El cerdo ha muerto, viva el cerdo

“No le temas tanto a la muerte, sino más bien a la vida inadecuada” (Bertolt Brecht)

muerteCuando un maestro o un profesor pronuncian una sentencia categórica es difícil de olvidar, especialmente si los destinatarios son alumnos jóvenes que se dejan impresionar por la contundencia de una carga emocional importante. De hecho, está psicológicamente demostrado que el hecho de asociar un recuerdo a una emoción intensa facilita la perdurabilidad de la huella de memoria.

Hace muchos años, un antiguo profesor de Literatura criticó en clase la hipocresía social a cuenta de la muerte de cierta mujer famosa a quien todo el mundo había criticado e insultado mientras vivía pero que en ese momento solo generaba alabanzas por los mismos que la despreciaban (suele ocurrir cuando se muere un famoso). Lo hizo diciendo: “recordad siempre que un cabrón aunque se muera seguirá siendo un cabrón”.

Como yo ya he defendido varias veces el concepto de justicia platónica que viene a decir que hay que dar a cada cual según su merecimiento, a nadie le extrañará que yo comparta este pensamiento, que por cierto, muchos (yo desde luego, no) le aplicaron a él. Paradojas de la vida… y de la muerte.

La muerte es uno de los principales temas tabú de la sociedad, por no decir el tema, y es curioso como la deseabilidad y el fascismo de lo políticamente correcto penalizan que uno se alegre de la muerte de una persona. En realidad, como en tantos otros ámbitos, lo que se penaliza no es la emoción sino la expresión de la misma. O dicho de otro modo, piensa lo que te dé la gana pero no se te ocurra decirlo, que nos cargamos la burbujita teatral con la que mantenemos la impostura de que el mundo es un lugar limpio y seguro como las compresas. También hay quien por un mero componente práctico, no lo hace solo por evitar molestos procesos judiciales.

Sin embargo, el ser humano es persistente en dejar entrever su lado más oscuro, qué le vamos  hacer, y así, cuando muere el enemigo, es difícil que no asome cierta alegría reprimida, incluso aunque su protagonista esté en el mismísimo funeral de la víctima mostrando sus más sinceras condolencias.

Cuando Franco murió, muchas familias se dieron un paseo por la capilla ardiente solo para comprobar si estaba realmente muerto o para susurrarle al oído aquellas palabras que no tuvieron valor de pronunciar en vida. Otras brindaron con champagne en una fiesta sostenida en el tiempo, mientras los leales al régimen juzgaban la sucia moralidad de quienes se dejaban llevar por el odio celebrando la muerte de un “ser humano”. Cuando Santiago “Paracuellos” Carrillo hizo lo propio, las mismas que brindaron tiempo atrás mostraron en twitter su indignación por la hipócrita moral y la falta de respeto de la vergonzosa derecha que celebraba la muerte de una persona, mientras que las que habían hablado de la sucia moralidad muchos años antes, la practicaron gustosas con whisky de malta.

Las todopoderosas y justicieras “derecha” e “izquierda” siempre han tenido una hilarante ligereza para justificar a los suyos y una asombrosa beligerancia para condenar al contrario, pero en ambos casos, lo divertido, lo humano, es ver como lo disfrazan de superioridad moral.

Por eso, lo honesto, aunque quizás antisocial, sea asumir que la realidad del mundo es una guerra constante donde cada vez que muere un soldado del bando contrario, el propio lo tiene un poco más fácil. Y eso, amigos, genera cierto ánimo embriagador.

Otro viejo amigo comentaba que el mundo se dividía en dos bandos, el de los que si pueden y no les supone mucho perjuicio ayudan al resto, y el de los cerdos que solo miran por tener más y más, necesitando que otros estén peor porque ello les hace sentirse mejor, superiores, lo que hincha su ego. Pero cuidado, estar en uno u otro bando no implica un mayor nivel moral, solo una elección. Los de un bando se ayudan entre sí y atacan al otro, y los del otro hacen lo propio con el uno. Por tanto, no es cuestión de ética, sino de grupo.

En todo caso, hay una cierta justicia poética en la muerte, pues desde el más altruista hasta el más miserable, todos acabaremos en el mismo lugar como bien escribía Jorge Manrique en las “Coplas a la Muerte de su Padre”

Esos reyes poderosos

que vemos por escrituras

ya pasadas,

con casos tristes, llorosos,

fueron sus buenas venturas

trastornadas;

así que no hay cosa fuerte,

que a papas y emperadores

y prelados,

así los trata la Muerte

como a los pobres pastores

de ganados.

…y este rasero que nos iguala solo dejará nuestro recuerdo en la memoria de quienes nos conocieron. Quienes dejaron la impronta de la hediondez de sus actos: el robo, la infamia, la vileza de sus genes y el fariseísmo de su propio interés en la excusa fingida de la justicia social; así sean recordados, aunque sin duda pronto tendrán remplazo.

A fin de cuentas, quizás sea bueno recordar siempre que un cabrón aunque se muera, seguirá siendo un cabrón.

El cerdo ha muerto!
Viva el cerdo!

Salud y libertad…

 

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