Entendiendo la transexualidad (1ª parte)

“Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto” (Steve Jobs)

El verdadero bus de Hazte Oir

Tras llegar el parón de trabajo estival y retomar los contenidos del blog, estaba pensado en un tema adecuado para tratar, especialmente teniendo en cuenta que hace mucho que no me meto en una buena polémica y que como es sabido tengo cierta inclinación a lanzarme al fango de cabeza. Así que he pensado, ¿qué tema puede, tratado de forma más o menos seria y rigurosa, cabrear por igual a los fanáticos de un lado y a los buenrollistas de lo políticamente correcto por el otro, con el fin de dar un poco de vidilla a este insípido verano? Y allí, a lo lejos, mientras la avioneta de hazme reír pedía los permisos de despegue, lo vi: el tema de la transexualidad.

De hecho, es un tema lo suficientemente complejo como para que se pueda realizar una entrada con afán didáctico y permita a la par desarmar los argumentos peregrinos de quienes hablan de él gritando mucho y sabiendo poco. Por eso, parece apropiado que, en primer lugar, definamos qué se entiende por transexualidad.
Desde el punto de vista sanitario y psicológico la transexualidad es una condición técnicamente llamada disforia de género (en el DSM V, manual al cual yo no me acerco ni con un palo), o trastorno de la identidad sexual (según el DSM IV-TR), que se caracteriza por:

A. Identificación acusada y persistente con el otro sexo (no sólo por el deseo de obtener las supuestas ventajas relacionadas con las costumbres culturales).
En los niños el trastorno se manifiesta por cuatro o más de los siguientes rasgos:
1.- Deseos repetidos de ser, o insistencia en que uno es, del otro sexo,
2.- En los niños, preferencia por el transvestismo o por simular vestimenta femenina; en las niñas, insistencia en llevar puesta solamente ropa masculina.
3.- Preferencias marcadas y persistentes por el papel del otro sexo o fantasías referentes a pertenecer al otro sexo.
4.- Deseo intenso de participar en los juegos y en los pasatiempos propios del otro sexo.
5.- Preferencia marcada por compañeros del otro sexo
En los adolescentes y adultos la alteración se manifiesta por síntomas tales como un deseo firme de pertenecer al otro sexo, ser considerado como del otro sexo, un deseo de vivir o ser tratado como del otro sexo o la convicción de experimentar las reacciones y las sensaciones típicas del otro sexo.
B. Malestar persistente con el propio sexo o sentimiento de inadecuación con su rol.
En los niños la alteración se manifiesta por cualquiera de los siguientes rasgos: En los niños, sentimientos de que el pene o los testículos son horribles o van a desaparecer, de que sería mejor no tener pene o aversión hacia los juegos violentos y rechazo a los juguetes, juegos y actividades propios de los niños; en las niñas, rechazo a orinar en posición sentada, sentimientos de tener o de presentar en el futuro un pene, de no querer poseer pechos ni tener la regla o aversión acentuada hacia la ropa femenina.
En los adolescentes y en los adultos la alteración se manifiesta por síntomas como preocupación por eliminar las características sexuales primarias y secundarias (p. ej., pedir tratamiento hormonal, quirúrgico u otros procedimientos para modificar físicamente los rasgos sexuales y de esta manera parecerse al otro sexo) o creer que se ha nacido con el sexo equivocado.
C. La alteración no coexiste con una enfermedad intersexual.
D. La alteración provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

 

En definitiva, lo que viene siendo prescindiendo de toda esta parafernalia, querer tener el sexo opuesto a aquel que nos define por nacimiento (o siendo más preciso, a aquel con el cual nos han definido en función de las categorías sociales establecidas).

Sin embargo, más allá de la propia condición, hay algunos conceptos asociados que son más complejos de lo que pueden parecer a simple vista y que constituyen una parte central de la polémica, por lo que será en los que nos centremos ignorando otros aspectos secundarios: el concepto de enfermedad, la causa de tal condición y el uso de un lenguaje interesado que ha dado lugar a enfrentadas campañas.

Pibón, se mire como se mire

El primer aspecto que conviene analizar sobre este asunto, y que ya genera los primeros sarpullidos es sobre el propio concepto de patología o enfermedad. Y realmente esta es una discusión o excesivamente técnica como para un debate social o tan absurda que solo pretende asentarse desde el plano de menospreciar al diferente.
Desde un punto de vista técnico, el concepto dogmático de enfermedad o patología es bastante irrisorio especialmente en el ámbito psicológico, porque aunque socialmente se entienda como una verdad de fe, lo cierto es que este ha hecho más que aguas a lo largo de la Historia. Así, en el campo de los trastornos mentales, como señalan Belloch et al. “en muchas ocasiones la cualificación de algo como psicopatológico no responde a criterios científicos, sino más bien a otros de naturaleza ética o moral, de tal modo que todo aquello que contraviene la ética dominante, puede ser caracterizado legítimamente como psicopatológico” (2008, 36)*.

A este respecto, y con el fin de priorizar el razonamiento sobre los dogmas sociales establecidos siempre incluyo el ejemplo en mis clases de la drapetomanía, que es la supuesta enfermedad mental que se les achacaba a los esclavos negros que querían escapar a toda costa o que se negaban a aceptar su condición de esclavos, y que se manifestaba en un estado de ansiedad que les impulsaba a querer escapar de las plantaciones. Sí, así es, esto fue aceptado como conocimiento científico y como enfermedad en un momento determinado de nuestra Historia.

Desde un punto de vista humano, por otro lado, es realmente irrelevante debatir sobre si la transexualidad es una enfermedad o no. Es una condición que genera un malestar a la persona que se encuentra en esa situación y, por tanto, esto ya es razón suficiente para justificar una intervención psicológica. A consulta pueden venir cientos de personas con múltiples problemas clínicos o no clínicos, pueden llegar pacientes con depresión (endógena o exógena), con distimia o, sencillamente, con un sentimiento de insatisfacción hacia su vida,queriendo reorientar su camino. Son problemas que requieren una intervención, pero en los que hablar de enfermedad con el fin de igualar ésta a no seguir la norma, carece de sentido más allá de la mala intención. Es como si tuviéramos que determinar la enfermedad o no de un niño con 5 suspensos que viene a consulta. Es absurdo, tiene un problema y viene a buscar una solución.

Sin embargo, esta categorización sí tiene una importante connotación en el ámbito de las prestaciones sanitarias, y por eso creo que en este punto se equivocan ampliamente los colectivos LGTBI. El tratamiento hormonal y no digamos ya el quirúrgico es largo, caro y problemático. El hecho de que se considere el trastorno de identidad sexual como una enfermedad, permite incluir esta parte del tratamiento como una prestación sanitaria a cargo del erario público. Eliminar la concepción patológica está dando una vía por explotar a los integristas para eliminar el tratamiento gratuito, porque, ¿cómo se justificaría una intervención tan cara si no existe tal enfermedad? Es complicado, y por eso quizás sea preferible hablar de patología, entendiendo por tal concepto cualquier situación que genera malestar o complicaciones a una persona y que, por tanto, requiere una intervención, ya sea médica o psicológica.

Salud y libertad…

Continuación 2ª parte

*Belloch, A., Sandín, B., y Ramos, F. (2008). Manual de Psicopatología (vol. I). Madrid: McGraw Hill.

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