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¿Un socialdemócrata votando a VOX?

“Nunca he perdido el sentimiento de contradicción que hay detrás de todo conocimiento” (Hermann Hesse)

niniHay que reconocer que vivimos tiempos oscuros. Tiempos donde niñatos mimados que no han salido de la habitación de su casa y que viven de la sopa boba de mamá con sus móviles de última generación, se permiten dar lecciones de vida a quienes llevan toda la vida currando o enfrentándose a lo más vil de la sociedad, so riesgo de que les partan la cara (o algo más). Tiempos donde algunos, producto del hartazgo y de la falta de valor a las cosas que supone tenerlo todo (incluida la libertad), se permiten el lujo de victimizarse exigiendo cambios que les faciliten superar el complejo de culpabilidad provocado por su opulencia. Y tiempos donde aquellos que no toleran la más leve discrepancia por lo endeble de sus propias ideas (en realidad, ideas que otros han empleado para configurar su ejército de tontos útiles), se permiten el lujo de tildar de fascista a cualquiera que no piense como ellos, llegando incluso a la amenaza o la agresión.

Pero más allá del desprecio y la indiferencia que merecen estos sujetos por el rechazo que debe provocar el fanatismo o la mera ignorancia, dos características frente a las que no cabe el debate ni el diálogo, me gustaría plantear para quien sí quiere entender, una reflexión de un fenómeno político contradictorio que parece estar instalándose con fuerza en nuestro panorama pre-electoral.

Así, conociendo ya a varias personas de mi entorno que siendo tradicionalmente socialdemócratas han manifestado su intención de dar un puñetazo en la mesa valorando la posibilidad, cuando no teniendo la firme determinación, de votar a VOX (hecho que yo mismo pienso hacer si no en todas, sí en algunas de las citas electorales venideras), me gustaría exponer mi planteamiento para que al menos otros se sientan más acompañados y no se perciban disociados cual Doctor Jeckyll y Mr. Hyde.

Dicen algunos psicólogos sociales que una de las características que diferencia las culturas oriental y occidental, hasta convertirlas en partícipes de un conflicto irresoluble, es su forma de entender la contradicción, de manera que mientras los occidentales trataríamos de resolverla, los orientales la asumirían como parte natural del proceso de crecimiento. Intentemos pues resolver lo que ya está asumido.

En primer lugar y sin entrar tampoco en mucho detalle, voy a decir por qué, aunque huyo de etiquetas como de la peste, si existe alguna de carácter político que considero puede acercarse a mi pensamiento, es la de socialdemócrata (para sorpresa y regocijo de muchos).

Comparto con esta tendencia de pensamiento la postura de una cierta y mesurada intervención estatal dentro de un sistema económico capitalista, que como decía Churchill sobre la democracia, ha demostrado ser el peor sistema con excepción de todos los demás. Huyo además de esa idea absurda del liberalismo económico radical que considera que el propio mercado se regula a sí mismo, como si los lobbies y los grupos de presión psicopáticos (como las grandes corporaciones), que intentan condicionar la propia actuación política, fueran hermanitas de la caridad que buscan el bien común y no su propio beneficio a costa de la propia inhumanidad de sus acciones. Y soy partidario de que un principio que debe guiar la actuación económica es el principio de justicia social, garantizando una cierta redistribución de la riqueza que permita que exista una igualdad en la que todos tengan las mismas oportunidades de entrada (igualdad de entrada, pero equidad o meritocracia de salida).

Considero asimismo que para que el sistema garantice esa igualdad de oportunidades, debe velar por la eficacia de servicios básicos que deben tener un carácter público, como: la educación, la sanidad, los servicios sociales o ciertas prestaciones sociales.  No obstante, y precisamente porque debe garantizar el buen funcionamiento de estos servicios, también pienso que deben darse cambios estructurales en dichos contextos y, especialmente en el acceso y desempeño de la función pública, para impedir que un buen número de rémoras empeoren la calidad de estos servicios sin que exista posibilidad de que sufran las consecuencias de sus pésimas prácticas laborales, cuando no de su patente dejación de funciones.

Respeto las creencias de cada cual siempre que estén dentro del marco democrático, pero abogo por una separación absoluta entre la religión y el poder político, sin que ello impida que se puedan conceder ayudas limitadas cuando las prácticas de estos grupos puedan tener un efecto social beneficioso, y siempre velando por su buen uso fiscalizando su carácter finalista. Y no se malinterprete esta postura, confundiendo la caridad con la justicia social. El Estado no debe amparar estas prácticas como dejación de su propia responsabilidad, sino como un complemento que mejore las prestaciones ofrecidas.

Creo en la igualdad de derechos y en el Estado de Derecho, razón por la cual me indignan los privilegios nacionalistas basados en complejos supremacistas consentidos y los comportamientos políticos de quien cree estar por encima de las leyes que nos afectan a todos.

Y por no extender mucho la entrada, como suelo, me limitaré a decir que soy plenamente liberal en lo social, bajo el supuesto de que cada cual debe poder tener el derecho a decidir con libertad sobre los aspectos que le incumben solo a él, lo que se traduce en un apoyo a temas socialmente polémicos como pueden ser: la legalización de la eutanasia (si somos dueños de nuestra vida, debemos serlo de nuestra muerte), la regulación de las drogas (aunque si uno es responsable para consumirlas, también ha de serlo para asumir las consecuencias de lo que hace bajo sus efectos), la regulación de la prostitución (precisamente para mejorar la situación de quien la ejerce, a quien, no obstante, se le deberían dar otras posibles salidas), la regulación que permite el aborto (con matices), el matrimonio homosexual (no seré yo quien les quite el derecho a cometer los mismos errores que los heterosexuales), etc.

Teniendo en cuenta estos aspectos, amén de otros menores como mi rechazo absoluto a todo lo que implica prácticas que fomenten el maltrato animal, como la caza y la tauromaquia, no cabe duda de que plantearse votar a un partido como VOX, entra dentro de la más absoluta contradicción.

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Ahora bien, veamos qué es lo que hace considerar esta alternativa. En primer lugar, la valoración de las otras opciones. Teniendo cada vez más claro que los partidos funcionan como empresas, realmente uno llega a la conclusión de que sus programas políticos solo son el pretexto o la excusa para obtener ese bien tan preciado que es el voto de la masa, a la que tienen, dicho sea de paso  y siendo muy generoso, en poca estima intelectual. Dicho de otro modo, la credibilidad de que cualquier partido vaya a cumplir su programa y no dedicarse a colocar a sus amiguetes y a repartirse el dinero público utilizando el pretexto de fines nobles que solo sirven para dar más carga de miseria a su actuación, es más bien escasa. ¿Por qué entonces VOX? Fácil, porque otros ya han actuado de esta manera y estos aún no han tenido oportunidad. Si cuando tengan poder real se comportan del mismo modo, adiós muy buenas y que pase el siguiente.

En segundo lugar, y precisamente por lo anterior, dar un susto a los grandes partidos que han gobernado el cortijo a su antojo cometiendo todo tipo de tropelías. Solo cuando la ciudadanía empiece a castigar este tipo de actos a través de su voto, los partidos se darán cuenta de que si quieren tener poder, hay unos límites que no pueden rebasarse. Los múltiples casos de corrupción del PP y del PSOE, y no digamos ya el fariseísmo y miseria moral de quienes componen este último, compadreando con semejantes compañeros de viaje; el pútrido y generoso pago a los tránsfugas que hace de Ciudadanos un cubo de basura reciclada; el nepotismo (coloquialmente hablando) y aceptación de muchos candidatos de Podemos caracterizados por una total falta de escrúpulos; y el supremacismo totalitario de los nacionalistas, los incapacita ya de facto si uno se plantea depositar un voto cabal. ¿Los de VOX? Está por ver, pero como decía anteriormente aún no han tenido oportunidad y si el castigo se hace real, ya tendrían muy en cuenta lo que puede pasarles, debido al aprendizaje por observación, al ver a los otros despeñarse por el abismo del recuento de votos.

Tercero, porque como bien dijo Antonio Escohotado en esta entrevista, estamos hasta las pelotas de la corrección política ya que detrás de ese buenismo solo hay crueldad, idiocia y el viejo autoritarismo de siempre. Y el hecho de que alguien deje de hablarnos como si fuéramos idiotas, y lo haga con convicción y claridad aunque no se coincida con él, ya es de por sí algo valorable que puede ser un punto de inflexión para modificar el tipo de discurso político que infantiliza al ciudadano.

Cuarto, porque lo que está en juego en estas elecciones, desde mi perspectiva, es algo mucho más importante que tal o cual propuesta política. Está en juego, por un lado, la propia esencia de la democracia, configurada sobre la base del Estado de Derecho. Y este partido, paradójicamente tildado de fascista y a diferencia del intercambio de cromos que plantea el resto, parece dar suficiente garantía de que quien pretenda situarse por encima de las leyes para obtener beneficio propio (con o sin Golpe de Estado), tendrá que asumir las consecuencias de sus actos con toda su crudeza. Y, por otro lado, está en juego la propia integridad territorial, que a diferencia de lo que explotan algunos, no se trata de negar las diferencias culturales entre regiones o de reivindicar el carácter patriotero y banderillero (cosa que por cierto sí explotan los nacionalistas de forma emocional en un ejercicio simplón de manipulación), sino de garantizar la igualdad con mayúsculas, negando los privilegios que a día de hoy tienen, curiosamente, las comunidades más ricas y prósperas. Privilegios que solo pueden ser garantizados a costa de las desventajas del resto.

Y finalmente, lo reconozco, por una satisfacción personal, como la que supondría para mí, y creo que cada vez para más currantes, ver a los grandes manipuladores de este país con esta cara.

En resumen y teniendo todo esto en cuenta, no veo nada descartable que una gran parte de la socialdemocracia sin complejo de este país, hoy huérfana de voto, acabe asumiendo la contradicción de votar por este partido. Si algo ya han conseguido con su ruptura de lo políticamente correcto es que frente a la conducta tradicional de los derechistas acomplejados, que tan bien representan los afiliados el PP, consistente en bajar la cabeza y escapar avergonzados cuando alguien les señalaba como fascistas, se pueda dar uno el gusto de responder a la acusación de facha, contestando: tu puta madre, provocando con ello en los verdaderos totalitarios que van repartiendo carnet de demócratas, un auténtico desconcierto. Contestación que puede darse incluso aunque, o precisamente porque, uno se considere socialdemócrata.

Salud y libertad…

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