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Psicología del buenismo irresponsable

Orígenes psicológicos

En una de las escenas de la reveladora película sobre política vaticana “El Padrino III”, la hija de Michael Corleone, Mary, habla con su primo Vincent, del que está enamorada, interrogándole para que le cuente lo que sabe de su padre. Este le responde que es un gran hombre y un héroe que salvó a la familia, pero Mary tiene serias dudas y le pregunta más directamente si mató a su hermano o si todo lo que se dice sobre él es cierto. Vincent replica que solo son historias y Mary finalmente acepta esta versión diciendo: “Está bien, quiero creerte”.

En ese quiero creerte se encuentra la base psicológica de muchos de los comportamientos desadaptativos que podemos apreciar en el contexto socio-político actual, desde el buenismo irresponsable del que hablaremos hasta el sectarizado y fanático comportamiento inherente a las conductas propias del independentismo catalán.

[…]

Entrada completa en este enlace del blog el Asterico.

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La prueba del hijo

Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años” (Mark Twain)

Uno de los problemas con que me encuentro en consulta de cara a determinar si un hecho es adaptativo o no para un paciente (los psicólogos huimos de la dicotomía bueno/malo como de la peste), lo genera el hecho de que en muchas ocasiones ni tan siquiera la propia persona con la que se confronta la realidad de un fenómeno, sabe a ciencia cierta qué piensa de él.

Hay muchas causas que pueden influir en esto, desde el desconocimiento del porqué se hace/busca algo, hasta la existencia de variables externas que pueden influir en realizar una conducta o simple mecanismos de autoengaño como la negación o la proyección reactiva.

¿Debo mandar a la mierda a mi jefe que es lo que me apetece desde hace meses?, ¿debo decirle a mi mujer que llevo 5 años poniéndoles los cuernos con su hermana?, ¿tengo algún problema por meterme 7 cubatas al día como llevo haciendo diez años? Minucias de este tipo.

Sin embargo, una de las estrategias que sorprendentemente es más eficaz para aclarar la propia mente de las personas en terapia (recordemos que como profesionales no conviene dar respuestas cerradas o imponer nuestra verdad, sino hacer que el paciente encuentre la suya, su respuesta), consiste en algo tan simple como preguntarle: ¿Si tu hijo estuviera en tu misma situación qué te gustaría que hiciera?, ¿si tu hijo estuviera en tal situación a quién recurrirías?…

Lógicamente, esta estrategia tiene algunos inconveniente, dos fundamentalmente.

En primer lugar solamente es válida para aquellos que tienen hijos. No, no vale decir yo tengo un sobrino y lo quiero como a un hijo o cosas por el estilo. No es lo mismo, lo siento. Las emociones que subyacen a los propios pensamientos de cómo uno vive la paternidad (incluyendo la maternidad, no se vayan a poner nerviosas las feministas) son tan importantes como el propio procesamiento cognitivo y, por mucho que podamos empatizar con un padre o una madre, el tipo de amor que se genera entre padres e hijos y sus implicaciones no se puede entender plenamente hasta que se vive.

De hecho es curioso que, me tomo un aparte para comentar este aspecto, el cariño más similar en cuanto a las características de afecto y expresión que he encontrado al amor padre/hijo es el que algunas personas pueden llegar a manifestar por sus mascotas cuando llevan juntos muchos años (perros y gatos fundamentalmente). Ya sé que a los amantes moralistas del juicio ajeno les parecerá una barbaridad lo que estoy diciendo, pero desgraciadamente para la conducta humana, las emociones no se rigen ni por el juicio sumarísimo de otros ni, gracias a dios, por el juicio de lo políticamente correcto. Las emociones se tienen o no se tienen y remarcando que se trata de una semejanza, recuerdo algún caso en el que hubo que tratar el duelo patológico producido por la muerte de un animal querido. Lamento mucho que esto moleste algunos, pero quizás estos deberían plantearse entonces si están errando la pregunta y en lugar de preguntarse: ¿qué clase de persona puede amar más a un animal que a otra persona?, debieran preguntarse: ¿qué clase de humanidad hemos generado para que las personas aprecien más a los animales que a sus propios congéneres? Personalmente, de inicio desconfío de las personas a las que no les gustan los niños y los gatos.

Volviendo al tema inicial, el segundo inconveniente es que nos guste o no, hay padres a los que sus hijos les importan un auténtico bledo. Desde los que los consideran meros complementos instrumentales para sus fines, lo que lleva a sucesos desgraciados que estamos hartos de ver, hasta quienes sencillamente carecen de la capacidad de aceptar a otro, aunque sea su propio hijo, buscando clones de sí mismos para perpetuarse pero considerándolos su propiedad, no seres libres e independientes con derecho a buscar su propio camino (exclúyanse de este apartado esos momentos en que los hijos la lían parda y nos apetece estrellarlos contra una pared de hormigón. Eso entra dentro de lo “normal”).

Pero salvo estos dos inconvenientes y si se cumplen los criterios es una técnica de primera. Pasemos a la práctica. Ya comenté en varias ocasiones en el blog quién era Antonio Salas, el periodista infiltrado en grupos neonazis, poniendo este ejemplo: si un hijo suyo empezara a frecuentar estos círculos y estuviera preocupado por él y tuviera su oportunidad, ¿preguntaría a Antonio Salas que ha vivido, comido y respirado con ellos o le preguntaría a un sesudo académico que ha escrito cien libros del tema en su biblioteca tras enviar a su legión de becarios a pasar cuestionarios y entrevistas? Quizás ahí encuentre una respuesta del verdadero valor que da usted al conocimiento académico y a la Universidad como centro de saber.

¿Preferiría que su hijo fuera un consumidor abusivo de alcohol o un consumidor abusivo de cannabis? Sí, ya lo sé, ninguno de los dos, pero mójese. Ahí está su verdadera actitud ante las diferentes drogas. Si su hijo tuviera una enfermedad crónica cuyas dolencias únicamente disminuyeran con el consumo de una droga ilegal, ¿se la compraría? Ahí está su verdadero posicionamiento ante el cumplimiento de las leyes.

Si su hijo fuera víctima de bullying, el centro escolar tratara de minimizarlo u ocultarlo para salvar su imagen y las denuncias se convirtieran en procedimientos burocráticos eternos mientras su hijo recibe estopa un día sí y un día también, ¿seguiría esperando una resolución judicial o reventaría a guantazos a los bastardos que lo están atormentando? Ahí la confianza que le merece el sistema como protección de su integridad.

¿Preferiría que su hijo fuera un yupi farlopero ambicioso y podrido de dinero que vaga con absoluto desprecio de la vida ajena o preferiría que fuera un perroflauta marginal feliz que organiza talleres gratuitos y pulula haciendo malabares libremente de ciudad en ciudad? Ahí su criterio sobre el valor del dinero.

Desde los casos más extremos hasta las simplezas más absolutas es un buen punto de referencia. Dejo la recomendación para quien pueda considerarla de utilidad.

Salud y libertad

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Reflexiones psicológicas sobre el caso Lubitz

“El tiempo saca a luz todo lo que está oculto y encubre y esconde lo que ahora brilla con el más grande esplendor” (Horacio)

tertulianoEn primer lugar pido perdón por tener la osadía de hablar del tema sin ser tertuliano ni ingeniero aeronáutico, profesiones que por formación y experiencia a la vista de lo escuchado en los últimos días, seguramente tengan mucho más fundamento para tratar el asunto. Pero aunque pobre psicólogo y prevencionista de riesgos algo especializado en la modalidad de psicosociología aplicada (esa que todo el mundo ignora o se pasa por el arco del triunfo hasta que ocurren sucesos como este), quería humildemente exponer algunas reflexiones.

Desgraciadamente, en un país con las peculiaridades de este en que vivimos, para lo bueno y para lo malo, hay una cierta tendencia a buscar la culpabilidad en lugar de la explicación, por lo que hay una máxima no escrita que se suele aplicar en el caso de la investigación de accidentes (y en casi cualquier situación donde haya que escurrir el bulto): si hay un fallecido, buscar el origen de la tragedia en él suele ahorrar mucho tiempo y por tanto dinero. Y si no lo hay, señalar al que pueda justificar el archiconocido “error humano”. No pretendo utilizar mi habitual ironía con un toque de humor negro aprovechando esta desgraciada tragedia, pero creo que por ser una realidad tampoco se puede dejar de mostrar. Ocurrió con el maquinista del accidente del AVE, ocurre ahora con el copiloto Lubitz y ocurre hasta en el vergonzoso caso de Bartomeu con Tito Vilanova.

Y cuidado, que no estoy diciendo con esto que el tal Lubitz no sea responsable directo, que tiene todas las papeletas para serlo aunque la investigación no haya finalizado, solo que hay una cierta tendencia a buscar ya de antemano una conclusión en forma de responsabilidad personal que evite costosas responsabilidades organizativas. Porque si Lubitz hizo lo que hizo fue sin duda porque la organización también falló al dejarlo ocupar la posición que ostentaba.

En todo caso, lo que quiero manifestar en esta entrada antes de analizar un poco la personalidad de este sujeto al hilo de lo que he leído sobre él en los medios (y por tanto con un rigor más bien justito), es la desvergüenza que han manifestado estos mismos medios de comunicación utilizando de forma sensacionalista el tema de los trastornos mentales para acrecentar sus ganancias, importándoles un auténtico bledo incrementar el estigma hacia las personas que ya bastante desgracia tienen con estar pasando por una mala situación.

En los últimos dos días he leído titulares como “Lubitz tenía un trastorno de ansiedad generalizada y desprendimiento de retina”, “Lubitz tenía Síndrome de burnout” o “Andreas Lubitz sufría una severa depresión”. Y sea o no cierta esta ligereza en los diagnósticos, lo que sí es cierto es que al mencionar de esta forma estos sucesos están haciendo que opere el mecanismo psicológico de asociación por yuxtaposición, que consiste básicamente en que si Lubitz tenía estos trastornos, y Lubitz estrelló el avión, estos trastornos pueden llevar a estrellar aviones, una falacia que no por el hecho de serlo deja de calar en la ciudadanía incrementando el estigma de los trastornos mentales.

Por tanto, sería de agradecer que los medios de comunicación actuaran con un poco más de responsabilidad y un poco menos de interés monetario, aunque todos sepamos que esto es como pedir a los políticos que sean honrados. La respuesta puede ser una sonora carcajada.

Por no extenderme demasiado es de sobra conocido, y no hace falta ser psicólogo para ello, que patologías como la depresión y la ansiedad no pueden desencadenar por sí mismas la decisión de algo tan brutal como decidir estrellar un avión repleto de pasajeros contra una montaña. La depresión en primer lugar porque generalmente tiene como principal síntoma un estado de ánimo decaído que deviene en inhibición conductual, por lo que incluso en casos extremadamente graves puede llevar a plantearse el suicidio, pero no el asesinato y menos el asesinato múltiple sin variables añadidas. Y el trastorno de ansiedad generalizada porque conlleva preocupaciones exageradas y un importante grado de tensión que no tiene relación alguna con la planificación de un hecho de semejantes características.

El Síndrome del trabajador quemado o burnout es menos conocido. Es una patología derivada generalmente de un prolongado estrés laboral y unas condiciones organizativas deficitarias que generan importantes problemas físicos y psicológicos, concretándose en tres dimensiones que afectan al trabajador:

  • Agotamiento emocional: Situación de cansancio psicológico y pérdida de recursos emocionales para hacer frente a las situaciones laborales y al estrés generado por el trabajo.
  • Deshumanización: Adopción de actitudes negativas, insensibilidad y cinismo hacia los usuarios o personas con quien se tiene contacto laboral.
  • Falta de realización personal: Evaluación negativa del trabajo, sensación de ineficacia profesional y baja autoestima personal.

En todo caso, y al igual que en los casos anteriores, tampoco supondría una explicación única plausible para el caso que nos ocupa.

burnout

En mi opinión, ya digo que sin un análisis exhaustivo y a tenor de lo leído en los medios de prensa, y suponiendo que sea real la hipótesis principal lo cual a estas alturas es mucho suponer, lo que nos encontramos es ante un caso sociopatía, muy probablemente generado por la frustración de la obsesión permanente en su vida de ser piloto.

Prescindiendo de las múltiples teorías y diferencias existentes, a veces contradictorias, entre la definición de sociópatas y psicópatas, yo coincido más con aquella que frente al entendimiento de la psicopatía como algo más inherente a la persona, temprano y, solo en ocasiones, producto de causas traumáticas más generales, entiende la sociopatía como un trastorno desadaptativo en contra de la sociedad como consecuencia de hechos concretos o interacciones sociales específicas que influyen sobre la emocionalidad y la conducta.

Prueba de ello es que tal y como señalan los medios, a Lubitz no se le reconocía otro hobby que su profesión, su obsesión era ser piloto y como señala algún compañero: “era un friki que estaba obsesionado y que habría muerto si no pasa las pruebas para ser piloto“.

Ante estos tintes obsesivos no sería de extrañar que, cada vez de forma más creciente, las diferentes dificultades que se iba encontrando en su anhelo de ser capitán y comandante de vuelos de larga distancia, producto de su historial de salud, se fueran haciendo más evidentes para él y que ello le generase un rechazo y odio creciente hacia el sistema que le iba a impedir “triunfar” en aquello a lo que había destinado su vida. Es decir, un fenómeno de externalización de la culpa con ansias de destrucción hacia lo que representaba la frustración de su sueño.

La baja médica que recibió y que le impedía volar el día del suceso y el desprendimiento de retina que podría haber acabado con su vida como piloto, probablemente pudieron actuar como desencadenantes de la situación.

mascaraResumiendo, vista frustrada su obsesión ante la imposibilidad de seguir ocultando su situación de salud que hubiera sido evidente en el siguiente reconocimiento médico, decidió no solo quitarse la vida, sino hacerlo en una acción que afectara gravemente a la imagen de la organización para la que trabajaba (que representaría el sistema al que ha culpabilizado de su fracaso), y con un acto lo suficientemente trascendente como para que se recordase su nombre. No olvidemos la confesión realizada a una exnovia a la que comentó: “Todo el mundo sabrá mi nombre y lo recordará

El fenómeno de la trascendencia es también característico de los grandes casos de asesinos en serie, asesinos múltiples o magnicidas como una forma de expresión desadaptativa de la megalomanía de determinados sujetos (más propia en este caso sí de los psicópatas que de los sociópatas), aspecto que podría incluso estar en la base de su obsesión. Ahí tenemos el caso de David Chapman que asesinó a Lennon simplemente porque quería que su nombre pasase a la Historia ligado al del segundo.

En fin, sea esta hipótesis acertada o no, lo que sí ha supuesto el caso es convertirse en razón suficiente para que las compañías aéreas, y la sociedad en general, empiece a tomarse un poco más en serio el factor psicológico. Porque es un poco surrealista que las pruebas psicológicas en el caso de los pilotos solo se realicen para la obtención de la licencia pero no en las revisiones periódicas, que atienden solo a criterios médicos y biológicos pero no psicológicos. Un absurdo si consideramos que buena parte de los trastornos mentales son sobrevenidos.

Y quizás, solo quizás, una prueba más de que muchas veces cometemos el error de considerar que todo el mundo se rige por principios y valores semejantes a los nuestros. Otro tema es que esos otros sean lo suficientemente inteligentes como para ocultarlos por deseabilidad social en las relaciones con los vecinos. Decir que era una persona entrañable y bondadosa o un vecino ejemplar, al igual que ocurre cuando se descubre a un asesino en serie o a un pederasta, es bastante sintomático de nuestro deseo de ser ignorantes al riesgo para vivir bajo una ficticia sensación de seguridad, porque ¿acaso pensamos que lo van a ir gritando por la calle?

Como decía Oscar Wilde: “El hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia, darle una máscara y os dirá la verdad”. Y créanme que hablar con personas bajo la máscara, aspecto que ha permitido el anonimato de internet es a la par adictivo… y aterrador.

Salud y libertad

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Mi experiencia en la UNED: 7 años de martirio y vergüenza (3ª parte)

“Las cifras no mienten, pero los mentirosos y farsantes también usan cifras” (Anónimo)

Alumno de la UNED ante un test cuya respuesta correcta para cada pregunta es la letra D

Ya comentamos en las dos primeras partes del tema algunos aspectos verdaderamente sangrantes en la UNED, su peculiar sistema de estudio/memorización y la “veneración” que sienten por la figura del alumnado, lo que se refleja en el trato despótico y maleducado que le profesan.

Pero todavía nos queda por mencionar algún otro aspecto que no tiene nada que envidiar a los anteriores. Así que hoy abordaremos el tema de la evaluación entenidéndola en sentido amplio: la evaluación de los propios docentes para su selección, la evaluación que estos hacen a sus alumnos y la que los últimos pueden hacer de los primeros y sus asignaturas.

En el primer punto nos encontramos también con un déficit generalizado de la institución universitaria: los profesores universitarios no saben evaluar, y raramente enseñar. La base del problema está aquí en otra extraña peculiaridad del sistema universitario, y en concreto de su función docente, y es que se presupone que los docentes universitarios serán buenos profesores sencillamente porque… son buenos investigadores, aunque no tengan ni idea de enseñanza, ni lo que es peor, del campo profesional real en el que se supone van a enseñar a sus alumnos a ejercer. Algo llamativo.

Lo irrisorio del tema es que la mayoría de los profesores además de un ejercicio mediocre de la docencia tienen la desfachatez de reírse abiertamente de los criterios pedagógicos y docentes de enseñanza, y con esa arrogancia lógicamente, no es raro que su desempeño profesional sea aberrante, con el consiguiente sufrimiento de sus pupilos.

En todo caso esto es una perversión del propio sistema y de la forma de evaluación que existe para acreditarse como docente universitario, donde por ejemplo para la figura de profesor titular podemos comprobar que 60 puntos de 100 corresponden a criterios de investigación, 30 puntos a experiencia docente (de los cuales 7 son por material docente y publicaciones relacionadas con la docencia) y 10 a formación académica y experiencia profesional (6 a formación académica, 2 a experiencia profesional y 2 a otros méritos)

Resumiendo, que resulta sorprendente que a quien va a enseñar a otros a moverse en un campo y a ejercer con destreza su profesión, solo se le pida un 2% de méritos en dicha competencia para acreditarse como profesor titular y un 60% de puntuación correspondiente a criterios de investigación. Si existe interés otro día entramos en la farsa de cómo se consiguen publicaciones a base de talonario vía congresos (subvenciones con dinero de todos aparte para su organización y asistencia), revistas y demás.

Así nos encontramos con docentes universitarios que enseñan a futuros profesionales a establecer diagnósticos psicológicos cuando no han hecho uno en su vida, a cubrir partes de accidentes laborales cuando solo conocen la plantilla (¿estás de acuerdo @joamiran?) o a pontificar sobre cómo educar a los niños cuando lo más cerca que han estado de uno es paseando por el parque.

Con estas bases de conocimiento del ejercicio profesional y de los principios de enseñanza, no es extraño pues que la docencia y su resultado dejen bastante que desear, algo que es especialmente doloroso para los alumnos cuando después de trabajar y estudiar durante cierto tiempo (algunos) tienen que enfrentarse a las evaluaciones. Y en esto en la UNED son unos auténticos “genios”.

A mí siempre me ha llamado la atención que de un tocho de mil páginas un profesor no sea capaz de sacar 30 preguntas tipo test que cumplan los requisitos mínimos de objetividad (de ahí que los exámenes tipo test se denominen pruebas objetivas). No entro ya en otros requisitos de calidad que se aconseja que cumplan este tipo de pruebas como no formularlas en negativo, no incluir dos cláusulas en una… Esto ya sería para nota. Pero ni eso, los docentes de la UNED tienen una curiosa afición por la originalidad y claro, esto hace que las reclamaciones sean un auténtico campo de champiñones.

Estudiantes de la UNED esperando la llegada del tutor para reclamar un examen tres horas después del inicio del horario de tutoría

Estudiantes de la UNED esperando la llegada del tutor para reclamar un examen tres horas después del inicio del horario de tutoría

Aquí vemos un hilo titulado “Queja formal exámenes psicobiología segunda semana” en el cual hay 170 intervenciones (fueron más posteriormente). Como ven solo tuve la paciencia de leer las primeras 50, pero les aseguro que todas iban en la misma línea y no precisamente para alabar el trabajo del equipo docente.

Queja 1

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Aunque claro, a los equipos docentes tampoco les preocupa excesivamente este hecho, porque si conjugamos su falta de competencia evaluadora con su desprecio al alumno, nos encontramos con que se pasan por el arco del triunfo tanto las quejas como las reclamaciones, ya sean por vía formal o informal.

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A veces dicho sea de paso con estrategias tan nauseabundas como la que nos cuenta el compañero Emilio: apurar los plazos para que no haya tiempo material a constituir comisiones de revisión antes de que las actas sean oficiales, lo que dificulta más aún la variación en las calificaciones.

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Sintetizando, que siendo breve y como bien dice nuestro compañero David de forma más gráfica y enfática, hacen lo que les da la gana, porque como endiosados que están LA verdad es SU verdad y punto en boca.

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Por supuesto, al alumno siempre le quedará el derecho al pataleo contestando los cuestionarios de satisfacción de las asignaturas, donde eso sí, tendrá que ajustarse a los limitados caracteres del apartado observaciones, pues las preguntas tipo test previas están tan milimétricamente planteadas y tan convenientemente sesgadas como las de los exámenes.

Así, el cuestionario plantea interrogantes como: ¿Se le ha informado de las formas para contactar con el equipo docente? Por supuesto que se nos ha informado, el problema es que no contestan por ninguna de ellas y se las pasan por salva sea la parte.

Con el detalle añadido de que en la mayor parte de las ocasiones los plazos de cumplimentación del cuestionario finalizan antes de que se publiquen las plantillas de exámenes y por supuesto la calificación final. Otra de esas azarosas casualidades de la UNED.

Y todo ello, sin considerar aún el tema referente a la evaluación práctica de los contenidos, aunque como ya comentábamos unir evaluación y práctica sea en esta institución un chiste de mal gusto.

Primero porque rara vez se consideran, y segundo porque cuando lo hacen, pueden llegar a suponer una verdadera comedia. Así, generalmente se entienden por contenidos prácticos lecturas adicionales a las del manual o ejemplos del mismo, llegando al absurdo de incluir en el examen teórico cuestiones como si Juan el del tema 4, tenía trastorno de ansiedad, de depresión, o mixto. Esto es lo que se entiende en la UNED como práctica y en el campo pedagógico como supina tomadura de pelo.

En definitiva, podemos decir que la evaluación en la UNED es desde todo punto de vista otra carrera de obstáculos, una más, para mayor gloria del sometimiento del alumno a directrices absurdas y aleatorias.

Y con su permiso, finalizaré ya el tema UNED en la próxima entrada comentando de forma muy breve algún otro aspecto adicional de caracter político y administrativo.

 Salud y libertad…

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Mi experiencia en la UNED: 7 años de martirio y vergüenza (2ª parte)

“La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano” (San Agustín)

Comentábamos en la primera parte de esta entrada un grave problema de la UNED, el de su concepción de aprendizaje como memorización infinita de manuales de escasa calidad, pero con todo, no es ni de lejos uno de sus mayores inconvenientes.

Si el Espacio Europeo de Educación Superior pretendía consolidar otro pilar en la educación universitaria era el de aplicar los principios constructivistas a las enseñanzas de este ciclo, para lo cual se debía colocar al alumno como centro del proceso de enseñanza-aprendizaje, tomando esa expresión tan manida de que “es necesariamente el alumno el que construye su propio aprendizaje”.

Una consecuencia directa de ello, es por ejemplo el hecho de que los créditos universitarios pasen de medirse en horas lectivas (1 crédito = 10 horas lectivas, lo importante es el proceso de enseñanza y por tanto el docente) a horas de trabajo efectivo del alumno (1 crédito ECTS = 25 horas de trabajo del alumno, lo importante es el proceso de aprendizaje y por tanto el estudiante)

Pero claro, si la UNED ya se pasó por el arco del triunfo la temporalización en créditos no iba a ser menos con este otro principio del proceso de Bolonia, proceso del que por cierto todo el mundo habla pero que pocos conocen aunque la Declaración de Bolonia, normativa derivada aparte, conste de apenas tres folios. Así que en la UNED, uno sale con la extraña sensación de que el estudiante es un ser siniestro que quiere aprovecharse del sistema para ir aprobando asignaturas sin trabajarlas, recurriendo a toda clase de trampas aprovechándose de las lagunas del sistema, y donde por tanto los equipos docentes han de actuar como pulcros inspectores que acrediten policialmente el rigor de lo estudiado.

Esta concepción queda magistralmente expuesta en un hecho concreto, la constatación de que cualquier trabajo práctico o actividad realizada al margen del papagayeo habitual, debe ser posteriormente evaluada en una prueba memorística para garantizar que es el propio estudiante el que la ha realizado. Así, el estudiante es un ser del que de antemano hay que desconfiar. Seguramente el muy sinvergüenza ha hecho un copia-pega de alguna página de internet o plagiado el trabajo de algún compañero de un curso anterior, por lo que las prácticas no solo no deben valorarse ni considerarse a priori como trabajo efectivo del alumno, sino que su autoría debe ser validada, como no, a través de pruebas memorísticas posteriores. Y oye, si no las ha hecho él al menos garantizamos que le jodemos lo suficiente como para que se las tenga que empollar.

Estudiante de la UNED en el mes de enero

Tampoco vamos a ser injustos, todos sabemos que en la Universidad, presencial o no, el copia-pega existe, los colegas dejan trabajos de otros años y que hay quien incluso aprueba a base de echar polvos, pero al menos en estos tres casos, las Universidades presenciales (al menos las que yo conozco) no invierten la carga de la prueba, presuponiendo que el trabajo lo ha hecho el alumno al menos hasta que se le pilla con todo el equipo. Dicho de otro modo, es el docente el que tiene que demostrar que el discente ha hecho trampas y no se presupone de antemano que lo ha copiado de forma inmoral o que ha aprobado la asignatura porque ha hecho un privado (y fantástico) examen oral, lo que exige inventar algún sistema que garantice la autoría.

Y claro, con esta concepción, que vuelvo a insistir es una sensación personal, no es extraño que acabemos en lo que ya no es una sensación sino un hecho constatado, que es el trato soberbio, despótico, despectivo, maleducado y en ocasiones amenazante, con el que muchos equipos docentes tratan a sus alumnos, en ocasiones incluso a través de los foros públicos para absoluta fascinación del resto de alumnos que presencian la película. Coged palomitas, que os cuento la mía.

En el curso 2009-2010 cursaba las asignaturas por entonces cuatrimestrales Psicopatología I y Psicopatología II coordinadas por un inigualable amante de las letras, y especialmente de los calificativos literatos. Yo había realizado una pregunta en uno de los foros sobre el funcionamiento de la asignatura respondida con un sonoro silencio que se mantenía mes y medio después, así que tras un par de semanas sin respuesta, había enviado un mail que, siguiendo la tónica general, había sido respondido con otro prolongado mutismo. Fue entonces cuando, siendo el mes de Noviembre ya avanzado creo recordar, y teniendo los exámenes del primer cuatrimestre en Enero-Febrero, varios alumnos empezaron a quejarse de que el manual de estudio no solo no estaba disponible en las librerías sino que además desde la editorial comentaban que iba a tardar “un poco” en estar disponible (he de decir que yo sí lo tenía). Tras todo ello, y algún aspecto más que me repateó entonces pero que ya no recuerdo, escribí en el foro general de la asignatura un hilo titulado “Me siento insultado por el equipo docente” donde, al margen de la dureza del título, siempre con respeto y educación exponía la completa e inexcusable falta de planificación y organización de la asignatura y pedía se solventasen todos los problemas. La respuesta, esta vez sí rauda y veloz, fue un mensaje del mencionado coordinador calificándome públicamente de “ponzoñoso” y echando balones fuera de todos y cada uno de los problemas que se le comentaban: si no estaba disponible el manual que él o su equipo habían seleccionado para su asignatura (y del cual era coautor, oh casualidad), era problema de la editorial; si no había respuesta al mail sería por problemas tecnológicos, y lo más gracioso, uno de los foros de SU asignatura, aquel en el que yo había solicitado información, no estaba disponible para él, por lo que el problema sería del centro asociado de Asturias. Desde entonces siempre me he preguntado cuánto cobra del dinero de nuestros impuestos el coordinador de una asignatura de la UNED y cuáles son exactamente sus funciones.

Eso sí, no voy a quejarme yo demasiado por el hecho de que los docentes sientan una absoluta indiferencia por el alumnado hasta el punto de responderle solo a lo que les venga en gana. Mi compañera Eloísa lo ha tenido peor…

 

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Otra anécdota simpática ocurrió en determinada asignatura cuando tras el enésimo mensaje crítico con el trabajo del equipo docente, por supuesto sin respuesta, apareció uno halagando su actuación (siempre hay alguien que a río revuelto…). Faltó tiempo para agradecerle a nuestra distinguida compañera su alabanza…

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Tampoco voy a escandalizarme por la pésima educación y la falta de respeto en las respuestas, como el ejemplo de contestación señalado en el cual un docente se permite (des)calificar públicamente a uno de sus estudiantes tildándolo de ponzoñoso (aspecto que sin duda confirmará nuestro amigo si llega a leer estas entradas), y denunciado por los propios alumnos en los foros múltiples veces…

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Lo que ya me parece el colmo es que alguno se permita el lujo directamente, y no hablo en términos jurídicos sino lingüísticos y sociales, de amenazar a sus alumnos ante la más leve crítica. Aquí tenemos un caso pero yo personalmente he presenciado varios en los cuales equipos docentes responden con mensajes donde amenazan a los alumnos con suspenderles la asignatura, expulsarles de los foros, anularles la matrícula… ¿Se me escapa algo o el derecho a la educación es como expone el compañero un derecho fundamental que no puede ser eliminado tan alegremente por la más irrisoria estupidez?

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En fin, una tónica general que los muy morbosos pueden disfrutar ya sea husmeando en los foros de internet o en el buscador Google, donde podrán pasarlo pipa escrutando sus entradas para encontrar noticias como esta publicada por el diario El Mundo sobre el buen hacer de la Facultad de Derecho “Denuncia masiva de alumnos por prevaricación en la Uned”.

Y en definitiva, un hacer profesional que deja mucho que desear en el trato y que en la empresa privada supondría un despido automático. No obstante, ya que llevo varios años memorizando teorías ajenas y con el fin de realizar una aplicación práctica de lo aprendido, me vais a permitir que trate de establecer un modelo teórico sobre la docencia en la UNED, y así de paso os cuento la teoría triangular de Sternberg sobre el amor, que tiene mucho éxito entre aquellos que la descubren.

La teoría triangular de Sternberg señala que el amor es una combinación de tres dimensiones: pasión, intimidad y compromiso. La combinación de estas dimensiones da lugar a los diferentes tipos de amor. Si hay pasión e intimidad, nos encontramos ante el amor romántico, si hay solo pasión se trata de encaprichamiento, y así sucesivamente hasta que si se dan conjuntamente las tres dimensiones, encontramos el amor pleno. El problema es que esas tres dimensiones van cambiando con el paso del tiempo.

 

 

Bien, pues equiparando este modelo triangular, se me ocurre que podríamos plantear tres dimensiones que plenamente conjugadas den lugar a la ineptitud docente completa, porque un hecho que siempre me ha llamado la atención es que, en cuanto a docentes universitarios se refiere, el nivel de soberbia es inversamente proporcional al nivel de competencia. A más soberbia, menos competencia, y a más grandeza, cercanía y humildad.

 

modelo1

Ahí lo dejo como hipótesis por si algún friki de la investigación gusta de someter a prueba el modelo.

En todo caso, aunque como ya se ha señalado el vejatorio trato al alumno sea otra de las características principales de la UNED, probablemente la más inaceptable, todavía hay más. En la tercera parte veremos el inigualable mundo de la evaluación.

Salud y libertad…

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El laboratorio de marihuana y el canon AEDE

“Toda mentira de importancia necesita un detalle circunstancial para ser creída” (Prosper Mérimée)

osoHay días en los que uno comienza a leer el periódico y se da cuenta de que o bien lo de fichar a becarios con escasa formación y mal pagados está empezando a pasar factura a los medios de comunicación, o bien los profesionales del sector necesitan un curso de psicología básica para ejecutar con menos torpeza su mala intención de tergiversar la información para manipular a las masas.

Quizás ya el grado de infravalorar al lector ha llegado a tal nivel que no se toman ni la molestia de enmascarar un poquito sus intentos de esculpir sus falsas verdades en la plebe, pero no deben olvidar la premisa básica de que para que algo cale en el lector como una verdad, lo primero es que no se note mucho la patraña. Vamos, que este no se dé cuenta de que lo están llamando imbécil a la cara directamente. Buen momento para recordar nuestra entrada previa “Cómo saber si te toman por imbécil

Y es que el mundo de la psicología ha avanzado una barbaridad, y determinadas estrategias han demostrado su eficacia de forma asombrosa como ya hemos comentado múltiples veces en este blog. Especialmente las que no se difunden demasiado pero se utilizan en abundancia, las que se esconden en las grandes empresas bajo medidas de seguridad casi más férreas que las propias patentes de sus productos, o las que se saltan los principios del código deontológico al estilo Isinbayeba (esas que todos sabemos que “no existen” y son solo producto de “la conspiración” como bien dicen los que viven en el mundo de la piruleta, calle de la gominola).

Entre ellas por cierto, es destacable la de utilizar medias verdades o detalles circunstanciales sacados de contexto de hechos ciertos para construir la realidad alternativa que queremos inocular. Si alguno de ustedes quiere desprestigiar a su vecino o vender un producto o una realidad a otro por la razón que sea, esto es mano de santo.

En todo caso, volviendo al caso que nos ocupa, creo que por todo lo anterior es justo y necesario exigir a los medios que intentan engañarnos y cincelarnos sus dogmas, o mejor dicho los dogmas de sus amos, algo más de profesionalidad.

Porque es bastante hilarante entrar en la página web de un diario de cierta tirada en Asturias y leer el siguiente titular: “Hallan un laboratorio de marihuana en González Besada tras una riña familiar”. ¡UN LABORATORIO DE MARIHUANA!

 

Reconozco que cuando me encuentro con algo así no suelo ser capaz de reprimir el impulso y por tanto, como hombre débil que soy, cedo a la tentación de entrar al envite de forma automática.

En este caso, oh sorpresa, era uno de esos nuevos subproductos que se encuentran en la modalidad de noticia solo para suscriptores, con lo cual solo se me permitía leer el titular, la entradilla que decía “La Policía Local descubre detrás de un armario un cubículo equipado para el cultivo de cannabis propiedad de un menor” y el inicio de la misma: “Una discusión familiar sirvió ayer para que la Policía Local descubriera un laboratorio para el cultivo y…” (Para continuar leyendo hazte suscriptor por 1 €).

El problema es que no teniendo acceso a la edición impresa y tampoco ninguna intención de hacerme suscriptor de ningún diario, mucho menos para leer chorradas como las que infiero seguían en la redacción del artículo, no podía saciar mi insana y patológica curiosidad, lo que me generaba intranquilidad y desasosiego.

Porque claro, debido a ello no sabía si el chavaluco en cuestión era un pedazo de crack que se había montado un habitáculo alquímico de la de dios para extraer la esencia de THC de sus cogollos potenciando así los efectos y vendiéndolo como extracto puro de la sustancia, o simplemente que el redactor de la noticia (me inclino por ello) pretendía darle un toque sensacionalista al asunto tratando de sugerir que los porritos de la familia (que además generan una violencia desmedida que deviene en graves conflictos familiares, por los que además te pillan con el carrito del helado) son sustancias corrosivas que necesitan de un proceso de refinado altamente elaborado al estilo de la cocaína o las metanfetaminas, convirtiéndolas en mil veces más dañinas y potencialmente mortales que el cianuro. Ya saben, para que luego el intrigante señor con sombrero que las regala a la puerta de los colegios con intención de hacer adictos jóvenes, que además es un genio como inversor a largo plazo, se saque una buena tajada.

En fin, que no había solución, la duda permanecería ahí instalada oscureciéndose hasta el fin de los días, y mi cerebro dándole vueltas en una zona recóndita de su profundo inconsciente.

plantacion de zanahorias

Moderno laboratorio de genética molecular

Pero superado el trauma y cuando para nada me preocupaba ya el asunto en la conciencia racional, cometí el error de leer la noticia que narraba como el Congreso enviaba al Senado la reforma que endurecía la Ley Sinde aceptando el canon AEDE, o tasa google, que básicamente es un pago que el Gobierno se saca de la manga y que obliga a los agregadores de noticias tipo menéame o incluso redes como twitter donde los enlaces son muy habituales, a retribuir a los medios a los que enlazan. Aquí está bastante bien explicado.

Dicho de otro modo, el Gobierno, con dinero ajeno, paga a los medios de comunicación y diarios que controla el salario para que sigan ejerciendo como buenos esbirros, lamiendo la mano que les da de comer. Así, los medios siguen ejerciendo de meretrices reduciéndose el juego a una mera negociación por el precio del servicio, al estilo de la anécdota del genial Groucho Marx:

Preguntaba Groucho Marx: “Señorita, ¿se acostaría usted conmigo por un millón de dólares?”

“Por supuesto”, respondía ella.

“¿Y por un dólar?”, contestaba Groucho.

“¿Qué se cree usted que soy?”, reprochaba la dama ofendida.

“Lo que usted es ya ha quedado claro, ahora estamos negociando el precio”

Unos dictan y otros difunden. Y los que difunden cobran gracias a los que dictan, que casualmente son los que legislan, de los que leen, de los que enlazan, de la publicidad y hasta de quienes los mencionan para ponerlos a parir. Qué bonito trabalenguas.

Así que en esas estaba, dándole vueltas a la genialidad de que un diario cobre de la publicidad y de las propias víctimas de sus mentiras por orden de quien le redacta los cuentos según conveniencia, cuando el inconsciente traicionero que se oculta en una aleatoria activación de patrones de la red neural me saltó por los aires. Como si las conexiones cambiaran la dirección de los impulsos eléctricos y los recuerdos de la vieja noticia se mezclaran con la actual. En cristiano, cortocircuito mental.

Y me vino a la cabeza la definición de droga como: “toda sustancia que introducida en el organismo por cualquier vía es capaz de actuar sobre el sistema nervioso central, provocando una alteración física o psíquica, con capacidad de cambiar el comportamiento de la persona”. Y mezclé el concepto de sustancia con el de información y el de información con el de las noticias prefabricadas en un laboratorio social, aunque no fuera de marihuana.

Y aquel señor inquietante se quitaba el sombrero en la puerta del colegio y pervertía a la juventud de forma totalmente gratuita en pro de vete tú a saber qué inversión siniestra a largo plazo. Y tenía el careto de Wert. Y en lugar de regalar drogas, venía a cobrar el canon AEDE a jóvenes frikis que agregaban noticias en aplicaciones programadas por ellos mismos por simple ocio o a modo de práctica informática.

Y al joven chaval le caían dos soplamocos, uno por porrero y otro por poner un enlace en twitter. Y la riña familiar no era por tratar marihuana en un laboratorio, sino porque una famosilla detestable había mostrado su pezón derecho en lugar del izquierdo en un programa de telebasura, y el medio de comunicación en cuestión, por orden del Gobierno, había decidido que ese tipo de información era el único al que podían acceder los jóvenes sin pagar.

Y menéame ya no era un agregador de noticias donde la sociedad podía informarse, opinar de política, discutir, despellejarse o debatir sobre lo que a uno le diera la gana, sino una página porno donde a los jóvenes y los no tan jóvenes sí se les permitía acceder sin cuota de acceso para dar buen uso al nombre de la web.

Y cuando estaba en pleno ataque de pánico, rayando en la locura, apliqué la técnica de parada del pensamiento al grito de ¡Basta! Y en lugar de seguir leyendo los enlaces prefabricados que otros interesadamente me enviaban, decidí vaciar una habitación y mi mente para dedicarme a la química, donde ahora en la clandestinidad, cual forajido al estilo Breaking Bad, llevo mi propio laboratorio de tomates y alcaparras.

 

Salud y libertad…

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La verdad sobre el metilfenidato

“Cuando el sabio señala la luna el necio mira el dedo” (Confucio)

hiperactividad08

Diagnóstico clínico: niño

Tras haber desmitificado la leyenda urbana del tampodka y haber argumentado por qué parece bastante probable que sea una aberración aplicar el método Estivill de forma generalizada siendo una técnica conductista para un trastorno específico, hoy me vais a permitir que pase a analizar la verdad sobre el metilfenidato en primera persona.

Para aquellos que no andéis muy al día en cuanto a tratamientos farmacológicos, el metilfenidato es un medicamento psicoestimulante (similar a las anfetaminas) que se administra frecuentemente a los niños diagnosticados de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, más conocido por TDAH, y que se vende en España generalmente bajo la marca comercial Concerta (o Ritalin).

Ya he comentado varias veces en el blog que vivimos en una sociedad hipermedicalizada e hipermaterialista en la que habitualmente la salud de las personas (incluso niños) pasa a un segundo plano si de sacar beneficio económico se trata. Pero en este caso la cosa se ha descontrolado sobre manera, así que me vais a permitir que inicialmente os cuente mi experiencia práctica con el susodicho fármaco para posteriormente reflexionar sobre cómo le podría afectar a un niño y finalmente saquemos conclusiones sobre la adecuación del camino emprendido.

En primer lugar tengo que decir que la obtención del fármaco fue una casualidad. Iba caminando por la calle tranquilamente pensando en esta entrada de blog cuando de pronto y sin previo aviso me encontré un frasco con dos pastillas de metilfenidato, lo cual fue un alivio pues así pude seguir con mi proyecto sin caer en ningún tipo de irregularidad administrativa o jurídica en su obtención. ¿Me pillan, no?

concerta

Así pues debido a esta azarosa sincronicidad kármica mi compañera y yo pudimos iniciar la experiencia sin mayores problemas. He de decir que en este caso, el análisis en vivo lo hice acompañado de una psicóloga patria amante del conocimiento (como alguno ya nos definió), lo que siempre se agradece tanto por el sentimiento de compartir experiencia como por el de poder cotejar variables.

Como ya sabéis la fijación que tengo por los datos fisiológicos generales os incluyo aquí los datos de tensión arterial y pulsaciones, tanto míos como de mi anónima compañera, desde la toma de la medicación, para que podáis comprobar que si bien ambos estamos como robles, la diferencia entre alguien que come donut a menudo y una deportista que se cuida no pasa desapercibida a simple vista.

Tiempo

Hombre

Mujer

Sistólica

Diastólica

Sistólica

Diastólica

Previo

13,9

7,5

12,9

8,4

30 min

13,2

7,7

12,5

8

1 hora

13,1

8

12,2

7,8

2 horas

14,1

8,4

13,4

8,7

4 horas

12

7,5

12,9

8,2

grafica

En nuestra experiencia, las apreciaciones subjetivas se comienzan a sentir a partir de los 15 minutos desde la toma del fármaco. A la media hora el efecto ya es notorio y ambos señalamos una clara sensación de “estar colocados” con una percepción de flotamiento en la cual la mente parece disociarse ligeramente del cuerpo, como si cada uno fuera por su lado. Es ciertamente una sensación difícil de explicar, pero que se mantiene hasta que prácticamente desaparecen los efectos, lo que en nuestro caso ocurrió aproximadamente a las 5 horas desde la toma.

El efecto más notable junto con esa sensación, también coincidente y señalado por separado, es el de un enlentecimiento motor acompañado de una aceleración cognitiva limitada a los procesos de atención selectiva y atención sostenida, destacando una tendencia importante a centrar dicha atención en las señales interoceptivas (sensaciones internas del propio cuerpo) y exteroceptivas (fundamentalmente de carácter auditivo, llegando a centrar la atención en ruidos lejanos). Asimismo, ambos señalamos la propensión a centrar la atención en estímulos absurdos con breves y aislados momentos de bloqueo (es decir, quedar dos o tres veces durante 30 segundos zombificados mirando la nada o concentrados analizando detalles sin sentido como el matiz de los colores, brillo…). Mencionar en este punto mi hilarante y minucioso análisis de los rasgos faciales de Lady Di durante más de un minuto cuando me disponía a leer esta noticia en el diario El Mundo.

También mencionar que no obstante, en todo este periodo no se pierde la capacidad crítica o de juicio, cosa evidente cuando al leer la noticia siguiente me vino el mismo pensamiento que en cualquier otra ocasión, y que por dulcificarlo un poco viene a ser: “Qué tipo más incapaz”.

Otro efecto notable es la dificultad para recuperar la atención cuando esta se desvía a un nuevo estímulo que la requiere. Así, si cambiamos el foco de atención por cualquier circunstancia nos será ciertamente complicado devolver la atención al estímulo original y especialmente recuperar el procesamiento que habíamos realizado alrededor de este, algo muy semejante a las pérdidas de memoria a corto plazo que ocurren al estar bajo los efectos agudos del cannabis.

Mi compañera también mencionó un incremento en la intensidad y percepción de los olores, efecto que a mí me sucedió media hora después, quizás producto de la sugestión por habérmelo sugerido previamente.

A partir de la segunda hora se mantiene solo la sensación de “colocazo” y en mi caso se produjo una sensación subjetiva de aceleramiento interoceptivo, hecho que como se puede comprobar en los datos de la gráfica no se corresponde con un cambio fisiológico real, ya que solo hay una subida de 3 pulsaciones respecto al origen y ninguna desde la toma de datos previa una hora antes. A esto se acompañó cierto dolor de cabeza y una sensación inconcreta entre hambre o náuseas de carácter muy leve. Mi compañera solo señaló una cierta reacción de bienestar difuso.

A las cuatro horas ya solo quedaba en mi caso dolor de cabeza y un embotamiento cognitivo que desapareció a partir de la quinta hora cuando se desvanecen todos los efectos. En el caso de la psicóloga, los efectos finalizaron un tiempo antes. Sí se menciona en ambos caso un moderado bajón emocional ya mediada la tarde y una incapacidad para conciliar el sueño por la noche, unido en mi caso a una importante percerpción de resaca a la mañana siguiente.

Hasta aquí la experiencia subjetiva pero transparente de dos adultos con el medicamento, ahora las inferencias. Teniendo en cuenta que este fármaco se utiliza fundamentalmente para niños a partir de los 6 años: ¿qué creen ustedes que puede llegar a experimentar, a pensar y a vivir un niño de 7 años al que se le da semejante medicación? (o dopaje en palabras de Marino Pérez, catedrático de psicopatología de la Universidad de Oviedo). Porque la cosa va más allá, en nuestro caso hemos tomado un comprimido de 18 miligramos de liberación prolongada, pero es que los hay de 36 mg y ¡de 54! Aspecto a lo que hay que añadir que nosotros sabemos que lo tomamos, somos conscientes de que va a haber algo en nosotros que no funcione en condiciones de “normalidad” y somos capaces de interiorizar y analizar sus efectos. ¿Sería capaz de hacer esto un niño de tan corta edad? Difícil.

Por otro lado, vistos los efectos, ¿sería realmente útil para favorecer el rendimiento académico? Podría pensarse inicialmente una respuesta afirmativa si consideramos que el medicamento garantiza la concentración, pero ¿es capaz el medicamento de establecer la dirección de dicha atención? La respuesta no parece ya tan clara y sí mucho más discutible, especialmente a la vista de estudios como este. Todo esto por no mencionar que nosotros hemos tomado un comprimido aislado pero que en los casos de tratamiento farmacológico la toma se produce con carácter diario. Algo bastante espeluznante.

Por supuesto, alguien podría decirnos que nosotros somos adultos con el cerebro hecho y derecho (al menos teóricamente) pero que lógicamente esto se receta a chavales con un diagnóstico establecido y por tanto con una función cerebral distinta, argumento que sería muy válido si no llega a ser porque el efecto paradójico de la medicación ha sido ya descartado por la literatura científica, que tampoco ha podido demostrar que exista ninguna variante genética ni ningún biomarcador asociado al TDAH, como demuestra de forma inapelable el catedrático Marino Pérez en su libro: “Volviendo a la normalidad. La invención del TDAH y del trastorno bipolar infantil“, que recomiendo. El mismo por cierto que de forma valiente ha ido más allá afirmando en esta entrevista que “El TDAH no existe, y la medicación no es un tratamiento sino un dopaje

Si a esto sumamos que “El psiquiatra que “descubrió” el TDAH confesó antes de morir que “es una enfermedad ficticia”  (aquí tienen los germanoparlantes el artículo original) podremos afirmar al menos que existe una duda razonable sobre la validez de dicho trastorno.

Así que con la experiencia práctica, que podemos asegurar no sería nada recomendable para un chaval, con los potenciales riesgos existentes que hemos inferido más alguno demostrado, con la escasa efectividad para el rendimiento académico que parece generarse y con ese último toque creativo, ¿cómo se puede justificar el continuo incremento del diagnóstico y del tratamiento farmacológico?

Aquí tenemos un primer problema que como siempre es el de tratar de etiquetar y proponer un diagnóstico único para lo que puede ser un conjunto de síntomas variables, más cuando en esas ansias diagnosticadoras subyacen intereses económicos entre los propios profesionales que establecen los mismos y las compañías farmacéuticas, ávidas de cualquier cosa que pueda entenderse como pretexto para generar clientes (que no pacientes) crónicos. Un conflicto de intereses que ha quedado patente con la publicación del DSM V con la consecuencia lógica de poner patas arriba todo el sistema diagnóstico de trastornos mentales.

Y es que, volviendo a nuestro caso, produce perplejidad leer en el propio prospecto del metilfenidato que: “Se desconoce la etiología específica de este síndrome, y no existe una única prueba diagnóstica. Para un diagnóstico adecuado es necesario recurrir a la psicología clínica y especializada, y a los recursos sociales y educativos”

Porque si analizamos “síntomas” como: dificultad para prestar atención, fácilmente distraíble, labilidad emocional, hiperactividad moderada… podemos llegar al absurdo de diagnosticar a todos los niños del mundo, lo que siguiendo la línea de Marino nos puede hacer pensar que quizás estemos patologizando la infancia misma. Porque dejando en el aire la posibilidad de que para algunos (pocos) sujetos sea necesaria una medicación como esta, siempre para una sintomatología muy específica, especialmente grave y en casos muy puntuales, parece exageradísima la ligereza con que se utiliza y más aún con la que algunos pretenden utilizarla.

Todo ello, considerando el segundo problema que viene cuando los profesionales, en ocasiones por petición paterna y en ocasiones por iniciativa propia, se dejan llevar por el camino más cómodo y fácil, que es el que lleva hablando en plata, a una hipermedicación fundamentada en que los niños no den la lata. En definitiva, medicar a los niños para que no molesten a sus padres, como bien deja claro el Informe de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos presentado en el Comité de los Derechos de los Niños de las Naciones Unidas, titulado: “Riesgo creciente de la infancia en España debido al mal diagnóstico y uso de psicofármacos” y que pone los pelos como escarpias.

En definitiva, quizás los profesionales del ámbito que sea: médicos, psiquiatras o psicólogos, deberían informar de forma veraz a los padres, señalándoles las certezas científicas existentes y sobre todo las alternativas de tratamiento psicológico no farmacológicas, en lugar de aprovecharse de su supuesta autoridad profesional para lucrarse drogando a los niños en el peor de los casos, o tirando por el camino fácil para quitarse el problema de encima en el mejor.

Comenzaba esta entrada con el dicho de Confucio: “cuando el sabio señala la luna el tonto mira el dedo”. Sabiendo que muchos se quedarán en mirar el dedo del fácil escándalo por la impostura social de juzgar el haber consumido un fármaco (como tantos otros se quedaron en la parte anecdótica de si uno se mete o se deja de meter un algodón por el culo con el tema del tampodka), espero que al menos algún otro observe la luna, y vea que hay alternativas antes de ponerse a drogar a los niños sin razón en base a comodidades o ajenos intereses económicos. Aunque solo sea uno, habrá valido la pena.

Salud y libertad…

P.D: Permitidme que os incluya a toro pasado esta excelente entrada que me han hecho llegar. ¿Por qué hay muy pocos niños franceses hiperactivos?

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