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El día que descubrí la estupidez generalizada

“Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada” (Albert Einstein)

A veces es curioso cómo un hecho de la infancia puede quedar grabado a fuego en la conciencia de una persona o cómo un suceso emocional hace que los recuerdos se fijen en la mente. Nunca le he contado esto a nadie, pero recuerdo perfectamente el día que descubrí la estupidez generalizada o, para no herir las sensibilidades de antiguos compañeros a los que recuerdo y tengo gran afecto, al menos el día que descubrí que era distinto a la hora de aceptar las verdades establecidas.

Estaba en una clase de Religión de 6º de EGB (ahora lo llamarían primaria), cuando el cura en cuestión, uno de esos cabrones que nunca debió haberse dedicado a la docencia, estaba explicando el Génesis.

Voy a hacer un pequeño inciso para explicar que, aunque ya es conocida mi falta de querencia por las instituciones católicas, nada tengo en contra de los curas por el hecho de serlo (incluso hay algunos que me parecen ejemplo de coherencia y de bondad y a los que guardo cierto cariño), como nada tengo en lo personal contra este del que hablo y de cuyo nombre no quiero acordarme (aunque recuerdo perfectamente). Cuando digo que era un cabrón y que nunca debió desempeñar labor alguna en el mundo educativo, lo digo a conciencia, pues fue la  persona a la que le vi meter dos de las hostias más escalofriantes que he “visto” en mi vida (el entrecomillado lo entenderán en la segunda).

Una de ellas se debió a que un compañero que estaba escribiendo en la pizarra no sabía la respuesta de vete tú a saber qué gilipollez de esas que el sistema educativo se empeñaba y se empeña en meternos a calzador. El cura en cuestión pasó por detrás de él y a traición le empujó la coronilla empotrándole la cara contra el encerado.

La segunda fue producto de un ejercicio de papiroflexia. Otro chaval al que habían expulsado de clase tenía un fraile hecho de papel con una pestaña en los pies de esas que se estiran y hacen que el muñequito de papel haga algo. El cura, mientras le echaba la bronca por la expulsión, vio tal ejercicio de creatividad y dijo que al menos tenía dotes artísticas… hasta que tiró de la pestaña. En ese momento al frailecillo de papel le salió de la sotana un pollazo que ríete tú del caballo de Espartero, con la consecuencia inmediata de un tortazo que hizo que la cabeza del malogrado compañero rebotara en los cristales de la ventana y, dado que todas las ventanas estaban conectadas, retumbaran al compás. Imagínense cómo sería la hostia, que mis compañeros y yo, que ni siquiera estábamos en esa clase, sino en la de al lado, escuchamos el golpe en las ventanas, enterándonos de lo ocurrido cuando salimos al recreo.

Bueno, pues volviendo al Génesis, en concreto al Génesis 2:17, el mencionado “educador” nos estaba explicando la historieta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Ya saben, que Dios que estaba aburrido ese día y no tenía otra cosa que hacer se estaba dando un garbeo por el Jardín del Edén y le dijo a Adán: “come higos o lo que te salga del ídem, menos del árbol ese que la espichas”. Después creó a los animales y a Eva, y la serpiente le dijo a Eva que eso de morir tururú, que si comían de ese árbol lo que ocurriría sería que adquirirían conocimiento y se convertirían en dioses pues sabrían distinguir el bien del mal. Y Eva, pensó: “la idea es cojonuda, pero este marrón no me lo como yo sola”. Total que comió y tentó al otro que era un poco calzonazos para que comiera también y se lio parda.

Yo, que ya conocía la historia, había reflexionado varias veces sobre algunas cuestiones que no me encajaban y tenía ideas un poco peregrinas. Primero, que Dios no era tan puro porque había mentido (no murieron). Segundo, que menuda injusticia el castigo para la serpiente que, además de dar conocimiento y libertad a los seres humanos, había dicho la verdad; y tercero, que si Dios no quería que comieran del dichoso árbol, no tenía que haberlo creado.

Plantear las dos primeras cuestiones era impensable desde todo punto de vista, pero con la tercera me animé y, bastante acojonado (por no decir del todo) y lleno de inocencia, levanté la mano en medio de clase para preguntar: “padre, una duda, si Dios no quería que comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal, ¿por qué lo creó?”.

Se pueden imaginar el descojone generalizado del resto de compañeros. Sin embargo, lo que yo recuerdo con asombrosa lucidez (y les garantizo que me carcome el no poder saber si esa imagen es certera y real o una mera distorsión por el paso del tiempo) más que el cachondeo, es la sonrisa nerviosa del cura, sus ojos mirándome con una expresión de entre desprecio y terror, y su explicación simplona diciendo que aquello era solo un cuento para explicar algo que estaba fuera de nuestro conocimiento y que no hacía falta que le buscáramos más justificación. Te lo crees o no, pero lo que implica lo aceptas.

Fue la primera vez que me planteé que, al menos para mí, no era suficiente una religión que estaba basada en cuentos que no necesitaban explicación. También fue la primera vez que maldije mi curiosidad como una condena y juro que durante un tiempo, intenté dejar de hacerme preguntas y encajar en lo que se supone, y donde se supone, que tenía que encajar.  Demasiada presión para un mocoso de apenas 12 años enfrentarse a sus compañeros, a sus profesores, a su colegio y al sistema de creencias de Occidente.

No duró mucho, quizás porque como buen Virgo según el horóscopo (otro cuento que tampoco necesita explicación), los virgos se preguntan el porqué de todo.

Desde hace mucho tiempo, agradezco en parte la condena de mi curiosidad, aunque no lo voy a negar, a veces me gustaría vivir en la felicidad del idiota que ni se hace preguntas ni necesita respuestas. Y conste que no quiero faltar al respeto a las creencias de nadie, todas me parecen respetables mientras no vayan contra los derechos civiles, muchas reconozco que ayudan a sacar lo mejor de algunas personas y a mí mismo me apasiona el estudio de los temas religiosos del que he sacado enseñanzas interesantes y válidas. Lo que critico es la aceptación ciega de dogmas y la ausencia intencionada de preguntas que se hacen algunos  en pro de una falsa seguridad que haga más fácil la vida (a este respecto recomiendo la serie de Castlevania, anime para adultos con un mensaje impecable, disponible en Netflix).

Hoy mientras tomaba una cerveza, estaba debatiendo con una buena amiga, muy religiosa cosa que como digo respeto, sobre religión; y mi hijo, que me da la impresión que es igual de bocazas que yo (que el dios que sea lo proteja), dijo que a él no le caían bien los curas y que no creía en esa religión, que él era “isotérico” y creía en los vampiros y los hombres lobo. Ella me miró con cara de: “ya te vale, que no crea en Dios y crea en esas cosas”, y aunque yo no dije nada, reconozco que pensé: “bueno a fin de cuentas ambos tienen la misma probabilidad de ser reales”: cuentos sin explicación basados en tradiciones, mitos y leyendas.

Salud y libertad…

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Reivindicando la pedagogía

“El porvenir está en manos del maestro de escuela” (Víctor Hugo)

Tras haber finalizado los exámenes de la UNED al fin he podido recuperar algunas de las lecturas que tenía pendientes y en este caso un artículo del diario El País me ha llamado la atención especialmente. El artículo se titula: “Primero aprende y solo después enseña” y está escrito por el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura, Enrique Moradiellos.

En él, aunque con muchos matices, se puede observar el planteamiento de una dicotomía tan absurda como cierta, que lleva consiguiendo que el nivel de mediocridad docente no pare de crecer desde hace años en casi todos los niveles educativos: la ficticia dialéctica irreconciliable entre dos extremos igualmente perniciosos, saber el contenido o saber enseñarlo, como si ambos aspectos fueran extremos incompatibles por los que hay que tomar partido.

Lo cierto es que en España hay una tendencia asombrosa a polarizar las opiniones entre dos extremos igual de radicales que deben tener a Aristóteles revolviéndose en su tumba mientras grita aquello del mesotes como punto medio virtuoso entre dos opuestos igual de corruptos. Hay que ver cómo recuerda esto al falso etiquetado de la derecha y la izquierda como heurísticos emocionales y manipuladores que impiden el análisis racional y sosegado de propuestas al margen de la fuente.

Pues también en el ámbito educativo parece haber calado esa tendencia. Porque si bien es cierto desde todo punto de vista que es una aberración no tener un conocimiento que transmitir por mucho que se conozcan todos los procedimientos y teorías pedagógicos sobre cómo enseñar, también es un absurdo pretender ser un buen enseñante solo porque se presuponen los conocimientos del campo profesional.

A un docente, sea del nivel educativo que sea, se le debe exigir conocer su campo y también saber enseñarlo en grado de excelencia. Y es este otro aspecto que nos diferencia del resto de países europeos, especialmente los tomados como referentes, donde no se andan con estas chorradas entre el qué y el cómo y exigen el conjunto, pateando el trasero a quien no esté dispuesto a asumir ambos puntos con igual esmero, y sugiriéndole que se dedique a otra cosa antes de amargar a jóvenes o futuros profesionales de determinado sector.

No obstante, el texto, aunque hace referencia a la necesidad de conciliar ambos aspectos, desprende un regusto excesivo por el polo del dominio del conocimiento, lo cual no es extraño viniendo de un docente universitario y teniendo en cuenta que es en este nivel donde las metodologías didácticas se consideran de forma más despectiva, aunque paradójicamente sean más necesarias visto el paupérrimo nivel docente de la Universidad española. Quizás esto tampoco sería así si de una vez por todas se superara la concepción de la docencia como ese mal necesario para desarrollar la carrera profesional investigadora en las Universidades y se crearan dos itinerarios (uno docente y otro investigador), pero parece que la cosa no tiene visos de solución o va para largo…

En lo que sí acierta el autor, y es aquí donde quería centrarme, es en que existe un tipo de pedagogía que paradójicamente ha hecho mucho daño al mundo de la educación y al propio concepto de pedagogía. Son estas escuelas o teorías pedagógicas, por cierto, generalmente de carácter más político que científico, las responsables del absoluto desprestigio que tiene hoy en día la figura del pedagogo (también llamados despectivamente en algunos centros pedabobos o pakistaníes, pues nadie sabe “pakistán” aquí).

Pero que estas escuelas o tendencias existan, incluso que en determinados núcleos sean mayoritarias, no quiere decir que no haya otro tipo de pedagogía científica y rigurosa que busque lo que en definitiva es uno de sus fines en el campo educativo (obviando el social), y que no es sino la búsqueda de los procedimientos más adecuados y eficaces para favorecer los procesos educativos.

Quizás se observe mejor con un ejemplo básico. Si la forma más eficaz y eficiente para que un alumno que escribe con faltas de ortografía supere sus dificultades es escribir diez veces la palabra errada correctamente (y de hecho así es pues la ortografía tiene un importante componente visual), la pedagogía científica dirá que el método más oportuno para evitar cometer faltas ortográficas es ese mismo.

Si otros docentes y pedagogos aplican o sugieren otros métodos tales como respirar haciendo el pino o meditar sobre el significado de la palabra en cuestión con el resultado final que podemos ver hoy en las aulas, lo que no podemos hacer es culpabilizar a la pedagogía en sí, sino a la falta de sentido común de quien aplica esos métodos, o a los profesionales que aplican sus creencias o ideas peregrinas a la educación sin la más mínima base epistemológica.

Es decir, lo mismo que llevan haciendo los políticos con las leyes de educación desde el inicio de la democracia, cuando en lugar de hacer un diagnóstico del sistema educativo para ver qué es lo que falla adoptando las soluciones más eficaces, se dedican a plantear propuestas en función de sus creencias, ideologías o intereses, buscando posteriormente “teorías” que justifiquen lo que ya han decidido a priori. Por supuesto nunca faltarán amigos, escuelas o profesionales dispuestos a plantear hipótesis que justifiquen lo que haya que justificar, sobre todo si reciben por ello una jugosa contraprestación en forma monetaria o de reconocimiento social.

En este contexto es donde ha surgido la imagen actual del pedagogo, profesional educativo escasamente conocido pero ampliamente criticado, tras convertirse en referencia para ejercer esa tendencia tan española de criticar aquello de lo que no se tiene ni idea, aspecto que con la educación pasa en gran medida (como con el fútbol).

Por ejemplo, no es extraño que algún sujeto con la osadía que da la ignorancia manifieste su estupefacción con la profesión de pedagogo, al que considera un supuesto ente que se dedica a los procesos de aprendizaje o formación sin contenido, o un iluminado sin la más mínima formación educativa y científica.

Recuerdo cierta conversación en la que alguien me dijo que no entendía cómo se puede ser especialista en los procesos de enseñanza, pues habría que enseñar algo. Así es. ¿O acaso debemos suponer siguiendo esa lógica que un Graduado en Derecho es ya un abogado especializado en cualquier ámbito jurídico? Obviamente no, es la especialización y la práctica la que determinará que un Graduado en Derecho se especialice en derecho civil, derecho penal, derecho canónico, derecho sucesorio… exactamente igual que un pedagogo se especializará en orientación escolar, orientación laboral, gestión de formación laboral, educación a través de las TIC…

De hecho, basta recurrir al Libro Blanco de la titulación para ver el perfil profesional de esta figura, que establece los siguientes campos:

  • Necesidades educativas especiales (psíquicas, físicas, sensoriales, motrices, etc.), pedagogía terapéutica, las dificultades del lenguaje…
  • Orientación escolar, tutoría…
  • Pedagogía infantil (cuestiones relativas a la infancia y su bienestar, pero no en lo concerniente a las escuelas infantiles)
  • Temáticas de dirección, organización y gestión de instituciones educativas.
  • Especialización didáctica tanto escolar como no escolar. Aquí consideramos cuestiones como el diseño y evaluación de recursos y medios, las tareas de innovación, el trabajo en ámbitos como el mundo editorial…
  • Tecnologías y medios de comunicación
  • Desarrollo comunitario (tareas de dinamización y animación sociocultural. El trabajo en el área de la cultura y de la educación no formal (tiempo libre, actividades extraescolares, ludotecas, museos, educación ambiental…)
  • Educación permanente y de adultos.
  • Educación especializada. Atención a las discapacidades sociales (tareas de prevención, orientación y atención social). Incluye igualmente la Pedagogía institucional (actuación en hospitales, centros de menores, prisiones).
  • Educación para la salud (incluye salud mental)
  • Formación en las organizaciones. Orientación e inserción profesional y laboral.

Por tanto, antes de criticar a los pedagogos como los culpables de todos los males del sistema educativo, tal vez habría que ser más riguroso conociendo cuál es su perfil y especialmente cómo lo ejerce, y no hacer un ejercicio de sinécdoque en el cuál precisamente la parte más politizada y pseudocientífica en pro del interés de algún partido es tomada como el referente de la profesión.

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Esencia humana (4ª parte)

“Un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso” (Confucio)

El primer caso de quien defiende la “bondad” de la naturaleza humana es Sócrates. Por Sócrates tengo una admiración especial por dos razones.

Primero porque lo de presentarse ante el tribunal en el juicio que le plantó su esposa Xantipa por negligencia en sus deberes familiares y defenderla a ella, diciendo que tenía toda la razón y que hubiera merecido un marido mejor que él, me parece de ser un auténtico crack, pues refleja de forma resignada y ejemplar la aceptación de las propias debilidades y defectos.

Y segundo, porque su método, con sus dos componentes (ironía y mayéutica), me ha hecho pasar grandes momentos. Gracias a las dos partes del método, cuando me las han aplicado (algunos incluso sin conocerlas teóricamente), he aprendido mucho. Y gracias a la ironía, cuando la he utilizado contra alguno malintencionadamente, también me he reído bastante (va a ser que en esencia yo tampoco soy tan bueno…).

Pero en lo del bien creo que se equivocaba. Presuponer que el bien está en el conocimiento, y que el conocimiento conduce al bien, me parece generalizar soberbiamente su postura, porque lo cierto es que hay muchos que han utilizado el conocimiento para todo lo contrario, aunque sepamos que Sócrates se refería al propio concepto idealizado y supremo de conocimiento y yo lo vaya a utilizar en otro sentido más terrenal.

Ya hablamos de los psicópatas pero tampoco hay que irse tan lejos. Uno de los usos que demuestran que el conocimiento no tiene por qué conducir al bien ni usarse para el bien, es el denominado “lado oscuro de la empatía”. Prescindiendo de las diferenciaciones técnicas, diremos simplemente que hay dos tipos de empatía, la que consiste en entender como se siente otra persona y la que se centra en experimentar lo que sienten otros y, por tanto, reaccionar como si esas emociones fueran propias.

La sorpresa viene cuando los datos de varias investigaciones educativas en el tema del acoso escolar (o bullying) nos muestran que los acosadores escolares puntúan más alto que la media en cuanto a entender los sentimientos ajenos, y más bajo en cuanto a su experimentación. Esto implica, y cito textualmente, que: “la mayor capacidad manipuladora se combina con la falta de sensibilidad para experimentar el miedo o la indefensión que sienten las víctimas” (López Sáez et al., 2010*). Dicho de otro modo, se aprovechan de conocer lo que sienten los otros para incrementar el sufrimiento.

También sería interesante conocer si realmente son capaces de experimentarlos pero les importan un bledo o, incluso, si tienen un cierto disfrute sádico con ello. No obstante, no creo que nadie se atreva a plantear este estudio de forma rigurosa por aquello de la heurística negativa, que aplicada a nuestro caso, vetaría cualquier intento de investigación fundamentado en la posibilidad de consideración de la perversión humana.

Hay múltiples casos como este pero tampoco quiero extenderme (que luego me acusan de rollista, no sin razón), pero creo que este tipo de hechos demuestran que el conocimiento no está relacionado con la bondad, y aunque puedo sentir cierta simpatía por esa inocente y deseada presunción socrática de que la virtud es el conocimiento y el conocimiento máximo es el bien, creo que muchos hechos la refutan. Guste o no, muchas personas utilizan el conocimiento para hacer el mal. Quizás no en esa vertiente tan idealista que exponía Sócrates del concepto, pero desde luego si en un sentido mucho más apegado a la realidad del mundo en que vivimos.

Siempre me quedará la duda de si tras la ejecución de su condena a muerte bebiendo la cicuta cambió su opinión o no sobre la bondad humana, pero tampoco es el primero que muere firme a sus ideas… “probablemente equivocadas”. Y si no que se lo pregunten a algunos de esos que se inmolan esperando platillos volantes.

El segundo personaje es Jean Jacques Rousseau, cuya máxima en el caso que nos ocupa queda reflejada en su célebre “Emilio”, el tratado de educación en el que comentó aquello de “El hombre es bueno por naturaleza”, interpretando que es la sociedad la que lo corrompe.

Al amigo Jean le tengo una manía especial porque creo que su persona en el campo educativo (y esto lo recalco, refiriéndome solo a este campo) ha pasado a la Historia de forma absolutamente idealizada y pasando por alto determinados acontecimientos de su vida y obra que lo dejarían cuando menos, con presunción de no ser tan virtuoso. Aquí reconozco también mis propios complejos, pues probablemente no lo tendría tan “cruzado” si mis antiguos profesores universitarios del campo educativo no hubieran babeado tanto al difundir sus enseñanzas y ocultar deliberadamente aquello que no les gustaba asumir. Pero es en su propio análisis ad hominem, donde pongo en duda sus afirmaciones.

Básicamente, lo que no se suele decir cuando se enseña a Rousseau es que cuando hablaba de la educación fabulosa y natural que el buen maestro debe procurar a sus pupilos, hablaba de los hombres, pues en el libro V habla de la educación de las mujeres de forma que diferencia la educación que deben recibir ambos sexos, utilizando además algunas argumentaciones que harían las delicias de cualquier feminista.

Tampoco se suele mostrar la propia incoherencia del sujeto, que tras llenarse la boca hablando de la bondad inherente al niño y de todos los males infernales a los que avoca la sociedad y las instituciones sociales, metió a sus nada menos que cinco hijos en un hospicio. Me recuerda a ciertos profesores del ámbito educativo que riegan de consejos a las familias ajenas para educar a sus hijos, pero envían a los suyos propios a un internado a miles de kilómetros de distancia.

Por otro lado, reconozco que nunca he entendido esa contradicción suya según la cual por un lado criticaba el cultivo de la mente a través de las letras y las ciencias porque negaban la parte natural y eran la vía de entrada de la corrupción social, y por otro decía que formaban parte del proceso educativo.

Y por último, me repatea especialmente que se encuentre entre aquellos que se creen con la capacidad de decidir sobre “lo que es natural”, como si alguien tuviera potestad o contacto directo con la divinidad para establecerlo. Eso, amén de que el hecho de que algo sea “natural” tampoco implica nada sobre su valoración, ¿o no se define precisamente lo cultural como la transformación humana de lo natural? Y es que cuando uno cuenta con esta arrogancia, puede decir sin sonrojarse memeces como esta:

Establecido este principio, se deduce que el destino especial de la mujer consiste en agradar al hombre. Si recíprocamente el hombre debe agradarle a ella, es una necesidad menos directa; el mérito del varón consiste en su poder, y sólo por ser fuerte agrada. Convengo en que ésta no es la ley del amor, pero es la ley de la naturaleza, más antigua que el amor mismo

Tócate las narices, pues nada, si lo conviene el señor…

[Continuación]

Salud y libertad

* Lopez Saez,M; GaviriaStewart, E.; Bustillos Lopez, A. y Fernández Arregui, S. (2010). Cuaderno de investigación en Psicología Social. Madrid: Sanz y Torres.

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Esencia humana (1ª parte)

“Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber” (Blaise Pascal)

Me gustaría empezar los contenidos del blog con un tema que sin duda abarcará varias entradas y que aunque puede ser algo denso y aburrido, creo que es importante para entender en el futuro muchas de las cosas que comente, pues supone las base principal de muchos principios, reflexiones, conductas…

Empezaré pues esta serie de post planteando algunas reflexiones sobre el componente humano y sobre mis pequeños “estudios” y análisis, así como sobre sus conclusiones. La verdad es que lo único que pretendo con esas que yo llamo “mis pequeñas investigaciones” es conocer más profundamente al ser humano porque creo que para hacerlo no basta con enviar a una partida de becarios al “charco”, para que después un superior posicionado realice en su palacio de mármol un análisis estadístico, por muy científicas que sean las condiciones de ese estudio. Si uno quiere conocer, tiene que mojarse y experimentar las propias realidades que observa de forma directa, por lo que al menos a mí no me interesa únicamente hacer ciencia, incluso aunque conozca el método y me anime de vez en cuando.

Pongo un ejemplo, hubo una época en la que me interesó ampliamente  el fenómeno de las técnicas de reforma del pensamiento y la dinámica sectaria. Después de un amplio estudio de la bibliografía y de la lectura de algunas investigaciones consideraba el tema extremadamente complejo de llevar a la práctica. Así que decidí verlo in situ y me planté en una reunión de un grupo de dinámica sectaria donde me bastaron 3 horas para comprobar la enorme facilidad con que se pueden llevar a efecto este tipo de estrategias. Somos manipulables por naturaleza y solo aceptándolo y sabiendo cómo se nos manipula podremos empezar a ponerle remedio.

Por eso, me interesa tanto la ciencia como el conocimiento experiencial y me parece muy osado y muy soberbio por parte de algunos considerar únicamente como válido el conocimiento científico. Para no extenderme demasiado pondré un último ejemplo. Antonio Salas es el alias de un escritor que se ha infiltrado en grupos nazis, grupos de trata de blancas e incluso en el mundo del terrorismo islámico. Él crea cuidadosamente un personaje, se adentra en esos terrenos pantanosos, vive su realidad diaria (jugándose la vida), obtiene información y saca sus propias conclusiones, por supuesto sin analizar sus datos desde un punto de vista científico. Mi pregunta es: ¿si usted tuviera un hijo que empieza a tener contacto con grupos radicales, estuviera preocupado por él y tuviera oportunidad: preguntaría a Antonio Salas que ha vivido meses la realidad de estos grupos o le preguntaría a un individuo que ha leído 40 libros académicos del tema y ha realizado un análisis de unos cuestionarios obtenidos por su cohorte de becarios?

Así pues, teniendo en cuenta estos aspectos, empezaré con el tema que pretendo introducir: la esencia humana. Saben los que me conocen en profundidad desde hace tiempo que hay dos temas que siempre me han obsesionado, a veces hasta lo patológico, y que me han supuesto muchas horas de estudio y dedicación: el primero, conocer los aspectos que constituyen la esencia humana, entendida esta como el conjunto de elementos (características, impulsos, necesidades…) innatos y comunes a todo individuo como miembro de la especie (y por tanto concepto diferente al de alma); y el segundo, saber si el alma o psique individual sobrevive después de la muerte. Vamos, lo que viene siendo de toda la vida, el quiénes somos y adónde vamos en versión propia.

Así, me gustaría exponer algunas cuestiones sobre el primer tema, ya que no solo me parece interesante por sí mismo, sino que además me da pie a introducir un debate interesante (y casi infinito) que puede ser la base del desarrollo de muchos principios posteriores con implicaciones en el comportamiento de cada individuo: determinar si el ser humano es bueno en esencia o no. El segundo aspecto que comentaba, el de si hay algo más allá de la muerte, lo obviaré de momento ya que será objeto de un post posterior y además, como buen agnóstico, llevo toda la vida dándole vueltas sin haber sacado absolutamente nada en claro.

Lo que sí quiero comentar antes, y esto servirá de explicación para todos los textos publicados en el blog, es que aquellas afirmaciones que pueda utilizar de forma absoluta, solamente pretenden reflejar MI verdad. Siendo profundamente relativista, entiendo que nadie puede ser tan vanidoso como para creerse en posesión del auténtico conocimiento ni de verdades establecidas como dogmas de fe. Y aunque es cierto que para funcionar en este mundo necesitamos considerar nuestra verdad como si fuera absoluta, e incluso actuar como si lo fuera en una suerte de pragmatismo, no conviene perder la perspectiva de que solo es una forma más de ver las cosas, con su mayor o menor nivel de eficacia y capacidad adaptativa (lo que tampoco impide que existan algunos argumentos más válidos que otros para una determinada justificación).

[Continuación]

Salud y libertad.

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