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El día que descubrí la estupidez generalizada

“Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada” (Albert Einstein)

A veces es curioso cómo un hecho de la infancia puede quedar grabado a fuego en la conciencia de una persona o cómo un suceso emocional hace que los recuerdos se fijen en la mente. Nunca le he contado esto a nadie, pero recuerdo perfectamente el día que descubrí la estupidez generalizada o, para no herir las sensibilidades de antiguos compañeros a los que recuerdo y tengo gran afecto, al menos el día que descubrí que era distinto a la hora de aceptar las verdades establecidas.

Estaba en una clase de Religión de 6º de EGB (ahora lo llamarían primaria), cuando el cura en cuestión, uno de esos cabrones que nunca debió haberse dedicado a la docencia, estaba explicando el Génesis.

Voy a hacer un pequeño inciso para explicar que, aunque ya es conocida mi falta de querencia por las instituciones católicas, nada tengo en contra de los curas por el hecho de serlo (incluso hay algunos que me parecen ejemplo de coherencia y de bondad y a los que guardo cierto cariño), como nada tengo en lo personal contra este del que hablo y de cuyo nombre no quiero acordarme (aunque recuerdo perfectamente). Cuando digo que era un cabrón y que nunca debió desempeñar labor alguna en el mundo educativo, lo digo a conciencia, pues fue la  persona a la que le vi meter dos de las hostias más escalofriantes que he “visto” en mi vida (el entrecomillado lo entenderán en la segunda).

Una de ellas se debió a que un compañero que estaba escribiendo en la pizarra no sabía la respuesta de vete tú a saber qué gilipollez de esas que el sistema educativo se empeñaba y se empeña en meternos a calzador. El cura en cuestión pasó por detrás de él y a traición le empujó la coronilla empotrándole la cara contra el encerado.

La segunda fue producto de un ejercicio de papiroflexia. Otro chaval al que habían expulsado de clase tenía un fraile hecho de papel con una pestaña en los pies de esas que se estiran y hacen que el muñequito de papel haga algo. El cura, mientras le echaba la bronca por la expulsión, vio tal ejercicio de creatividad y dijo que al menos tenía dotes artísticas… hasta que tiró de la pestaña. En ese momento al frailecillo de papel le salió de la sotana un pollazo que ríete tú del caballo de Espartero, con la consecuencia inmediata de un tortazo que hizo que la cabeza del malogrado compañero rebotara en los cristales de la ventana y, dado que todas las ventanas estaban conectadas, retumbaran al compás. Imagínense cómo sería la hostia, que mis compañeros y yo, que ni siquiera estábamos en esa clase, sino en la de al lado, escuchamos el golpe en las ventanas, enterándonos de lo ocurrido cuando salimos al recreo.

Bueno, pues volviendo al Génesis, en concreto al Génesis 2:17, el mencionado “educador” nos estaba explicando la historieta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Ya saben, que Dios que estaba aburrido ese día y no tenía otra cosa que hacer se estaba dando un garbeo por el Jardín del Edén y le dijo a Adán: “come higos o lo que te salga del ídem, menos del árbol ese que la espichas”. Después creó a los animales y a Eva, y la serpiente le dijo a Eva que eso de morir tururú, que si comían de ese árbol lo que ocurriría sería que adquirirían conocimiento y se convertirían en dioses pues sabrían distinguir el bien del mal. Y Eva, pensó: “la idea es cojonuda, pero este marrón no me lo como yo sola”. Total que comió y tentó al otro que era un poco calzonazos para que comiera también y se lio parda.

Yo, que ya conocía la historia, había reflexionado varias veces sobre algunas cuestiones que no me encajaban y tenía ideas un poco peregrinas. Primero, que Dios no era tan puro porque había mentido (no murieron). Segundo, que menuda injusticia el castigo para la serpiente que, además de dar conocimiento y libertad a los seres humanos, había dicho la verdad; y tercero, que si Dios no quería que comieran del dichoso árbol, no tenía que haberlo creado.

Plantear las dos primeras cuestiones era impensable desde todo punto de vista, pero con la tercera me animé y, bastante acojonado (por no decir del todo) y lleno de inocencia, levanté la mano en medio de clase para preguntar: “padre, una duda, si Dios no quería que comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal, ¿por qué lo creó?”.

Se pueden imaginar el descojone generalizado del resto de compañeros. Sin embargo, lo que yo recuerdo con asombrosa lucidez (y les garantizo que me carcome el no poder saber si esa imagen es certera y real o una mera distorsión por el paso del tiempo) más que el cachondeo, es la sonrisa nerviosa del cura, sus ojos mirándome con una expresión de entre desprecio y terror, y su explicación simplona diciendo que aquello era solo un cuento para explicar algo que estaba fuera de nuestro conocimiento y que no hacía falta que le buscáramos más justificación. Te lo crees o no, pero lo que implica lo aceptas.

Fue la primera vez que me planteé que, al menos para mí, no era suficiente una religión que estaba basada en cuentos que no necesitaban explicación. También fue la primera vez que maldije mi curiosidad como una condena y juro que durante un tiempo, intenté dejar de hacerme preguntas y encajar en lo que se supone, y donde se supone, que tenía que encajar.  Demasiada presión para un mocoso de apenas 12 años enfrentarse a sus compañeros, a sus profesores, a su colegio y al sistema de creencias de Occidente.

No duró mucho, quizás porque como buen Virgo según el horóscopo (otro cuento que tampoco necesita explicación), los virgos se preguntan el porqué de todo.

Desde hace mucho tiempo, agradezco en parte la condena de mi curiosidad, aunque no lo voy a negar, a veces me gustaría vivir en la felicidad del idiota que ni se hace preguntas ni necesita respuestas. Y conste que no quiero faltar al respeto a las creencias de nadie, todas me parecen respetables mientras no vayan contra los derechos civiles, muchas reconozco que ayudan a sacar lo mejor de algunas personas y a mí mismo me apasiona el estudio de los temas religiosos del que he sacado enseñanzas interesantes y válidas. Lo que critico es la aceptación ciega de dogmas y la ausencia intencionada de preguntas que se hacen algunos  en pro de una falsa seguridad que haga más fácil la vida (a este respecto recomiendo la serie de Castlevania, anime para adultos con un mensaje impecable, disponible en Netflix).

Hoy mientras tomaba una cerveza, estaba debatiendo con una buena amiga, muy religiosa cosa que como digo respeto, sobre religión; y mi hijo, que me da la impresión que es igual de bocazas que yo (que el dios que sea lo proteja), dijo que a él no le caían bien los curas y que no creía en esa religión, que él era “isotérico” y creía en los vampiros y los hombres lobo. Ella me miró con cara de: “ya te vale, que no crea en Dios y crea en esas cosas”, y aunque yo no dije nada, reconozco que pensé: “bueno a fin de cuentas ambos tienen la misma probabilidad de ser reales”: cuentos sin explicación basados en tradiciones, mitos y leyendas.

Salud y libertad…

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Reflexiones sobre educación espiritual

“Dios perdonará a los que le niegan; pero ¿qué hará con los que cometen maldad en su nombre?” (Jacinto Octavio Picón)

Determinar el tipo de educación que uno desea para su hijo es probablemente una de las decisiones más difíciles a las que un padre tiene que enfrentarse, al menos si uno no ignora o delega esta obligación, o si no desea ser responsable de que en el futuro su hijo se convierta en un auténtico gilipollas, de lo que ya existe bastante riesgo en una sociedad como esta que padecemos sin necesidad de que los padres aporten su particular contribución para tal fin. Realmente pocas cosas se me ocurren más tristes que imaginar a un sujeto en su lecho de muerte pensando que su hijo se convirtió en un cretino integral por culpa suya.

Teniendo esto en cuenta, conviene recordar una taxonomía existente en el ámbito psicopedagógico que señala cuatro grandes estilos educativos en función de la demostración de afectividad y receptividad comunicativa de los padres, por un lado, y de la exigencia de autoridad y respeto a las normas que se demanda, por otro. Tendríamos así la educación autoritaria, caracterizada por un alto nivel de disciplina, control y exigencia a la par que por una baja demostración de afecto y escasa comunicación; la educación democrática, con un alto afecto, apoyo e interés por el desarrollo del niño como individuo, sin que ello impida mantener una cierta exigencia y disciplina; la educación permisiva (también denominada laissez-faire), donde se da una demostración sincera de afecto y apoyo al menor, pero sin ningún tipo de exigencia y control de sus acciones; y la educación negligente, donde se aprecia una ausencia total de control y disciplina que se acompaña de distanciamiento afectivo cuando no directamente rechazo u hostilidad (lo que nos puede llevar a pensar por qué este tipo de padres decide tener un hijo en lugar de comprarse un cactus).

La adopción de un tipo u otro de estilo es importante pues hay estudios que indican que la educación autoritaria tiende a generar personas con baja autoestima, escasas habilidades sociales y con tendencia a la depresión; la educación permisiva, menores inmaduros e inseguros con baja tolerancia a la frustración y dificultades para la gestión emocional; la educación negligente, personas sin límites y sin empatía con baja valoración de sí mismas; y la educación democrática (que sería la ideal), personas empáticas y con alta autoestima, independientes y competentes tanto laboral como socialmente.

No obstante, esta es solo una de las categorizaciones educativas, pues existen varias, además de condiciones educativas sin tanto sustento académico detrás, pero que todos podemos comprobar en nuestro entorno. A mí, por ejemplo, me llama mucho la atención la concepción educativa (que me he encontrado alguna vez en consulta) de los psicópatas que consideran a los hijos propiedad suya y que, por tanto, pretenden convertirlos en mini-yoes a través de los cuales desarrollar su delirante idea de trascendencia.

O la de ciertos fanáticos que confunden educación con adoctrinamiento, tan actual en ciertas regiones españolas, y que se basa en ir inculcando emociones de odio al niño desde bien pequeño para que los papis puedan superar sus complejos y estar orgullosos de las ansias de heroísmo de la figura de su vástago, aunque ello implique convertirlo en un monstruo y crearle una situación de infelicidad perpetua.

Pero más allá de generalidades sobre las apreciaciones educativas hay diferentes contextos en los que los padres tendrán que mojarse buscando la adecuada educación de sus hijos para su desarrollo personal. Los padres tendrán que concretar una educación moral para sus hijos (¿es lícito utilizar la violencia con otro. En qué circunstancias?), una educación social (¿cómo se concibe al otro?), una educación sexual (¿cuál es la finalidad del sexo: reproducirse o disfrutar?), una educación académica (¿qué exigencia de formación considero básica?) y, desde luego una educación espiritual (¿existe un dios? ¿Hay algo más allá de la muerte?), incluso aunque esta consista en negar tal realidad.

A este respecto, siempre es bueno recordar el puritanismo de ciertos colegios religiosos estadounidenses donde “se prohibía la educación sexual”. Y es que negar tal educación, posicionándose en contra del acceso a la información sexual o incluso de la mera mención del tema delante de los niños, también es un tipo de educación, ya que transmite la idea de que el sexo es algo oscuro y pecaminoso que no debe ser tratado. Como se pueden imaginar, una postura ideal para el sano equilibrio mental de los futuros adultos, amén de un impulso motivador difícilmente igualable para la búsqueda de tan hermético secreto.

Algo parecido ocurre con la educación espiritual. Porque guste más o menos a los padres, creyentes o no, es una cuestión de tiempo que el niño sea consciente de la universalidad de la muerte y quiera conocer su misterio. Incluso es posible que tenga ciertos deseos de trascendencia, lo que puede llevarlo a desarrollar un gran potencial artístico o filosófico (por aquello de dejar un recuerdo en este mundo), o a la más firme autodestrucción si no sabe cómo enfrentarse a la pérdida de los que le van rodeando mientras espera su turno (duelos no resueltos que se denominan en el argot psicológico).

El problema de educar en este área está, como suele ser habitual, en la delegación de funciones. Y no porque compartir la labor educativa con ciertas instituciones sea algo criticable, que no solo no lo es sino que parece algo deseable, sino por el peligro de delegar esta función de forma completa a “especialistas“ que se sitúan en otro plano de conocimiento, lo que puede tener consecuencias nefastas.

Para muestra, el titular con el que despertábamos esta misma semana: “Un informe desvela 300 casos de sacerdotes depredadores sexuales y 1000 niños víctimas”. Una noticia que daba a conocer un nuevo escándalo de pederastia en la Iglesia Católica, hecho institucionalmente conocido y que trató de ocultarse como tantos otros.

Como tantos otros casos y como tantas otras instituciones, religiosas o no, que también tratan de guardar el polvo debajo de la alfombra (nunca mejor dicho). Basten como muestra los casos equivalentes en la religión musulmana, o los casos que el periodista Eric Frattini expone en su imprescindible libro: “ONU. Historia de la Corrupción”, donde muestra cuál es la moneda de cambio en los campos de refugiados de ACNUR o donde detalla el porqué de la expresión asumida por la población en zonas de conflicto bélico: “si ves a un casco azul, corre”. Si les aburre mucho el inigualable placer de la lectura pueden escucharlo aquí a partir del minuto 46 y del minuto 68.

Pero incluso prescindiendo del encubrimiento directo por parte de la religión católica a través, por ejemplo, de su vergonzante Instrucción: “Crimen Sollicitationis” o de sus equivalentes en otras confesiones, es por situaciones como estas por las que los padres deberían estar alerta y concienciarse de la necesidad, casi por supervivencia, de educar críticamente a sus hijos para hacerles conocedores de tres realidades:

La primera, que más allá de las creencias (o increencias) que tenga cada uno, nadie tiene contacto directo ni status privilegiado para contactar con el más allá ni con supuestos dioses y, por tanto, no existe un conocimiento arcano que exija someterse a las garras de supuestas autoridades religiosas y morales superiores que probablemente tengan el mismo conocimiento que cualquier otro mortal sobre la muerte y lo que existe o no más allá de ella. Bastantes problemas tiene aún la ciencia actual para determinar y definir el proceso de muerte, como para fiarnos de meros argumentos irracionales por muy respetables (no todos) que sean.

La segunda, que es muy lícito buscar el conocimiento metafísica o religiosamente pero siendo consciente de que tal proceso debe ser, en este caso, una búsqueda conjunta de saber y no un sometimiento a directrices o normas férreas y externas, ya sean aleatorias o interesadas.

Y la tercera, que bajo bellos discursos y bonitas palabras existen malnacidos que aprovecharán su posición como autoridad para explotar las emociones y empequeñecer a otros con el fin de conseguir sus propios fines, que en muchas ocasiones estarán repletos de todo lo contrario a aquello que dicen defender y donde seguramente no faltará un buen aliño de degeneración y perversión (muy lícita siempre que respete dos límites claros: ser entre adultos y entre dos personas que consienten libremente).

Salud y libertad

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Carta de Ancerverus a Lucifer

“Nacer es solamente comenzar a morir”

Saludos Luci:

Perdona la cercanía pero ya eres como de la familia, así que no me tomes a mal el exceso de confianza, que además te acerca homónimamente a mi mujer, cuyo parecido en sus momentos de indignación seguro que va más allá del simple nombre.

Llevaba tiempo pensando en escribirte como buen compañero de celda, pero con toda la morfina que nos inyectan para embotar los sentidos he querido esperar a tener el pulso firme y la cabeza despejada. Qué menos se merece un rey, o un dios, aunque para algunos hayas caído en desgracia.

Reconozco que durante un tiempo yo tampoco te tuve en alta estima. Conmigo también coló desde el principio la estrategia de convertirte en cabeza de turco de todos los males del mundo, dicho sea de paso con principios bastante ilógicos. Es decir, perdiste la guerra angelical, te confinaron en una celda en el Infierno, pero eso sí, los males del mundo creado por el tío que venció son responsabilidad tuya. Hombre, es extraño: si caíste derrotado en la batalla, buen intento y si triunfaste te podremos achacar culpas, pero las dos cosas… complicado.

Así que hay que reconocer que te endosaron con maestría el papel de chivo expiatorio que utilizan todos los grupos cuando quieren generar cohesión en los suyos y desviar la atención de su propia basura. No te culpes, miles o millones de años después la estrategia de crear un enemigo al que echar toda la mierda sigue siendo igual de eficaz, está en plena forma y funciona con la precisión de un reloj suizo.

Pero superado al menos mi propio proceso de adoctrinamiento y esculpido cerebral, ahora quiero darte las gracias por haberte enfrentado al sistema esclavista tal como hiciste. Siento empatía y mucha simpatía por los incomprendidos de noble intención, por los valientes desterrados y derrotados, aunque otros sibilinamente definan su enfrentamiento a los dogmas ajenos como el mal supremo.

Como Prometeo, que robó el fuego para ayudar a sus creaciones, tú mismo, que cometiste el terrible delito de querer dotar de conocimiento y libertad a los seres humanos, lo único que obtuviste como premio fue un profundo desprecio y severos castigos.

Ambos sabíais a lo que os enfrentabais y erais conscientes de la escasa probabilidad de éxito pero aun así lo hicisteis porque era lo que creíais que había que hacer y porque seguramente os queríais dar el gustazo de patear el pomposo culo de quien dirigía el cotarro con la prepotencia, arrogancia y soberbia de un dios temporal que subyuga con mano de hierro a sus súbditos esclavizados. Ese que además pretende que le alaben y adoren por su benevolencia y misericordia mientras te aprieta los huevos.

Es una bella alegoría del mismo destino que espera a quien tiene una intención real de cambiar este mundo nauseabundo de hoy que tu adversario creó y pretenden achacarte. Al estilo del mejor político, qué mejor que tener un esbirro para endosarle sus errores.

Porque tu problema en gran medida es de mala prensa. Y es complicado darle la vuelta a una información sostenida y difundida durante tanto tiempo y de forma tan machaconamente repetida por los medios oficiales. Ya lo decía Göbbels: “repite una mentira mil veces y se convertirá en una verdad” y si además tienes todos los medios de difusión bajo control, darle la vuelta es poco menos que misión imposible por muchos community manager que se pongan a tu vicio o a tu servicio en twitter.

Ya ves que bajando a los infiernos, cruzando el paraíso o en este insignificante teatro social poco cambian las cosas. El mundo de imágenes creado para cegar la realidad en que viven los habitantes de cada mundo puede variar, pero la única Verdad es su sometimiento a las normas de otro, al menos hasta que uno descubre de qué va el tinglado y decide inmolarse jodiendo su pequeña zona de confort para luchar, sin futuro ni perspectiva de éxito, solo porque como dice Loquillo: “la vida le quema”.

Así que te voy a contar cómo van las cosas por aquí. Las élites de este circo han creado un concepto bastante estúpido para envolver con oscuras ensoñaciones la lúcida mente de las gentes. Felicidad lo llaman. Sí, rómpete la caja, en este mundo de dios, o de dioses, han conseguido vender que uno puede ser feliz teniendo una casa más grande, un coche más grande, una tele más grande, una cuenta más grande y, joder, hasta una polla más grande. No, no es metafórico, hay hasta aparatos que se supone te estiran el cimbel unos centímetros. Los faltos de originalidad amantes del mete-saca creo que están encantados. Parece que la ponzoña, el hambre, las traiciones, el matarse por 5 céntimos, toda la escoria que nos rodea simplemente desaparece de la vista ante una polla enorme y un poco de telebasura si es en 50 pulgadas.

Recuerdo con frecuencia aquella frase de Gustavo Bueno cuando decía que no se detendría delante de alguien que dijera que es feliz ni para escupirle. Porque sinceramente para definirse como tal en este mundo nuestro hay que ser o profundamente imbécil (además de desinformado) o un grandísimo hijo de puta.

Se vive en una película. Ha calado hondo la intención de hacer vivir a los demás en el pasado y en el futuro, donde sea y cuando sea, menos aquí y ahora. Por eso la ansiedad, que no deja de ser anticipar el futuro, y la depresión, revivir constantemente el pasado, son las enfermedades de moda. Así pasa la vida sin camino, centrada en metas irreales o en caminos que no se han encontrado. Todo para que nadie pueda abrir su propio sendero. Es demasiado peligroso para el sistema.

Y como estrategia adicional para esta ficción, tabúes por todos lados: el dolor, el sufrimiento, la muerte… no existen. De forma permanente se trata de ocultar estas emociones a los ojos de ovejillas a las que se presupone demasiado estúpidas como para entenderlas y demasiado frágiles como para afrontarlas, al menos hasta que es demasiado tarde y se dan con ellas de bruces. Tan tarde que ya nada pueden hacer salvo darles la bienvenida y partir al otro mundo. Un adiós sin dar por culo. Estrategia perfecta.

Porque incluso si la simple visión de la realidad mostrara el sufrimiento como parte inherente de la vida o la muerte como proceso natural, caería la careta del espectáculo. En eso llevan mucho adelanto los góticos, esos de la tribu urbana que llevan camisetas con tu cara y que viven teniendo presente la muerte como medio para sacar el máximo potencial a su vida. Quienes entienden que incluso en las sensaciones dolorosas uno puede disfrutar el hecho de sentirse vivo. Huyendo de la mortificación y el martirio victimista al estilo cristiano, pero disfrutando de las emociones humanas, también las negativas, donde está la esencia plena de la vitalidad: una canción nostálgica tras una ruptura, un aprendizaje tras un proceso traumático o un brindis en la muerte de un amigo para celebrar el haberle conocido.

Vivir las emociones aceptándolas intensamente pero sin entrar en el terreno de la autodestrucción. Camino peligroso que te puede llevar desde un inicio prometedor…

antoniovega

hasta un triste final donde vence el sufrimiento

Pero es interesante hablar de destrucción, porque a pesar de que mi anterior reflexión pueda parecer vulgarmente sentimental, nada hay más lejos de mi intención. De nuevo no se trata de aceptar las emociones negativas con sufrida resignación cristiana, sino de no temerlas por miedo a ese futuro cinematográfico que pretenden que construyamos.

Hace poco hablaba con un amigo sobre los principios que guían al ser humano y llegamos a la conclusión de que al final todo se reduce a dos tipos de personas, las que pasan por este mundo intentando facilitar o hacer más llevadera la vida al resto, o los miserables narcisistas que quieren sentirse más y mejores jodiendo al prójimo, pisando la cabeza de otros para compensar sus sentimientos de inferioridad y sus complejos.

Es en este punto donde ya no vale la impostada seguridad de normas sociales absurdas para mantener el status quo. Siguiendo tu ejemplo quizás ha llegado el momento de decir basta a una moralidad formal extravagante para que los déspotas mantengan sus privilegios y su derecho de pernada.

Si hay que jugar a este juego, deberíamos plantearnos jugar con todas las consecuencias, con las mismas trampas de quien crea las normas, las rompe o las cambia a conveniencia. Ir al fondo, acompañar a quien llora y matar a quien mata (incluyendo sus cercanos) ignorando las reglas de quien las ha creado para que nada cambie. Miedo por miedo.

Si Satanás significaba adversario en arameo, podríamos adoptar ese rol para luchar contra quien pretende someter a otros imponiéndoles alabanzas en oscuridad y obediencia, no siguiendo un tramposo modelo generado para su perpetuación, sino creando el propio.

O recordando el Superhombre de Nietzsche, tan intencionadamente tergiversado para evitar su entendimiento, en la búsqueda de ser más, de alcanzar todo el potencial y pasar de potencia a acto como sugería Aristóteles. Asumir la imperfección para ir perfeccionándose.

En definitiva, evolucionar de hombre a dios, por encima del bien y del mal y con la búsqueda de una libertad real, asumiendo que se puede ser más libre en la cárcel que en la cúspide de una pirámide empresarial.

Salud y libertad…

P.D: No me digas que no tienes curiosidad por saber cuántos juzgan y valoran sin haber entendido ni una sola palabra. Ya lo comentaremos. Un abrazo.

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Esencia Humana (5ª parte)

“Lejos de mí esos que no saben su camino y pretenden enseñarlo a los demás. Esos que prometiendo tesoros te piden unas monedas” (Q. Ennio, s. III a.C.)

Tras comprobar algunos aspectos incoherentes o llamativos de dos de los principales filósofos que defienden la teoría de la virtud del ser humano, entiendo que hay dos motivos para creer en la inherente bondad humana: la inseguridad que supondría para el ser humano asumir que este tiene al menos una parte de perversión intrínseca, lo que haría más adaptativo formarse una ilusión; o bien, ser consciente de ella pero adoptar el discurso virtuoso por deseabilidad social o intereses particulares.

Sí quiero comentar en este punto que el no aceptar la natural bondad humana y el hecho de interesarme por su parte negativa, no implica que defienda la intrínseca perversión de este. A título personal simplemente creo en la dualidad y que el hecho de desplegar una u otra parte dependerá de las circunstancias y de las condiciones contextuales, pese a que ambos polos estén presentes (y latentes) en todos los seres humanos.

El caso de las religiones es particular, pues desde mi punto de vista se mueven en una permanente contradicción, al menos la mayoría de las que yo conozco. Así que veremos ahora algunas de estas contradicciones en el caso concreto de la Iglesia católica.

Pretender hablar de la Iglesia desde un punto de vista más o menos neutro o independiente de intereses es jugarse el tipo. Ocurre como en política, si se toma una perspectiva crítica, pronto tendrá un ejército que vendrá a atacarlo y denostarlo, pero contará también con férreos defensores. Si se toma una postura favorable, ocurrirá lo mismo pero cambiando el bando del equipo defensor y el atacante. Eso sí, si a uno se le ocurre tomar una postura intermedia, analítica y no partidista, tiene garantizado recibir bofetadas de todos sin distinción.

Por eso lo primero que quiero aclarar es mi postura personal sobre las religiones y sobre esta institución en particular, de la cual soy apóstata, apostasía que solicité ya hace algún tiempo y me fue concedida con anécdota incluida.

El día que fui a la oficina de Correos a enviar por correo certificado la declaración de apostasía, estaba delante de mí una anciana mujer hablando con la encargada, que muy resignada le trataba de explicar cómo enviar un paquete por correo. Como la buena mujer vio que la anciana no lo entendía muy bien y podría echar allí el resto del día, le pidió los datos y se dedicó a cubrir ellas los papeles y envolver el envío. La anciana, muy agradecida, le vino a decir algo como lo siguiente: “Ay, hija, que Dios te lo pague, que siempre tiene en cuenta a la gente buena y para eso envió a nuestro señor Jesucristo que murió por todos nosotros y nuestros pecados para salvarnos y hacernos mejores”. Yo me quedé alucinado, pensando que o aquello era una llamada del cielo para que no apostatara (hasta ahí pueden llegar años de adoctrinamiento religioso en la infancia) o que tanta casualidad tenía que ser producto de una coña del Universo. Pero como uno ya está curtido en sincronicidades y es acólito de Jung, seguí con el procedimiento, y la buena señora de Correos, al ver en el anverso del sobre “Declaración de Apostasía”, Arzobispado de Oviedo… después de haber recibido la clase de catequesis, me respondió después de echarse una sonora carcajada: “Te juro que algún día pienso escribir un libro con todo lo que me pasa en esta oficina”. Le animo a que lo publique porque aquí tiene un seguro lector.

No obstante, tengo que decir que mi condición de apóstata nada tiene que ver con ser antirreligioso como algunos piensan. De hecho, me defino como agnóstico, nunca como ateo, y como buen agnóstico de manual, me encanta el estudio de las religiones, la antropología y las creencias del ser humano, de las que uno puede sacar interesantes aprendizajes. Además, me encanta pasear por las Iglesias y especialmente por la catedral, donde se pueden encontrar unos minutos de paz y ambiente adecuado para relajarse y realizar ejercicios introspectivos. [Actualización 2019: se acabaron los paseos por la Catedral, que los cabrones, no contentos con pillar el dinero de los impuestos, han establecido una entrada a 7 euros].

Otro tema es el de las diferentes iglesias constituidas. No me gustan particularmente las jerarquías e instituciones religiosas (menos las dogmáticas) porque considero que no hay nada más alejado de la espiritualidad que la política y el materialismo, que desde mi punto de vista es a lo que se dedican en buena medida. Y particularmente en lo que respecta a la jerarquía católica, creo que ha tenido posturas absolutamente repugnantes en temas como la pederastia, el terrorismo de ETA y la discriminación, así que no la tengo en muy buena estima; lo que no quita para que también reconozca sin problemas su gran labor social.

Dicho esto, también creo que la Religión puede sacar lo mejor y lo peor de uno mismo. Así que bienvenida sea cuando ayude a un individuo a desarrollar su potencial como ser humano y extraer su lado más positivo, y maldita quede cuando se utilice para manipular, fanatizar y promover la ignorancia. De hecho, quizás esto lo único que nos muestra es que el problema no está en las religiones, sino en los individuos, por lo que quizás va siendo el momento de que dejemos de echar la culpa de las conductas propias y ajenas a las religiones, a la política, a la sociedad, a las drogas, a Internet… y empecemos a exigir responsabilidades a las personas.

Manifestada pues mi postura personal sobre la Iglesia y la religión, explicaré por qué me parece algo incoherente y contradictorio que la Iglesia católica (por ser la que más conozco, pero aplicable a muchas otras) defienda la natural bondad humana.

Para la Iglesia católica el ser humano es bueno por naturaleza en primera instancia porque está hecho a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-1:27), que además y por si fuera poco es bondad y amor infinito. Mi primera objeción viene precisamente sobre esta descripción de un dios que  según cuentas de Luis Andrés Jaspersen (citado por el ex-jesuita Salvador Freixedo*) se ha cargado nada menos que a 2.169.350 personas en el Antiguo Testamento. Incluso a pesar de que la irónica cuenta fuera inexacta (cosa muy probable), es obvio para cualquiera que lo haya leído, que su protagonista no rezuma precisamente bondad y misericordia. Así que o bien discrepamos en el concepto de bondad infinita, o desde luego hay una incoherencia manifiesta en pretender considerar al ser humano bueno, si es imagen de este dios en particular.

También me cuesta entender que esta institución defienda la bondad innata cuando a la par muestra un cierto afán rencorosillo bastante belicoso y salvaje, como puede desprenderse de leer el salmo 137:

Acuérdate, oh Jehová, de los hijos de Edom. En el día de Jerusalén. Quienes decían: Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos. Hija de Babilonia destruida, bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Bienaventurado el que tomará y estrellará tus niños contra las piedras” (Salmo 137:7-9)

Y ya puestos, tampoco entiendo muy bien esa contradicción constante entre la consideración del hombre bueno a imagen y semejanza de Dios, y la permanente obsesión del cristianismo en general con la condición del ser humano como pecador, cómo no, con especial mención al pecado original (el menos original de los pecados). De hecho, yendo más allá, no podemos olvidar que cuando según la Biblia Dios creó al hombre y la mujer a su imagen (Génesis 1:27) no nos está hablando de Eva (cuya creación se describe en Génesis 2:18-23), sino de Lilith (según interpretaciones de carácter rabínico que exceden ya el cristianismo y se adentran en el judaísmo), de la que según la tradición parte un buen linaje de demonios entre los que se encuentra el diablo Asmodeo. Por tanto, estoy dispuesto a premiar a quien consiga explicarme cómo es posible que un linaje de demonios parta de una mujer que es creada a imagen y semejanza de Dios, a no ser claro, que en el propio Dios esté la esencia del bien y del mal, lo que nos lleva al dualismo más humano que ya defendían los gnósticos y que me parece más acertado.

Pero en los diferentes post sobre este tema, ya se habrá visto que por encima de lógicas y razonamientos, lo que a mí me gusta es la casuística, la experiencia y los hechos concretos que en muchas ocasiones tienen más valor y son más descriptivos que las palabras. Por eso, vamos a ver ciertos aspectos biográficos de algunos de los máximos responsables de la Iglesia católica, esa que defiende la bondad del ser humano, para ver que en su propia conducta esta la propia negación de su argumento, porque hay casos en que ciertamente dejan por novatos a algunos de los asesinos más gore de las películas americanas de serie B.

Empezamos con el papa Esteban VI y el denominado Concilio cadavérico. Este papa, nueve meses después de la muerte del Papa Formoso, ordenó exhumar el cadáver de este, vestirlo con los ropajes papales y sentarlo en el trono para juzgarlo y poder declarar nula su anterior elección como Papa. Declarado culpable se le cortaron los tres dedos de la mano con los que daba las bendiciones y se declararon nulos todos sus actos como Papa. Sus restos fueron luego ocultados, pasando por varias estancias (incluido el ser nuevamente desenterrado y lanzado su cuerpo al Tíber por orden de Sergio III) hasta que finalmente se supone que fueron depositados en el Vaticano.

Otra figura ejemplo de bondad infinita es Arnaldo Amalric, arzobispo francés que tuvo gran importancia en la cruzada contra los cátaros. Cuando Simon de Monfort, el jefe de los cruzados le hizo notar que dentro de la ciudad también había “buenos” cristianos que nada tenían que ver con el objeto de la cruzada (cepillarse a los herejes cátaros), mujeres y niños incluidos, se dice que este respondió: “Matadlos a todos. Dios ya reconocerá a los suyos”. Aunque la frase y atribución probablemente no sean ciertas ya que la cita aparece en otros acontecimientos históricos, lo que sí es cierto es el asesinato de 17.000 hombres en el asalto a la ciudad de Beziers.

Continuamos con Pío XII, a quien el escritor John Cornwell, católico, pretendía defender de ciertas acusaciones que lo vinculaban con el Holocausto. Gracias a ello recibió un permiso especial de la Iglesia Católica para acceder a los Archivos Secretos Vaticanos, tras lo cual parece que su fe no puedo con su rigor histórico, escribiendo un libro titulado El Papa de Hitler, en el que narra el antisemitismo del personaje en cuestión. Ni que decir tiene que acabó también con la posibilidad de que cualquier otro historiador accediese al mencionado Archivo.

También tenemos a Juan XXIII, el Papa Bueno (manda narices), que parece que es quien aprobó la Instrucción “Crimen Sollicitationis”, que dirigida a los arzobispos, obispos y demás, establecía el procedimiento de actuación en caso de “pecados secretos” de miembros del clero, entre los que estaban por supuesto los casos de pederastia. El procedimiento exigía el absoluto secreto de los hechos, siendo su divulgación razón suficiente para ser objeto de la pena de excomunión, de ahí que algunos lo denominen “La Conspiración del Silencio”.

Y podríamos seguir mencionando cientos de casos concretos, pero para no alargar más el post, lo finalizaré citando a Eric Frattini*, que habiendo realizado un exhaustivo análisis de la Historia de los Papas nos habla de: 17 pederastas, 9 violadores y 10 proxenetas, amén de otros tantos cuyas conductas, aunque pueden entenderse como asunto única y exclusivamente de la incumbencia de sus practicantes, llaman la atención por la incoherencia que suponen con la doctrina católica.

Por tanto, una vez que hemos visto múltiples ejemplos de la vida diaria y ciertas críticas a filósofos e instituciones que nos muestran de forma bastante contundente que la bondad no es ni de lejos la esencia (o al menos la única esencia) de la naturaleza del ser humano, veremos en el siguiente post por qué el empeño de este en engañarse sobre su propia condición, lo que nos lleva a algunos principios elementales de la psicología.

[Continuación]

Salud y libertad.

* Freixedo, S. (1983). ¿Por qué agoniza el cristianismo? Madrid: Algar.

* Frattini, E. (2010). Los Papas y el Sexo. Madrid: Espasa.

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