Sobre el nuevo acoso escolar

“Antes de negar con la cabeza, asegúrate de que la tienes” (Truman Capote)

Desgraciadamente en la última semana ha vuelto a ponerse de moda el tema del bullying o acoso escolar debido al suicidio de una chica de 16 años en un Instituto de Ciudad Real.

Por supuesto, ahora que la noticia ha trascendido el grado de privacidad y secretismo habitual y que ha saltado a los medios de comunicación, todo el mundo se indigna y se rasga las vestiduras exigiendo remedio a estas situaciones, inconcebibles en el tiempo actual… para algunos.

Lo cierto es que desde el ámbito educativo es un fenómeno que se lleva produciendo casi toda la vida, aunque ha evolucionado y se ha agravado con los matices propios de la sociedad actual, envuelta no solo en una crisis económica y política, sino muy por encima de estos condicionantes, también social y de valores.

En épocas pasadas ya existía el fenómeno de ridiculizar al diferente, pero con la peculiaridad de que, al menos en los tiempos pre-LOGSE, la cosa no pasaba de una cierta discriminación de carácter grupal. Dicho de otro modo, al acosado se le marginaba y tenía que enfrentarse a la soledad pero no a un clima de violencia tan acusado como el presente. El acoso sexual que hoy se da como variable en algunos casos de acoso por supuesto ni se planteaba como estrategia de bullying.

Eso sí, ante estas conductas hay que señalar que si uno se pasaba de la raya (y el umbral donde estaba la línea era muy inferior al actual), recibía un buen castigo o un guantazo del profesor, otro de sus padres con objeto de educarlo y enderezarlo cuando descubrían que su hijo era un cobarde y un poco lerdo, y si la cosa iba más allá, a lo mejor del propio grupo de compañeros que le aclaraban donde estaba el límite entre la travesura y la delincuencia.

Pero los tiempos cambian, y hoy los padres no solo no castigan al descerebrado de su hijo (el cachete ya ni lo mencionamos, no sea que acaben en Alcalá Meco), sino que le sobreprotegen hasta el punto de culpabilizar a la víctima, permitiéndose el lujo incluso de insultar o amenazar a sus padres o al centro cuando exponen la situación, todo ello con el efecto secundario de ir convirtiendo a su hijo en un completo cretino en el mejor de los casos, o en un delincuente en el peor.

De hecho, uno de los grandes problemas actuales en los estilos parentales de educación y socialización familiar consiste precisamente en el impedimento de que el chaval adquiera la denominada resiliencia, o dicho claramente, tolerancia a la frustración. Esto es, en decirle que no, que los padres entendemos su perspectiva pero que ni se le ocurra ejecutar una determinada conducta, y que existen unas normas y unos límites que hay que cumplir o en caso contrario habrá consecuencias.

Y muchas veces como es natural el chiquillo se pasará las normas por el forro, siendo ahí donde los padres tendrán que aplicar el “hasta aquí”, pues de lo contrario el niño creerá que puede hacer lo que le dé la gana, que el mundo está ahí para satisfacer sus caprichos y no aprenderá que los errores tienen como decíamos antes, consecuencias lógicas.

Porque al final, una de las formas más eficaces de aprender es por ensayo y error, como podemos ver en este ejemplo, que no por ser bastante cruel y exagerado, deja de ser real como la vida misma. De hecho le ocurrió al hijo de una compañera.

Su hijo de tres años estaba en el centro de educación infantil uno de los primeros días y estaba gateando a cuatro patas aunque obviamente ya sabía andar más que de sobra, y su madre ya en casa le había repetido mil veces que dejara de gatear y que hiciera el favor de caminar. De pronto otro chiquillo que estaba por allí y sin venir a cuento le arreó una patada como si fuera un balón de fútbol, así que el pobre niño se puso a llorar y se lo fue a decir a la profe, no sin antes levantarse y arrearle un buen puñetazo al energúmeno que le había pegado la patada, que también se puso a llorar y fue corriendo a decírselo a la maestra.

¿Cuál es la moraleja educativa de esta historia desde la perspectiva de los protagonistas? Que el niño A aprendió que no debe ir a cuatro patas por la clase, y que el niño B aprendió que no debe soltar un soplamocos a otro por deporte, porque a lo mejor le viene premio de vuelta con extras incluidos.

Pero volviendo a esta novedosa forma de entender la educación, que va más allá incluso del estilo permisivo o laissez affaire, lo que hay que asumir es que negar al menor la posibilidad de equivocarse asumiendo las consecuencias de sus errores es el modo más eficaz de fabricar delincuentes, aspecto que ha sido ampliamente estudiado en el caso de China, donde la política del hijo único ha desembocado en una educación consistente en dar a los hijos todos los caprichos sin exigir nada a cambio, con el consiguiente efecto de crear el denominado “síndrome del niño emperador” o del “pequeño tirano”

Os dejo un vídeo de un excelente educador que ejerce de juez, el juez Calatayud, donde creo que se expone de forma muy clara la errónea deriva de la educación actual, empeñada en no superar los complejos históricos de este país y, en concreto, el complejo que tiene con la autoridad, que identifica de forma equivocada y sistemática con autoritarismo (y así nos va).

Esto, aplicado al mundo escolar, quizás sea la gota final para que algunos se planteen y asuman de una vez que el bullying también ha evolucionado con el tiempo, y que por las características que ha tomado, ya no se puede considerar un “juego de niños”, cosa que todo el mundo recuerda después de una noticia como la de este fin de semana, pero que se vuelve a olvidar dos días después, especialmente por los centros escolares.

El acoso escolar es un problema multidimensional que va mucho más allá del centro escolar, eso no lo discute nadie. Incluye variables personales, psicológicas, escolares, sociales… y por tanto su tratamiento debe abarcar todas las variables de forma coordinada, implicando a los alumnos, las familias, el centro y los servicios sociales. No obstante, hay un comportamiento frecuente (y quiero dejar muy claro que eso no quiere decir que sea generalizado pues hay centros educativos que están haciendo las cosas muy bien en este terreno) que es al que quiero referirme en este post y que suele agravar considerablemente los hechos. Se trata del ocultamiento y minimización del hecho por parte de algunos centros.

Casualmente, el día 8 de Noviembre, un día antes del triste episodio de la chica de Ciudad Real, el diario El Mundo publicaba esta noticia que nos narra el caso de un chaval de Córdoba que estudia en un colegio de salesianos.

Parece ser que el hecho de llegar a casa orinándose porque le daba miedo ir a los servicios, de ser agredido hasta el punto de caer al suelo y hacerse sangre, de haber pasado de buen estudiante a ser objeto de fracaso escolar, de escribir dos notas de suicidio, o de ser objeto de insultos en el recreo y de vejaciones a la entrada y salida del colegio, como escupitajos, empujones o collejas… no es suficiente motivo para que el colegio tome cartas en el asunto considerando todo ello “hechos puntuales” o “juegos de niños”.

Como doy por hecho que los responsables del colegio tienen vista, o al menos oídos una vez que los padres se ponen en contacto con él, lo que nos permite ver este caso es el problema que supone para un colegio admitir que se dan en su centro casos de bullying.

Debido pues a negativas consecuencias publicitarias, al desconocimiento sobre qué hacer o simplemente a las complicaciones y costes que puede originar el poner en marcha una estrategia global contra el acoso en un centro, suele ser mucho más fácil tirar por el camino del medio y deshacerse del problema, primero ocultándolo, o si la cosa se desmadra, recomendando el cambio de centro de ¡la víctima!, lo que supone una nueva culpabilización de esta (enviamos el mensaje de que el problema está en ella), y un nuevo triunfo de los acosadores, que ya se encargarán de difundir su hazaña al nuevo centro donde se escolarice, lo que propiciará que se reinicie el ciclo de acoso.

De hecho, el IES de Ciudad Real donde se produjo el caso de la chica que se suicidó había “ofrecido a la alumna la posibilidad de cambiar de clase y de compañeros para intentar mejorar su estancia en el centro”.

El problema es que un centro no tiene que mejorar la estancia de los alumnos porque no es un hotel ni un spa, sino que tiene que garantizar, en primer lugar porque está obligado por ley, la seguridad de los alumnos, sumando a esto el velar porque las condiciones sean las más adecuadas para llevar a acabo las tareas de enseñanza y educación.

Hace unos meses, una familia me pidió ayuda para saber cómo actuar ante un caso bastante evidente de acoso escolar, después de contactar con el centro y que este no hiciera absolutamente nada por solucionar el problema. Mi recomendación para ella dadas las características concretas del caso y que puede ser adoptada como pauta de actuación general en algunos otros fue la siguiente, que recomiendo a quien, a nivel personal, sea consciente de un caso de acoso con desatención por parte del centro escolar.

1.- En primer lugar, hablar con los responsables del centro escolar, haciéndoles constar de una forma seria que se es consciente de que se está ante un caso de acoso escolar y que si no se toman las medidas oportunas, se dará parte del comportamiento del centro a la inspección educativa, reservándose además el derecho de acudir a la justicia ordinaria y a la prensa para dar a conocer la situación (esto último suele ser bastante amenazante para la reputación de un centro escolar y por ello también bastante efectivo de cara a obligarles a que tomen medidas concretas y dejen de minimizar el problema).

2.- Si el centro se niega a tomar medidas ante el caso de acoso escolar, acudir a la inspección educativa y poner la situación en su conocimiento.

3.- Cada vez que el/la chico/a vuelva a casa con cualquier tipo de daño o agresión física, llevarlo al médico exigiendo a este que haga el correspondiente certificado médico escrito. Están obligados a hacerlo si se les solicita. Eso servirá de prueba si se tiene que acudir a la justicia ordinaria. También puede ser interesante que le hagan un análisis psicológico para comprobar el grado de ansiedad que está sufriendo, lo que puede ser importante de cara a tener pruebas en caso de que se necesiten.

4.- El centro sanitario está obligado además en casos de este tipo de agresión a dar parte a los servicios sociales, pero conviene recordarlo.

5.- Si las agresiones persisten y el centro educativo no hace nada, o entre que se hace cargo la inspección educativa, denunciar a la justicia ordinaria al centro, ya que es el máximo responsable de salvaguardar la integridad física del menor mientras está a su cuidado.

Vuelvo a repetir que la mayoría de los centros hacen una labor adecuada y en algunos casos, excepcional, en este ámbito. Pero dada la gravedad de la situación creo que estos apuntes pueden ser de utilidad para quien esté sufriendo esta situación y se vea desamparado ante la irresponsable actitud de algún, afortunadamente aislado, centro educativo.

Salud y libertad.

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