Trastornos mentales y terrorismo islámico

“Tengo una pregunta que a veces me tortura: estoy loco yo o los locos son los demás” (Albert Einstein)

Empiezo esta nueva entrada con una especie de deja vu, pidiendo perdón por no haber podido actualizar el blog desde hace tiempo, otro pico de trabajo o más bien de ocupaciones me han restado tiempo para hacerlo. Y como suele ser habitual, lo que me saca de la hibernación veraniega (paradojas) es la indignación con las cada vez más simplonas estrategias de entontecimiento social. Esta, lo reconozco, me genera un plus de beligerancia por ir milimétricamente dirigida a atacar a uno de los colectivos sociales más débiles y por contener un cierto aire de ofensa personal, ya que de las pocas cosas que respeto en este mundo quizás una de las más importantes sea a mis pacientes (la mayoría, dicho sea de paso, bastante más cuerdos que su entorno y en mucho casos que yo mismo).

Me refiero a la tendencia actual de los medios de comunicación de, siguiendo las directrices de sus amos, criminalizar al colectivo de personas con trastorno mental en beneficio de intereses políticos secundarios. Algo que empieza a ser tan evidente que personas con criterio propio ya denuncian públicamente.

noofenderCierto es que culpabilizar a las personas de este colectivo no es algo nuevo. Cada vez que hay un accidente importante o una situación de impacto (como el caso Lubitz), responsabilizar a un enfermo mental facilita las cosas: reduce el tiempo de investigación, reduce los costes en indemnizaciones y afianza la sensación de seguridad de la amplia mayoría que prefiere vivir en un mundo ficticio.  Ello a pesar de que está científicamente aceptado que el colectivo de personas con trastorno mental no solo no es más violento que la media, sino que muy probablemente se sitúe por debajo de esta.

Pero lo novedoso es utilizar a este colectivo para tapar hechos que ponen en jaque la estupidez y el buenrollismo europeo, hecho que pocos se atreven a mencionar y que cuando lo hacen, como le ocurrió a Iker Jiménez, tienen que someterse a la censura inquisitorial, cuando no a la violencia, de los optimistas ilusorios, que al más puro estilo fanático y sectario jamás permitirán que nadie les arrebate su fantasiosa felicidad y sensación de confort (al menos, no hasta que la madre a la que revienten la cabeza sea la suya y no la de otro, que siempre es más fácil dar lecciones de moral a costa del dolor ajeno).

La vil estrategia la podemos comprobar en noticias como la del asesino de Londres, cuya información en apenas minutos ya se apresuró a indicar que tenía un trastorno mental (sin especificar cuál) ignorando su origen somalí y su férrea educación religiosa conocidas posteriormente, o incluso en la del asesino del centro comercial alemán, que desde un principio se trató de desvincular del integrismo religioso y del colectivo de refugiados, llegando a extenderse la hipótesis de que era un atentado de la extrema derecha, lo que dio lugar a muestras de brillante cinismo reflexivo como la siguiente:

islamHace un par de días falleció Gustavo Bueno, en uno de esos casos curiosos en los que una persona apenas sobrevive dos días a la muerte de su pareja. Él fue quien dijo aquello de: “Si alguien me dijera que es feliz le escupiría a la cara”, denotando que solo una persona muy imbécil o un completo hijo de puta (con tintes psicopáticos) podría llegar al estado de dicha plena que supone la felicidad, pues tendría que ser insensible al dolor y al sufrimiento de su entorno. Prescindiendo de los segundos, entre los primeros hay un subgrupo especialmente miserable, el de los que inducen su propia estupidez por egoísmo, a veces incluso culpabilizando a las víctimas para no perturbar su estado de bienestar (el capitalismo, Occidente o la muy puta que llevaba minifalda, ya saben).

Sería prácticamente imposible para estos entender que en muchos casos los trastornos mentales no son sinónimo de estupidez y que la lucidez que muestran estas personas es en ocasiones muy cercana a la genialidad,  eso cuando no es precisamente el mayor conocimiento de la realidad circundante y la falta de autoengaño lo que ha precipitado su trastorno. Supongo que al menos tendrán la decencia de guardar las lecciones de ética cuando se ataque el próximo centro de personas con enfermedad mental como ocurrió en Japón.

Y cuidado con las interpretaciones, que como ya lo veo venir (otra vez), entre la culpabilización de todo un colectivo y la dureza y la intransigencia con quien viene simplemente a destruir media un abismo, casi el mismo que existe entre quien quiere enfrentarse al mundo analizando los hechos y los que prefieren hacerlo fabulando en función de sus deseos.

Salud y libertad…

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