Esencia Humana (5ª parte)

“Lejos de mí esos que no saben su camino y pretenden enseñarlo a los demás. Esos que prometiendo tesoros te piden unas monedas” (Q. Ennio, s. III a.C.)

Tras comprobar algunos aspectos incoherentes o llamativos de dos de los principales filósofos que defienden la teoría de la virtud del ser humano, entiendo que hay dos motivos para creer en la inherente bondad humana: la inseguridad que supondría para el ser humano asumir que este tiene al menos una parte de perversión intrínseca, lo que haría más adaptativo formarse una ilusión; o bien, ser consciente de ella pero adoptar el discurso virtuoso por deseabilidad social o intereses particulares.

Sí quiero comentar en este punto que el no aceptar la natural bondad humana y el hecho de interesarme por su parte negativa, no implica que defienda la intrínseca perversión de este. A título personal simplemente creo en la dualidad y que el hecho de desplegar una u otra parte dependerá de las circunstancias y de las condiciones contextuales, pese a que ambos polos estén presentes (y latentes) en todos los seres humanos.

El caso de las religiones es particular, pues desde mi punto de vista se mueven en una permanente contradicción, al menos la mayoría de las que yo conozco. Así que veremos ahora algunas de estas contradicciones en el caso concreto de la Iglesia católica.

Pretender hablar de la Iglesia desde un punto de vista más o menos neutro o independiente de intereses es jugarse el tipo. Ocurre como en política, si se toma una perspectiva crítica, pronto tendrá un ejército que vendrá a atacarlo y denostarlo, pero contará también con férreos defensores. Si se toma una postura favorable, ocurrirá lo mismo pero cambiando el bando del equipo defensor y el atacante. Eso sí, si a uno se le ocurre tomar una postura intermedia, analítica y no partidista, tiene garantizado recibir bofetadas de todos sin distinción.

Por eso lo primero que quiero aclarar es mi postura personal sobre las religiones y sobre esta institución en particular, de la cual soy apóstata, apostasía que solicité ya hace algún tiempo y me fue concedida con anécdota incluida.

El día que fui a la oficina de Correos a enviar por correo certificado la declaración de apostasía, estaba delante de mí una anciana mujer hablando con la encargada, que muy resignada le trataba de explicar cómo enviar un paquete por correo. Como la buena mujer vio que la anciana no lo entendía muy bien y podría echar allí el resto del día, le pidió los datos y se dedicó a cubrir ellas los papeles y envolver el envío. La anciana, muy agradecida, le vino a decir algo como lo siguiente: “Ay, hija, que Dios te lo pague, que siempre tiene en cuenta a la gente buena y para eso envió a nuestro señor Jesucristo que murió por todos nosotros y nuestros pecados para salvarnos y hacernos mejores”. Yo me quedé alucinado, pensando que o aquello era una llamada del cielo para que no apostatara (hasta ahí pueden llegar años de adoctrinamiento religioso en la infancia) o que tanta casualidad tenía que ser producto de una coña del Universo. Pero como uno ya está curtido en sincronicidades y es acólito de Jung, seguí con el procedimiento, y la buena señora de Correos, al ver en el anverso del sobre “Declaración de Apostasía”, Arzobispado de Oviedo… después de haber recibido la clase de catequesis, me respondió después de echarse una sonora carcajada: “Te juro que algún día pienso escribir un libro con todo lo que me pasa en esta oficina”. Le animo a que lo publique porque aquí tiene un seguro lector.

No obstante, tengo que decir que mi condición de apóstata nada tiene que ver con ser antirreligioso como algunos piensan. De hecho, me defino como agnóstico, nunca como ateo, y como buen agnóstico de manual, me encanta el estudio de las religiones, la antropología y las creencias del ser humano, de las que uno puede sacar interesantes aprendizajes. Además, me encanta pasear por las Iglesias y especialmente por la catedral, donde se pueden encontrar unos minutos de paz y ambiente adecuado para relajarse y realizar ejercicios introspectivos.

Otro tema es el de las diferentes iglesias constituidas. No me gustan particularmente las jerarquías e instituciones religiosas (menos las dogmáticas) porque considero que no hay nada más alejado de la espiritualidad que la política y el materialismo, que desde mi punto de vista es a lo que se dedican en buena medida. Y particularmente en lo que respecta a la jerarquía católica, creo que ha tenido posturas absolutamente repugnantes en temas como la pederastia, el terrorismo de ETA y la discriminación, así que no la tengo en muy buena estima; lo que no quita para que también reconozca sin problemas su gran labor social.

Dicho esto, también creo que la Religión puede sacar lo mejor y lo peor de uno mismo. Así que bienvenida sea cuando ayuda a un individuo a desarrollar su potencial como ser humano y extraer su lado más positivo, y maldecida quede cuando se utiliza para manipular, fanatizar y promover la ignorancia. De hecho, quizás esto lo único que nos muestra es que el problema no está en las religiones, sino en los individuos, por lo que quizás va siendo el momento de que dejemos de echar la culpa de las conductas propias y ajenas a las religiones, a la política, a la sociedad, a las drogas, a Internet… y empecemos a exigir responsabilidades a las personas.

Manifestada pues mi postura personal sobre la Iglesia y la religión, explicaré por qué me parece algo incoherente y contradictorio que la Iglesia católica (por ser la que más conozco, pero aplicable a muchas otras) defienda la natural bondad humana.

Para la Iglesia católica el ser humano es bueno por naturaleza en primera instancia porque está hecho a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-1:27), que además y por si fuera poco es bondad y amor infinito. Mi primera objeción viene precisamente sobre esta descripción de un dios que  según cuentas de Luis Andrés Jaspersen (citado por el ex-jesuita Salvador Freixedo*) se ha cargado nada menos que a 2.169.350 personas en el Antiguo Testamento. Incluso a pesar de que la irónica cuenta fuera inexacta (cosa muy probable), es obvio para cualquiera que lo haya leído, que su protagonista no rezuma precisamente bondad y misericordia. Así que o bien discrepamos en el concepto de bondad infinita, o desde luego hay una incoherencia manifiesta en pretender considerar al ser humano bueno, si es imagen de este dios en particular.

También me cuesta entender que esta institución defienda la bondad innata cuando a la par muestra un cierto afán rencorosillo bastante belicoso y salvaje, como puede desprenderse de leer el salmo 137:7-137-9:

Acuérdate, oh Jehová, de los hijos de Edom. En el día de Jerusalén. Quienes decían: Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos. Hija de Babilonia destruida, bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Bienaventurado el que tomará y estrellará tus niños contra las piedras” (Salmo 137:7-9)

Y ya puestos, tampoco entiendo muy bien esa contradicción constante entre la consideración del hombre bueno a imagen y semejanza de Dios, y la permanente obsesión del cristianismo en general con la condición del ser humano como pecador, como no, con especial mención al pecado original (el menos original de los pecados). De hecho, yendo más allá, no podemos olvidar que cuando según la Biblia Dios creó al hombre y la mujer a su imagen (Génesis 1:27) no nos está hablando de Eva (cuya creación se describe en Génesis 2:18-2:23), sino de Lilith (según interpretaciones de carácter rabínico que exceden ya el cristianismo y se adentran en el judaísmo), de la que según la tradición parte un buen linaje de demonios entre los que se encuentra el diablo Asmodeo. Por tanto, estoy dispuesto a premiar a quien consiga explicarme cómo es posible que un linaje de demonios parta de una mujer que es creada a imagen y semejanza de Dios, a no ser claro, que en el propio Dios esté la esencia del bien y del mal, lo que nos lleva al dualismo más humano que ya defendían los gnósticos, y que me parece más acertado.

Pero en los diferentes post sobre este tema, ya se habrá visto que por encima de lógicas y razonamientos, lo que a mí me gusta es la casuística, la experiencia y los hechos concretos que en muchas ocasiones tienen más valor y son más descriptivos que las palabras. Por eso, vamos a ver ciertos aspectos biográficos de algunos de los máximos responsables de la Iglesia católica, esa que defiende la bondad del ser humano, para ver que en su propia conducta esta la propia negación de su argumento, porque hay casos en que ciertamente dejan por novatos a algunos de los asesinos más gore de las películas americanas de serie B.

Empezamos con el papa Esteban VI y el denominado Concilio cadavérico. Este papa, nueve meses después de la muerte del Papa Formoso, ordenó exhumar el cadáver de este, vestirlo con los ropajes papales y sentarlo en el trono para juzgarlo y poder declarar nula su anterior elección como Papa. Declarado culpable se le cortaron los tres dedos de la mano con los que daba las bendiciones y se declararon nulos todos sus actos como Papa. Sus restos fueron luego ocultados, pasando por varias estancias (incluido el ser nuevamente desenterrado y lanzado su cuerpo al Tíber por orden de Sergio III) hasta que finalmente se supone que fueron depositados en el Vaticano.

Otra figura ejemplo de bondad infinita es Arnaldo Amalric, arzobispo francés que tuvo gran importancia en la cruzada contra los cátaros. Cuando Simon de Monfort, el jefe de los cruzados le hizo notar que dentro de la ciudad también había “buenos” cristianos que nada tenían que ver con el objeto de la cruzada (cepillarse a los herejes cátaros), mujeres y niños incluidos, se dice que este respondió: “Matadlos a todos. Dios ya reconocerá a los suyos”. Aunque la frase y atribución probablemente no sean ciertas ya que la cita aparece en otros acontecimientos históricos, lo que sí es cierto es el asesinato de 17.000 hombres en el asalto a la ciudad de Beziers.

Continuamos con Pío XII, a quien el escritor John Cornwell, católico, pretendía defender de ciertas acusaciones que lo vinculaban con el Holocausto. Gracias a ello recibió un permiso especial de la Iglesia Católica para acceder a los Archivos Secretos Vaticanos, tras lo cual parece que su fe no puedo con su rigor histórico, escribiendo un libro titulado El Papa de Hitler, en el que narra el antisemitismo del personaje en cuestión. Ni que decir tiene que acabó también con la posibilidad de que cualquier otro historiador accediese al mencionado Archivo.

También tenemos a Juan XXIII, el Papa Bueno (manda narices), que parece que es quien aprobó la Instrucción “Crimen Sollicitationis”, que dirigida a los arzobispos, obispos y demás establecía el procedimiento de actuación en caso de “pecados secretos” de miembros del clero, entre los que estaban por supuesto los casos de pederastia. El procedimiento exigía el absoluto secreto de los hechos, siendo su divulgación razón suficiente para ser objeto de la pena de excomunión, de ahí que algunos lo denominen “La Conspiración del Silencio”.

Y podríamos seguir mencionando cientos de casos concretos, pero para no alargar más el post, lo finalizaré citando a Eric Frattini*, que habiendo realizado un exhaustivo análisis de la Historia de los Papas nos habla de: 17 pederastas, 9 violadores y 10 proxenetas, amén de otros tantos cuyas conductas, aunque pueden entenderse como asunto única y exclusivamente de la incumbencia de sus practicantes, llaman la atención por la incoherencia que suponen con la doctrina católica.

Por tanto, una vez que hemos visto múltiples ejemplos de la vida diaria y ciertas críticas a filósofos e instituciones que nos muestran de forma bastante contundente que la bondad no es ni de lejos la esencia (o al menos la única esencia) de la naturaleza del ser humano, veremos en el siguiente post por qué el empeño de este en engañarse sobre su propia condición, lo que nos lleva a algunos principios elementales de la psicología.

[Continuación]

Salud y libertad.

* Freixedo, S. (1983). ¿Por qué agoniza el cristianismo? Madrid: Algar.

* Frattini, E. (2010). Los Papas y el Sexo. Madrid: Espasa.

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