Esencia Humana (6ª parte y fin)

“Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas” (Bertrand Russell)

No muchos saben que el término imbécil proviene de una desafortunada y antigua clasificación psicológica que catalogaba a un individuo en función del cociente intelectual en idiota, morón o imbécil, siendo de esta clasificación de donde derivó el insulto actual, que se refiere a alguien corto de entendederas (RAE) o que desconoce la realidad del mundo que lo rodea.

Sin embargo, es curioso que este desconocimiento de la realidad circundante, incluido el propio yo con sus conductas, sus emociones, incluso sus cogniciones, sea una constante en la naturaleza del ser humano. Y es que, milagros de la mente, no conocemos el mundo como es, sino como somos (muy recomendable a este respecto el blog de la psicóloga Nuria Costa www.soncomosomos.com siempre disponible en twitter como @nuriaPsi).

Si en todas las entradas referentes a este tema hemos constatado algo, es la capacidad de las personas para negarse a sí mismas la propia realidad que están viendo y viviendo día tras día, por lo que parecería bastante sensato afirmar que tiene que haber algunos mecanismos comunes que propicien este hecho.

Por eso, vamos a ver algunos ejemplos de estrategias que, aunque no podemos obviar que tienen una función claramente adaptativa y son esenciales para la vida humana, dan lugar a ciertos errores de procesamiento y nos permiten darnos cuenta de que el ser humano como tal es bastante indeseable, ello aunque no lo sea de forma intencionada sino simplemente porque está “programado” para serlo. Eso sí, adelanto que las primeras estrategias son más técnicas y académicas que otra cosa, pero el nivel de aplicación va “in crescendo”, así que no se me desanimen ni aburran, o si lo prefieren, sáltense los tres próximos párrafos.

Las primeras que utilizamos son estrategias para reducir la información procesada*. Es obvio que la mente tiene que limitar la capacidad de información que procesa pues de lo contrario no tendría recursos suficientes para hacerlo y además no podría actuar con rapidez, ya que tendría que realizar complicados cálculos para saber cuál sería la decisión a tomar. De hecho, esta es la razón por la que es muy difícil que una máquina llegue a realizar un procesamiento humano. Sin embargo esta información no es seleccionada al azar, sino que se rige por patrones como seleccionar los estímulos más llamativos y dos que son especialmente relevantes para nuestro caso: seleccionar estímulos adecuados al conocimiento previo de la persona y sus expectativas, y seleccionar estímulos relevantes para sus metas. Es decir, y esto es genial, seleccionamos la información que sea congruente con la que ya tenemos (descartando la otra) y que sea útil para aquello que deseamos.

La segunda estrategia es el empleo de heurísticos, o lo que es lo mismo, un conjunto de reglas que simplifican la información a procesar, lo que se conoce también como la utilización de “atajos mentales”. Hay varios tipos de heurísticos como el de disponibilidad (realizar juicios generales en función del último caso particular recordado o la información más reciente), el de anclaje y ajuste (basado en tomar como referente una información conocida y hacer un ajuste respecto a las circunstancias que pueden ser cambiantes), el de simulación (estimar la probabilidad de un suceso basándose en la facilidad con que se puede imaginar)…

El problema es que estos heurísticos pueden hacer incurrir al sujeto en errores o en manipulaciones bastante elementales. Por ejemplo, el error de muestreo puede hacernos inferir condiciones generales de muestras muy reducidas, la correlación ilusoria puede hacernos sobre-estimar el grado de relación de dos sucesos sacando conclusiones erróneas, el heurístico de simpatía puede llevarnos a aceptar los juicios e ideas de otro porque se muestre como una persona agradable o parecida a nosotros en algún aspecto…

Es decir, por mucho que nos hayan cincelado el cerebro para aceptar que el ser humano es una animal racional, lo cierto es que la razón, o mejor el análisis racional,  solo se utiliza en determinados momentos y circunstancias y no en el continuo de su vida diaria como podemos ver. Y eso que todavía no hemos empezado con el tema de la influencia emocional.

Después de ver que el ser humano utiliza estrategias de pensamiento fundamentadas en lo que ya sabe, en lo que le interesa conseguir y, simplemente, en reglas que reduzcan su procesamiento porque somos un poco vagos, ya podemos hacernos una idea de que su capacidad de análisis de la realidad puede no ser muy fiable, al menos en cuanto al comportamiento y pensamiento diario se refiere. Pero aún hay más.

Teniendo en cuenta que el ser humano es un animal social, no podemos obviar la importancia de las relaciones en su comportamiento, emociones y pensamiento, lo que unido a las diferentes formas de organización social, nos lleva a las teorías de Susan Fiske**. Esta psicóloga social fue quien estableció los cinco motivos sociales universales, entre los cuales uno destaca especialmente para nuestro análisis, el motivo de confianza. Según este motivo, el ser humano, para poder adaptarse a la vida en grupo, necesita “sentirse a gusto con el mundo y tener predisposición a esperar cosas buenas de la mayoría de la gente” (Gaviria et al., 2009). Dicho de otro modo, necesitamos pensar que la mayoría de las personas son merecedoras de confianza porque ello es adaptativo para nuestra realidad como seres sociales. Claro que el problema está en que estar programado para creer una realidad, no quiere decir que esta sea tal.

Así que si ya vemos que por sí misma la tan cacareada racionalidad humana pincha en muchas ocasiones (y solo hemos puesto tres ejemplos de las varias decenas de sesgos existentes), no podemos ni imaginarnos lo que puede llegar a ocurrir cuando se integra el tema emocional.

El tema de las emociones es fundamental pues es la parte por donde comienzan casi todas las técnicas de manipulación de masas y, desde luego, las técnicas de reforma del pensamiento, que utilizan por ejemplo los grupos de dinámica sectaria, pero también otros sectores de ética “intachable”, como los expertos en marketing.

Esta influencia puede darse por fenómenos simples*** o más complejos e integrados. Entre los primeros están el recuerdo dependiente del estado de ánimo o el recuerdo congruente con el estado de ánimo. Según el recuerdo dependiente, recordaríamos mejor una información determinada cuando estamos con el mismo estado emocional que en el momento en que la adquirimos. Según el congruente, aprenderíamos mejor aquella información que es concordante con el estado emocional que tenemos en ese momento (no hay nada como estar cabreado para recordar hasta la última coma de la nueva propuesta política que estamos leyendo con el fin de salir de la crisis).

No obstante, los verdaderos procesos de manipulación y autoengaño pueden verse en toda su extensión cuando analizamos fenómenos más complejos. En este campo destaca la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger, que es una auténtica maravilla. Según esta teoría, probada hasta la saciedad, el ser humano tiene que tener una cierta coherencia entre sus emociones, cogniciones y conducta, pues de lo contrario surge un estado desagradable (la disonancia) que el propio sujeto se ve obligado a reducir. Para ello, el ser humano utiliza estrategias de lo más fiable como: recabar más información congruente a lo que le conviene para eliminar la disonancia, despreciar información incongruente, alterar la importancia de la diferente información en función de lo que le conviene para eliminar esa disonancia… todo ello con el fin de que emociones, cogniciones y conducta sean consonantes o congruentes entre sí.

Parece complejo pero quizás se vea mejor con un ejemplo. Si alguien consigue aterrorizarnos en unas elecciones con un argumento tan “razonable” como que viene la derecha, los españoles que pretenden eliminarnos del mapa o el mismísimo Pancho disfrazado de coplista, y ese miedo cala, las cogniciones se irán desplazando acorde a ese miedo. De esta forma buscaremos cada vez más información favorable a ese partido, argumentaremos que sus propuestas son más razonables y utilizaremos estrategias para racionalizar el votarle. Asimismo, el día de las elecciones, acorde a esos “razonamientos” le votaremos sin dudarlo, pensando que es una clara decisión ideológica, cuando en realidad es fruto de una manipulación a través del miedo. De esta forma hemos conseguido que las cogniciones (los razonamientos y justificaciones para votarle) y la conducta (el voto) sean consonantes con nuestra emoción de miedo, evitando disonancia entre los tres elementos y por tanto evitando ese estado desagradable que surge cuando los tres elementos no son congruentes entre sí.

De hecho, en este fenómeno, se encuentra la explicación a la mayoría de los procesos de manipulación de individuos y masas existentes, esos mismos que calan especialmente bien en quienes no “creen” en la psicología y desdeñan todo lo relacionado con la mente. Porque lo cierto es que la única manera de hacer frente y poner remedio a estos fenómenos es conociéndolos… así que teniendo en cuenta el interés del personal en estos asuntos, las empresas de marketing, las sectas, religiones, partidos políticos, publicitarios… pueden estar tranquilos. Tienen un prometedor futuro por delante.

Por tanto, una vez vistos algunos pequeños ejemplos que demuestran nuestra infalibilidad racional y lo fuertes que somos (y nos creemos) psicológicamente para enfrentarnos al engaño y la manipulación externa, solo nos queda para finalizar demostrar la rectitud moral y categoría humana que nos mueve, esa que ya sí que de forma inequívoca demuestra que el ser humano es “bueno” en esencia, como hemos visto en los post anteriores. Y lo veremos a través de tres fenómenos curiosos, dos de carácter individual y uno de carácter social.

El primer fenómeno individual es el fenómeno del mundo justo. Esta es la tendencia de algunas personas a asumir que el mundo donde vivimos es un lugar fabuloso que se rige por criterios de bondad y justicia. Algo así como un mundo de piruleta donde llueven ositos de gominola y las casitas están fabricadas con regaliz. La verdad es que este fenómeno no dejaría de ser otro proceso más de autoidiotización si no fuera por las consecuencias que de él se derivan para terceros, ya que cuando sucede un hecho que pone en jaque esa justicia, la persona trata de justificarlo o “racionalizarlo” achacando responsabilidad a quien lo sufre o minimizando la acción del atacante. Ya se imaginarán a lo que me refiero, Breivik tenía que estar loco porque en un mundo tan bonito no se puede ser tan cabrón, los terroristas están deseosos de reinsertarse porque han visto el rayo de luz de la paz y ahora les gusta más fabricar mazapán que bombas, si violan a una mujer seguro que fue un malentendido ocurrido porque iba provocando… Es decir, la persona en este caso, con tal de no enfrentarse a la incertidumbre de un mundo injusto, se crea una realidad ficticia paralela, en que lo más duro son las atribuciones que hace a casos de terceros que sí sufren esas injusticias.

El segundo fenómeno es especialmente repugnante. Se trata del fenómeno de atribución de responsabilidad a la víctima. Ya viendo el nombre podemos hacernos una idea… Se trata de un fenómeno en que la parte despreciable viene de inicio, ya que se fundamenta en el propio egoísmo del ser humano, que con tal de no alterar su tranquilidad asumiendo que le puede pasar lo mismo que a una víctima de un hecho, pone distancia de por medio, culpabilizándola por lo ocurrido. Para que se dé este fenómeno la persona tiene que asumir que puede estar en la misma situación que la víctima de un hecho y además tiene que ser semejante a la víctima. Si no pudiera estar en la misma situación no habría problema porque la persona no se sentiría “intranquila” y si la víctima fuera muy diferente tampoco, ya que podría decir que le ocurre producto de esa diferencia, lo que le evitaría sentirse “en peligro”. Pero cuando cree que puede estar en esa situación y además ve que es semejante a la víctima, la sensación de desasosiego le hace buscar causas en la víctima, diferenciándola de sí mismo, y por tanto culpabilizándola.

Creo que no hace falta ir muy lejos para ejemplificar el caso, ¿no? En cierto territorio español se lleva mucho tiempo culpabilizando a las víctimas de la situación de violencia y de su propia suerte. Es más, a día de hoy la situación se ha vuelto más dura pues se culpabiliza a las víctimas no solo de su propia suerte sino de que esa suerte pueda ocurrir a los demás si no se cede a un vil chantaje. Eso genera ese malestar que en lugar de ser revertido a los asesinos, lo es a las víctimas. Y es que con tal de lograr la tranquilidad de uno, a muchos “seres humanos” les importa un bledo lo que les pase a los de al lado.

Y ya para terminar, veremos el proceso social que ocurre cuando una mayoría entre los osos amorosos que componen el colectivo humano, no desea que se perturbe la paz de su criterio. Se trata de la espiral del silencio de Noelle-Neumann**, fenómeno ocurre cuando existe dificultad para expresar opiniones contrarias a las de una mayoría. En este contexto, no solo surge la postura de aquellos que agreden, ridiculizan y tratan de silenciar las posturas minoritarias, sino que el resto de personas, los denominados observadores, no intervienen, convirtiendo su silencio en un apoyo implícito a la postura de los agresores. Esto hace que las víctimas cada vez tengan más problemas para expresarse y encontrar apoyo, que los agresores potencien su conducta y que los “observadores” sigan evitando verse comprometidos, lo que hace que en muchas ocasiones den señales activas de simpatía hacia los agresores o pasivas (justificando sus acciones, minimizando la gravedad de lo ocurrido, participando en actividades con ellos…). En mi querida ciudad de Oviedo se dio hace unos años este fenómeno que yo tuve la “suerte” de vivir en primera persona, pero no entraré más en detalles que quizás le dedique más tiempo y rigor científico a este fenómeno en el futuro.

En resumen, que viendo todos estos datos y los aportados en post anteriores, podemos entender ya cómo el ser humano, contra toda evidencia, sigue considerándose el colmo de la virtud, la ética, la bondad y la moral. La pena es que sea por los procesos de autoengaño y no por un ajuste a criterios objetivos. Al menos Sócrates, del que hablamos, tenía razón en una cosa, mucha de la parte despreciable del ser humano, no es por convicción sino por estupidez y desconocimiento de su propio funcionamiento, pero ¿acaso importa la causa cuando tenemos que sufrir el efecto?

* Morales Domínguez, J.F.; Moya Morales, M.C.; Gaviria Stewart, E. y Cuadrado Guirado, I. (2007). Psicología Social (3ª ed.). Madrid: McGraw Hill.

** Gaviria Stewart, E.; Cuadrado Guirado, I. y López Sáez, M. (2009). Introducción a la Psicología Social. Madrid: Sanz y Torres.

*** Bermúdez Moreno, J. et al. (2011). Psicología de la Personalidad. Madrid: UNED.

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Archivado bajo Filosofía, Política, Psicología

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