Gatos

“En el antiguo Egipto (los gatos) fueron dioses y eso no se olvida fácilmente” (Antonio Burgos)

Antes de comenzar con el contenido del post en curso, me vais a permitir que os haga partícipes del resultado del último pequeño experimento que anticipaba en la entrada anterior. Con la entrada futbolística he tenido en la última semana 300 visitas, una cuarta parte de todas las entradas desde que el blog existe hace 7 meses. También es la primera vez que me han dedicado “palabras gruesas”, algunas de lo más divertido.

Así que como moraleja podemos extraer que el fútbol vende, buscar(se) y conocer(se) no, y que por ello, unido a la realidad actual, podemos ver que el mundo tiene un futuro muy negro.

Pero vamos al tema que nos ocupa.

salem2Hablaba hace poco con un compañero sobre la eterna disputa entre perros y gatos, y a pesar de que cada uno pueda posicionarse en la contienda dialéctica como le venga en gana hay dos hechos que son más o menos objetivos, que los perros son más dependientes, sumisos y probablemente fieles que los gatos (debido a su carácter gregario), y que estos son más independientes, displicentes y desde luego están infinitamente más endiosados.

Por eso, aquellos que adoramos a estos pequeños dioses malcriados, lo hacemos en base a que probablemente entendemos que si hay un animal que pueda ser más cabroncete que el ser humano, sin duda es el gato.

Siempre se ha puesto como ejemplo de la maldad innata del ser humano, que cuando un niño se aburre, lo primero que hace es ir a tirarle del rabo al gato, pero lo que ignora esta historia es que cuando dos, tres o cuatro días después el niño esté desprevenido, probablemente recibirá un buen arañazo. Puede que el chaval no sepa por qué ni por qué no, que no recuerde su momento de aburrimiento, pero mientras esté curando sus heridas, esa pequeña bola de pelo de uñas afiladas esbozará una sonrisa mientras se atrinchera en la parte central de debajo de la cama.

Y es que si algo destaca en este animal es su personalidad, lo que puede apreciarse de forma bastante simpática en este texto que ha tenido cierto éxito en internet “Diario de un perro y un gato”, y que es absolutamente descriptivo de lo que supone vivir en la casa de un gato. Y digo en su casa, porque si bien un perro acepta de buen grado al humano como su dueño, el gato ni siquiera tendrá la decencia de considerarlo como su igual. Hay que asumirlo, no solo no somos sus dueños, somos sus mascotas.

Porque como dice Antonio Salas, el hecho de ser dioses, o al menos saber que lo han sido “es algo que no se olvida fácilmente”. Menos aún si quien te convierte en dios es una de las civilizaciones más grandes e importantes de la Historia, la egipcia, que no solo les concedió el honor de considerarlos animales sagrados, sino que además destacó en su panteón de dioses a Bastet, que representada bajo la forma de gato, era la diosa del hogar, la maternidad, la danza y la música.

Eso sí, como buena gata, cuando se cabreaba sacaba la cabeza de leona y te podía meter un zarpazo divino que te dejaba con un destino más chungo que España en una Unión Europea gobernada al dictado de Alemania, lo que unido a su carácter impredecible hacía a sus fieles estar más que finos a la hora de considerar a los felinos que se cruzaban. De hecho, el quitar la vida de un gato de forma voluntaria se castigaba con la pena de muerte, y si la cosa era involuntaria con cuantiosas multas determinadas según la situación.

Porque los gatos otra cosa no, pero hay dos características que llevan grabadas a fuego en su divinidad, la primera el rencor como hemos visto, y la segunda la dignidad.

En mi caso, el momentazo dignidad ocurrió con mi mujer. Como todo el mundo sabe, los gatos tienen una jerarquía muy marcada en cuanto a preferencias, y a nosotros, sus siervos, nos ordenan en un posicionamiento que, casualmente, suele ir muy parejo a la frecuencia con que cada uno le da de comer, le limpia el arenero y le provee de las caricias de rigor (si y sólo si les apetecen en ese momento). En mi casa, en el puesto número uno está mi mujer y en el segundo yo.salem1

Pero un fin de semana mi mujer se fue cuatro días y me tuve que quedar a cargo del minino, así que cuando ella volvió tomó cumplida venganza. El peludo apareció por la cocina y mientras mi mujer se agachaba abriendo los brazos y diciéndole que fuera a darle un beso de bienvenida, él, soberbio como solo puede ser un dios, llegó, se frotó contra mis piernas para marcar su posesión pasando su cara contra mis pantalones, se dio media vuelta y se fue caminando. Eso sí, antes de perdernos de vista, giró su cabeza para asegurarse de que mi mujer había percibido bien el desplante y le miró con una de las caras más dignas que puede tener ser vivo alguno. Solo le faltó decir: “Púdrete…”

El ataque de indignación le duró más o menos una hora, tras el cual empezó a merodear por las estancias donde ella estaba, para de forma muy discreta, hacerle ver que ya le concedía en su eterna misericordia el privilegio de poder adorarle otra vez.

Y es que hay que reconocer una cosa. El gato es el único ser que puede conseguir que el hombre más miserable, más tirano o más desagradable, se acurruque en la cama para no molestarlo mientras duerme, le permita que descanse encima de su tripa mientras ve la televisión, le dé un pedazo de jamón que acaba de negarle a su hijo del bocadillo que se está zampando, o le responda con una sonrisa cuando se siente encima de su ropa justo después de haberla planchado o cuando vaya literalmente a ciscarse en el arenero y en su esfuerzo nada más haberlo limpiado. Probablemente porque sabe que es tan … como él.

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