Reflexiones sobre educación espiritual

“Dios perdonará a los que le niegan; pero ¿qué hará con los que cometen maldad en su nombre?” (Jacinto Octavio Picón)

Determinar el tipo de educación que uno desea para su hijo es probablemente una de las decisiones más difíciles a las que un padre tiene que enfrentarse, al menos si uno no ignora o delega esta obligación, o si no desea ser responsable de que en el futuro su hijo se convierta en un auténtico gilipollas, de lo que ya existe bastante riesgo en una sociedad como esta que padecemos sin necesidad de que los padres aporten su particular contribución para tal fin. Realmente pocas cosas se me ocurren más tristes que imaginar a un sujeto en su lecho de muerte pensando que su hijo se convirtió en un cretino integral por culpa suya.

Teniendo esto en cuenta, conviene recordar una taxonomía existente en el ámbito psicopedagógico que señala cuatro grandes estilos educativos en función de la demostración de afectividad y receptividad comunicativa de los padres, por un lado, y de la exigencia de autoridad y respeto a las normas que se demanda, por otro. Tendríamos así la educación autoritaria, caracterizada por un alto nivel de disciplina, control y exigencia a la par que por una baja demostración de afecto y escasa comunicación; la educación democrática, con un alto afecto, apoyo e interés por el desarrollo del niño como individuo, sin que ello impida mantener una cierta exigencia y disciplina; la educación permisiva (también denominada laissez-faire), donde se da una demostración sincera de afecto y apoyo al menor, pero sin ningún tipo de exigencia y control de sus acciones; y la educación negligente, donde se aprecia una ausencia total de control y disciplina que se acompaña de distanciamiento afectivo cuando no directamente rechazo u hostilidad (lo que nos puede llevar a pensar por qué este tipo de padres decide tener un hijo en lugar de comprarse un cactus).

La adopción de un tipo u otro de estilo es importante pues hay estudios que indican que la educación autoritaria tiende a generar personas con baja autoestima, escasas habilidades sociales y con tendencia a la depresión; la educación permisiva, menores inmaduros e inseguros con baja tolerancia a la frustración y dificultades para la gestión emocional; la educación negligente, personas sin límites y sin empatía con baja valoración de sí mismas; y la educación democrática (que sería la ideal), personas empáticas y con alta autoestima, independientes y competentes tanto laboral como socialmente.

No obstante, esta es solo una de las categorizaciones educativas, pues existen varias, además de condiciones educativas sin tanto sustento académico detrás, pero que todos podemos comprobar en nuestro entorno. A mí, por ejemplo, me llama mucho la atención la concepción educativa (que me he encontrado alguna vez en consulta) de los psicópatas que consideran a los hijos propiedad suya y que, por tanto, pretenden convertirlos en mini-yoes a través de los cuales desarrollar su delirante idea de trascendencia.

O la de ciertos fanáticos que confunden educación con adoctrinamiento, tan actual en ciertas regiones españolas, y que se basa en ir inculcando emociones de odio al niño desde bien pequeño para que los papis puedan superar sus complejos y estar orgullosos de las ansias de heroísmo de la figura de su vástago, aunque ello implique convertirlo en un monstruo y crearle una situación de infelicidad perpetua.

Pero más allá de generalidades sobre las apreciaciones educativas hay diferentes contextos en los que los padres tendrán que mojarse buscando la adecuada educación de sus hijos para su desarrollo personal. Los padres tendrán que concretar una educación moral para sus hijos (¿es lícito utilizar la violencia con otro. En qué circunstancias?), una educación social (¿cómo se concibe al otro?), una educación sexual (¿cuál es la finalidad del sexo: reproducirse o disfrutar?), una educación académica (¿qué exigencia de formación considero básica?) y, desde luego una educación espiritual (¿existe un dios? ¿Hay algo más allá de la muerte?), incluso aunque esta consista en negar tal realidad.

A este respecto, siempre es bueno recordar el puritanismo de ciertos colegios religiosos estadounidenses donde “se prohibía la educación sexual”. Y es que negar tal educación, posicionándose en contra del acceso a la información sexual o incluso de la mera mención del tema delante de los niños, también es un tipo de educación, ya que transmite la idea de que el sexo es algo oscuro y pecaminoso que no debe ser tratado. Como se pueden imaginar, una postura ideal para el sano equilibrio mental de los futuros adultos, amén de un impulso motivador difícilmente igualable para la búsqueda de tan hermético secreto.

Algo parecido ocurre con la educación espiritual. Porque guste más o menos a los padres, creyentes o no, es una cuestión de tiempo que el niño sea consciente de la universalidad de la muerte y quiera conocer su misterio. Incluso es posible que tenga ciertos deseos de trascendencia, lo que puede llevarlo a desarrollar un gran potencial artístico o filosófico (por aquello de dejar un recuerdo en este mundo), o a la más firme autodestrucción si no sabe cómo enfrentarse a la pérdida de los que le van rodeando mientras espera su turno (duelos no resueltos que se denominan en el argot psicológico).

El problema de educar en este área está, como suele ser habitual, en la delegación de funciones. Y no porque compartir la labor educativa con ciertas instituciones sea algo criticable, que no solo no lo es sino que parece algo deseable, sino por el peligro de delegar esta función de forma completa a “especialistas“ que se sitúan en otro plano de conocimiento, lo que puede tener consecuencias nefastas.

Para muestra, el titular con el que despertábamos esta misma semana: “Un informe desvela 300 casos de sacerdotes depredadores sexuales y 1000 niños víctimas”. Una noticia que daba a conocer un nuevo escándalo de pederastia en la Iglesia Católica, hecho institucionalmente conocido y que trató de ocultarse como tantos otros.

Como tantos otros casos y como tantas otras instituciones, religiosas o no, que también tratan de guardar el polvo debajo de la alfombra (nunca mejor dicho). Basten como muestra los casos equivalentes en la religión musulmana, o los casos que el periodista Eric Frattini expone en su imprescindible libro: “ONU. Historia de la Corrupción”, donde muestra cuál es la moneda de cambio en los campos de refugiados de ACNUR o donde detalla el porqué de la expresión asumida por la población en zonas de conflicto bélico: “si ves a un casco azul, corre”. Si les aburre mucho el inigualable placer de la lectura pueden escucharlo aquí a partir del minuto 46 y del minuto 68.

Pero incluso prescindiendo del encubrimiento directo por parte de la religión católica a través, por ejemplo, de su vergonzante Instrucción: “Crimen Sollicitationis” o de sus equivalentes en otras confesiones, es por situaciones como estas por las que los padres deberían estar alerta y concienciarse de la necesidad, casi por supervivencia, de educar críticamente a sus hijos para hacerles conocedores de tres realidades:

La primera, que más allá de las creencias (o increencias) que tenga cada uno, nadie tiene contacto directo ni status privilegiado para contactar con el más allá ni con supuestos dioses y, por tanto, no existe un conocimiento arcano que exija someterse a las garras de supuestas autoridades religiosas y morales superiores que probablemente tengan el mismo conocimiento que cualquier otro mortal sobre la muerte y lo que existe o no más allá de ella. Bastantes problemas tiene aún la ciencia actual para determinar y definir el proceso de muerte, como para fiarnos de meros argumentos irracionales por muy respetables (no todos) que sean.

La segunda, que es muy lícito buscar el conocimiento metafísica o religiosamente pero siendo consciente de que tal proceso debe ser, en este caso, una búsqueda conjunta de saber y no un sometimiento a directrices o normas férreas y externas, ya sean aleatorias o interesadas.

Y la tercera, que bajo bellos discursos y bonitas palabras existen malnacidos que aprovecharán su posición como autoridad para explotar las emociones y empequeñecer a otros con el fin de conseguir sus propios fines, que en muchas ocasiones estarán repletos de todo lo contrario a aquello que dicen defender y donde seguramente no faltará un buen aliño de degeneración y perversión (muy lícita siempre que respete dos límites claros: ser entre adultos y entre dos personas que consienten libremente).

Salud y libertad

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Archivado bajo Educar, Filosofía, Psicología

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