Cuando se nos va un maestro

“Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece” (Proverbio hindú)

Decía Juan Antonio Cebrián, creador del programa radiofónico La Rosa de los Vientos y maestro de comunicadores, que todos los días se morían tres o cuatro genios sin que nadie se enterase. Efectivamente, así es, pues vivimos en una sociedad gobernada por el papanatismo más absoluto, donde hasta de la muerte del más indigno se puede hacer espectáculo necrófilo entre bambalinas si reporta beneficio a los medios de comunicación, que tienden a tildar de héroe y magnífico ser a quien despellejarán vilmente pasados unos meses.

Pero más allá de espectáculos públicos, donde realmente se nota cuando se ha ido un genio, o un maestro, es en el interior de uno mismo, cuando sin disfrazarse de plañidera uno recuerda que parte de lo que es, o de lo que hace, se lo debe a otro y a sus enseñanzas o reflexiones.

Por eso, no podría dejar pasar la oportunidad ahora que me he animado a escribir un blog, de recordar a Fernando, que aunque se ha ido hace ya algún tiempo, todavía sigue recordándome de vez en cuando que estamos de paso y que por ello hay que afinar muy mucho con lo que elegimos, no sea que el día que nos llegue el turno descubramos que aquello por lo que hemos apostado no tiene ningún valor.

Escrito original del día 16 de Octubre del 2010

El lunes 11 de octubre, en el puente del Pilar, nos dejaba Fernando Largo. En su faceta artística poco puede añadirse a lo ya dicho por todos sus compañeros de profesión, que se rindieron a quien ya es considerado como el principal reinventor de la música folk asturiana y uno de sus mayores impulsores.

Pero donde realmente desbordaba talento era en una faceta humana cargada de sabiduría y, especialmente, de una marcada personalidad. Más allá de los conocimientos de manual (que también devoraba) se había curtido en la escuela de una vida dura y trabajada que le habían hecho conocedor como a pocos del comportamiento y de la psicología humana.

Las enseñanzas que Fernando dejaba escapar en forma de reflexiones y preguntas socráticas, en pie tras la barra de su chigre celta, hicieron pensar, en los after hours entre guiness, whiskies y dibujos triskelados, a decenas de personas que más que clientes él consideraba sus invitados.

Aunque hace ya tiempo que había dejado de verle, me cuenta una persona allegada que, incluso con la enfermedad presente, se sentía feliz. No es poco para el final de una vida, trámite que todos habremos de cumplir, irse con la satisfacción de haber conseguido lo que quiso que fuera su vida, un camino de amor infinito por su música, su tierra, su mujer y sus hijas.

A veces la única diferencia entre que uno se convierta en un cretino o se forme como un paisano, como decía, puede depender de algo tan azaroso como encontrarse con la persona adecuada en el momento preciso, y muchas generaciones de esta ciudad tendremos que agradecer durante largo tiempo el haber tenido la suerte infinita de escuchar y aprender de Fernando en el Cadorna.

Una guiness y un Lagavulin. Salud y libertad!

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