Un problema de mentalidad empresarial

Un hombre inteligente es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar gente más inteligente que él” (John Kennedy)

Dada la gran aceptación y las peticiones para que continúe con el tema de la reforma del pensamiento y la manipulación mental a las que como ciudadanos somos expuestos de forma continuada, prometo seguir con el tema próximamente, donde incluiré las tácticas y estrategias utilizadas en publicidad y en política con este fin.

Pero hoy, en vista de las circunstancias y de un post que he leído recientemente, me vais y me voy a permitir reflexionar un poco sobre un par de problemas de las empresas españolas.

Hace unos días me enviaban enlace al siguiente blog, donde a través de un post sobre el mito de Procusto y su alegoría del mundo laboral, se puede apreciar de forma magistral uno de los múltiples problemas de la empresa española: la inseguridad de algunos mandos intermedios.

En primer lugar, esta inseguridad se puede observar en el perfil de contratación dado que algunos de estos mandos se sienten más cómodos contratando a personas dóciles y menos capaces, pensando que de esta forma serán ellos quienes puedan sobresalir ante la dirección empresarial. El perfil de líder mediocre rodeado de personas absolutamente incapaces entre las que lógicamente destaca cualquier sujeto de la medianía, lo recordamos bien todos los españoles que aún sufrimos y sufriremos los efectos de tan brillante estrategia.

Otra opción es la del mando que se rodea de personas absolutamente brillantes pero a las que como superior corta cualquier tipo de iniciativa e impide destacar en su trabajo, pensando que, precisamente por su incapacidad unida a la competencia de sus subordinados, se prescindirá de sus servicios siendo sustituido por uno de estos. Esta modalidad es especialmente descorazonadora por lo que supone de negar el avance a un grupo con un asombroso potencial que nunca desplegará mientras permanezca en esa situación. En realidad, las empresas que funcionan de esta manera tienen al enemigo en casa, un enemigo con un serio problema de autoestima como líder.

Recuerdo cómo hace poco un compañero que siempre me decía que no creía mucho en la Psicología, y menos en la del trabajo, reconoció al menos sus dudas cuando comprobó por la propia experiencia de su vida laboral, la capacidad desmotivadora y el daño productivo que había generado un cuadro de nivel medio en su empresa.

En todo caso, aunque el problema de los mandos es evidente, tampoco es el único ni el más grave. Desgraciadamente, España, hay que asumirlo, es un país absolutamente conservador en muchos aspectos, no digamos ya en los referentes a mentalidad (cuando digo conservador me refiero a resistente a los cambios y las innovaciones, no tanto a la vertiente ideológica o política), y ello conlleva algunos problemas que se llevan arrastrando desde otras épocas cuyas características no operan ya en la sociedad del conocimiento actual.

En las propias empresas se sigue promoviendo un presencialismo improductivo e injustificado, que ha generado una especie de histeria ante el fenómeno de salir del trabajo cuando se ha cumplido el horario y se han finalizado los objetivos del día. No digamos nada si además alguien tiene la mala suerte de tener como superior a un workaholic que por no saber disfrutar de su vida personal, pretende que nadie a su alrededor tenga el “privilegio” de hacerlo. De hecho, llegué a conocer personalmente el caso de un sujeto de este calibre que abroncó a una trabajadora cuyo padre había fallecido en un accidente de tráfico una semana antes, reprochándole “el haber puesto su vida personal por delante de la laboral”.

Por supuesto, esto va unido a una vieja especie de cultura de la mortificación ante el trabajo, según la cual parece que uno no puede ser un trabajador de primera si no es capaz de quejarse de los múltiples obstáculos que le ponen en la empresa para el correcto desarrollo de su labor, y no digamos ya para conciliar la vida laboral, personal y familiar. Quizás si esa barrera mental y cultural diera paso a una forma de pensar más empírica y fundamentada en datos (y no digo idealista), alguno caería de espaldas analizando el fenómeno del slowdown y los beneficios que supone de cara al rendimiento.

De hecho, es curioso que todas las propuestas nacionales vayan en la línea de más horas, menos salario, menos calidad laboral y más obstáculos, cuando los datos indican que las consecuencias de esta vía solo llevan a más estrés, más errores, menor satisfacción laboral y por tanto, menos productividad.

Todo ello, desde mi perspectiva, tiene su base en que por estos lares, y por esa incapacidad de superar la rigidez mental, se sigue pensando tomando como referente el viejo sistema de organización fordista americano, cuando el toyotismo (que tampoco es perfecto, tiene sus problemas como vemos en el documento del enlace) lo ha desbancado hace muchísimos años (más de 40), hasta el punto que las grandes empresas e industrias americanas lo copiaron porque se dieron cuenta que no tenían nada que hacer en términos comparativos de productividad.

Ahora bien, independientemente de que se pueda aplicar este sistema tal cual o que al menos se consideren algunos de sus aspectos más útiles por eficaces, dile tú a las empresas nacionales que para incrementar la productividad tienen que: achatar las pirámides jerárquicas; favorecer la creación de equipos multidisciplinares pues el todo es más que la suma de las partes; renovar los sistemas de organización porque se puede hacer lo mismo y más variado, a menor coste; favorecer la calidad de vida laboral, la satisfacción del trabajador y la flexibilidad porque potencian el rendimiento en lugar de minimizarlo y mejoran la identificación del trabajador con su empresa al compartir proyecto vital y objetivo laboral…

Creo que se están escuchando las carcajadas de algunos empresarios españoles en las fábricas de Japón y Corea donde se puso en marcha el toyotismo, y donde seguramente no se ríen tanto, pero desde luego producen y facturan más…

Salud y libertad.

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