La verdad sobre el metilfenidato

“Cuando el sabio señala la luna el necio mira el dedo” (Confucio)

hiperactividad08

Diagnóstico clínico: niño

Tras haber desmitificado la leyenda urbana del tampodka y haber argumentado por qué parece bastante probable que sea una aberración aplicar el método Estivill de forma generalizada siendo una técnica conductista para un trastorno específico, hoy me vais a permitir que pase a analizar la verdad sobre el metilfenidato en primera persona.

Para aquellos que no andéis muy al día en cuanto a tratamientos farmacológicos, el metilfenidato es un medicamento psicoestimulante (similar a las anfetaminas) que se administra frecuentemente a los niños diagnosticados de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, más conocido por TDAH, y que se vende en España generalmente bajo la marca comercial Concerta (o Ritalin).

Ya he comentado varias veces en el blog que vivimos en una sociedad hipermedicalizada e hipermaterialista en la que habitualmente la salud de las personas (incluso niños) pasa a un segundo plano si de sacar beneficio económico se trata. Pero en este caso la cosa se ha descontrolado sobre manera, así que me vais a permitir que inicialmente os cuente mi experiencia práctica con el susodicho fármaco para posteriormente reflexionar sobre cómo le podría afectar a un niño y finalmente saquemos conclusiones sobre la adecuación del camino emprendido.

En primer lugar tengo que decir que la obtención del fármaco fue una casualidad. Iba caminando por la calle tranquilamente pensando en esta entrada de blog cuando de pronto y sin previo aviso me encontré un frasco con dos pastillas de metilfenidato, lo cual fue un alivio pues así pude seguir con mi proyecto sin caer en ningún tipo de irregularidad administrativa o jurídica en su obtención. ¿Me pillan, no?

concerta

Así pues debido a esta azarosa sincronicidad kármica mi compañera y yo pudimos iniciar la experiencia sin mayores problemas. He de decir que en este caso, el análisis en vivo lo hice acompañado de una psicóloga patria amante del conocimiento (como alguno ya nos definió), lo que siempre se agradece tanto por el sentimiento de compartir experiencia como por el de poder cotejar variables.

Como ya sabéis la fijación que tengo por los datos fisiológicos generales os incluyo aquí los datos de tensión arterial y pulsaciones, tanto míos como de mi anónima compañera, desde la toma de la medicación, para que podáis comprobar que si bien ambos estamos como robles, la diferencia entre alguien que come donut a menudo y una deportista que se cuida no pasa desapercibida a simple vista.

Tiempo

Hombre

Mujer

Sistólica

Diastólica

Sistólica

Diastólica

Previo

13,9

7,5

12,9

8,4

30 min

13,2

7,7

12,5

8

1 hora

13,1

8

12,2

7,8

2 horas

14,1

8,4

13,4

8,7

4 horas

12

7,5

12,9

8,2

grafica

En nuestra experiencia, las apreciaciones subjetivas se comienzan a sentir a partir de los 15 minutos desde la toma del fármaco. A la media hora el efecto ya es notorio y ambos señalamos una clara sensación de “estar colocados” con una percepción de flotamiento en la cual la mente parece disociarse ligeramente del cuerpo, como si cada uno fuera por su lado. Es ciertamente una sensación difícil de explicar, pero que se mantiene hasta que prácticamente desaparecen los efectos, lo que en nuestro caso ocurrió aproximadamente a las 5 horas desde la toma.

El efecto más notable junto con esa sensación, también coincidente y señalado por separado, es el de un enlentecimiento motor acompañado de una aceleración cognitiva limitada a los procesos de atención selectiva y atención sostenida, destacando una tendencia importante a centrar dicha atención en las señales interoceptivas (sensaciones internas del propio cuerpo) y exteroceptivas (fundamentalmente de carácter auditivo, llegando a centrar la atención en ruidos lejanos). Asimismo, ambos señalamos la propensión a centrar la atención en estímulos absurdos con breves y aislados momentos de bloqueo (es decir, quedar dos o tres veces durante 30 segundos zombificados mirando la nada o concentrados analizando detalles sin sentido como el matiz de los colores, brillo…). Mencionar en este punto mi hilarante y minucioso análisis de los rasgos faciales de Lady Di durante más de un minuto cuando me disponía a leer esta noticia en el diario El Mundo.

También mencionar que no obstante, en todo este periodo no se pierde la capacidad crítica o de juicio, cosa evidente cuando al leer la noticia siguiente me vino el mismo pensamiento que en cualquier otra ocasión, y que por dulcificarlo un poco viene a ser: “Qué tipo más incapaz”.

Otro efecto notable es la dificultad para recuperar la atención cuando esta se desvía a un nuevo estímulo que la requiere. Así, si cambiamos el foco de atención por cualquier circunstancia nos será ciertamente complicado devolver la atención al estímulo original y especialmente recuperar el procesamiento que habíamos realizado alrededor de este, algo muy semejante a las pérdidas de memoria a corto plazo que ocurren al estar bajo los efectos agudos del cannabis.

Mi compañera también mencionó un incremento en la intensidad y percepción de los olores, efecto que a mí me sucedió media hora después, quizás producto de la sugestión por habérmelo sugerido previamente.

A partir de la segunda hora se mantiene solo la sensación de “colocazo” y en mi caso se produjo una sensación subjetiva de aceleramiento interoceptivo, hecho que como se puede comprobar en los datos de la gráfica no se corresponde con un cambio fisiológico real, ya que solo hay una subida de 3 pulsaciones respecto al origen y ninguna desde la toma de datos previa una hora antes. A esto se acompañó cierto dolor de cabeza y una sensación inconcreta entre hambre o náuseas de carácter muy leve. Mi compañera solo señaló una cierta reacción de bienestar difuso.

A las cuatro horas ya solo quedaba en mi caso dolor de cabeza y un embotamiento cognitivo que desapareció a partir de la quinta hora cuando se desvanecen todos los efectos. En el caso de la psicóloga, los efectos finalizaron un tiempo antes. Sí se menciona en ambos caso un moderado bajón emocional ya mediada la tarde y una incapacidad para conciliar el sueño por la noche, unido en mi caso a una importante percerpción de resaca a la mañana siguiente.

Hasta aquí la experiencia subjetiva pero transparente de dos adultos con el medicamento, ahora las inferencias. Teniendo en cuenta que este fármaco se utiliza fundamentalmente para niños a partir de los 6 años: ¿qué creen ustedes que puede llegar a experimentar, a pensar y a vivir un niño de 7 años al que se le da semejante medicación? (o dopaje en palabras de Marino Pérez, catedrático de psicopatología de la Universidad de Oviedo). Porque la cosa va más allá, en nuestro caso hemos tomado un comprimido de 18 miligramos de liberación prolongada, pero es que los hay de 36 mg y ¡de 54! Aspecto a lo que hay que añadir que nosotros sabemos que lo tomamos, somos conscientes de que va a haber algo en nosotros que no funcione en condiciones de “normalidad” y somos capaces de interiorizar y analizar sus efectos. ¿Sería capaz de hacer esto un niño de tan corta edad? Difícil.

Por otro lado, vistos los efectos, ¿sería realmente útil para favorecer el rendimiento académico? Podría pensarse inicialmente una respuesta afirmativa si consideramos que el medicamento garantiza la concentración, pero ¿es capaz el medicamento de establecer la dirección de dicha atención? La respuesta no parece ya tan clara y sí mucho más discutible, especialmente a la vista de estudios como este. Todo esto por no mencionar que nosotros hemos tomado un comprimido aislado pero que en los casos de tratamiento farmacológico la toma se produce con carácter diario. Algo bastante espeluznante.

Por supuesto, alguien podría decirnos que nosotros somos adultos con el cerebro hecho y derecho (al menos teóricamente) pero que lógicamente esto se receta a chavales con un diagnóstico establecido y por tanto con una función cerebral distinta, argumento que sería muy válido si no llega a ser porque el efecto paradójico de la medicación ha sido ya descartado por la literatura científica, que tampoco ha podido demostrar que exista ninguna variante genética ni ningún biomarcador asociado al TDAH, como demuestra de forma inapelable el catedrático Marino Pérez en su libro: “Volviendo a la normalidad. La invención del TDAH y del trastorno bipolar infantil“, que recomiendo. El mismo por cierto que de forma valiente ha ido más allá afirmando en esta entrevista que “El TDAH no existe, y la medicación no es un tratamiento sino un dopaje

Si a esto sumamos que “El psiquiatra que “descubrió” el TDAH confesó antes de morir que “es una enfermedad ficticia”  (aquí tienen los germanoparlantes el artículo original) podremos afirmar al menos que existe una duda razonable sobre la validez de dicho trastorno.

Así que con la experiencia práctica, que podemos asegurar no sería nada recomendable para un chaval, con los potenciales riesgos existentes que hemos inferido más alguno demostrado, con la escasa efectividad para el rendimiento académico que parece generarse y con ese último toque creativo, ¿cómo se puede justificar el continuo incremento del diagnóstico y del tratamiento farmacológico?

Aquí tenemos un primer problema que como siempre es el de tratar de etiquetar y proponer un diagnóstico único para lo que puede ser un conjunto de síntomas variables, más cuando en esas ansias diagnosticadoras subyacen intereses económicos entre los propios profesionales que establecen los mismos y las compañías farmacéuticas, ávidas de cualquier cosa que pueda entenderse como pretexto para generar clientes (que no pacientes) crónicos. Un conflicto de intereses que ha quedado patente con la publicación del DSM V con la consecuencia lógica de poner patas arriba todo el sistema diagnóstico de trastornos mentales.

Y es que, volviendo a nuestro caso, produce perplejidad leer en el propio prospecto del metilfenidato que: “Se desconoce la etiología específica de este síndrome, y no existe una única prueba diagnóstica. Para un diagnóstico adecuado es necesario recurrir a la psicología clínica y especializada, y a los recursos sociales y educativos”

Porque si analizamos “síntomas” como: dificultad para prestar atención, fácilmente distraíble, labilidad emocional, hiperactividad moderada… podemos llegar al absurdo de diagnosticar a todos los niños del mundo, lo que siguiendo la línea de Marino nos puede hacer pensar que quizás estemos patologizando la infancia misma. Porque dejando en el aire la posibilidad de que para algunos (pocos) sujetos sea necesaria una medicación como esta, siempre para una sintomatología muy específica, especialmente grave y en casos muy puntuales, parece exageradísima la ligereza con que se utiliza y más aún con la que algunos pretenden utilizarla.

Todo ello, considerando el segundo problema que viene cuando los profesionales, en ocasiones por petición paterna y en ocasiones por iniciativa propia, se dejan llevar por el camino más cómodo y fácil, que es el que lleva hablando en plata, a una hipermedicación fundamentada en que los niños no den la lata. En definitiva, medicar a los niños para que no molesten a sus padres, como bien deja claro el Informe de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos presentado en el Comité de los Derechos de los Niños de las Naciones Unidas, titulado: “Riesgo creciente de la infancia en España debido al mal diagnóstico y uso de psicofármacos” y que pone los pelos como escarpias.

En definitiva, quizás los profesionales del ámbito que sea: médicos, psiquiatras o psicólogos, deberían informar de forma veraz a los padres, señalándoles las certezas científicas existentes y sobre todo las alternativas de tratamiento psicológico no farmacológicas, en lugar de aprovecharse de su supuesta autoridad profesional para lucrarse drogando a los niños en el peor de los casos, o tirando por el camino fácil para quitarse el problema de encima en el mejor.

Comenzaba esta entrada con el dicho de Confucio: “cuando el sabio señala la luna el tonto mira el dedo”. Sabiendo que muchos se quedarán en mirar el dedo del fácil escándalo por la impostura social de juzgar el haber consumido un fármaco (como tantos otros se quedaron en la parte anecdótica de si uno se mete o se deja de meter un algodón por el culo con el tema del tampodka), espero que al menos algún otro observe la luna, y vea que hay alternativas antes de ponerse a drogar a los niños sin razón en base a comodidades o ajenos intereses económicos. Aunque solo sea uno, habrá valido la pena.

Salud y libertad…

P.D: Permitidme que os incluya a toro pasado esta excelente entrada que me han hecho llegar. ¿Por qué hay muy pocos niños franceses hiperactivos?

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14 comentarios

Archivado bajo Educar, General, Psicología

14 Respuestas a “La verdad sobre el metilfenidato

  1. Genial entrada! yo tambien probé la medicación antes de dársela a mi hijo, y noté los mismos efectos que comentais. No me canso de repetirlo para medicar siempre estamos a tiempo!

    • Estimada Sonia: Muchas gracias por tu comentario. Efectivamente, estoy de acuerdo. Medicar, más con este tipo de medicamentos, debería ser el último recurso y para casos graves. Creo que ya pocos discuten que efectivamente exista el problema de la sobremedicación. Saludos.

  2. Eddy

    Bastante cómica la forma en la que se llego al medicamento. Fuera de eso debo comentar que la ciencia es ciencia, nunca dejara de serlo, como persignados seguidores del método científico que somos no debemos asustarnos de probar aquello de lo que nuestra curiosidad considera puede aportar. Mucha gente se asusta, mucha gente le teme al cambio casi siempre son las personas mas ignorantes. Saludos desde México.

    • Estimado Eddy:
      Gracias por el comentario. Sí, la forma de llegar al medicamento fue curiosa. No quería que nadie pensara que había alguna ilegalidad : ) Efectivamente, todo lo que sea útil bienvenido sea. El problema yo lo veo cuando el concepto de utilidad queda relegado a un segundo plano por el concepto de rentabilidad de algunas compañías. Por eso digo que una cosa es que sea necesario para según qué casos (que lo es) y otra que creo que hay una sobremedicación excesiva. Un abrazo a ese lado del charco.

  3. Raquel Oriana Cuadros Patron

    Tienes la fuente academica de esta información? es para mi clase de investigacion en psicologia

  4. Laureano

    Que asco leer algo así de un flaco que solo mezcla un uso recreación al de una droga utilizada para un trastorno que SI existe y hay suficiente evidencia (mas de 15.000 que lo demuestran), ya es suficiente con saber que el lóbulo prefrontal suele ser diferente en las personas con TDAH. Recomiendo leer o ver conferencias de Russell Barkley y dejar de caer en ideas mediocres como “el TDAH no existe” que no son mas que divulgaciones pseudocientíficas. Antes de linkear a un estudio, mínimamente leolo. Igual por suerte es un blog muerto de la internet.

    • Inestimado Laureano:
      Aunque por norma suelo exigir tener un mínimo de educación y cultura para intervenir en mi blog, simplemente le responderé que la alteración del lóbulo prefrontal carece de evidencia científica, pues como todo el mundo sabe no hay ni un solo biomarcador que explique el TDAH, al igual que se ha demostrado también falso el efecto paradójico del metilfenidato en personas con TDAH. Antes de insultar es bueno informarse y estudiar. Yo recomiendo el ibro “Volviendo a la normalidad” del catedrático de Psicopatología de la Universidad de Oviedo Marino Pérez, que deja en evidencia científica a sujetos como usted. Afortunadamente, quien imparte enseñanzas universitarias sobre estos temas a día de hoy somos él y yo (también otros que defienden el supuesto trastorno con rigor y respeto), y no personajes de su nivel (aunque desde luego yo estoy muy lejos del catedrático antes mencionado, como usted de ambos). Saludos
      http://www.abc.es/familia-padres-hijos/20141020/abci-trastorno-deficit-atencion-201410171200.html
      http://www.elmundo.es/papel/historias/2016/03/06/56d96f5d268e3e52588b460d.html

  5. Anónimo

    Buenas noches,
    En primer lugar, me gustaría agradecerle el artículo. Lo he leido con atención y creo que se recurre en demasía a la falacia de autoridad (ad verecundiam). Con ello no intento restar valor a los argumentos que propone que, por otro lado, me parecen interesantes.

    En lo referente a los comentarios y al propio artículo, el hecho de que no se conozca el factor etiológico de un trastorno mental no significa que no exista (Por ejemplo, trastornos del espectro autista). Podemos encontar muchos ejemplos, incluso en enfermedades físicas de naturaleza más evidente que los trastornos mentales (ver enfermedades idiopáticas).

    Es cierto que en algunos trastornos mentales existen unos criterios diagnósticos excesivamente “abiertos” que dejan en manos de los profesionales una valoración con escasas pruebas objetivas y dan lugar a dictámenes con diagnosis de poca consistencia. Pero, ¿Es suficiente para decir que un trastorno no existe?¿Puede estar mal diagnosticado pero que, aún así, exista?¿Puede haber una sobremedicación y que ello no sea excluyente con la realidad del trastorno?

    El consumo de metilfenidato por parte de una persona “sana”, según parte de la literatura, no provoca la misma reacción que en sujetos con TDAH puesto que produce un efecto “paradójico”. En el artículo se cita que ese efecto esta empíricamente desestimado, sin haber consultado con fuentes primarias me inhibo de comentar al respecto pero en las secundarias sí que se habla de dicho efecto (Psicofarmacología esencial de Stahl en varias ediciones).

    Tampoco estoy de acuerdo con que no exista evidencia científica sobre la alteración del lóbulo prefrontal. Parece que el consumo de glucosa en la región cerebral es menor en los sujetos con TDAH; los PET y las resonancias electromágneticas parecen mostrar una actividad atípica en algunos sujetos con TDAH en la vía noradrenérgica prefrontal, la vía dopaminérgica mesocortial y la vía nigroestriada. En este caso sí he acudido a fuentes primarias que señalan en esa dirección.

    En mi opinión se está produciendo una sobremedicalización del trastorno pero creo que negar la existencia del mismo tampoco es adecuado. El TDAH es más limitante de lo que parece en un principio y no son únicamente “cosas de niños” o “dejar a los niños ser niños” va mucho más allá afectando a su relaciones con sus iguales y con adultos, derivando en trastrornos del estado de ánimo o en trastornos de ansiedad, rendimiento académico menor, problemas emocionales, sensación persistente de inquietud…

    Me despido. Por último, no quiero que este comentario se considere un ataque simplemente intento descubrir más sobre el tema y acudo a las fuentes con una perspectiva crítica. Un saludo,

    • Estimado anónimo:
      Nada que reprochar a su comentario, siempre se agradece (y se aprende de) una crítica educada y argumentada. Le aporto mis impresiones al respecto.

      Como bien dice, el hecho de que no se conozca un factor etiológico de un trastorno no quiere decir que el trastorno no exista, pero lo que sí es bastante paradójico es que el tratamiento se base en una “supuesta causa” cuando esta se desconoce. Si no se ha podido demostrar que existe una disfunción del área prefrontal es “raro” que se ofrezca un tratamiento farmacológico para “supuestamente” incrementar el funcionamiento inhibitorio de ese área, más aún cuando dicha medicación funciona exactamente igual en personas que no están diagnosticadas de TDAH (en la población general). Este reciente artículo del diario “El Mundo” es significativo al respecto http://bit.ly/1LItiOA (el origen de esto por cierto, está en la disfunción cerebral mínima, que es el antecedente del TDAH, y que se fundamentó en pruebas inversas, es decir, como el funcionamiento es muy activo, suponemos que hay un área dañada que es la que regula la actividad).

      Respecto a la siguiente cuestión, el problema de la definición del trastorno no se puede disociar de su concepción global, lo que incluye, etiología, características e intervención. Si lo que se plantea es que existen problemas de regulación de atención e impulsividad en niños y adolescentes, la respuesta es desde luego. Si hay algún caso incluso para el que sería recomendable este fármaco, podría decir que también (pocos, yo habré visto uno o dos casos de este tipo en mi vida e infinidad con diagnósticos erróneos).

      Pero el trastorno tal y como esta concebido, responde desde mi perspectiva más a intereses que a una realidad sanitaria. En primer lugar, los items de las pruebas psicométricas con las que se diagnostica el TDAH (en los pocos casos en que se pasan y no se diagnostica “al vuelo”) incluyen ítems del tipo: “tiene excesiva inquietud motora”, “molesta frecuetemente a otros niños”… (Escala EDAH) o “se distrae fácilmente, tiene escasa atención”, “tiene aspecto enfadado, huraño”… (Escala Conner). La falta de operativización de estos ítem y la subjetividad que desprenden hace que la fiabilidad y validez de los mismos sea más que discutible. Y ese diagnóstico frívolo lo que hace precisamente es que en ocasiones se haga mucho daño (ya he tenido dos casos de pacientes con TOC que al haber sido diagnosticados de TDAH de primeras han recibido tratamiento farmacológico, y este lo que ha hecho es incrementarles las obsesiones considerablemente y por tanto empeorar su estado de salud).

      En muchas ocasiones la literatura puede decir una cosa y la contraria. Le remito al excelente libro “Volviendo a la normalidad” del catedrático de Psicopatología de la Universidad de Oviedo, Marino Pérez, donde niega la validez de ese efecto paradójico aportando los argumentos y estudios correspondientes. En lo experimental y cotidiano, cada vez conozco más estudiantes que toman este tipo de fármacos para incrementar el rendimiento (al igual que trabajadores como en el artículo de El Mundo anteriormente señalado), lo que no casa bien con ese efecto paradójico. O hay una epidemia global de TDAH o lo que está haciendo la gente es doparse (desde mi concepción ideológica no hay nada de malo en que un adulto decida de forma libre doparse, pero no digamos que se estátratando).

      Finalmente, en lo referente a las particularidades cerebrales, le remito nuevamente al profesor mencionado, con el que coincido cuando afirma que le hecho de que se den esas diferencias (las diferencias estadísticamente significativas se dan con mucha falicidad especialmente si la muestra es pequeña como suele ocurrir con este tipo de estudios) no implica que sean causales de un trastorno. El hecho de que personas activas utilicen más unas áreas que otras no significa que haya un trastorno, y si como hemos comentado la definción del trastorno hace aguas por todos lados, estas pruebas con intenciones causales más aún.

      De nuevo gracias por su comentario, un saludo.

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