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Reconfigurando la figura del pedagogo

“Antes de casarme tenía seis teorías sobre el modo de educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ningún teoría” (John Wilmot)

Corría el año 2013 cuando publiqué en el blog la entrada “Reivindicando la pedagogía”, un alegato en favor de la figura de este profesional tan denostado y en el que comentaba ya algunos problemas en la formación de esta figura.

Desgraciadamente (o no), como decía el profesor Antonio Escohotado solo algunos cretinos llevan a gala eso de no cambiar su criterio a lo largo del tiempo fingiendo coherencia, lo que denota o bien su escasa ampliación de conocimientos en base a la lectura o bien su incapacidad de aprendizaje en base a la experiencia.

Cuatro años después, mi percepción, ahora como docente a tiempo más que parcial del Grado en Pedagogía, no puede ser más descorazonadora. Primero porque creo que se está literalmente engañando a los alumnos que con buena intención se acercan al mundo de la educación y segundo porque la rigidez de esquemas de algunos junto con los intereses económicos de otros, los están abocando a un futuro sin salida.

Es por esta razón, y porque desde mi perspectiva la figura del pedagogo sí tiene sentido (si las cosas se hacen bien), por la que creo que es absolutamente imprescindible redefinir la figura y formación del pedagogo. En caso contrario, quizás sea más honesto plantearse su desaparición, más que nada para no jugar con el futuro de terceros.

En primer lugar, hay que redefinir cuál es el papel del pedagogo. En la entrada mencionada hablábamos de los campos profesionales a los que estaba destinada esta figura. Sin embargo, tras conocer un poco más el mundo laboral (no solo desde la perspectiva del palacete de mármol universitario y de los libros blancos que todo lo soportan, sino desde el mundo real de la búsqueda de empleo), lo cierto es que la figura del pedagogo tiene un margen de actuación muy limitado. Y este margen se reduce (salvo algunas excepciones, que las hay), al campo de la orientación escolar o educativa en los centros escolares, al de la intervención educativa (en el sector público o privado) o al de la formación en empresas (lo que incluye la gestión de la formación).

El Libro Blanco o el perfil competencial podrá decir que tiene un amplio porvenir en el campo de los museos, de la intervención social o bla, bla, bla, pero lo cierto es que eso es falso y que el papel que tiene en otros campos al margen de los señalados es residual o totalmente secundario. En la práctica diaria, dentro del ámbito de la intervención social siempre se contratará antes que a un pedagogo, a un educador social o a un psicólogo si se trata de intervenir, con el añadido de que el segundo puede hacer todo el trabajo del pedagogo y además diagnosticar; en el ámbito de las TIC, a un informático o a un experto en el contenido al que ya se le darán las oportunas directrices didácticas suponiendo que se consideren necesarias; en el ámbito de los museos, al cuñado tonto del político de turno que no vale para otra cosa, que para eso suelen estar subvencionados…

Museo de cera de Madrid. El que hace las figuras tiene que estar muy orgulloso de su trabajo

Museo de cera de Madrid (izquierda). El que hace las figuras también debía ser cuñado de alguno…

Parte de la culpa de este reduccionismo en las funciones profesionales la tiene sin duda alguna la propia formación universitaria y su plan de estudios, donde ya desde su configuración hay un problema estructural que afecta a otro tipo de ramas de conocimiento: que casi todos los profesionales que imparten la docencia pertenecen en exclusiva y desde siempre al sector universitario, y no han ejercido como pedagogos fuera de este jamás. Ello, con el agravante de que lo fundamental y lo que se valora en la institución universitaria no es la docencia sino la investigación, lo que deriva en la paradoja de que en una institución destianda a la formación de profesionales, enseña a los alumnos a investigar (una cosa que solo harán los que tomen el relevo en la institución académica) y no a ejercer la profesión (con la consiguiente merma de competencia profesional en los futuros graduados).

La desastrosa consecuencia de esto es una carencia de conocimientos elementales básicos en el mundo laboral, como por ejemplo, que un pedagogo obtenga el título de graduado sin tener ni idea de lo que es el subsistema de formación profesional para el empleo (con la formación de oferta y de demanda), y que debido a ello el que se dedique a la gestión de la formación en una empresa sea un titulado en otra carrera (en la empresa donde yo trabajé seis años, de hecho, la llevaba un biólogo con gran eficacia). Pero claro, ¿cómo va a enseñar a utilizar la aplicación de gestión de formación un docente que no sabe ni que existe? Es complicado.

Otro ejemplo lo constituye el hecho de que, debido a que los docentes son celosos de su parcelita, se empeñen en fortalecer el reduccionismo de aquellos temas sobre los que investigan, negándose a ampliar campos de actuación que son necesarios a nivel social. Por ejemplo, hay una tendencia a centrar la figura del pedagogo en la atención a problemas de lectura, escritura, matemáticas… obviando temas más psicológicos como el TOC, ansiedad… porque son campo de los psicólogos.  El problema es que yo personalmente no he encontrado un sujeto con discalculia en mi vida profesional (suponiendo que tal cosa exista, cosa sobre la que tengo ciertas dudas), pero sí me encuentro a niños y adolescentes con ansiedad, problemas de desestructuración familiar, TOC… día sí y día también. Y no es cierto que sea un problema exclusivamente psicológico por dos razones.

Primero, porque la orientación en los colegios e institutos la pueden desempeñar tanto psicólogos como pedagogos, por lo que el hecho de no formar a un pedagogo en estas historias supone una pérdida de oportunidades clamorosa para identificar problemáticas tempranas en los alumnos. Un orientador tiene que ser capaz de identificar cuándo hay un problema y si no puede evaluarlo o tratarlo, ha de derivarlo al menos para su diagnóstico e intervención. A los padres les importa un comino que el orientador del colegio o instituto de su hijo sea pedagogo, psicólogo o legionario. Lo que quieren es que si su hijo tiene un problema, se lo digan y les ayuden a identificarlo y ponerle remedio.

Y segundo, porque la labor del orientador es tratar los aspectos puramente educativos, por lo que si un niño tiene TOC, lógicamente ha de ir a un psicólogo a que le ayude a gestionar el tema desde el punto de vista psicológico y personal, pero también ello tiene unas implicaciones en el ámbito educativo, y es el orientador el que tiene que estar preparado para dar pautas o intervenir a este nivel mejorando la adaptación del sujeto a su vida académica.

Como estos podrían ponerse muchos más ejemplos, pero no nos vamos a extender más. Lo que sí parece obvio es que la formación del pedagogo debe reconfigurarse ajustándola más al ejercicio profesional de lo que uno se puede encontrar en la sociedad en la que vivimos y alejarla un poquito más de los intereses económicos, políticos y científicos de las instituciones. Está bien que un pedagogo estudie Historia de la Educación, Antropología, Sociología y demás teoricismos, pero es insultante que no esté capacitado para identificar los problemas de sus alumnos o gestionar la formación de una empresa.

Para despedirme, os dejo con una historia muy pedagógica…

Salud y libertad

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