidad, adentrarse en el mundo de internet, donde a través de canales específicos de chat de temática política o sexual puede encontrar con mucha facilidad personas que bajo la percepción de anonimato, no tendrán mucho problema en mostrar su “verdadero yo” y comentar los que piensan sobre determinados aspectos relacionados con la violencia o las pulsiones sexuales. De hecho, acceder a uno de estos chat, sobre todo a los segundos, debería de ser de obligado cumplimiento para que los padres vean y conozcan la realidad a la que sí o sí se van a enfrentar sus hijos, pertenecientes ya al grupo de los nativos digitales.

Incluso si quieren ir un poco más allá, siguiendo la metodología que comentábamos de Antonio Salas, no sería muy difícil que asumieran discursos ajenos (en el sentido global del concepto) lo que les permitiría de primera mano conocer las verdaderas pulsiones de quien en última instancia es su fontanero, su médico, su maestro, su vecino…

No me resisto a contar aquí una pequeña anécdota que me dejó profundamente marcado. El diálogo que tuve en uno de estos chat con una chica que podríamos tildar de hematofílica (o fetichismo vampiro), es decir, que sentía una profunda excitación de carácter sexual con el brotar de la sangre. Una chica muy agradable a la que agradezco me abriera su mente para mantener un diálogo sereno, pero desde luego no lo vamos a negar, una auténtica psicópata en potencia como algún día se plantee llevar a la práctica lo que en principio, quiero pensar, solo era una fantasía. En todo caso, tampoco quiero entrar mucho más en este tema, porque como ya he dicho, tengo ciertas hipótesis que estoy analizando desde un punto de vista más científico, por lo que no quiero anticipar nada al respecto, ni mezclarlo con un ámbito más divulgativo, al que quizás algún día también me anime.

Finalmente, y retomando el análisis de las conductas más extremas, podemos observar también que estas no se llevan a cabo solamente como conductas individuales, sino también en procesos sociales, cuyos juicios posteriores son a veces verdaderamente sorprendentes. Porque nadie discute que los nazis hayan sido (y sean) unos cabrones que promovieron un genocidio, pero a mí me sigue asombrando que se califique a los aliados como “los buenos”, siendo como fueron los que lanzaron las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki sobre una población indefensa. Y podemos entrar también en las purgas de Stalin de cuyos millones de asesinados se ha perdido la cuenta, pese que algunos niños mimados occidentales (y bastante ignorantes, o algo peor) se siguen definiendo como stalinistas

Y así podríamos seguir poniendo ejemplos, pero el objetivo no es ni profundizar en el morbo de conductas lamentables, ni analizar la hipocresía y ligereza con que tildamos de “buenos” a aquellos que cometen auténticas atrocidades, sino plantear que esas atrocidades de una u otra forma, forman parte de eso que entendemos por seres humanos, y que por tanto, entender la esencia humana como virtuosa o bondadosa es negar la propia realidad. Así que tras el surtido de casuística que convertiría en muy extraña la hipótesis de que el ser humano fuera virtuoso en esencia, por la multitud de casos que la niegan, vamos a ver algunos aspectos relativos a aquellos que lo han defendido.

[Continuación]

Salud y libertad

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Esencia humana (2ª parte)

“El conocimiento no es algo separado y que se baste a sí mismo, sino que está envuelto en el proceso por el cual la vida se sostiene y se desenvuelve” (John Dewey)

Vuelvo así al tema inicial, cuyo primer aspecto a considerar parte de cómo podemos llegar a ese conocimiento, es decir, establecer una metodología que nos permita obtener información directa y válida sobre eso que hemos definido como esencia humana.

Desde un punto de vista lógico parecería plausible que esa esencia humana tal y como se ha definido, pudiera alcanzarse desde el estudio de la parte más innata de los seres humanos y despojando al individuo de todo aquello que supone enculturación o cualquier tipo de influencia externa. Dicho de otro modo, si analizáramos una muestra de sujetos y quitáramos de cada individuo su educación, sus creencias, la influencia de su contexto espacio-temporal, su moral (mayormente inducida) e incluso las características innatas de carácter personal, analizando posteriormente la parte que les queda a todos en común, podríamos tener una remota idea de lo que es la esencia humana. Y ya podemos anticipar hablando en términos psicológicos que esto se parece mucho a anular el yo y el superyo, dejando esa esencia a tenor de los deseos y conductas del ello (¿empieza a asustar, eh?).

Esto que parece bastante lógico en el campo teórico, es un problema de difícil resolución en el ámbito práctico, porque evidentemente no podemos analizar a sujetos aislados de todos esos condicionantes. ¿Cómo encontrar entonces datos que nos permitan acercarnos a ese conocimiento? Podríamos hacerlo no estudiando al individuo o a los individuos de forma global sino centrándonos en las conductas o situaciones en que esos condicionantes se minimizan en mayor medida. Y es aquí donde aparece mi interés por el estudio y el análisis de las conductas más primarias del ser humano por un lado (las conductas sexuales y las conductas violentas), y de algunas patologías mentales (no confundir con enfermedades) por otro.

Sin embargo, analizar este tipo de conductas también es complicado, porque debido a evidentes limitaciones éticas no podemos provocarlas y tampoco podemos analizarlas a posteriori con un índice aceptable de fiabilidad debido a fenómenos como el de la deseabilidad social. Todos estaremos de acuerdo en que no tiene mucho sentido preguntar a un sujeto: Disculpe, ¿ha disfrutado mucho rompiéndole los morros a aquel individuo? Responda 1 si ha disfrutado muchísimo; 2 si ha disfrutado algo, 3 si ha disfrutado poco y 4 si no ha disfrutado nada.

CiberdelincuentePor tanto, lo que necesitamos es una vía de contacto que evite el conocimiento directo del informante, o que aunque no lo haga facilite la total percepción de anonimato de este, y una vía en la que sus comportamientos no parezcan tan desviados respecto a la norma social establecida, o mejor aún, donde haya personas con ideas, emociones y comportamientos semejantes al suyo y donde por tanto pueda sentirse libre para expresarse sin aplicar la censura moral y social.

¿Existe esa vía de contacto y esa herramienta? Desde hace algunos años, sí. Internet y las tecnologías han abierto no solo la posibilidad de crear herramientas de acceso  a una información global, sino que han potenciado los canales de comunicación hasta el punto que se han creado redes digitales para todo. Y cuando digo para todo es para todo, para lo bueno y para lo malo. No hay conducta, necesidad, impulso, perversión o confesión que no tenga su público y lo que antes era un comportamiento más o menos privado e incluso culpabilizador, ahora tiene además de seguidores, una cierta demanda específica.

Así es que teniendo la herramienta y el objeto de interés podemos empezar a obtener información de primera mano de esas conductas que mencionábamos sin estar excesivamente cortadas por el patrón de la deseabilidad social y lo políticamente correcto.

Y francamente, lo que yo al menos he visto, oído y dialogado es verdaderamente alucinante (y en muchos casos aterrador), porque viene a mostrar que por encima de las convenciones sociales, se encuentran unos instintos primitivos y perversos que no dejan en muy buen lugar a la especie humana. Como comentó mi amigo el estilita en twitter (animo a ver su blog Estilitaecologico ): “El ser humano no es más que un mono con algo de alopecia”.

Por supuesto se me puede decir que todo ello no es representativo de la población en general y que esas características están circunscritas a una muestra que responde a unas características muy concretas. Es posible, pero es el único conocimiento al que yo he accedido que cumple esas características y, como he dicho, y aunque ya tengo mi propio estudio en marcha sobre determinadas conductas (ese sí con todo el rigor científico del mundo mundial), me interesa tanto o más, el simple conocimiento personal.

Por tanto, después de exponer descriptivamente la parte más densa sobre el concepto de esencia humana y la metodología de mis pequeños análisis al respecto, ya podemos plantear el debate en cuestión sobre si el ser humano es bueno por naturaleza (como exponían Sócrates o Rousseau y manifiestan la mayor parte de las religiones) o si esto es un camelo fruto del miedo y la inseguridad que supondría aceptar que nuestros vecinos, amigos y compañeros son unos auténticos… seres humanos.

[Continuación]

Salud y libertad.

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