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La verdad sobre los principales ansiolíticos: alprazolam (trankimazin), bromazepam (lexatin) y lorazepam (orfidal) (2ª parte)

“En los sesenta la gente tomaba ácido para hacer el mundo raro. Ahora que el mundo es raro, la gente toma Prozac para hacerlo normal.” (Damon Albarn)

En la primera parte hemos visto cuatro apuntes teóricos básicos, pero como sé que son ustedes unos morbosos irremediables, pasemos al meollo de la cuestión, no sin antes aprovechar la presentación que cierto conde nos expone para presentar la película Creepshow 2 y que bien podemos aprovechar para el caso que nos ocupa, (basta ver este video entre el minuto 4:20 y 4:55, no es necesario que se traguen toda la película).

Y como siempre, recordando que una cosa es el uso de estos fármacos de forma ocasional para reducir la ansiedad puntual de un episodio concreto y otra muy diferente el tratamiento terapéutico para patologías específicas de corte ansioso (ansiedad generalizada, fobias, TOC, etc.) comenzamos con el gráfico de evolución relativa a presión arterial y frecuencia cardiaca, que son las respuestas fisiológicas que podemos medir con equipos de andar por casa, sin recurrir a grandes tecnologías que cuestan un dineral, del que de momento, carezco.

Como pueden ver, la cosa es más o menos estable en la presión diastólica y en el caso del alprazolam también en la sistólica, cosa que no ocurre con el lexatin, que genera una bajada desde el momento de la toma y hasta dos horas después. El orfidal, por el contrario, favorece una subida desde el momento de la toma y también hasta unas dos horas después de la misma, cuando los valores se estabilizan. En este último caso, quizás debería realizar otro experimento evaluando el efecto que leer las habituales chorradas e indecencias de twitter puede llegar a producir en el sistema nervioso. Desde luego en el circulatorio parece que se nota, por lo que tampoco debemos descartar el efecto de la tercera variable.

En todo caso, y fuera de bromas, sí parece haber un efecto paradójico y curioso en el caso de la frecuencia cardiaca con el uso del orfidal, que una hora después de la toma lleva a las 100 pulsaciones y que cuatro horas después del inicio, aún se mantiene en unos niveles altos (103 pulsaciones), sin que ello impida percibir un estado de mayor relajación y reducción de la ansiedad.

Al margen de los datos generales, el primer ansiolítico probado es el trankimazin, cuyo principio activo es el alprazolam, que se vende (con receta, como todas las benzodiacepinas) en dosis de 0,25 mg; 0,5 mg; 1mg y 2 mg (también en gotas orales en solución de 0,75 mg /ml), a un precio que oscila aproximadamente entre 1,5€ (la caja de 30 comprimidos de 0,25 mg) y 8 € (la caja de 50 comprimidos de 2 mg). Realmente, este fármaco ya lo había probado en su dosis de 0,25 mg pues es particularmente efectivo para rebajar la ansiedad las primeras veces que uno tiene que hablar en público (aunque otros prefieren el betabloqueante sumial –propranolol-, que además elimina los temblores) y para dejar de fumar, de lo que no me resisto a comentar algunos aspectos.

Me gustaría comentar que el tabaco es la única droga que no he podido controlar en cuanto a su consumo. Siempre que he iniciado los periodos de fumeteo se ha producido un incremento paulatino de este, de forma que en pocas semanas hago un uso compulsivo del mismo que puede no bajar de cajetilla o cajetilla y media diaria. Ante este hecho, la respuesta lógica es dejarlo, tanto por razones de salud como de coste económico. Y en mi caso, además de la hipnosis, con la que he tenido algunos rápidos y sorprendentes éxitos como terapeuta, más limitados en mí mismo como paciente, un buen mecanismo de eliminación lo ha facilitado el alprazolam. Una dosis de 0,25 mg de alprazolam por la mañana los tres o cuatro días posteriores a la decisión de dejar de fumar, reduce de forma considerable los síntomas más graves del síndrome de abstinencia de la nicotina (que suele durar en su forma más intensa alrededor de una semana), haciéndolo más llevadero y garantizando notables tasas de éxito. Lo de la adicción psicológica, ya es otra historia, pero les invito a probar para ese supuesto otro remedio tan útil como barato: las piruletas, mucho mejor que los vapeadores, que además de ser más caros y tener efectos para la salud aún desconocidos, a mí personalmente me generan importantes dolores de cabeza.

El alprazolam a tal dosis parece por tanto un fármaco bastante útil contra la ansiedad, dado que en mi experiencia rebaja los síntomas físicos y fisiológicos de la ansiedad, sin reducir en absoluto las capacidades cognitivas, lo que permite realizar las actividades que uno tenga que realizar sin ver disminuido su potencial o capacidad de acción.

En este caso los comprimidos no se corresponden con la caja, ya que los comprimidos son de alprazolam genérico, pero no trankimazin

No obstante, dado que ya conocía estos efectos, de cara al experimento utilicé la dosis de 0,5 mg retard (abstengámonos de chistes fáciles sobre si el término se debe a una característica de la sustancia o del sujeto experimental), que es un mecanismo de acción prolongada por el cual una parte de la sustancia se libera inmediatamente tras el consumo, mientras otra parte se va liberando de forma gradual, lo que permite extender los efectos del fármaco y por tanto ampliar el tiempo entre dosis. Este incremento de la dosis he de reconocer que no fue muy acertado por cuanto potenció los efectos considerablemente. Si a los quince minutos se produce cierta relajación con disminución de la tensión muscular, a partir de la media hora, se comienzan a sentir los efectos secundarios y no deseados, como una ligera somnolencia y enlentecimiento en el procesamiento cognitivo especialmente llamativo por las dificultades de concentración que genera y cierto embotamiento perceptivo acompañado de cansancio. A las dos horas, la ligera somnolencia pasa a convertirse en una sensación de letargo y adormecimiento importante (di literalmente cabezadas para no dormirme, aunque esto podría estar influenciado por el cansancio del día en cuestión), con debilidad en las extremidades y una incapacidad para realizar tareas que requieran de un mínimo procesamiento cognitivo. Finalmente, a las cuatro horas, comienza la recuperación de facultades, quedando una leve sensación de enlentecimiento y dificultad de concentración, manteniéndose no obstante la sensación de relajación tanto física como mental, que dura varias horas más.

El segundo fármaco es el lexatín, cuyo principio activo es el bromazepam, que podríamos definir como el gran amante de las mujeres mayores de 40 años a bastante distancia de Harrison Ford. Este se vende en presentaciones de 1,5 mg, 3 mg y 6 mg a un precio precio que puede oscilar entre 1 € (caja de 30 cápsulas de 1,5 mg) y 1,5 € (caja de 20 cápsulas de 6 mg).

Sus efectos comienzan a experimentarse a partir de los 15 minutos o media hora desde la toma, produciendo una leve sudoración así como una sensación de amodorramiento (similar a la de la ingesta de alcohol en una comida copiosa), que evoluciona un tiempo después con la percepción de los efectos indeseados, como pérdida de concentración y de agilidad en el procesamiento cognitivo (distracciones, errores en la escritura, pérdida del hilo en la lectura, etc.). A partir de la primera hora, se da un deterioro en la memoria a corto plazo y un enlentecimiento que dificulta la realización de varias tareas simultáneas y a partir de la segunda, los efectos nocivos van desapareciendo progresivamente, manteniéndose ya solo la sensación de relajación, tanto física como psíquica, que dura unas horas más.

Al igual que el alprazolam (al menos en su dosis de 0,25 mg) y siempre que no existan circunstancias que incrementen la potencia del fármaco, estas sustancias podrían permitir la realización de tareas siempre que estas no requieran un alto nivel de concentración y no conlleven cierto nivel de riesgo. No serían desde luego muy recomendables para conducir o manejar maquinaria, como nos indican hasta la saciedad los prospectos de cientos de medicamentos.

Finalmente, el Orfidal, cuyo principio activo es el lorazepam, se oferta en cajas de 25  y 50 comprimidos de 1 mg, oscilando su precio entre 1,30 € (caja de 25 comprimidos) y 1,80 € (caja de 50 comprimidos).

Sus efectos comienzan entre los quince minutos y la media hora después de su toma, con una ligera sudoración, que se entremezcla con una sensación de confusión y embotamiento perceptivo progresivo. Posteriormente la percepción visual se altera y se da una sensación de desrealización y despersonalización (sensación como de estar en un sueño y de ver el mundo o a uno mismo como extraños a la propia realidad), aspecto curioso dado que ambos estados suelen estar relacionados o ser consecuencia de altos niveles de ansiedad. La relajación muscular es apreciable produciendo cierta torpeza motora y dándose una sedación y analgesia placentera que enlentece las funciones cognitivas e impide la realización de cualquier tarea que requiera un mínimo de procesamiento. A las dos horas, la sensación de “estar colocado” o “grogui” es evidente y puede apreciarse cierta sequedad en la boca; y a las tres horas, simplemente quedan los efectos propios de una relajación profunda que torna en somnolencia, razón por la cual este fármaco es ampliamente utilizado como hipnótico.

Sin embargo, el uso de esta sustancia como hipnótico conlleva un efecto secundario que siempre ha generado cierta polémica. Tradicionalmente, la efectividad de los hipnóticos se medía por su capacidad para inducir el sueño. Sin embargo, muchos de ellos tenían ciertos efectos secundarios, de forma que uno efectivamente se dormía, pero se despertaba a la mañana siguiente con una “resaca” importante después de haber tenido un sueño poco reparador (efecto que puedo corroborar).

Esta situación se ha solventado con los denominados hipnóticos de nueva generación que son mucho más eficaces tanto para inducir el sueño como para que este cumpla su finalidad de descansar cuerpo y mente, permitiendo al sujeto iniciar el día con alegría (como decía cierto anuncio de cuyo nombre no quiero acordarme). Uno de los más comunes sedantes hipnóticos recetados actualmente es el zolpidem, cuyo relato de la experiencia cedo a mi amigo Drogoteca, en esta entrada de su blog.

Teniendo en cuenta lo anterior, no parece que el orfidal tenga mucha utilidad como ansiolítico debido a los efectos secundarios y no deseados que generan ciertas dificultades para realizar tareas complejas durante el día, ni como hipnótico, dado que parecen existir alternativas más adecuadas.

Salud y libertad

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La verdad sobre los principales ansiolíticos: alprazolam (trankimazin), bromazepam (lexatin) y lorazepam (orfidal) (1ª parte)

“Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis” (Paracelso)

Con esta entrada me van a permitir que retome el ciclo de entradas “La verdad sobre…”, del cual, como diría Troy McClure, tal vez recuerden otros episodios como “La verdad sobre el tampodka”, “la verdad sobre el metilfenidato” (la famosa pastillita para el TDAH), “la verdad sobre los fármacos para la erección (viagra, levitra y cialis)” o “la verdad sobre el cibersexo”, cuya serie algún día juro terminar. En todo caso, vuelvo a repetir que a pesar de lo categórico del título, ni pretendo sentar cátedra, ni presentar estos datos como dogmas irrefutables sobre los asuntos que tratan, sino simplemente acercar en la medida de lo posible el conocimiento sobre estas temáticas con fines divulgativos, y por qué no decirlo, profundizar desde la experiencia personal en el mismo, lo que creo que me ayuda a mejorar como profesional. Vamos, que ya que uno se molesta en escribir un blog, ¿me permitirán que tire un poco de marketing en los títulos, no?

En esta ocasión, analizaremos tres de los principales ansiolíticos de uso común en España, si bien una primera aclaración que tenemos que realizar es de tipo conceptual. Así, con el término genérico “ansiolíticos” (etimológicamente, destructores de la ansiedad, y también conocidos como tranquilizantes menores) nos referimos al conjunto de fármacos que tienen por efecto disminuir los niveles de activación del organismo, que es la principal característica de la ansiedad.

A este respecto, conviene diferenciar previamente los términos “estrés” y “ansiedad”. La ONU define el estrés como el conjunto de reaccionas fisiológicas que preparan al organismo para la acción, aunque por extensión, los psicólogos se refieran a este como “el mecanismo psicológico que se origina ante una experiencia del organismo frente a la cual éste no tiene una respuesta adecuada, movilizando un mecanismo de emergencia consistente en una activación psicofisiológica que permite recoger más y mejor información, y procesarla e interpretarla más rápida y eficientemente para permitir al organismo dar una respuesta adecuada a la demanda” (Fernández-Abascal, Jiménez y Martín, 2007). Como se ve, esto no es negativo en sí mismo ya que si nos acecha un peligro, parece adecuado que el organismo haga uso de recursos extra que nos permitan enfrentarnos a él. Por eso se habla de un tipo de estrés positivo (eustrés), que es el que nos hace enfrentarnos a un peligro de forma rápida y eficaz, y de un estrés negativo (distrés), que ocurre cuando este mecanismo se activa de forma demasiado intensa o durante más tiempo del necesario frente a una amenaza que no lo requiere.

La ansiedad, por su parte, es el mecanismo de anticipación del estrés. Nuestro cuerpo y nuestra mente, que no siempre son tan estúpidos como parecería a la vista de los comportamientos de algunos, saben que en ocasiones nos vamos a enfrentar a un suceso estresante, y por tanto anticipa esa respuesta para estar preparados y alerta antes de que el hecho suceda.

Dicho de otro modo, si vemos un león enorme y furioso delante de nosotros o a Pilar Rahola vociferando que Cataluña ha sufrido un ataque nuclear por parte de España, nuestro organismo activará recursos extraordinarios para que podamos salir pitando de forma inmediata (estrés), pero si estamos paseando por la sabana donde se pasean este tipo de animales o en un plató de TV3, nuestro organismo también los activará, aunque no los hayamos visto aún, en previsión de que tal suceso pueda ocurrir (ansiedad) y podamos escapar igualmente.

¿Dónde está pues el problema? En que esos mecanismos ansiosos en ocasiones se activan ante hechos que no lo justifican, y se da una respuesta exagerada ante un peligro mínimo o, peor aún, ante un peligro irreal, que solo está en nuestra cabeza. Probablemente sí esté justificado escapar de Rahola, pero no tanto del pobre león si acaba de comer y está “fartuco”.

Las sociedades modernas, especialmente las occidentales, son proclives a la inmediatez y al alarmismo y, por ello, favorecen especialmente que los ciudadanos disparemos nuestros mecanismos de ansiedad, convirtiendo esta patología en un mal endémico del mundo actual. A veces, por el sentido de autoimportancia que nos damos, es difícil asumir que si no hacemos un trabajo en tiempo y forma, el mundo va a seguir a su ritmo y no se va a desatar el apocalipsis, pero les garantizo que así es. Así pues, los denominados ansiolíticos lo que pretenden es reducir este tipo de sobre-excitación injustificada.

Sin embargo, si hablamos más técnicamente de los ansiolíticos, estos suelen pertenecer a un grupo de fármacos denominado benzodiacepinas, un grupo de sustancias que actúan como agonistas (es decir, activadores) de los receptores GABA (en concreto de los receptores GABA-A del ácido gamma-aminobutírico) y que actúan, no solo pero sí especialmente, deprimiendo el sistema límbico (fundamental en la regulación de las emociones y de ciertos instintos primarios). El GABA es un neurotransmisor que tiene un acción inhibitoria, y dependiendo de la subunidad por la cual la bezodiacepina concreta tenga mayor afinidad, generará unos u otros efectos. Así, si tiene mayor afinidad por la subunidad alfa-1, generará sedación, si tiene más afinidad por la subunidad alfa-2 tendrá efectos ansiolíticos, etc (Stahl, S., 2010).

A continuación podemos observar una tabla de diferentes tipos de benzodiacepinas con sus principales usos y dosis que, aunque está un poco desfasada, es bastante intuitiva para hacernos una idea de la multitud de benzodiacepinas existentes y sus usos (Ashton, H., 2002).

La principal ventaja de las benzodiacepinas, además de sus efectos buscados como droga de paz, es que tienen un alto margen de seguridad (recordemos que, aunque hay diferentes formas de cálculo, suele establecerse como el cociente entre la dosis activa media y la dosis letal media), que puede oscilar entre 1/60 y 1/100. Por el contrario, tienen como inconveniente su alto factor de tolerancia y su rapidez para generar dependencia física, que pueden llevar a un peligroso síndrome de abstinencia caracterizado, entre otros, por síntomas como: dolores y calambres abdominales, náuseas y vómitos, sudoración, taquicardia, diarrea e incluso temblor y convulsiones. Además, su uso prolongado puede provocar episodios depresivos, efectos paradójicos de corte ansiógeno y problemas de concentración o en la percepción del tiempo (Escohotado, 2001).

Salud y libertad…

Continua en la 2ª parte.

 

Referencias bibliográficas:

* Escohotado, A. (2001). Historia General de las Drogas. Madrid: Espasa.

*Fernández-Abascal, E., Jiménez Sánchez, M.P. y Martín Díaz, M.D. (2007). Emoción y motivación: la adaptación humana (vol. 2). Madrid: CERASA.

* Stahl, S. (2010). Psicofarmacología Esencial. Barcelona: Planeta.

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El vergonzoso caso de Juanma

Vaya por delante, esta entrada no es mía. Es del portal Cannabis.es y me facilitó el enlace @drogoteca, hoy con su enésima cuenta Cocotrón (@Jajjaajjajja), por tocarle las narices a la gente a la que no le gusta que le toquen las narices con el apoyo censor de twitter. Pero es de obligada difusión para mí, por demostrar hasta qué punto los intereses económicos de algunos en esta sociedad hipócrita y materialista se imponen frente a la más mínima humanidad para otros.

Este es el (vergonzoso y vergonzante) caso de Juanma.

En la mañana del pasado miércoles día 22 de febrero, dos agentes de policía vestidos de paisano se personaron en el “Centro de Atención a Minusválidos Físicos – CAMF” de El Ferrol (Coruña), dirigiéndose hacia Juan Manuel Rodríguez Gantes -tetrapléjico de 45 años residente en el centro-, quien se encontraba en su silla de ruedas, terminando de fumar el cannabis medicinal que usa -desde hace décadas- para aliviar su dolor crónico de origen neuropático.

Tras identificarse como policías y directamente preguntarle si él era Juan Manuel Rodríguez, pasaron a recriminarle que estuviera consumiendo lo único que le alivia los dolores que sufre y le informaron de que iban a interrogarle.

Tras ser conducido a una sala Juanma fue cuestionado sobre su consumo de cannabis medicinal, y se le interrogó tanto por el origen del cannabis, como por la persona que le ayuda a liar el cannabis y que es necesaria para él, ya que por su tetraplejia no conserva movilidad suficiente en sus brazos, manos y dedos. Posteriormente, Juanma fue cacheado y se le incautó el cannabis medicinal que le había sido entregado poco antes por la persona que le presta sus manos, de forma voluntaria liándole el cannabis para que pueda fumarlo y aliviar así sus dolores de origen neuropático.

A Juanma se le comunicó que se le podría imputar tráfico de estupefacientes y se le presionó para que revelase el nombre de las personas que le ayudan, a lo que Juanma se negó. Todo esto sin abogado presente, a pesar de que Juanma hizo notar que le gustaría contar con uno antes de tener que contestar nada.

Finalmente, se le requisó todo su cannabis medicinal y se le propuso -así le indicaron que se haría- para una sanción administrativa (multa). Pocos días después, la policía fue a por un amigo de Juanma, cuando se encontraba en la calle con su mujer y “tuvo que acompañarles” a comisaría, quedando -tras ser interrogado sobre la relación que les une, según nos comunicó Juanma- “en libertad, pendiente de declaración ante el juez”.

Juanma se ha quedado -en su centro de El Ferrol- con sus dolores neuropáticos pero sin cannabis medicinal, y con las personas que le ayudaban -por su condición- bajo sospecha y/o vigilancia más la amenaza de enfrentar cargos penales, por ayudar a un enfermo tetrapléjico.

Para más información, noticia completa en http://www.cannabis.es/web/features/actuaidad/613-juanma-la-historia-recurrente-de-un-dolor-invisible

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Prohibicionismo, Universidad y la sincronicidad de Jung

“Cuando el alumno está preparado el maestro aparece” (Proverbio oriental)

Siempre me ha obsesionado el concepto de sincronicidad de Jung, esa concurrencia de sucesos coincidentes en su sentido o significado que se originan por causas totalmente independientes, tan poco probables en su ocurrencia conjunta que durante siglos y en multitud de religiones han dado paso a diferentes creencias espirituales o metafísicas.

Más descriptivo, y aunque hay variaciones según la versión, es el momento en que Jung tuvo el insight que le permitió acuñar el concepto. Tratando a una paciente y en un momento decisivo de la terapia, la buena mujer soñó que le regalaban un escarabajo de oro. Jung estaba sentado en su mesa reflexionando sobre el suceso  tratando de desentrañar el significado de la experiencia onírica con poca fortuna y cuando estaba a punto de darse por vencido escuchó unos pequeños golpeteos en la ventana. Al darse la vuelta y mirar por la ventana, observó un insecto que definió como “la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la «cetonia común», que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento”.

Tras ello, Jung comprendió cuál era el problema de su paciente y pudo redirigir la terapia hasta su completa solución, estudiando a la par y desde entonces el concepto de sincronicidad. Si a eso añadimos que el escarabajo es el animal que representa simbólicamente el sol naciente, la resurrección y el renacimiento, la mínima exclamación que podemos soltar ante lo sucedido es: “redios”. ¿Casualidad, azar, una señal de Dios, conciencia cósmica conspirando en post del avance humano, un ente espiritual cachondón riéndose de la candidez humana, un delirio de referencia como rezan los psiquiatras? Poco importa.No obstante, como seres pensantes de mente abierta y agnósticos militantes que no necesitan dogmas artificiales con los que afianzar sus esquemas de seguridad, nos mantendremos con la duda de su causa, que, como hemos dicho, poco importa.

El caso es que estos días estaba yo absorto en dos temas que ocupaban mi tiempo. Por un lado analizando el (impresentable) Proyecto de Ley del Principado de Asturias de atención integral en materia de drogas y tratando de defender la Proposición no de Ley sobre la adopción de medidas necesarias para despenalizar los derivados del cannabis que ha presentado UPyD. Y por otro, en mi ya larga disputa con la UNED, para ver si en una excepción a su pigricia habitual consiguen enviarme el título de Graduado en Psicología antes de mi funeral, cuando desde la red social twitter el usuario @ me ha enviado la genialidad que voy a incluir.

Es cierto que discutiendo sobre la legalización de las drogas hay un principio de causalidad sobre el hecho de que me envíen esta entrevista, pero no deja de ser curioso y acausal, que en el propio debate, se dedique una parte importante a hablar sobre el prostíbulo intelectual y político que constituye la Universidad como institución. Mis dos temas candentes en un solo video, una sincronicidad que me permite difundir los argumentos desde la manifestación de la genialidad de quien además de exponerlos, tiene el don de la retórica del que yo carezco.

Aquí dejo pues el programa: ¿Por qué todas las cruzadas fallan? (la prohibición como ejemplo). Debate con Antonio Escohotado. Invitando eso sí, a quien quiera escuchar directamente lo relacionado con el tema universitario a ir directamente al minuto 35 de programa.

Cuando una conversación, un debate, una entrevista, un aprendizaje o un razonamiento es tan elegante, solo queda disfrutarlo.

Salud y libertad…

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