Usted puede ser un asesino (1ª parte)

“El amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro” (Friedrich Nietzsche)

Una de las últimas cuestiones que me han planteado recurrenentemente tras el caso del avión de Germanwings estrellado en Los Alpes es qué le pasa por la cabeza a un tío así para inmolarse llevándose por delante a un buen puñado de gente. Si sumamos que esta semana un sujeto decidió entrar en una Iglesia para liarse a balazos contra todos los fieles y algún caso reciente semejante, podemos comprobar que los “crímenes de odio” son una realidad creciente, y que no están limitados al odio religioso, ideológico, racista, sexual…

Así que, aunque el caso concreto del avión ya lo detallé en la entrada “Reflexiones psicológicas sobre el caso Lubitz” voy a intentar en este caso comentar algunos aspectos a nivel general, o lo que es lo mismo, intentar explicar por qué cualquier tipo normal puede llegar a cometer la mayor barbaridad.

En realidad, entender por qué a una persona se le pueden hinchar las narices hasta un punto de no retorno es bastante fácil si consideramos la perspectiva psicosocial de la psicología en el ámbito laboral. Simplemente, se quemó: burnout que lo llaman los prevencionistas pedantes.

En la escena final de Kill Bill, cuando Beatrix Kiddo le pregunta a Bill por qué perpetró la matanza de la capilla le da una explicación de lo más sencilla: cuando se enteró de que ella estaba embarazada y se había marchado, se cabreó. Así, sin más, tan fácil y tan difícil de entender. Igual que Beatrix se cabreó por lo que había hecho Bill y su ira la pagaron otros tantos hasta el fabuloso desenlace final.

Sin embargo, para entender la sencillez de esta forma de actuar hemos de luchar contra uno de los mayores cánceres que los seres humanos llevamos grabados a fuego en nuestro software de fábrica y que ya hemos comentado ampliamente en este blog, el principio de confianza.

El principio de confianza es uno de los cinco motivos universales señalados por Susan Fiske, un motivo producto de la evolución de la especie y que impulsa a las personas a vivir con otros y relacionarse adecuadamente.

Un principio que implica sentirse a gusto con el mundo y tener predisposición a esperar cosas buenas de la mayoría de la gente. Dicho de otra manera, un principio en el código humano que nos vuelve imbéciles, pues puede hacer que para evitar disonancia cognitiva sesguemos nuestra información y percepción de la realidad acomodándola a él, viviendo en una realidad paralela.

Y es por eso que cada vez que hay una desgracia lo primero que se intenta es demostrar que la persona que desencadenó una tragedia, un asesinato múltiple o cualquier otro suceso, es una persona que no estaba en sus cabales. Precisamente para no socavar el principio autoidiotizante que nos permite creer que vivimos en un mundo seguro y feliz donde los osos amorosos corretean en pelota picada jugueteando con el pompón de su culo, mientras los pitufos juegan al parchís y los pequeños ponys atusan sus melenas lavando sus pezuñas en riachuelos cristalinos.

Desgraciadamente estos datos chocan con la realidad, ya que esta se empeña en demostrar con sus cifras que menos del 10% de los actos violentos son cometidos por personas con trastornos mentales.

Y a pesar de ello, cuando un sujeto entra en un colegio con una ballesta fabricada por él mismo y un machete, cargándose a su profesor e hiriendo a cuatro personas, a los medios les falta tiempo para justificar que la actuación se debe a un “brote psicótico”, hecho que, siendo generoso, chirría por todos lados a los profesionales de la salud mental incluso con la escasa información difundida posteriormente.

Porque claro, la alternativa es mantener que lo hizo un sujeto en plenas facultades y que al ser menor de edad no va a pisar la cárcel ni para saludar. Y obviamente para el orden establecido es mucho mejor colgar el sanbenito de peligrosos a los enfermos mentales potenciando la negatividad de su etiqueta, que asumir que la legislación patria es tan lamentable que permite asesinar gratis a los menores de 14 años porque no son imputables.

Pero volvamos al síndrome del quemado, que la Nota Técnica de Prevención 704, define como:

una respuesta al estrés laboral crónico integrada por actitudes y sentimientos negativos hacia las personas con las que se trabaja y hacia el propio rol profesional, así como por la vivencia de encontrarse emocionalmente agotado. Esta respuesta ocurre con frecuencia en los profesionales de la salud y, en general, en profesionales de organizaciones de servicios que trabajan en contacto directo con los usuarios de la organización

Así, el síndrome del quemado en el ámbito laboral se caracteriza por generar en quien lo padece cansancio emocional, despersonalización y dificultad para la realización personal.

Tomando este contexto, y lo manifestado de aquí en adelante es solo una reflexión personal sin fundamento probado, me parece bastante razonable establecer un símil cambiando la perspectiva laboral por una perspectiva social o existencial. Una situación donde el estrés crónico no ya laboral, sino vital, genera emociones negativas, como la irritabilidad y el odio, que toman las riendas del sujeto; donde el desprecio a los demás y la deshumanización toman la pauta de las relaciones y donde la perspectiva de realización en una sociedad deplorable se ve imposible porque, como es fácilmente apreciable, siempre triunfa el más cabrón. ¿A alguien le sorprende que con estos tintes el resultado sea una bomba de relojería a punto de estallar a la mínima ocasión?

De hecho, simplemente observando el perfil personal de las personas que podríamos etiquetar como quemadas socialmente, podemos ver un patrón fijo y progresivo de evolución que pasaría por tres fases:

1.- Cinismo.

cinismo

La primera fase es el cinismo, donde bajo una emocionalidad de intensidad y dirección negativa, asoman la ironía o el sarcasmo respecto a las normas sociales como forma de expresión de un profundo desprecio hacia las mismas.

El caso más extremo sería el de aquel que se convierte en misántropo, término que muchos identifican como referido a quien odia al ser humano, pero que la definición de la RAE aclara en nuestro contexto:

 

misantropo

El problema de esta situación prolongada en el tiempo es que puede, y suele, llevar irremediablemente a una confrontación interpersonal con una mayoría que sí está correctamente socializada, por lo que se hace bastante probable el progreso hacia el punto 2.

2.- Hostilidad.

Tras un mayor o menor periodo de tiempo, el paso del cinismo a la hostilidad es inevitable. La hostilidad es el componente cognitivo del patrón Ira-Hostilidad-Agresión, donde la ira se correspondería con la emoción, la hostilidad con la cognición y la agresión con la conducta.

De esta forma, el mantenimiento de una emocionalidad negativa llevaría al replanteamiento consciente de todos los principios morales y sociales desde una predisposición emocional a su valoración negativa con el consiguiente cambio en los principios y creencias del sujeto.

Hace tiempo, no recuerdo dónde, leí una cita que me pareció una genialidad (lamento no recordar la fuente original, que desde luego no soy yo):

“Mira debajo de la piel de un insensible y verás los nervios destrozados de un sentimental”

Así que ante una perspectiva como la anterior caben dos posibles salidas: la retirada, con un progresivo retraimiento y aislamiento social, o la menos habitual, el enfrentamiento abierto. Esto es la guerra contra los principios del propio orden establecido y contra todo aquel que lo represente que, para desgracia de afectados, suele ser quien esté adecuadamente socializado o simplemente quien se cruce por medio.

3.- Violencia.

Finalmente, una vez que los patrones emocional y cognitivo son de tipo negativo parece fácil asumir que por consonancia con ellos, y según demuestra la teoría de la disonancia cognitiva, el patrón conductual tenderá a alinearse con ellos para completar la coherencia personal. Por ello, será en este punto donde se dará un cambio crucial. Lo que hasta ese momento era una conducta típicamente negativa pero de carácter pasivo, como estar a la defensiva o manifestar hostilidad, mutará a una conducta de tipo activo: violenta.

Cabe no obstante señalar que esta conducta antisocial o violenta no tiene por qué ser masiva, de hecho en la mayoría de las ocasiones solo se manifestará en pequeños círculos o contextos cercanos, pero en ocasiones, cuando la emoción de ira generada sea muy intensa (odio) y los patrones cognitivos profundamente antisociales, podrá desembocar en un acto socialmente relevante.

El resultado final cuando todas las variables confluyen, lo que afortunadamente no sucede con demasiada frecuencia, es un acto violento masivo. Y como muestra tenemos el (triste) ejemplo de la matanza de Columbine, donde el odio generado tiene su origen en la situación de acoso escolar que sufrieron quienes posteriormente decidieron tomar cumplida venganza contra quien se les puso por delante.

De esta forma, es de señalar que quizás por esta sola razón, algunos de los sujetos que alimentan su ego y autoestima a costa del desprecio a los demás, cuando no de joderles la vida, deberían replantearse su estrategia, sino por humanidad por mero egoísmo. Al menos si no quieren encontrarse un día con el resultado de su propia creación: un sujeto que después de perder empleo, casa, coche, hijos y dignidad, decide cargarse al cajero del banco o a toda la familia del primer político que pilla, porque como Bill, se cabreó.

amigo

Salud y libertad…

[Continuación]

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