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Infanticidio desde la perspectiva ecologica

“Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos” (Jacinto Benavente)

Vaya por delante que ojalá nunca hubiera tenido que escribir esta entrada o, al menos, que nunca la hubiera tenido que escribir a costa de un suceso concreto de final tan trágico como el del pequeño Gabriel, que en paz descanse. Sin embargo, más allá de los necios que prefieren vivir en un mundo fantasioso por miedo a aceptar la crudeza del mundo en el que viven, algunos sí quieren encontrar explicaciones. Así que lo siento por aquellos que prefieren vivir en lo que podemos llamar “el mundo compresa”, un mundo fino, limpio y seguro como los anuncios nos cuentan que son estas, pero deben saber que desgraciadamente esta visión no es real.

Y aunque explicar lo ocurrido desde la vertiente psicológica es altamente complicado por el nivel de inhumanidad de los hechos, voy a detenerme en unas pocas líneas para intentar exponer uno de los aspectos qué puede mover a cometer un infanticidio como el ocurrido.

El infanticidio humano es generalmente cometido por los propios padres biológicos, especialmente por la madre*, y desde una perspectiva de la ecología del comportamiento o incluso considerando las teorías evolutivas que conceden una importancia fundamental a la propagación de los genes, se basan en el principio de selección sexual y éxito reproductivo, o lo que es lo mismo, a la competencia por parejas con el fin de procrear y poder transmitir el legado genético, como si este garantizara la permanencia en el futuro de una pequeña parte de uno mismo.

Muchas son las especies, como los leones por ejemplo, en que la aparición de una nueva pareja de uno de los progenitores conlleva el asesinato de las crías de esta con su pareja anterior, con el fin de que los recursos, limitados, puedan ser invertidos en la crianza de los hijos propios y no de los ajenos, para que la hembra entre nuevamente en celo o simplemente para evitar competidores futuros.

Si esto ya es poco cruel de por sí, puede volverse incluso peor con el concepto de valor reproductivo, o lo que es lo mismo, la capacidad de un hijo para dar nietos a sus padres, propagando nuevamente el legado genético. Imaginemos una madre cuyo macho ha sido abatido y que ve que su única cría es débil o no va a salir adelante fácilmente. En este caso puede decidir matarla para buscar un nuevo macho con el que procrear, de forma que con la protección de este, nuevos hijos (y más) puedan adaptarse mejor al ambiente, dándole una descendencia futura mayor. Este fenómeno se ha estudiado ampliamente, siendo dos de las variables principales la edad de la madre y del hijo. Cuanto menor es el hijo y cuanto menor la edad de la madre en términos de fertilidad, mayor es la probabilidad de cometer infanticidio.

Esto como vemos puede operar de forma más o menos simple en distintas especies animales y justificar en ellas este tipo de conductas. De hecho, esto podría explicar mejor que el caso de Gabriel, el ahora posible asesinato de su hija, aspecto aún desconocido y que está por determinar con la reapertura de la investigación, aunque podría encajar en su perfil psicológico.

No obstante, afortunadamente, en los seres humanos la complejidad de las conductas es infinitamente mayor que en los animales, fruto de la cultura, la moral y otros muchos aspectos psicológicos. Así que, la presunta avería de esta elementa, de haberla y de confirmarse el hecho, tendría que estar muy por encima de tal posibilidad, incluyendo características de tinte psicopático, indubitables al conocer el tipo de asesinato cometido y su posterior comportamiento en el entorno familiar, con el fingido dolor de la desaparición y sus conductas teatrales de ayuda. Y es que, desgraciadamente, a veces el mal en sí mismo tiene poca explicación.

Aunque desgraciadamente este caso ya no tiene solución, quizás sí deberíamos tomar nota de los perfiles de personalidad de ciertos individuos para aprender y anticiparnos a casos futuros semejantes. Y por qué no decirlo, también a casos presentes en los cuales sujetos aparentemente bien integrados y de sonrisa fingida, ejecutan sus impulsos más bajos en contextos cercanos pero ocultos a la mirada social. Ya saben, aquel a quien se descubre con sorpresa tras varios años de perversiones, porque siempre saludaba a sus vecinos.

 

Salud y libertad…

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