Esencia humana (4ª parte)

“Un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso” (Confucio)

El primer caso de quien defiende la “bondad” de la naturaleza humana es Sócrates. Por Sócrates tengo una admiración especial por dos razones:

Primero porque lo de presentarse ante el tribunal en el juicio que le plantó su esposa Xantipa por negligencia en sus deberes familiares y defenderla a ella, diciendo que tenía toda la razón y que hubiera merecido un marido mejor que él, me parece de ser un auténtico crack, pues refleja de forma resignada y ejemplar la aceptación de las propias debilidades y defectos.

Y segundo, porque su método, con sus dos componentes (ironía y mayéutica), me ha hecho pasar grandes momentos. Gracias a las dos partes del método cuando me las han aplicado (algunos incluso sin conocerlas teóricamente) he aprendido mucho. Y gracias a la ironía cuando la he utilizado contra alguno malintencionadamente, también me he reído bastante (va a ser que en esencia yo tampoco soy tan bueno…).

Pero en lo del bien creo que se equivocaba. Presuponer que el bien está en el conocimiento, y que el conocimiento conduce al bien, me parece generalizar soberbiamente su postura, porque lo cierto es que hay muchos que han utilizado el conocimiento para todo lo contrario, aunque sepamos que Sócrates se refería al propio concepto idealizado y supremo de conocimiento y bien, y yo lo vaya a utilizar en otro sentido más terrenal.

Ya hablamos de los psicópatas, pero tampoco hay que irse tan lejos. Uno de los usos que demuestran que el conocimiento no tiene por qué conducir al bien ni usarse para el bien, es el denominado “lado oscuro de la empatía”. Prescindiendo de las diferenciaciones técnicas, diremos simplemente que hay dos tipos de empatía, la que consiste en entender como se siente otra persona y la que se centra en experimentar lo que sienten otros y por tanto reaccionar como si esas emociones fueran propias.

La sorpresa viene cuando los datos de varias investigaciones educativas en el tema del acoso escolar (o bullying) nos muestran que los acosadores escolares puntúan más alto que la media en cuanto a entender los sentimientos ajenos, y más bajo en cuanto a su experimentación. Esto implica, y cito textualmente, que: “la mayor capacidad manipuladora se combina con la falta de sensibilidad para experimentar el miedo o la indefensión que sienten las víctimas” (López Sáez et al., 2010*). Dicho de otro modo, se aprovechan de conocer lo que sienten los otros para incrementar el sufrimiento.

También sería interesante conocer si realmente son capaces de experimentarlos pero les importan un bledo o incluso si tienen un cierto disfrute sádico con ello, pero no creo que nadie se atreva a plantear este estudio de forma rigurosa por aquello de la heurística negativa, que aplicada a nuestro caso, vetaría cualquier intento de investigación fundamentado en la posibilidad de consideración de la perversión humana.

Hay múltiples casos como este pero tampoco quiero extenderme (que luego me acusan de rollista no sin razón), pero creo que este tipo de hechos demuestran que el conocimiento no está relacionado con la bondad, y aunque puedo sentir cierta simpatía por esa inocente y deseada presunción socrática de que la virtud es el conocimiento y el conocimiento máximo es el bien, creo que muchos hechos la refutan. Guste o no, muchas personas utilizan el conocimiento para hacer el mal. Quizás no en esa vertiente tan idealista que exponía Sócrates del concepto, pero desde luego si en un sentido mucho más apegado a la realidad del mundo en que vivimos.

Siempre me quedará la duda de si tras la ejecución de su condena a muerte bebiendo la cicuta cambió su opinión o no sobre la bondad humana, pero tampoco es el primero que muere firme a sus ideas… “probablemente equivocadas”. Y si no que se lo pregunten a algunos de esos que se inmolan esperando platillos volantes.

El segundo personaje es Jean Jacques Rousseau, cuya máxima en el caso que nos ocupa queda reflejada en su célebre “Emilio”, el tratado de educación en el que comentó aquello de “El hombre es bueno por naturaleza”, interpretando que es la sociedad la que lo corrompe.

Al amigo Jean le tengo una manía especial porque creo que su persona en el campo educativo (y esto lo recalco, refiriéndome solo a este campo) ha pasado a la Historia de forma absolutamente idealizada y pasando por alto determinados acontecimientos de su vida y obra que lo dejarían cuando menos, con presunción de no ser tan virtuoso. Aquí reconozco también mis propios complejos, pues probablemente no lo tendría tan “cruzado” si mis antiguos profesores universitarios del campo educativo no hubieran babeado tanto al difundir sus enseñanzas y ocultar deliberadamente aquello que no les gustaba asumir. Pero es en su propio análisis ad hominem, donde pongo en duda sus afirmaciones.

Básicamente, lo que no se suele decir cuando se enseña a Rousseau es que cuando hablaba de la educación fabulosa y natural que el buen maestro debe procurar a sus pupilos, hablaba de los hombres, pues en el libro V habla de la educación de las mujeres de forma que diferencia la educación que deben recibir ambos sexos, utilizando además algunas argumentaciones que harían las delicias de cualquier feminista.

Tampoco se suele mostrar la propia incoherencia del sujeto, que tras llenarse la boca hablando de la bondad inherente al niño y de todos los males infernales a los que avoca la sociedad y las instituciones sociales, metió a sus nada menos que cinco hijos en un hospicio. Me recuerda a ciertos profesores del campo educativo que riegan de consejos a las familias ajenas para educar a sus hijos, pero envían a los suyos a un internado a miles de kilómetros de distancia.

Por otro lado, reconozco que nunca he entendido esa contradicción suya según la cual por un lado criticaba el cultivo de la mente a través de las letras y las ciencias porque negaban la parte natural y eran la vía de entrada de la corrupción social, y por otro decía que formaban parte del proceso educativo.

Y por último, me repatea especialmente que se encuentre entre aquellos que se creen con la capacidad de decidir sobre “lo que es natural”, como si alguien tuviera potestad o contacto directo con la divinidad para establecerlo. Eso, amén de que el hecho de que algo sea “natural” tampoco implica nada sobre su valoración, ¿o no se define precisamente lo cultural como la transformación humana de lo natural? Y es que cuando uno cuenta con esta arrogancia, puede decir sin sonrojarse memeces como esta:

Establecido este principio, se deduce que el destino especial de la mujer consiste en agradar al hombre. Si recíprocamente el hombre debe agradarle a ella, es una necesidad menos directa; el mérito del varón consiste en su poder, y sólo por ser fuerte agrada. Convengo en que ésta no es la ley del amor, pero es la ley de la naturaleza, más antigua que el amor mismo

Tócate las narices, pues nada, si lo conviene el señor…

[Continuación]

Salud y libertad

* Lopez Saez,M; GaviriaStewart, E.; Bustillos Lopez, A. y Fernández Arregui, S. (2010). Cuaderno de investigación en Psicología Social. Madrid: Sanz y Torres.

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2 comentarios

Archivado bajo Filosofía

2 Respuestas a “Esencia humana (4ª parte)

  1. No he podido dejar de pasar por tu muro y hacerte un comentario sobre Sócrates. El conocimiento si es el bien absoluto, pues no es más que por el conocimiento que alcanzamos lo que por naturaleza nos estaría vedado. Tu punto es que el uso puede ser tanto para lo bueno como para lo malo. La distinción que me cabe hacerte es que el bien aludido es colectivo, y por consiguiente, si aceptamos que el mal sea un hecho necesario para la consecución de un bien, ojo colectivo mayor, el nudo gordiano es que el mal sólo es justificable como mal menor. Y a la inversa en la búsqueda del bien individual, la frontera es el respeto a la libertad del otro. Para eso está la ley. Que en virtud del bien colectivo, o en el caso más primitivo, pero no menos despreciable, del soborno y la corrupción devienen, en permitir la impunidad como un mal menor, en muchos casos camuflándose de virtud, lo que con el tiempo se objetiva, que no es útil a la utilidad. No lo puede ser en un régimen real de libertad, puede serlo en un régimen de como útil para el gobierno en la compra y atracción de voluntades, así como en asuntos de estado de información necesaria.

    Sigue siendo así que el mal, sólo puede servir como pretexto de la preservación de un bien mayor, de carácter colectivo.

    Como ves mezclar moral con el bien sumo del conocimiento, es como mezclar peras con manzanas. El lenguaje, imbrica y dobla el sentido de lo real, con la persecución de un bien ideal. Pero la verdad, para que nos vamos a engañar, es que el bien del conocimiento, se remonta a Platón y el mito de la caverna. Donde las ideas yacen puras y tienen sólo una representación en forma de pobres sombras, aunque materiales quizá cuando sucede para nosotros. Su entidad está muy por encima incluso de la realidad. La transciende. Y esa es la Gran Verdad.

    Espero haber desentrañado tus dudas. Ha sido interesante revisar tus publicaciones. No sé si me pasaré muy a menudo.
    Feliz vida.

    • Agradecido le quedo por tan brillante, teórica y académica exposición, que desde luego da para reflexionar ampliamente. Y estoy de acuerdo en que en mi caso mezclo dos conceptos, el del bien (conocimiento) como concepto filosófico y como concepto moral de carácter social. Pero es desde esta última perspectiva desde la que para mí el tema tiene más interés, pues considero que precisamente esa mezcla entre conceptos filosóficos o teóricos y conceptos sociales, es la que ha generado una forma de entender la sociedad, las leyes… desde un punto de vista aplicado que carece de todo sentido de la realidad. Si meramente fueran conceptos teóricos, no me interesaría mucho el tema, si se tergiversan o mezclan para darles una aplicación práctica perniciosa socialmente, sí. No sé si consigo explicar acertadamente mi posición. En todo caso, muchas gracias por su aportación y vuelva cuando quiera, será bienvenido.

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