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Políticos y psicopatía

1.- Qué es la psicopatía.

Si en una conversación cualquiera saliera a relucir el término psicópata, es probable que lo primero que nos viniera a la mente fuera la figura de algún asesino en serie como Hannibal Lecter o el desgraciadamente célebre, Charles Manson. Y en ambos casos, esta imagen visual respondería con toda seguridad a alguna fotografía o al fotograma de algún video publicado en los medios de comunicación, que no lo olvidemos, configuran el denominado cuarto poder debido precisamente a su capacidad de influencia.

El problema de los medios de comunicación es que al igual que pueden aprovechar su capacidad de difusión para informar a la ciudadanía con cierto rigor (siendo idealistas), también pueden optar por la desinformación y el sensacionalismo, creando en ocasiones prototipos de corte cinematográfico que se alejan de su referente real. Esto es precisamente lo que ha pasado con la figura del psicópata, con el consiguiente y peligroso descenso en el umbral de activación de defensas psicológicas de los ciudadanos.

(…)

Leer la entrada completa en este enlace del blog el Asterisco

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Infanticidio desde la perspectiva ecologica

“Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos” (Jacinto Benavente)

Vaya por delante que ojalá nunca hubiera tenido que escribir esta entrada o, al menos, que nunca la hubiera tenido que escribir a costa de un suceso concreto de final tan trágico como el del pequeño Gabriel, que en paz descanse. Sin embargo, más allá de los necios que prefieren vivir en un mundo fantasioso por miedo a aceptar la crudeza del mundo en el que viven, algunos sí quieren encontrar explicaciones. Así que lo siento por aquellos que prefieren vivir en lo que podemos llamar “el mundo compresa”, un mundo fino, limpio y seguro como los anuncios nos cuentan que son estas, pero deben saber que desgraciadamente esta visión no es real.

Y aunque explicar lo ocurrido desde la vertiente psicológica es altamente complicado por el nivel de inhumanidad de los hechos, voy a detenerme en unas pocas líneas para intentar exponer uno de los aspectos qué puede mover a cometer un infanticidio como el ocurrido.

El infanticidio humano es generalmente cometido por los propios padres biológicos, especialmente por la madre*, y desde una perspectiva de la ecología del comportamiento o incluso considerando las teorías evolutivas que conceden una importancia fundamental a la propagación de los genes, se basan en el principio de selección sexual y éxito reproductivo, o lo que es lo mismo, a la competencia por parejas con el fin de procrear y poder transmitir el legado genético, como si este garantizara la permanencia en el futuro de una pequeña parte de uno mismo.

Muchas son las especies, como los leones por ejemplo, en que la aparición de una nueva pareja de uno de los progenitores conlleva el asesinato de las crías de esta con su pareja anterior, con el fin de que los recursos, limitados, puedan ser invertidos en la crianza de los hijos propios y no de los ajenos, para que la hembra entre nuevamente en celo o simplemente para evitar competidores futuros.

Si esto ya es poco cruel de por sí, puede volverse incluso peor con el concepto de valor reproductivo, o lo que es lo mismo, la capacidad de un hijo para dar nietos a sus padres, propagando nuevamente el legado genético. Imaginemos una madre cuyo macho ha sido abatido y que ve que su única cría es débil o no va a salir adelante fácilmente. En este caso puede decidir matarla para buscar un nuevo macho con el que procrear, de forma que con la protección de este, nuevos hijos (y más) puedan adaptarse mejor al ambiente, dándole una descendencia futura mayor. Este fenómeno se ha estudiado ampliamente, siendo dos de las variables principales la edad de la madre y del hijo. Cuanto menor es el hijo y cuanto menor la edad de la madre en términos de fertilidad, mayor es la probabilidad de cometer infanticidio.

Esto como vemos puede operar de forma más o menos simple en distintas especies animales y justificar en ellas este tipo de conductas. De hecho, esto podría explicar mejor que el caso de Gabriel, el ahora posible asesinato de su hija, aspecto aún desconocido y que está por determinar con la reapertura de la investigación, aunque podría encajar en su perfil psicológico.

No obstante, afortunadamente, en los seres humanos la complejidad de las conductas es infinitamente mayor que en los animales, fruto de la cultura, la moral y otros muchos aspectos psicológicos. Así que, la presunta avería de esta elementa, de haberla y de confirmarse el hecho, tendría que estar muy por encima de tal posibilidad, incluyendo características de tinte psicopático, indubitables al conocer el tipo de asesinato cometido y su posterior comportamiento en el entorno familiar, con el fingido dolor de la desaparición y sus conductas teatrales de ayuda. Y es que, desgraciadamente, a veces el mal en sí mismo tiene poca explicación.

Aunque desgraciadamente este caso ya no tiene solución, quizás sí deberíamos tomar nota de los perfiles de personalidad de ciertos individuos para aprender y anticiparnos a casos futuros semejantes. Y por qué no decirlo, también a casos presentes en los cuales sujetos aparentemente bien integrados y de sonrisa fingida, ejecutan sus impulsos más bajos en contextos cercanos pero ocultos a la mirada social. Ya saben, aquel a quien se descubre con sorpresa tras varios años de perversiones, porque siempre saludaba a sus vecinos.

 

Salud y libertad…

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Reflexiones psicológicas sobre el caso Lubitz

“El tiempo saca a luz todo lo que está oculto y encubre y esconde lo que ahora brilla con el más grande esplendor” (Horacio)

tertulianoEn primer lugar pido perdón por tener la osadía de hablar del tema sin ser tertuliano ni ingeniero aeronáutico, profesiones que por formación y experiencia a la vista de lo escuchado en los últimos días, seguramente tengan mucho más fundamento para tratar el asunto. Pero aunque pobre psicólogo y prevencionista de riesgos algo especializado en la modalidad de psicosociología aplicada (esa que todo el mundo ignora o se pasa por el arco del triunfo hasta que ocurren sucesos como este), quería humildemente exponer algunas reflexiones.

Desgraciadamente, en un país con las peculiaridades de este en que vivimos, para lo bueno y para lo malo, hay una cierta tendencia a buscar la culpabilidad en lugar de la explicación, por lo que hay una máxima no escrita que se suele aplicar en el caso de la investigación de accidentes (y en casi cualquier situación donde haya que escurrir el bulto): si hay un fallecido, buscar el origen de la tragedia en él suele ahorrar mucho tiempo y por tanto dinero. Y si no lo hay, señalar al que pueda justificar el archiconocido “error humano”. No pretendo utilizar mi habitual ironía con un toque de humor negro aprovechando esta desgraciada tragedia, pero creo que por ser una realidad tampoco se puede dejar de mostrar. Ocurrió con el maquinista del accidente del AVE, ocurre ahora con el copiloto Lubitz y ocurre hasta en el vergonzoso caso de Bartomeu con Tito Vilanova.

Y cuidado, que no estoy diciendo con esto que el tal Lubitz no sea responsable directo, que tiene todas las papeletas para serlo aunque la investigación no haya finalizado, solo que hay una cierta tendencia a buscar ya de antemano una conclusión en forma de responsabilidad personal que evite costosas responsabilidades organizativas. Porque si Lubitz hizo lo que hizo fue sin duda porque la organización también falló al dejarlo ocupar la posición que ostentaba.

En todo caso, lo que quiero manifestar en esta entrada antes de analizar un poco la personalidad de este sujeto al hilo de lo que he leído sobre él en los medios (y por tanto con un rigor más bien justito), es la desvergüenza que han manifestado estos mismos medios de comunicación utilizando de forma sensacionalista el tema de los trastornos mentales para acrecentar sus ganancias, importándoles un auténtico bledo incrementar el estigma hacia las personas que ya bastante desgracia tienen con estar pasando por una mala situación.

En los últimos dos días he leído titulares como “Lubitz tenía un trastorno de ansiedad generalizada y desprendimiento de retina”, “Lubitz tenía Síndrome de burnout” o “Andreas Lubitz sufría una severa depresión”. Y sea o no cierta esta ligereza en los diagnósticos, lo que sí es cierto es que al mencionar de esta forma estos sucesos están haciendo que opere el mecanismo psicológico de asociación por yuxtaposición, que consiste básicamente en que si Lubitz tenía estos trastornos, y Lubitz estrelló el avión, estos trastornos pueden llevar a estrellar aviones, una falacia que no por el hecho de serlo deja de calar en la ciudadanía incrementando el estigma de los trastornos mentales.

Por tanto, sería de agradecer que los medios de comunicación actuaran con un poco más de responsabilidad y un poco menos de interés monetario, aunque todos sepamos que esto es como pedir a los políticos que sean honrados. La respuesta puede ser una sonora carcajada.

Por no extenderme demasiado es de sobra conocido, y no hace falta ser psicólogo para ello, que patologías como la depresión y la ansiedad no pueden desencadenar por sí mismas la decisión de algo tan brutal como decidir estrellar un avión repleto de pasajeros contra una montaña. La depresión en primer lugar porque generalmente tiene como principal síntoma un estado de ánimo decaído que deviene en inhibición conductual, por lo que incluso en casos extremadamente graves puede llevar a plantearse el suicidio, pero no el asesinato y menos el asesinato múltiple sin variables añadidas. Y el trastorno de ansiedad generalizada porque conlleva preocupaciones exageradas y un importante grado de tensión que no tiene relación alguna con la planificación de un hecho de semejantes características.

El Síndrome del trabajador quemado o burnout es menos conocido. Es una patología derivada generalmente de un prolongado estrés laboral y unas condiciones organizativas deficitarias que generan importantes problemas físicos y psicológicos, concretándose en tres dimensiones que afectan al trabajador:

  • Agotamiento emocional: Situación de cansancio psicológico y pérdida de recursos emocionales para hacer frente a las situaciones laborales y al estrés generado por el trabajo.
  • Deshumanización: Adopción de actitudes negativas, insensibilidad y cinismo hacia los usuarios o personas con quien se tiene contacto laboral.
  • Falta de realización personal: Evaluación negativa del trabajo, sensación de ineficacia profesional y baja autoestima personal.

En todo caso, y al igual que en los casos anteriores, tampoco supondría una explicación única plausible para el caso que nos ocupa.

burnout

En mi opinión, ya digo que sin un análisis exhaustivo y a tenor de lo leído en los medios de prensa, y suponiendo que sea real la hipótesis principal lo cual a estas alturas es mucho suponer, lo que nos encontramos es ante un caso sociopatía, muy probablemente generado por la frustración de la obsesión permanente en su vida de ser piloto.

Prescindiendo de las múltiples teorías y diferencias existentes, a veces contradictorias, entre la definición de sociópatas y psicópatas, yo coincido más con aquella que frente al entendimiento de la psicopatía como algo más inherente a la persona, temprano y, solo en ocasiones, producto de causas traumáticas más generales, entiende la sociopatía como un trastorno desadaptativo en contra de la sociedad como consecuencia de hechos concretos o interacciones sociales específicas que influyen sobre la emocionalidad y la conducta.

Prueba de ello es que tal y como señalan los medios, a Lubitz no se le reconocía otro hobby que su profesión, su obsesión era ser piloto y como señala algún compañero: “era un friki que estaba obsesionado y que habría muerto si no pasa las pruebas para ser piloto“.

Ante estos tintes obsesivos no sería de extrañar que, cada vez de forma más creciente, las diferentes dificultades que se iba encontrando en su anhelo de ser capitán y comandante de vuelos de larga distancia, producto de su historial de salud, se fueran haciendo más evidentes para él y que ello le generase un rechazo y odio creciente hacia el sistema que le iba a impedir “triunfar” en aquello a lo que había destinado su vida. Es decir, un fenómeno de externalización de la culpa con ansias de destrucción hacia lo que representaba la frustración de su sueño.

La baja médica que recibió y que le impedía volar el día del suceso y el desprendimiento de retina que podría haber acabado con su vida como piloto, probablemente pudieron actuar como desencadenantes de la situación.

mascaraResumiendo, vista frustrada su obsesión ante la imposibilidad de seguir ocultando su situación de salud que hubiera sido evidente en el siguiente reconocimiento médico, decidió no solo quitarse la vida, sino hacerlo en una acción que afectara gravemente a la imagen de la organización para la que trabajaba (que representaría el sistema al que ha culpabilizado de su fracaso), y con un acto lo suficientemente trascendente como para que se recordase su nombre. No olvidemos la confesión realizada a una exnovia a la que comentó: “Todo el mundo sabrá mi nombre y lo recordará

El fenómeno de la trascendencia es también característico de los grandes casos de asesinos en serie, asesinos múltiples o magnicidas como una forma de expresión desadaptativa de la megalomanía de determinados sujetos (más propia en este caso sí de los psicópatas que de los sociópatas), aspecto que podría incluso estar en la base de su obsesión. Ahí tenemos el caso de David Chapman que asesinó a Lennon simplemente porque quería que su nombre pasase a la Historia ligado al del segundo.

En fin, sea esta hipótesis acertada o no, lo que sí ha supuesto el caso es convertirse en razón suficiente para que las compañías aéreas, y la sociedad en general, empiece a tomarse un poco más en serio el factor psicológico. Porque es un poco surrealista que las pruebas psicológicas en el caso de los pilotos solo se realicen para la obtención de la licencia pero no en las revisiones periódicas, que atienden solo a criterios médicos y biológicos pero no psicológicos. Un absurdo si consideramos que buena parte de los trastornos mentales son sobrevenidos.

Y quizás, solo quizás, una prueba más de que muchas veces cometemos el error de considerar que todo el mundo se rige por principios y valores semejantes a los nuestros. Otro tema es que esos otros sean lo suficientemente inteligentes como para ocultarlos por deseabilidad social en las relaciones con los vecinos. Decir que era una persona entrañable y bondadosa o un vecino ejemplar, al igual que ocurre cuando se descubre a un asesino en serie o a un pederasta, es bastante sintomático de nuestro deseo de ser ignorantes al riesgo para vivir bajo una ficticia sensación de seguridad, porque ¿acaso pensamos que lo van a ir gritando por la calle?

Como decía Oscar Wilde: “El hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia, darle una máscara y os dirá la verdad”. Y créanme que hablar con personas bajo la máscara, aspecto que ha permitido el anonimato de internet es a la par adictivo… y aterrador.

Salud y libertad

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