Usted puede ser un asesino (2ª parte y final)

“En tiempos tan oscuros nacen falsos profetas
y muchas golondrinas huyen de la ciudad,
el asesino sabe más de amor que el poeta
y el cielo cada vez está más lejos del mar” (Joaquín Sabina)

Aunque ya había tenido experiencias anteriores suficientes como para saber que la idea de que vivimos en un mundo fino y seguro como las compresas es una soberana memez, cuando no un holograma ficticio para manipular y mantener dóciles a las masas, recuerdo bien el momento en que descubrí que la propia estructura del sistema formaba parte del teatrillo.

Por razones que no vienen al caso había ido a la Comisaría de Policía a denunciar que alguien se había llenado la boca más de la cuenta diciendo que me iba a pegar tres tiros, cuando un policía al más puro estilo de las series americanas, es decir gordo y relleno de donut glaseados, me recibió con una desgana absoluta.

Sin la más mínima empatía y con menos ganas aún de escribir ni una sola línea en una posible denuncia, su respuesta fue que lo pensara bien porque hasta ese momento realmente el sujeto en cuestión no había hecho nada demostrable, por lo que no iba a haber pena ni sanción alguna, y, sin embargo, si proseguía con el trámite a lo mejor sí se le hinchaban los cojones lo suficiente como para llevar a cabo la amenaza.

Sorprendido ante la declaración y sinceridad de la gacela, al que me imaginaba corriendo detrás de un delincuente divertido lanzándole los billetes solo para ver si era capaz de hacer una flexión, le contesté bastante alucinado… “¿Me está usted diciendo que la policía no puede o no hace nada hasta que tiene que recoger un cadáver?”. Y su respuesta fue un muy clarificador: “Si lo quieres ver así…”

En resumen, las opciones que me daba llegados a una situación sin marcha atrás eran claras: convertirme en asesino o convertirme en pasto de gusanos.

Entonces me di cuenta de que, realmente, de los múltiples actos que había conocido anteriormente donde había un quebrantamiento de la ley (injurias, deudas, amenazas con armas de fuego, agresiones…), ni uno solo había acabado en juicio y, por tanto, menos aún en condena. Y de que ninguna de las situaciones había finalizado satisfactoriamente con una defensa efectiva de la víctima por parte del sistema social.

Si a eso sumamos todo lo que luego conocí respecto a la realidad práctica de mujeres víctimas de violencia de género, asimilé que la protección del sistema no es más que una ficción para tranquilizar las conciencias de quienes probablemente nunca la necesitarán o de quienes, por acción del principio de control y confianza y la falacia de justicia, quieren ejercer el autoengaño sintiéndose seguros pensando que hay una organización social perfectamente definida que vela por su seguridad.

En definitiva, un artificio para cegar dos tristes realidades: que la mayor parte de los conflictos se arreglan al margen del sistema y por la ley del más fuerte (o del más socialmente enajenado) y que no existe defensa social alguna ante la intención real de otro de practicar con uno el tiro al pichón. Lo más parecido, una seguramente leve condena posterior que, en caso de ser descubierto, difícilmente disuadirá a quien tiene un único objetivo y meta en mente.

Todo esto nos lleva pues a una situación con dos consecuencias elementales: la primera, que Rousseau era un cretino (además de un hipócrita) como ya se analizó, y la segunda, que la única ley existente por encima de artificios tranquilizadores es la guerra del todos contra todos o la ley de la selva, bien es cierto que con muchos matices cuando pasamos de los casos meramente personales a los conflictos entre grupos. O lo que es lo mismo, cuando analizamos la diferencia entre la psicología individual y la psicología social y grupal, que en todos los casos dedican un importante volumen de su corpus a la existencia y resolución de conflictos.

Y es en este contexto grupal de mi experiencia en el mundo de la religión (por educación) y de la política (por devoción) donde he vivido un aprendizaje ciertamente necesario aunque no grato, en el que si algo he comprobado es que la única realidad existente es la misma que la anteriormente expuesta a nivel individual: una guerra de grupos luchando por intereses propios.

Una guerra intergrupal e intragrupal donde las ideologías, las creencias o los principios que subyacen a la propia constitución del grupo no son más que un pretexto para atraer lerdos y mano de obra barata a través de las muy estudiadas y eficaces estrategias de manipulación que ya hemos visto.

No tengo problema en reconocer que yo he estado en este último sector hasta hace relativamente poco, entendiendo mi experiencia política como un último intento personal para saber si existía un masa crítica suficiente de buena voluntad para un cambio social justo, y si era factible ejecutar dicho cambio desde una evolución progresiva del sistema.

Ni que decir tiene que las conclusiones son negativas en ambos casos por lo que no me queda más remedio que darle la razón a Panchito Franco cuando comentó aquello de:

“Haga como yo, no se meta en política”

Ahora bien, no meterse en política no implica quedarse de brazos cruzados viendo cómo los más miserables de la especie van escalando peldaños y tomando las decisiones que afectan a vidas ajenas, significa simplemente dejar los mecanismos del sistema para los que viven en el matrix del sistema.

golpes

El resto tendrá, o tendremos, que decidir entre acatar sus reglas o manejarse al margen de las mismas, diferenciar entre someterse a reglas o regirse por ellas, lo que conlleva por un lado enormes beneficios y por otro terribles inconvenientes, pero desde luego aporta un grado de libertad elevadísimo, ya que es uno mismo quien recupera su capacidad de decisión por encima de falsos dogmas impuestos.

Un convertirse en dios, por encima del bien y del mal social, en que se elimina el superyó y se toman las riendas del propio camino.

Con una ventaja añadida, que cuando los fines o resultados no están constituidos por aspectos tan absurdos y socialmente aceptables como el dinero, el poder o la imagen social, o cuando ni tan siquiera hay fines, metas o planes, tan solo un camino que puede variar al hilo de nuevos acontecimientos, se gana una enorme flexibilidad para adaptarse a las situaciones más duras.

Y entonces es cuando uno puede convertirse en Jeckyll o Mr Hyde, sacando su lado más humano y altruista en beneficio de otro si cree que lo merece:

“El mundo es más bonito con usted dentro Clarice” (Hannibal Lecter)

O sacando el lado más psicopático si uno se enfrenta a un completo miserable, teniendo en cuenta que existe cierta superioridad si uno no se somete a normas ajenas sino que crea las suyas:

“Cuando conoces el verdadero dolor es cuando puedes empezar a usarlo” (Freddy Kruger)

Y todo porque convertirse en un apoyo o en un obstáculo, en un santo o en un demonio, en VÍCTIMA o ASESINO, quizás no dependa de uno mismo sino de aquel que se tiene enfrente. Como decía Camilo José Cela:

“Al amigo el culo, al enemigo por el culo y al indiferente la legislación vigente”

Salud y libertad…

Anuncios

3 comentarios

Archivado bajo General, Política, Psicología

3 Respuestas a “Usted puede ser un asesino (2ª parte y final)

  1. Tessie Messi

    Buenísimo post, me encanta por fin algo de crítica social honesta y libre por aquí. Aplausos 😃😃

  2. Pingback: Usted puede ser un asesino (1ª parte) | cancerverus

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s