La verdad sobre el cibersexo (1ª parte): Introducción

“El sexo sólo es sucio si se hace bien” (Woody Allen)

Con las entradas de blog pasa a veces como con los trinos de twitter, uno escribe algo profundo pensando que lo va a petar, algo a lo que el autor concede un valor incalculable por su afán didáctico y reflexivo, y el resultado es la más absoluta indiferencia por parte de los lectores. Sin embargo, posteriormente uno describe cómo se mete un algodón impregnado con vodka por el orto o en qué ángulo te potencia la Viagra, y el personal enloquece.

La moraleja es que el saber y el pensar aburren, mientras que el morbo vende. Así que, dado que mis estadísticas de acceso demuestran que sois unos morbosos sin redención, vamos a entrar de lleno en el mundo más morboso que hay dentro de las caretas sociales: el del sexo (hoy en día inentendible sin su correlato virtual, el cibersexo).

Como decía Oscar Wilde y ya hemos citado hasta la náusea por estos lares: “el hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia, dadle una máscara y os dirá la verdad”. Y como también hemos señalado, no hay mayor máscara que la que proporciona Internet, pues aunque el anonimato que facilita no es real, sí es lo suficientemente engañoso como para que la persona que está bajo su “dominio” así lo perciba y, por tanto, se comporte como si lo fuera.

A este respecto mueve bastante a hilaridad el comentario de quienes dicen que Internet no es el mundo real y que el personal confunde lo que existe con lo ficticio. Decía un viejo meme que si te metes en un chat de gatos, comportándote como un gato y queriendo relacionarte gatos, a lo mejor es porque tú eres un gato, quieres serlo o tienes intereses de gatos, por mucho que tengas apariencia de perro.

Es algo parecido a lo que podemos ver a diario los psicólogos, acostumbrados a observar la imagen social de ciertos sujetos interaccionando en un teatrillo perfecto donde todo es fachada y atrezzo, y donde las parejas pasean felices por la calle cogidas del hombro entre sonrisa y sonrisa, antes de quedar horrorizados por la crudeza de  la verdadera vida íntima que se esconde tras las bambalinas, y que te cuentan en consulta.

También recuerda en ocasiones a esos noticiarios truculentos donde la vecina sale a exponer sus primeras impresiones sobre el pederasta que acaban de detener en el piso de arriba y comenta aquello tan manido de: “pues era un vecino excepcional, quién iba a pensarlo con lo alegre que era y siempre saludando a todo el mundo”. Pues normal, señora, el problema de los monstruos es que no llevan tatuado en la cara la palabra “psicópata” o “pederasta”, más bien al contrario, les interesa pasar desapercibidos al ser conscientes de las barbaridades que cometen y de las consecuencias que puede tener ser descubiertos. Dicho de otro modo, el lugar más seguro para resguardarse de un grupo terrorista, es el bloque de edificios contiguo al suyo (y por aquello de que el suyo igual vuela en pedazos si yerran con el bombazo que están preparando).

Finalmente, y antes de comenzar a analizar la realidad que se esconde tras la pantalla, hay que considerar otro factor psicológico importante como es la negación (incluso la racionalización que en ocasiones se utiliza para justificar una negación), mecanismo de defensa que opera de forma generalizada cuando una motivación social básica, la de confianza, se ve alterada.

La motivación social básica de confianza es aquella que impele al ser humano a creer que vive en un lugar relativamente seguro donde su integridad física y psicológica no se ven alteradas. Este principio tiene su sentido, ya que en caso contrario la activación que generaría saberse permanente en peligro conllevaría un estado de ansiedad y miedo poco adaptativos que dificultarían mucho poder seguir adelante. El problema es que para mantener este tipo de principios básicos, a veces nuestra mente utiliza mecanismos de defensa como los señalados, ejemplo de lo mal diseñado que está en ocasiones nuestro software cognitivo.

Y claro, aplicándolo al caso que nos ocupa, esto se traduce en que será mucho más socorrido achacar antes las perversiones de un engendro a que Manolín es un perturbado mental (como los terroristas, hoy trastornados víctimas del capitalismo y la marginación social en lugar de hijos de puta a secas), que a pensar que nuestro médico, el profesor de nuestro hijo, nuestro fontanero, nuestro peluquero o el tío que nos vende la carne pueden disfrutar practicando según qué aberraciones o tener determinados impulsos, ejecutándolos en mayor o menor grado a la par que consiguen mantener, al menos durante un tiempo, una imagen de normalidad e incluso de afabilidad.

 

Salud y libertad…

[Continuará]

Aprovecho para solitaros colaboración cubriendo este cuestionario totalmente anónimo, que pretende estudiar de forma más científica el uso de este tipo de canales y contenidos, y no tardaréis más de 3 minutos en cubrir. Muchas gracias.

 

 

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2 comentarios

Archivado bajo General, Psicología

2 Respuestas a “La verdad sobre el cibersexo (1ª parte): Introducción

  1. Pingback: La verdad sobre el cibersexo (2ª parte): el marco de lo aceptable | cancerverus

  2. anon

    Dos comentarios. En 1975, un tal Ted Nelson (famoso por inventar la palabra hipertexto) empezó a hablar de “teledildonics”. Unos treinta años después, apareció un juguetito llamado OhMiBod (suena parecido a la expresión orgásmico-blasfema anglosajona “Oh, my God!”). Este juguete sexual está suponiendo una revolución socioeconómica: gracias a la tecnología la prostitución es ahora una ocupación higiénica. Véase, a modo de ejemplo, la web “chaturbate”.
    No sé por qué ha tardado tanto tiempo esto en echar a andar. Aunque me lo imagino.

    Segundo comentario. Existe una idea, algo vetusta, que dice la mayor aportación a la reducción de muertes por enfermedades infecciosas no fue el invento (o descubrimiento) de las vacunas, sino el invento de los coches con motor de explosión. El razonamiento es un poco rebuscado. Antes del motor de explosión, en la metrópolis de Nueva York había muchos carros tirados por caballos. Los caballos comen y descomen. Sus excrementos se apilaban (y luego eran vendidos como fertilizante y llevados en barco a Cuba para cultivar tabaco, jejejejeje). Las moscas disfrutan mucho en cualquier tipo de bosta. Se reproducen y luego van volando a la comida de la gente (puestos de mercado callejeros) o a los juguetes que los niños se llevan siempre a la boca. A medida que fue habiendo más coches de gasolina hubo menos carros de caballos y menos excrementos y menos moscas y menos infecciones. Y los médicos y los políticos empezaron a congratularse por su presciencia y su genialidad… Numéricamente, seguramente sea imposible de comparar las cantidades de vidas que salvaron las vacunas con las vidas que salvó el tan denostado motor de explosión. Pero no es impensable que haya sido mayor el efecto de retirar la mierda y los vectores de infección que el de intentar “fortalecer” el sistema inmune mediante algo tan basto como la vacuna de la viruela (muy basto, léase a M. Voltaire al respecto).

    ¿A qué viene esto? Pues que siguiendo como plantilla este rebuscado razonamiento, quizás el tan denostado cibersexo haga más por mejorar la salud mental de la mayoría de la gente que toda la psicología y toda la psiquiatría (lo cual no es difícil, porque han logrado muy poco. Intento ser generoso). Quizás, dentro de diez o veinte años, veamos a un sesudo epidemiólogo demostrando con irrefutables números que la vergonzosa ubicuidad y cuasi-gratuidad de la pornografía ha acabado con el 95% de los crímenes sexuales entre humanos. Piénselo, señor Cervero.

    Salud y libertad.

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