La gran farsa del amor romántico (1ª parte)

“- ¿No crees en el amor?
– Sí, creo en el amor. Y en el cáncer.
– ¿Porque las dos son enfermedades?
– Más o menos” (El Último Boy Scout)

llamalaOcurrió hace unos días. Estaba haciendo la revisión matinal de mensajes de whatsapp cuando entre toda la morralla de informaciones y valoraciones políticas, muestras de cinismo vario y habituales desvaríos con el fin de vomitar emocionalmente la frustración patria, me encontré con la siguiente cuestión planteada por @RickyTaun78: “¿De cada 10 parejas, cuantas crees que están juntas por interés/necesidad y cuántas por amor?” La cagamos Carlos, cuando la cosa empieza así ya no nos evita ni dios media hora de whatsapp en directo. Así fue, el whatschat empezó a las 11:31 y acabó a las 12:14.

En todo caso, si queremos reflexionar sobre este supuesto tenemos que analizar obligatoriamente dos aspectos. Primero deberemos conocer los índices de parejas que siguen juntas, lo que nos lleva también a considerar los de parejas que se separan. Y segundo, debemos saber a qué nos referimos cuando hablamos de interés/necesidad o simplemente de amor. En definitiva, definir de qué estamos hablando.

Como tampoco es cuestión de trabajarse aquí una tesis doctoral, respecto a la primera cuestión daremos solamente algunos datos significativos. Según varios estudios americanos el 50% de las familias americanas corresponde hoy a segundas uniones, siendo el porcentaje de personas divorciadas que se vuelven a casar (y por tanto de seres humanos que tropiezan dos veces con la misma piedra) del 75%.

Por otro lado, en España, siempre autocríticos desplegando el victimismo de que nunca somos primeros en nada, podemos sacar pecho. Estamos en el quinto puesto en tasa de divorcios con un 61%. O lo que es lo mismo, 6 de cada 10 parejas se van al carajo, la mayor parte de ellas en el intervalo de edad entre 40 y 49 años (ay, esa crisis de los 40).

Esto no deja de resultar paradójico, más si consideramos esa idea ficticia y hollywoodiense del amor eterno porque, ¿no es curioso que siendo mayor el porcentaje de parejas que se separan que el de aquellas que permanecen unidas, la imagen que se venda socialmente sea la del amor eterno? Veremos posteriormente por qué.

Más enjundia tiene el segundo punto. Respecto a esta cuestión, y lamento quitar romanticismo al asunto, parece evidente que tenemos que dirigirnos a la Teoría Triangular del Amor propuesta por Sternberg.

Según esta teoría existen tres dimensiones que en combinación dan lugar a diferentes tipos de amor*:

  • Intimidad: Constituida por los componentes de la relación humana que fomentan la proximidad y el vínculo, como desear el bienestar de la otra persona, sentirse feliz por ella, contar con su apoyo y comprensión, compartir cosas con ella o dar y recibir apoyo emocional.
  • Pasión: Caracterizada por un intenso deseo de unión con la otra persona, donde la atracción y el deseo sexual adquieren un importante valor.
  • Compromiso: Determinada por la decisión de estar juntos, a corto plazo formando una pareja y a largo plazo con el acuerdo de continuar la relación.

Y bajo esta consideración ya tenemos el lío montado porque, como podemos comprobar, no existe un solo tipo de amor sino al menos siete y con toda seguridad alguno más**

triangulo

Así, tenemos entre otros el amor romántico o enamoramiento, ese sentimiento que nos vuelve a todos transitoriamente gilipollas y que se caracteriza por la idealización y el intenso deseo de estar a todas horas con esa otra persona, la mayor parte del tiempo, desde luego, no precisamente para mantener una conversación sobre filosofía kantiana.

El amor conyugal o de compañero, ese amor mucho menos intenso pero más prolongado y estable que se produce cuando uno ya prefiere mantener la conversación filosófica previamente mencionada.

El encaprichamiento, más conocido socialmente como encoñamiento/empichamiento que se traduce en el deseo irrefrenable de querer echar un polvo a toda costa con el objeto de deseo.

O el amor fatuo, la versión académicamente respetable y socialmente aceptada del follamigo de toda la vida.

Hasta siete tipos de amor que podemos ver en el triángulo por la combinación de variables y a los que algunos autores añaden alguno más como:

  • Amor práctico: El clásico braguetazo, basado en el análisis racional de los costes y beneficios de la relación, lo que entronca directamente con el planteamiento del amigo Ricky cuando comentó aquello de: “cuántas están juntas por necesidad/interés”. Como cierta mujer que me confesó que se había casado con un mindundi que la mantuviera mientras ella se dedicaba cada vez que tenía oportunidad a satisfacer todas las perversiones sexuales que se le venían a la cabeza (ni que decir tiene que con otros y tras las narices de su marido que seguramente la vería como un ser angelical).
  • Amor maniático: Deseo de amar unido a una sensación dolorosa que se considera esencial en el amor. Es decir, un amor entendido con cierto regusto masoquista que se corresponde con el típico “ni contigo ni sin ti”. Todos conocemos a la típica pareja cuyos integrantes son incapaces de vivir el uno sin el otro, pero que cada vez que están juntos nos llevan a preguntarnos cuánto tardarán en matarse entre sí.

Casi nada, tres variables siete tipos de amor más alguno adicional… y algo más. Porque por si fuera poco este desmadre emocional, tenemos que considerar que estas tres variables no evolucionan en el tiempo de la misma forma entre sí ni, obviamente, de forma idéntica en los dos miembros de la pareja.

Así, la intimidad evoluciona gradualmente de forma rápida en las etapas primarias de la constitución de la pareja y de forma más gradual posteriormente; la pasión, muy intensa inicialmente, crece rápidamente en los comienzos, decayendo igual de rápido posteriormente hasta niveles intermedios; y el compromiso crece de forma lenta al principio, estabilizándose posteriormente, punto importante, cuando está ya establecido el patrón de costes-recompensas de la relación.

Resumiendo, que mientras uno puede enamorarse, el otro puede sentir amor conyugal; mientras uno busca cariño, el otro quiere mambo; y mientras uno busca algo parecido a un compañero de piso, el otro aspira al amor completo (tan difícil de conseguir o mantener como tantos que dicen ilusoriamente que lo han conseguido). Con este cristo, no es de extrañar que lo que se convierta en realmente complicado es que una pareja permanezca unida en el tiempo y, más aún, por vínculos estrictamente emocionales.

¿Por qué entonces ese empeño en inculcarnos hasta la saciedad ese concepto de amor hollywoodiense (término más preciso que el de amor romántico, que como hemos visto tiene técnicamente otras connotaciones)? Lo veremos en la segunda parte.

Salud y libertad…

*Gaviria Stewart, E., Cuadrado Guirado, I. y López Sáez, M. (2009). Introducción a la Psicología Social. Madrid: Sanz y Torres.

**Morales, J.F., Gaviria, E., Moya, M. y Cuadrado, I. (coords.) (2007). Psicología Social. Madrid: McGraw Hill.

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